Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 13. Capítulo trece
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13. Capítulo trece

Capítulo trece

Me desperté solo en la cama en cuanto la luz del sol asomó entre las ramas de los árboles. Brian roncaba, gruñendo de vez en cuando, y yo salí de la cama sin hacer ruido para no despertarlo. Había tenido un sueño de lo más agradable, pero no lo recordaba. Me vestí sacudiéndome el embotamiento.

Tras una parada en el baño para orinar y lavarme los dientes, abandoné la inútil batalla con mis rizos y cogí la mochila de mi habitación. Dudé ante la puerta de mi residencia y mi mano vaciló en el picaporte.

Jai y Noel habían dicho que solo mi edificio estaba protegido por guardas, lo que supuse que significaba hechizos angelicales. La noche anterior había prometido quedarme dentro, pero era imposible que quisieran decir que no podía salir. Tenía clases.

Por lo visto, debería haberles pedido más información sobre la tutela que ejercían sobre mí y lo que implicaba.

El frío de primera hora de la mañana flotaba en el aire cuando salí de mi dormitorio y me dirigí al centro de estudiantes. Mi sudadera apenas era lo bastante gruesa para protegerme del frío y temblé mientras me ponía la mochila a los hombros.

Caminé por la acera, exhalé con fuerza y me reí al ver el vaho que se formaba delante de mi boca.

Pocos estudiantes estaban despiertos a esas horas a menos que tuvieran que estarlo, y los que tenían la mala suerte de tener clase temprano, como yo, no estaban lo bastante despiertos como para entablar una conversación trivial.

Nos cruzamos en silencio, cada uno a lo suyo.

Al llegar a un pequeño tramo de arboleda, mis pies se detuvieron.

Recuerdos de ojos rojos y gruñidos parpadeaban en mi mente, y mi aliento se agitó ante mi cara en bocanadas temblorosas.

No era habitual ver animales callejeros en el campus, así que las posibilidades de que el perro siguiera allí eran escasas.

Sin embargo, necesité todo mi autocontrol para seguir adelante.

Me froté los ojos borrosos mientras los árboles me engullían. El sol se colaba entre las hojas y veía bien la calle del campus a través de la delgada zona boscosa. Mi miedo era irracional, pero me sudaron las palmas de las manos al atravesar la zona más densa.

Por un momento, juré que había oído un profundo estruendo en el grupo de árboles más oscuros al romperse una ramita, pero una voz familiar se interpuso en mi creciente terror cuando unas botas repiquetearon contra el pavimento detrás de mí.

—Riles, espera. —Jai apareció en un recodo del camino y me tragué un grito muy poco masculino mientras giraba para mirarlo.

—Hola —chillé.

Se detuvo frente a mí vestido con vaqueros, una camisa gris oscuro y su chaqueta de cuero negra.

—Hola, ¿estás bien? —Una mano me rodeó el codo y la otra me levantó la barbilla—. Parece que has visto un fantasma.

—Estoy bien —grazné, mirando hacia los árboles vacíos. Allí no había nada. Ningún animal gruñendo, ningún aterrador ojo rojo. No había nada. Estábamos solos—. No es nada. Estoy bien.

—¿Has dormido bien? —Su pulgar se arrastró bajo el rabillo de mi ojo, donde las bolsas oscurecían la piel.

La electricidad chispeó dentro de mis venas bajo el toque.

—Sí.

Entrecerró los ojos, pero no preguntó más.

—Tienes que comer antes de clase. Y deberíamos irnos, o llegarás tarde.

Mi estómago gruñó, de acuerdo con su evaluación, y él sonrió.

Me cogió de la mano y se dirigió con paso firme hacia el comedor.

Me sonrojé hasta la punta de las orejas al ver las miradas que nos dirigían mientras cruzábamos el patio del centro de estudiantes.

Su palma estaba caliente en comparación con mis dedos fríos y aquella maldita sensación de cosquilleo vibró en mi mano, me subió por el brazo y se me metió en los huesos hasta estremecerme.

Por mucho que mi cerebro me ordenara apartarme de aquel contacto inapropiado, mi cuerpo se negó.

Su gran mano envolvió la mía y, para mi sorpresa, me gustó sentir el contacto directo de su piel.

Me resultaba difícil aceptar o disfrutar del tacto, pero, por alguna razón, Jai y Noel eran diferentes.

Quizá fuera su condición de guardianes lo que calmaba mi psique, o quizá todos los ángeles tuvieran ese efecto sobre los humanos.

En cualquier caso, me tragué mis protestas mentales mientras subíamos los escalones de entrada, cogidos de la mano.

Noel nos esperaba en la cafetería con una mesa llena de comida.

Huevos revueltos, beicon y tostadas llenaban un plato, y en otro había una pila de tortitas.

Cuatro eslabones de salchicha se mecían por la superficie del lago de salsa.

Por su parte, las tortitas se ahogaban en el azúcar.

Los copos de avena cubiertos de fruta casi rebosaban del último plato. Me quedé boquiabierto.

—Todo esto no puede ser para mí. —Me dejé caer en una silla. Jai carraspeó y Noel sonreía, soñoliento.

—Puedes elegir —dijo Noel—. Pero no elijas lo que yo quiero.

—¿Serás egoísta? —se rio Jai.

Noel frunció el ceño e hizo un gesto con el dedo corazón a su otro.

—Shhh, no tan alto. Es demasiado temprano.

