Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 12. Capítulo doce
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12. Capítulo doce

Capítulo doce

El agua fría goteaba de mis mejillas manchadas mientras me lavaba los últimos restos de sudor.

Mis emociones se habían calmado ahora que había pagado mi penitencia, pero mis ojos inyectados en sangre y mi rostro enfermizamente pálido no reflejaban esa tranquilidad.

No parecía tener el control y era urgente que me recompusiera.

No quería que Jai y Noel sospecharan… Nunca lo entenderían.

Una vez presentable, me quité el polvo de las rodillas de los vaqueros y salí del baño.

Caminé por la moqueta hasta mi dormitorio.

La puerta estaba entreabierta y el sutil aroma del humo especiado se colaba por el pasillo a través de la rendija.

Abrí los ojos, alarmado, y empujé la puerta, casi tropezando en el umbral.

Jai estaba sentado en el alféizar de mi ventana y daba caladas a su medwakh , y yo agité la mano delante de mi cara para disipar la fina capa de humo.

—¡Jai!

Al oír mi grito, Noel levantó la vista del ordenador con los labios fruncidos.

—Ya le he dicho que no fumara aquí.

Jai se rio entre dientes, expulsando una nube de humo por la ventana abierta.

—Va, no te pongas así.

—Me meteré en un buen lío si te pillan fumando en mi habitación. —Crucé los brazos sobre el pecho con un gruñido.

Con los ojos en blanco, expulsó el último resto de humo por la ventana antes de cerrarla.

—No es la primera vez que fumo aquí y no será la última.

—¿Y si me echan de mi dormitorio?

—No te echarán de tu dormitorio. —Jai se centró en mi cara, su sonrisa juguetona se disolvió mientras fruncía las cejas—. Oye, ¿estás bien? Estás pálido.

Me enderecé, y evité su mirada intrusa jugueteando con el dobladillo de mi camisa.

—Estoy bien.

—Sabes que no estamos enfadados contigo por lo de Brian, ¿verdad? —Noel dejó el ordenador a un lado y se acercó al borde de la cama—. Quiero decir…, sé muy bien lo intolerante que es.

—Supongo que los humanos no son una gran compañía. —Me encogí al recordar las crueles palabras de Brian y Noel sonrió con tristeza.

—Los ángeles pueden ser igual de malos, por desgracia.

A veces juzgamos lo que no entendemos porque es más fácil que desafiar nuestras ideas preconcebidas.

—Él se encogió de hombros mientras Jai se dejaba caer sobre la cama, metiéndose sin ceremonias en el espacio de Noel hasta que su cabeza descansó sobre el regazo de su otro.

Noel gruñó irritado, pero pasó sus pálidos dedos por el cabello oscuro de Jai.

—Sí, pero en el Cielo puedes besar a tu novio en público sin correr el riesgo de que algún gilipollas homófobo te dé un puñetazo en la cara —se pavoneó Jai bajo las caricias de Noel—. No quiero decir que no disfrute ayudándote cuando eres una damisela en apuros.

—Puedo defenderme solo, muchas gracias. —Noel pellizcó el cuello de Jai, y él huyó con un chillido al otro lado de la cama para escapar de la irritación de su otro—. De todos modos, no es como si tuviera un novio al que besar, así que estamos a salvo.

—¿Quieres un novio? —solté, antes de taparme la boca con la mano—. Quiero decir…

—Me gustan los hombres, así que una novia no es una opción. —El humor salpicó sus ojos, pero su cuerpo se puso rígido, en guardia—. ¿Es eso un problema?

—¡No! —Me abracé el torso, bajando el volumen—. No, no soy como Brian.

Radiante, Noel me alcanzó y me acercó a la cama.

—Sé que no lo eres.

Ruborizado, sonreí y bajé para sentarme a su lado.

—Vale, bien. Porque es idiota, y no quiero que pienses que yo…

—Eres mejor hombre que él, Riley. Y lo sabemos. —Noel me atrajo hacia él y me abrazó, y casi morí de vergüenza cuando me dio un casto beso en el cuero cabelludo—. En fin, Jai y yo tenemos que hacer unos recados para Gideon. ¿Puedes quedarte aquí, en tu dormitorio, hasta que volvamos?

—¿Qué vais a hacer?

Intercambiaron una mirada seria, comunicándose sin decir una palabra, antes de que Noel se encogiera de hombros.

—Cosas de ángeles.

—¿Es peligroso? —Sentí un nudo en el estómago al recordar la noche anterior. ¿De verdad había pasado solo una noche desde que mi vida había dado un cambio tan radical?—. Quiero decir que no os harán daño, ¿verdad?

Noel me acarició la espalda y Jai me alborotó el pelo.

—Estaremos bien, enano. Quédate en tu habitación hasta que volvamos, ¿vale?

¿Adónde más esperaban que fuera? No era como si tuviera un calendario de eventos.

Para empezar, apenas tenía amigos, y mucho menos planes extravagantes para el fin de semana.

Y de ninguna manera iba a salir de mi residencia por la noche.

Había tenido suficientes encuentros con demonios para toda la vida, muchas gracias.

—De acuerdo. —Recogí un hilo suelto de mis vaqueros mientras Jai se ataba las botas—. ¿Puedo salir para, no sé, ir al baño?

Noel se rio, sofocando su humor con la palma de la mano en respuesta a mi ceño fruncido.

—Lo siento, es que… Sí, puedes salir de tu habitación para ir al baño.

