Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 12. Capítulo doce #2
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12. Capítulo doce #2

—Ah, vale. Yo solo… Lo siento, estoy siendo sobreprotectora. —Una sonrisa complaciente se dibujó en sus labios—. Solo quería asegurarme de que no…

Se quedó callada y yo ladeé la cabeza con curiosidad.

—¿De que no… qué?

Con las mejillas sonrosadas, estudió el brillante estampado del sillón.

—Nada. Solo quería saber si te sentiste seguro.

—Estoy bien —repetí una vez más, confundido por su extraña forma de expresarse—. Son muy amables y me dijeron que estaba bien que me quedara.

Había algo que intentaba comunicarme, que intentaba preguntarme, pero estaba claro que yo no lo entendía. En lugar de insistir, sonrió y me dio una palmadita en la rodilla.

—Bien. Bien.

Sentí alivio cuando la puerta se abrió de golpe y puso fin a la incómoda conversación, pero el consuelo no duró mucho.

Sharon entró envuelta en una toalla de baño.

Y nada más. El agua goteaba de su pelo rizado y le resbalaba por los hombros, y aparté la mirada de su piel morena y brillante con un ahogo estrangulado.

La puerta se cerró tras la compañera de Bethany, y me quedé atrapado en la habitación con una chica desnuda.

—Hola, Riley. —Se acercó a una pequeña cómoda, totalmente indiferente a mi presencia—. He olvidado el sujetador. Lo juro, si no tuviera la cabeza pegada al cuello…

Las chicas se rieron mientras yo hacía lo posible por no hiperventilar. La tela húmeda cayó al suelo con un ruido sordo, y el rojo parpadeó en la esquina de mi visión. Aunque luché contra el instinto, mi mirada siguió el color y tragué saliva.

De espaldas a mí, Sharon hablaba con Bethany mientras se subía por las piernas unos shorts rojos de tela. Su ropa interior azul de encaje era casi transparente y me quedé boquiabierto ante la extensión de piel que mostraba. Nunca había visto a una chica sin ropa.

Su cuerpo se curvaba donde el de los chicos no lo hacía y su piel parecía suave como el satén. No debía mirar, lo sabía, pero no podía apartar la mirada. La curiosidad se impuso a mi sentido común cuando se puso un sujetador azul a juego alrededor de la cintura.

Objetivamente, era guapa, pero no había nada dentro de mí que reaccionara ante su casi desnudez.

De hecho, mi primer instinto fue comparar su torso sin camiseta con el de Noel y Jai.

Su piel era más oscura que la de Jai. Me pregunté si sería más suave que la de Noel.

Era probable. Donde él era firme y musculoso, ella sería blanda y dulce.

—Bonito color, ¿verdad? —Sharon giró en círculo con un contoneo, llamando la atención sobre su sujetador azul.

Perdí la capacidad de hablar mientras inspeccionaba su cintura desnuda, donde una joya verde pálido atravesaba su ombligo.

—Hum…

Bethany se había echado a reír en silencio, con la cara roja y los ojos cerrados. Sharon se unió a ella. Yo balbuceaba sin palabras. Incómodo y avergonzado, me concentré en mis calcetines y recé para que el suelo me tragara.

Sharon se puso una camiseta y se cubrió el torso.

—Entonces, ¿vemos una película? —le preguntó a Bethany, y esta asintió.

Después de varios minutos de preparación, me encontré atrapado entre Sharon y Bethany en el sofá.

El ordenador de Bethany reproducía una película sobre un romance gay de instituto.

Comimos pizza de tofu y las chicas se murieron de risa mientras los personajes se enamoraban.

Cuando terminó, yo estaba bastante desconcertado, un estado al que empezaba a acostumbrarme.

Sharon se fue al baño. Bethany miró sus mensajes y su cara se iluminó de felicidad al escribir uno.

—Es Derek. —Guardó el teléfono.

—¿Cuánto tiempo lleváis saliendo? —Llevaban juntos desde que la conocía, pero nunca habíamos hablado de su relación en profundidad.

—Algo más de un año. —Se acomodó en el puf, con los ojos brillantes—. Nos conocimos a través de unos amigos y congeniamos. Salí con él un par de veces y luego me pidió que fuera su novia. Fue genial.

—¿Cómo supiste que le gustabas?

Meditó su respuesta durante varios segundos, escrutándome de cerca.

—Bueno, coqueteaba mucho, y hacía pequeñas cosas para mostrarme que estaba interesado. Sutiles caricias aquí y allá. Me hacía cumplidos y una vez, que tuve un accidente, me compró flores. Era dulce conmigo, supongo.

Sus mejillas se colorearon y sonreí.

—Eso suena bien. ¿Y tú? ¿Cómo supiste que te gustaba? —Mi pregunta se escapó antes de que consiguiera detenerla, y me enrosqué en mí mismo cuando las cejas de Bethany se elevaron hasta la línea de su pelo.

Ah, vaya. Ahora pensaba que yo era raro. ¿Qué chico de diecinueve años no entendía la atracción y el flirteo?

—Lo siento, ha sido una pregunta estúpida…

—No, está bien. Me parecía muy guapo, claro. —Sus mejillas se volvieron rojo furioso—. Me hacía reír y con él me sentía segura y cómoda. Y, cuando me cogía de la mano, me revoloteaban mariposas en el estómago, ¿sabes?

No sabía mucho de mariposas, pero asentí de todos modos.

—Qué bonito.

—Sí, lo es. —Se mordió el labio inferior, sus ojos adquirieron una mirada extraña por un momento antes de volver a hablar—. ¿Nunca has sentido eso por alguien?