—A Noel no le gusta madrugar. —Jai empujó el brazo de Noel, lo que provocó un gruñido de este—. Ignóralo y elige lo que quieras.

Por instinto, elegí los copos de avena, y la actitud adusta de Noel se animó un poco cuando se acercó el plato de tortitas. Jai se quedó los huevos con beicon.

—Necesito café. —Noel se levantó y caminó como un zombi hacia la cafetera.

—¿Los ángeles necesitan cafeína? —Escondí mi sonrisa detrás de la mano y Jai puso los ojos en blanco.

—Sí, listillo. Nos gusta la cafeína como a cualquiera. —Señaló mi avena—. Come.

Comí. La adición de fruta y azúcar moreno mejoró la avena y, por primera vez desde que era niño, disfruté de comer un plato así.

Noel volvió con dos tazas de café, una negra y otra marrón lechosa. Jai aceptó la taza de líquido más claro mientras Noel sorbía el tueste oscuro. Suspiró.

—Uf, odio tus clases de los lunes tan temprano.

—Lo siento —dije con la boca llena de avena, y Noel me guiñó un ojo antes de zamparse sus tortitas.

En cuanto mi tazón estuvo medio vacío, lo aparté y me limpié la boca con una servilleta. Jai me había traído un vaso de zumo de manzana de la zona de bebidas y me lo tomé mientras ellos terminaban sus platos.

—¿Te quedas o quieres ir con Gid hoy? —preguntó Jai, que se tragó su último bocado de huevos.

Noel lamió el almíbar de su tenedor, su lengua rosada se deslizó sobre el metal de una manera muy distractora mientras se encogía de hombros.

—Es mi turno con Riley, ¿no?

—Sí, pero no me importa quedarme si tú…

—Yo me quedo con Riley —cortó Noel.

Se comunicaron en silencio durante un momento más antes de que Jai se encogiera de hombros.

—De acuerdo.

Me sentí como un niño atrapado entre dos padres divorciados, y fruncí el ceño.

—No necesito una niñera. No soy un crío.

—No es hacer de niñera. Es vigilar. —Jai me dio un codazo en el costado y chillé—. Es nuestro trabajo, así que no te quejes.

—Voy a clase a plena luz del día. ¿Qué podría pasar?

La nariz de Noel se arrugó en una mueca.

—Te sorprendería lo que los demonios están dispuestos a hacer a plena luz del día, cielo.

Con un resoplido, me hundí más en mi asiento.

—Dudo que me encuentre con más demonios. Estoy bastante seguro de que el primero fue una casualidad.

Jai soltó una risita y me sobresalté cuando sus dedos me rodearon la nuca y apretaron con suavidad.

—Casualidad o no, eres nuestra responsabilidad y nos tomamos muy en serio nuestra tarea. No te agobiaremos, pero nos mantendremos cerca y haremos nuestro trabajo. Y tú estarás feliz de que lo hagamos. Ahora es cuando dices, «Vale, Jai».

—Vale, Jai. —Fue más un murmullo a regañadientes que otra cosa, y ellos se rieron—. ¿Qué haces hoy con Gideon?

Jai resopló con los labios fruncidos.

—Cosas de ángeles.

—¿Voy a averiguar alguna vez qué significa eso?

Jai y Noel, reflejándose el uno en el otro, sonrieron y ladearon la cabeza hacia la derecha de forma simultánea.

—No —dijeron al unísono.

Resoplé una carcajada a pesar de mi enfado. Realmente eran gemelos. Los gemelos más opuestos que había conocido, pero gemelos, al fin y al cabo.

—Muy bien, deja de hacerte el gracioso y mueve el culo. —Jai me dio un codazo en el hombro para que me levantara de la mesa, y me sonrojé.

—No soy un bebé —refunfuñé en voz baja mientras me colgaba la mochila del hombro.

Jai recogió los platos usados y Noel terminó su taza de café. Rodeó la mesa y añadió su taza al montón que Jai había apilado. Intercambiaron una mirada contundente antes de que Noel pusiera la palma de la mano en el pecho de Jai, sobre su corazón.

—Tened cuidado. Los dos.

Cuando las facciones de Jai se suavizaron, copió el toque de Noel, su mano descansando sobre su pecho.

—Siempre tenemos cuidado. Mantén a Riles alejado de los problemas.

—Siempre lo hago.

El intercambio fue platónico, pero me sentí como si hubiera presenciado algo que no debía. A pesar de sus discusiones, la intimidad entre ellos era imposible de ignorar. Era tan confusa como dulce.

En un abrir y cerrar de ojos, el momento pasó y Noel dejó que Jai se ocupara de los platos mientras me ponía un brazo sobre los hombros.

—Vamos a llevarte a clase antes de que llegues tarde.

Jai se despidió con la mano y yo le imité, preocupado por las «cosas de ángel» que tenía que hacer con Gideon. Noel le había dicho que tuviera cuidado, lo que significaba que, posiblemente, estaban haciendo algo peligroso. Eso no me gustó nada.

—¿Vienes a clase conmigo? —pregunté mientras nos acercábamos al edificio de ciencias, y Noel asintió—. ¿No te meterás en problemas por sentarte en una clase en la que no estás inscrito?

—El profesor no se dará cuenta. —Sonrió como si tuviera un secreto, y me detuve al pie de la escalera.

—¿Cómo? Es un poco difícil no verte. —En el momento en que las palabras salieron de mi boca, me apresuré a meterlas de nuevo en mi garganta.

Las cejas de Noel se levantaron y se quedó boquiabierto.