11. Capítulo once
Capítulo once
Me temblaban las piernas por los restos de adrenalina y las vibraciones fantasmas cuando Jai bajó de la bestia negra que rugía bajo nosotros. El palpitar de mi corazón resonaba en mis oídos. Me ofreció su mano para ayudarme a desmontar y conseguí ponerme en pie sin demasiados embarazosos tropiezos.
—¿Qué te ha parecido? —Jai balanceó la moto sobre el caballete, con el pelo alborotado.
Me quité el casco y él lo guardó bajo el asiento junto con la chaqueta de cuero que me había prestado.
—Ha sido maravilloso.
Se le iluminó la cara y levantó el puño, con los nudillos al aire. Lo miré con recelo y él puso los ojos en blanco con un resoplido.
—Venga, no me dejes colgado.
—Creía que esto solo lo hacían los deportistas. —Golpeé mis nudillos contra los suyos. Como si lo hubiera ofendido personalmente, frunció el ceño, me dio la espalda y caminó decidido hacia mi residencia. Me esforcé por seguir sus largas piernas—. Jai, espera, ¿qué he dicho?
Se detuvo con brusquedad y giró sobre sus talones justo a tiempo de evitar que me cayera sobre él. Me agarré a su camisa para mantener el equilibrio, y mi acelerado corazón dio una voltereta cuando los ondulantes músculos abdominales se apretaron bajo mis dedos. Jai gruñó por el impacto.
Le pedí disculpas mientras sus manos rodeaban mis caderas para estabilizarme. Al levantar la cabeza, me quedé paralizado ante la intensidad de sus ojos oscuros. El aroma a tabaco especiado invadió mis sentidos y las llamas ardían en sus iris. ¿Le había hecho daño?
—Lo siento —repetí con torpeza. Deshice mi agarre feroz de su camisa.
Al principio no me soltó, y sus largos dedos se flexionaron. El calor de su abrazo me quemó las capas de ropa. Su temperatura corporal tenía que ser un superpoder.
—¿Por qué lo sientes? —Ladeó la cabeza, curioso, expectante.
—No quería hacerte daño.
Una sonrisa desconcertada se dibujó en sus labios y aspiré bruscamente cuando sus dedos me acariciaron la barbilla.
—No me has hecho daño. Pero eres muy peligroso. Aunque no como tú crees.
Sin dar más explicaciones, me soltó. Chillé al notar que sus dedos se colaban en mi bolsillo trasero y sacaban la cartera de mis vaqueros.
Sacó el carné de estudiante y me devolvió la cartera al bolsillo.
Luego se dirigió despreocupadamente hacia mi residencia.
Me quedé inmóvil y confuso en el aparcamiento.
¿Era peligroso? ¿De verdad lo creía? Ese comentario no había sido muy amable por su parte.
Me sacudí el estupor y tropecé con mis pies al seguirlo escaleras arriba, regodeándome en mi desgracia. Me detuve instantes antes de estrellarme contra la puerta de cristal y grité cuando Jai me apretó el brazo.
—¡Por las puertas del Infierno! ¿Puedes al menos intentar no suicidarte cuando estoy cerca? Los otros no me dejarán vivir si te mueres en mi presencia.
Me encogí bajo su frustrada reprimenda y bajé mis ojos, ahora llorosos, hacia el cemento.
—Lo siento.
—Joder, Riles…
Corrí hacia el interior para escapar de su arenga y subí los escalones de dos en dos.
Mi pequeña ventaja no duró. Sus largas piernas me alcanzaron con facilidad y subimos los escalones restantes codo con codo.
A medida que avanzábamos por el pasillo hasta mi dormitorio, mi alegre estado de ánimo se sumía en la desesperación.
Jai pensaba que yo era peligroso y yo no creía que fuera un cumplido.
Propenso a los accidentes y torpe, podía entender las dificultades que yo añadía a su trabajo.
Tenía muy mala suerte y solían ocurrir cosas terribles a mi alrededor.
No creía que la mayoría de las veces fuera culpa mía, pero seguía siendo un peligro para su salud.
Si quería permanecer inmune a cualquier maldición que se cerniera sobre mí, debía mantener las distancias. Quizá se refería a eso.
Después de asegurarme de que no había testigos en el pasillo, abrí la puerta y acompañé a Jai al interior.
Temía los rumores que podrían circular si alguien me veía dejar entrar a un hombre en mi habitación, sobre todo uno de aspecto tan aterrador como él.
Además, quería evitar a Bethany y su inevitable curiosidad.
Jai leyó mis pensamientos.
—¿Escondiéndome de tu amiga?
—No quería que tuviéramos una escena.
—¿Una escena? ¿Por mi culpa? —Se rio entre dientes, y el sonido ronco me erizó la piel—. ¿Por qué supones lo peor de mí?
—¿Puedes culparme? —Puse los ojos en blanco e hice un gesto hacia su rebelde ropa cuando él, confundido, ladeó la cabeza—. Oh, vamos. Quiero decir, con todo eso de la ropa negra, los piercings y en general… Es intenso.
Sus cejas se alzaron. Una sonrisa juguetona curvaba sus labios.
—¿Así que te parezco intenso?
Tragué saliva ante el brillo travieso de sus ojos mientras se pavoneaba por la habitación hacia mí.
—Sí. Eres algo intenso y sombrío. No me culpes por preocuparme por su reacción. Probablemente la asustes.