—Ah, no. No puedo… Quiero decir, nunca… No. —La mera noción de interés romántico me llenó el pecho de pánico. La señora Janet había sido muy clara en esos temas. Yo era una decepción constante a sus ojos, pero nunca iría contra ella en ese sentido.

Al notar mi desconcierto, Bethany me pasó una mano tranquilizadora por el hombro.

—No pasa nada. No tienes por qué avergonzarte, Riley. Solo tienes diecinueve años y toda la vida por delante. Quiero decir, no es como si Derek y yo fuéramos a casarnos mañana. Estamos disfrutando de nuestro tiempo juntos y dispuestos a ver adónde nos lleva.

La conversación terminó y, cuando Sharon regresó, terminamos el resto de la pizza mientras me enseñaban a jugar al póker y al blackjack . Sharon hizo todo lo posible por explicarme las reglas, pero el juego era más difícil que los demás. Y yo mentía fatal, así que los faroles estaban descartados.

—Gracias por la pizza . Me he divertido mucho. —Salí de la habitación mientras Sharon tiraba la caja vacía.

Bethany se apoyó en el marco de la puerta con una sonrisa.

—Yo también. Deberíamos salir más. Quizá podrías invitar a tus amigos Noel y Jay.

—Es Jai —la corregí automáticamente—. Como en inglés la palabra hi .

Se encogió de hombros.

—Lo siento. Jai. Podríamos ir todos a la bolera o algo alguna vez.

—Tal vez. No sé si les gustan los bolos, pero puedo preguntarles. —No quería comprometerme a algo que tal vez no me permitieran hacer, así que hice un gesto con la mano y retrocedí por el pasillo sin dar una respuesta directa—. Que paséis buena noche.

—Igualmente.

Al entrar en mi habitación, casi pegué un grito cuando un cuerpo se movió en cuclillas cerca de mi cama. Brian se enderezó y cruzó la habitación hasta su escritorio, mirándome fijamente. ¿Había estado rebuscando entre mis cosas?

—¿Qué miras, reinona? —Se dirigió hacia mí y yo me encogí contra la puerta—. Deberías darme las gracias por librar a tus novios de una buena paliza. La próxima vez, puede que no sea tan generoso.

—Yo…

Sus manos golpearon la madera a ambos lados de mi cabeza y me alejé mientras él se cernía sobre mí.

—Mantén a tus amigos maricas fuera de nuestra habitación.

Busqué el coraje que Jai me inspiraba, pero no lo encontré. Así que agaché la cabeza de forma sumisa y asentí. Brian me dio una palmada en la mejilla y se rio cuando me estremecí.

—Así me gusta, mariquita.

Carcajeándose como una bruja, volvió a su cama y yo le miré a la espalda mientras la ira burbujeaba en mis venas.

Para evitar decir algo de lo que me arrepentiría, cogí mis cosas de aseo y hui de la habitación.

La ira era una emoción fea, pero difícil de sofocar.

Me temblaban los dedos de la fuerza con la que le puse pasta al cepillo de dientes.

«Deberías darle una lección».

Resoplé. Sí, claro. Tenía tanto valor como un ratón de campo. Y Brian me aplastaría como a un insecto si lo miraba mal. Además, no quería que Jai o Noel se metieran en problemas. Si Brian iniciaba una pelea, no sería un buen augurio para nadie.

Después de lavarme los dientes con ganas, me salpiqué la cara para enfriar mi temperamento.

Como hacía con la mayoría de mis emociones, las enterré muy adentro y las dejé allí para que se pudrieran.

No era sano, pero hacía tiempo que había aprendido a no dejar traslucir mis verdaderos sentimientos.

Los padres adoptivos no querían un niño problemático y los profesores no apreciaban la sinceridad.

Ceder a las emociones solo traía problemas al final. Era mejor así.

Brian roncaba con demasiada fuerza mientras me ponía el pijama en la oscuridad. Después de guardar mis cosas debajo de la cama, me metí entre las sábanas y me acurruqué en la almohada. Brian roncó aún más fuerte, y yo enterré mi resoplido de fastidio en el edredón.

A pesar de lo cansado que estaba, mi cerebro se negaba a apagarse.

La ansiedad se arremolinaba como un torbellino en mi pecho mientras me preocupaba por Jai y Noel y los recados de los ángeles sobre los que habían estado tan callados.

También me preocupaba Gideon y me pregunté si estaría al tanto del secreto.

Me preocupaba la señora Janet y los castigos que me esperaban si descubría los sucesos del fin de semana.

Hecho un ovillo, ignoré los rápidos latidos de mi corazón y cerré los ojos.

Tras lo que podrían haber sido horas más tarde, el borde de mi colchón se hundió bajo un peso desconocido.

No estaba del todo despierto, y el miedo instintivo generado por demasiados hogares de acogida con habitantes poco amables afloró de inmediato.

Una dulce brisa floral me envolvió y ahogó el terror antes de que se formara de verdad, y me relajé.

—No pasa nada, cielo. Soy yo. —Los dedos de Noel se deslizaron entre mis rizos y su risa tintineante sonó suave en medio de la noche mientras una respuesta confusa se deslizaba entre mis labios inconscientes—. Shhh, vuelve a dormir.

Acepté su sugerencia sin rechistar. Caí en un océano de tinta lleno de medusas luminiscentes; unos labios suaves y cálidos se deslizaron por mi sien y encendieron fuegos artificiales bajo mi piel. El fuego crepitante no me dolió y suspiré, saboreando la quemadura.