Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 10. Capítulo diez #3
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10. Capítulo diez #3

Yo casi nunca recibía regalos, ni siquiera en mi cumpleaños. Cuando los recibía, eran de padres adoptivos o trabajadores sociales, personas que tenían que hacer regalos, pero nunca había recibido un regalo de un amigo.

—Si no te gustan…

Los apreté contra mi pecho por miedo a que me los quitara.

—No, me encantan. Es solo que… no tienes que regalarme cosas.

Noel me acomodó un rizo rebelde detrás de la oreja.

—Lo sé. Quería hacerlo. Pero, si no te gusta el diseño…

—¡Sí me gustan! Me gustan mucho.

Él dio un paso atrás, se alisó el pelo con las mejillas sonrojadas.

—Me alegro. Me alegro muchísimo.

—Gracias —volví a decir. Noel ignoró mi agradecimiento, sus orejas se colorearon a juego con sus mejillas, rojas como manzanas.

De un fuerte tirón, me estrechó en un abrazo inesperado y yo resoplé contra su pecho.

Podía contar con los dedos de las dos manos cuántas veces me habían abrazado de verdad.

Mi falta de experiencia en ese tipo de afecto se hizo evidente cuando me quedé inmóvil durante varios segundos antes de darle palmaditas en la espalda como un idiota.

A pesar de lo incómodo que fue el abrazo, me inundó de felicidad y acabé relajado en sus brazos, disfrutando del gesto amistoso.

Antes de separarse, Noel me acarició la cabeza y me pareció sentir que me daba un beso en el cuero cabelludo. Tuvo que ser mi imaginación. Era imposible que me regalara un gesto de cariño de tal magnitud, y menos delante de testigos.

Por fin, Jai interrumpió nuestro abrazo con un bufido burlón.

—Por las profundidades del Seol, es un par de calcetines, no un anillo de compromiso.

—Solo está celoso de que sea más guapo que él —susurró Noel mientras le lanzaba una mirada de soslayo.

Jai puso los ojos en blanco.

—Si vais a empezar a enrollaros, hacedlo en vuestra habitación para que no tenga que verlo.

Horrorizado, añadí varios metros de distancia entre Noel y yo.

—No estábamos… Yo no…

—Ignóralo, Riley. Ser un gilipollas es lo que mejor se le da a Jai. —El comportamiento feliz de Noel se transformó en una mirada fulminante.

Jai rio como si fuera el malo de la película mientras abría la puerta principal.

—Como eres nuestro experto residente en pollas, lo sabrás bien.

—Ja, ja, ja. Chistes gais por todas partes. —Noel agitó sus manos—. Puedes comerme mi magnífico y blanqueado ano.

Jai rugió de risa, incluso cuando Noel se abalanzó sobre él, lanzándole puñetazos sin fuerzas.

—Pensaba que no era tu tipo.

—Vete de aquí antes de que te reabra la puñalada, imbécil.

Aunque actuaban de una manera tan violenta e insultante, ambos reían cuando se separaron, y Noel se secó los bordes de los ojos. Jai le despeinó el largo pelo y Noel gruñó.

—¿Te reúnes con nosotros más tarde? —Jai me incitó a salir por la puerta principal mientras intentaba comprender sus cambios de humor. Un segundo antes, eran los mejores amigos y, al siguiente, querían apuñalarse. No entendía su dinámica en absoluto.

—Si Gideon no me mete más papeleo por el galillo, sí.

Jai apretó los dientes.

—Ah, a veces lo pones tan fácil…

—No lo digas.

—Pero es perfecto e hilarante.

—Jairo —advirtió Noel.

—Por favor… ¿Una más? —Jai sonrió, suplicante, y Noel suspiró, exasperado.

—Está bien.

Triunfante, Jai enganchó el brazo alrededor del cuello de Noel y le hizo una pedorreta en la mejilla.

—Pero si a ti te encanta tragártelo todo.

—Te odio. —Noel lo abofeteó en la cara, lo bastante fuerte como para que picase, pero lo bastante suave como para ser solo una broma.

—Lo sé. Yo también te odio. —Frotándose la mejilla, Jai dejó a Noel en la puerta y me dio una palmada en el hombro—. Venga, Riles, vámonos.

Estupefacto, tropecé tras él mientras Noel se despedía con la mano.

—Te veré más tarde. No lo mates por el camino —le ordenó a Jai antes de enviarme una sonrisa más—. Adiós, Riley.

—Adiós. —Quise decir más, la despedida no bastaba para expresar la magnitud de todo lo que había sucedido en las últimas veinticuatro horas, pero Jai me agarró del borde de la sudadera y me arrastró por la acera.

Me alejó de la puerta del apartamento y dobló la esquina del largo edificio de una planta.

Nos detuvimos bajo una pequeña cochera, donde había una monstruosa motocicleta negra.