—¿Crees que doy miedo? —Su voz grave se convirtió en un ronroneo mientras bajaba la cabeza para ponerse a mi altura.
En sus ojos oscuros brillaron la diversión y algo que no podía nombrar y mi barriga se puso del revés.
—A… veces —balbuceé.
Recortó la distancia que nos separaba, inclinó la cabeza y su aliento me acarició la boca.
—¿Tienes miedo ahora?
—No —mentí.
La punta de su nariz rozó la mía y mis ojos se cerraron, mi cerebro cortocircuitó. Necesitaba algo, pero no sabía el qué. Me incliné hacia su calor, pero él rompió la hipnotizante atmósfera al apartarse de mí como si lo hubiera abofeteado.
Por alguna razón, me sentí engañado y, a la vez, mortificado. Retrocedí.
—Perdona, ¿de qué estábamos hablando?
—De nada. —Se dejó caer sobre el colchón y metió la mano bajo el somier para coger mi libro de Robinson Crusoe —. Deberías hacer los deberes. Y deja de preocuparte por que tus amigos te juzguen.
Fruncí el ceño ante su repentina frialdad mientras me ignoraba, hojeando mi libro hasta llegar al punto en que se había quedado. ¿Qué había hecho? Me había llamado peligroso y yo le había dicho que daba miedo. Tal y como yo lo veía, estábamos en paz, ¿no?
—Ya he hecho los deberes. —Crucé los brazos sobre el pecho y me senté al final de la cama—. Y no seas malo. Bethany es una buena persona y mi amiga.
Echó un vistazo por encima de mi libro y arqueó una ceja.
—Pero tienes miedo de que me eche un vistazo y piense que anoche te llevé a casa para hacer perrerías contigo.
—¿Por qué iba a pensar eso? —balbuceé con las mejillas encendidas.
Con una sonrisa siniestra, se sentó e invadió mi espacio una vez más.
—Por mi intensidad, claro.
Se echó a reír al ver mi cara de pocos amigos, y yo me quité las zapatillas resoplando y molesto por sus burlas. Se acomodó en mi cama, con las botas colgando, y siguió riéndose. Fruncí el ceño e hice lo posible por ignorar sus insinuantes palabras.
—Si te sirve de algo, siempre le he gustado a Bethany. Así que ya está. —Me sacó la lengua en un gesto infantil.
—No sabía que os conocíais.
Enrosqué las piernas debajo de mí mientras intentaba ignorar la franja de piel que dejaba al descubierto su camisa subida.
«Por el amor de Dios, Riley, es solo piel».
Forcé mi mirada hacia la cara de Jai en su lugar, pero mi estómago dio un vuelco cuando chasqueó el piercing de su lengua contra sus dientes delanteros.
Vale, al parecer, mirarlo a la cara tampoco servía. ¿Qué me pasaba? ¿Estaba mi misteriosa enfermedad asomando la cabeza de nuevo?
Inmune a mi agitación interior, Jai dejó caer mi libro sobre su pecho, arrugando las páginas.
—Bueno, en realidad no. Quiero decir cuando la usamos para vigilarte. Puede que le hiciera más caso a Noel que a mí —arrugó la nariz—, pero aun así me dejaba persuadirla… la mayoría de las veces.
—¿Persuadirla? —Los recuerdos de Kayla actuando como un robot borracho bajo las instrucciones de Noel llenaron mi mente, y el horror se apoderó de mí—. ¿Controlas a la gente?
—Bueno, no; no del todo. Pero la intervención física en nombre de un discípulo no suele ser necesaria y está mal vista.
La mayoría de las veces es más fácil influir en la gente que te rodea para que te mantenga a salvo.
—Se encogió de hombros—. No es que te hayas hecho el hábito de ser croqueta de demonios.
No eres rebelde y evitas el peligro de forma natural. Rara vez hemos tenido que persuadirte.
Las tripas se me llenaron de plomo al oír sus palabras.
Me habían controlado toda la vida por el sistema de acogida, los padres adoptivos, los médicos y, al final, la señora Janet.
Por fin había encontrado algo de libertad en la universidad, pero ahora estaba en las garras de tres ángeles que harían exactamente lo mismo que la señora Janet.
—¿Me controlabais? —Mi voz se quebró y la comprensión se reflejó en el rostro de Jai antes de que sus ojos se abrieran de par en par.
Se incorporó y sus botas mancharon mi edredón.
—¡Joder, no! Riley, no es así. No podemos controlarte. Eso no funciona. Y, aunque pudiéramos, no lo haríamos. Los humanos tienen libre albedrío, tú tienes libre albedrío. La decisión siempre es tuya.
—Pero Kayla…
—Estaba muy borracha. —Las llamas de la ira estallaron en los ojos de Jai, pero, sorprendentemente, no me inmuté cuando me acarició la mejilla—.
No creo que hubiera actuado como lo hizo si hubiera estado sobria.
Eso, combinado con su consumo de alcohol, hizo que su mente fuera más fácil de moldear.
Y se lo estábamos poniendo muy difícil. Kayla no tenía que escucharnos a mí o a Noel, pero una parte de ella que eligió obedecer.
Además, la asusté, y el miedo es un buen motivador.
—¿Por qué la asustaste?
La mandíbula de Jai se apretó y un músculo le hizo un tic en la mejilla.