—Tenemos protecciones en todo el edificio y algunas más fuertes en el umbral de tu habitación —dijo Jai—. Este cuarto es el más seguro, pero, mientras permanezcas dentro del edificio, estarás bien.

Me levanté, los acompañé hasta la puerta y la mantuve abierta para que salieran al pasillo.

—De acuerdo, me quedaré aquí.

Para mi consternación, Jai volvió a despeinarme los rizos, desordenándolos aún más.

—Buen chico.

—No soy un perro —refunfuñé, aplastando mi caótica melena lo mejor que pude, y ambos ángeles rieron.

—Volveremos más tarde, cielo. —El dedo índice de Noel me rozó la mandíbula, y mi irritación desapareció al tiempo que un cosquilleo me recorría la piel.

Sin decir nada más, Jai y Noel se alejaron por el pasillo.

Los vaqueros claros de Noel se pegaban a sus largas piernas como una segunda piel, todo lo contrario que los vaqueros negros de Jai, holgados y ligeramente caídos.

Jai se puso la chaqueta de cuero sobre los anchos hombros y Noel metió las manos en el bolsillo de la sudadera blanca.

Como reflejos, caminaban con pasos similares, pero con las piernas contrarias. Polos opuestos, pero iguales.

Antes de desaparecer por el hueco de la escalera, Noel se despidió con una sonrisa alegre y Jai hundió la barbilla, su mirada parpadeando con intensidad.

La puerta se cerró entre nosotros cuando me quedé en el pasillo y dejé caer a mi lado la mano que agitaba.

Una soledad irracional se apoderó de mí en cuanto regresé a mi habitación, pero me deshice de ella.

Si había algo que se me daba bien era estar solo, y hoy no iba a ser una excepción.

Observé desde mi ventana cómo Noel subía a la parte trasera de la moto de Jai.

Su pelo blanco se convirtió en un torbellino en cuanto Jai arrancó el motor y salieron a toda velocidad del aparcamiento.

En cuanto el estruendo final de la moto se desvaneció en la distancia, suspiré y me desplomé en la cama.

Apenas habían pasado dos minutos cuando alguien llamó a mi puerta.

—¿Riley? Sé que estás ahí. Abre. —El tono ansioso de Bethany me hizo apresurarme y corrí hacia la puerta.

Ella volvió a golpear la madera. La abrí de un tirón y mis desasosegadas preguntas murieron en mis labios en cuanto me abrazó con fuerza—.

¡Dios mío, Riley! ¿Dónde te habías metido?

Desapareciste de la fiesta y no volviste a la residencia. Estuve a punto de llamar a la policía.

—Espera, ¿qué? ¿Por qué? —Mis palabras se ahogaron en cuanto me aplastó la cara contra su pecho, y me agité en un intento de escapar de su prisión blanda y sofocante.

Ella no se dio cuenta de que me asfixiaba y me estrechó con más fuerza.

—Kayla se había desmayado en su habitación y no te encontraba. Y luego no volviste a tu dormitorio y yo estaba muy preocupada. Pensé que te habían secuestrado o algo peor.

Por suerte, me soltó de su abrazo casi mortal antes de que muriera por falta de oxígeno.

—Estoy bien —respondí entre bocanadas de aire—. Me encuentro bien. Estaba con… amigos.

—¿Amigos? ¿Quiénes? —Me estremecí ante su tono exigente y su rostro palideció. Dio un paso atrás e inspiró profundamente para calmarse. Sus dedos temblorosos se enredaron en su pelo rubio mientras se relajaba—. Lo siento.

—No pasa nada. —No estaba seguro de por qué se disculpaba, pero me obligué a no encogerme.

—Estaba muy preocupada por ti. —Me apretó la mano—. Anoche me porté fatal y, si te hubiera pasado algo, nunca me lo habría perdonado.

Su pesar me derritió el corazón, aunque negué con la cabeza.

—No eres una mala amiga. Eres la mejor amiga que he tenido nunca.

Parpadeó una, dos veces. Luego sus ojos se humedecieron.

—Oh, Riley. —Y volví a hundirme en su pecho, incapaz de respirar.

Palmeé su espalda con torpeza, contando los segundos que faltaban para que me liberara. Por suerte, no me abrazó durante mucho tiempo. Tragué aire, me alisé la ropa y ahuyenté el calor de mis mejillas mientras Bethany me cogía la mano una vez más.

—Vamos. Necesito que me hables de tus amigos. —Antes de que pudiera discutir, me arrastró por el pasillo hasta su habitación—. Sharon está en la ducha, así que tenemos tiempo. Quiero detalles.

—¿Eh? —La seguí hasta el sofá y casi me caí al suelo.

Su mirada burlona me llenó de culpa, aunque no sabía por qué.

—Esos chicos que han salido de tu habitación, ¿son los amigos con los que te quedaste?

—Hum, sí. —Me lamí los labios agrietados, con la garganta seca—. Jai y Noel. Me quedé en su apartamento anoche.

—¿En serio? —Su incredulidad debería haberme ofendido, pero no podía culparla. Yo estaba lejos de ser el rey de la fiesta y nunca había dormido fuera de mi dormitorio.

—Quería irme de la fiesta. Me sacaron ellos. —Me quedé con medias verdades, incapaz de mentir con eficacia—. Era tarde, así que Gideon dijo que podía quedarme.

—¿Gideon?

—Su… compañero de piso —mentí—. Tienen un apartamento fuera del campus, y yo no me encontraba bien. Así que me dejaron quedarme.

Ahí estaba, esa era la verdad… Más o menos.