La advertencia de Noel sobre no morir tenía mucho más sentido ahora.

El estómago me dio un vuelco cuando Jai sacó la moto del aparcamiento.

—Has conducido esto antes, ¿verdad? —Miré a la bestia con recelo. Las motos eran extremadamente peligrosas, y no quería embadurnar el pavimento con mis sesos si nos estrellábamos.

—No me digas que te da miedo una motito de nada. —Me tendió un casco y yo lo cogí con dedos temblorosos.

—Eso no es «Una motito de nada».

Me coloqué el casco, pero Jai me apartó las manos al instante, antes de que pudiera asegurármelo. Me abrochó la correa bajo la barbilla y sacó una chaqueta de cuero usada de debajo del asiento de la moto. Me ayudó a ponérmela, cerró la cremallera y me echó un vistazo.

Las mangas me tapaban las manos, demasiado grandes para mi complexión, y el casco me hacía sentir tonto. Pero sonrió: sus ojos oscuros parpadeaban como una hoguera moribunda.

—¿No llevas casco? —le pregunté, y negó con la cabeza.

—Hace falta algo más que una caída para dejarme inconsciente. —Se le pasó la fanfarronería un instante después de decir eso y me dio un golpecito en la nariz—. Aunque tú eres un poco más frágil, así que tienes que llevarlo.

El descaro poco característico que Jai solía sacar de mí hizo acto de presencia y puse los ojos en blanco.

—Seguro que parezco un idiota con esto puesto.

Moví la cabeza, y Jai se rio, evaluándome de nuevo antes de encogerse de hombros.

—Sí, más o menos.

—Vaya, gracias.

Ignoró mi enfurruñamiento sarcástico y balanceó la pierna sobre la moto.

—Ahora, sube tu culito aquí.

Su mirada desafiante despertó algo dentro de mí, el deseo de valentía, la necesidad de rebelión.

Con Jai, el valor parecía más fácil de encontrar, y me acerqué a la bestia negra con pasos decididos.

Una sonrisa peligrosa curvó sus labios y, a horcajadas sobre el temible vehículo, vestido con su chaqueta de cuero y sus botas negras, parecía más demonio que ángel.

Resultó más difícil subir a la gran moto de lo que suponía, y después de que Jai se riera a carcajadas de mis fallidos intentos en solitario, me ayudó.

Haciendo uso de sus superpoderes angelicales, me subió fácilmente a la parte trasera hasta situarme detrás de él.

Puse las manos sobre los muslos y apreté el asiento de la moto entre las piernas mientras el terror y la excitación luchaban en mis entrañas.

—A lo mejor quieres agarrarte a mí. —Miró por encima de su hombro y mi cara se sonrojó al pensar en rodear su cintura con mis brazos.

Pero, en cuanto la moto se puso en marcha, chillé y me agarré a Jai como una boa constrictor. Su pecho retumbaba de risa bajo mis manos —o tal vez era la vibración de la moto— y apoyé la mejilla en su espalda mientras salíamos del aparcamiento.

Lo agarré con más fuerza a medida que conducía más rápido, pero, después de varios minutos de zigzaguear entre el tráfico, me relajé. En realidad, era divertido. El borrón de vehículos y árboles que pasaban amenazaba con provocarme náuseas, pero me negué a cerrar los ojos.

El viento me helaba las mejillas y me congelaba la nariz, y apreté la cara contra la espalda de Jai para entrar en calor.

Lo apreté con fuerza y sonreí como un loco; se me escapó una carcajada maníaca.

Después de la primera, un torrente brotó de mi boca y, de pronto, me estaba riendo tan fuerte que mis ojos se llenaron de lágrimas.

—¡¿Quieres que vaya más rápido?! —gritó Jai por encima de su hombro, y yo moví la cabeza contra su chaqueta de cuero mientras gritaba lo que esperaba que fuera una afirmación lo suficientemente alta—. Tomaremos la ruta panorámica a casa.

Sus risueñas palabras se perdieron en el viento.

Giró a la derecha para llevarnos fuera de la ciudad, en dirección opuesta al campus.

Jai apretó el acelerador y la moto rugió, embalándose por las calles vacías.

Cada vez íbamos más deprisa, el viento se abalanzaba sobre mí y, aunque estaba helado, me encantó cada minuto.

Corrimos sobre el asfalto, la moto nunca vaciló bajo el perfecto control de Jai. Me sentía inexplicablemente temerario, así que me solté de su cintura y levanté los brazos, imitando las alas de mis ángeles. Cerré los ojos e imaginé que alzábamos el vuelo mientras el fuerte viento azotaba alrededor.

La risa de Jai vibró en mi interior, levanté la cabeza y me uní a él, riendo hacia el cielo azul y soleado.

Estaba volando y, por primera vez en mi vida, era libre.