10. Capítulo diez #2
—No te disculpes. —Frotó la punta de su nariz contra la mía—. Me gusta que jugueteen con mi pelo. Es agradable.
—¿Te gusta? —A mí nunca me lo habían tocado.
Asintió con la cabeza, su nariz volvió a rozar la mía, y mi vientre dio un brinco.
—Sí, es relajante.
Murmuré algo que en realidad no eran palabras mientras apartaba los ojos de su pesada mirada y seguía revolviendo su pelo alrededor de mis pequeños dedos. Me gustaba tocarle el pelo, y parecía que a él también le gustaba. Me sonrió, y una sonrisa tonta se dibujó en mi cara como respuesta.
La satisfacción se asentó en mi estómago como un peso confortable, como si me hubiera saciado después de un delicioso festín.
No sabía por qué permitía que yo lo tocara.
Pero no tuve miedo cuando Noel arrastró su dedo índice sobre el pabellón de mi oreja.
Bueno, tenía miedo porque aquello era nuevo y confuso y me hacía sentir cosas que no entendía.
Pero también me resultaba reconfortante y me transmitía seguridad.
Tal vez tener amigos valía la pena, después de todo.
Para mi sorpresa, conseguí caer en un ligero sopor.
Después de un tiempo indeterminado, sentí que el colchón se movía debajo de mí y me desperté cuando Noel y Jai salieron de la cama.
Susurraron en su extraño idioma y yo me asomé por encima de mi hombro mientras parpadeaba para despejar los restos de sueño de mi mente.
Jai estaba de pie en el pasillo, en la puerta, con las manos en las caderas, donde le caían los calzoncillos negros.
Su piel aceitunada, su pelo oscuro y sus músculos esculpidos en piedra me aceleraron el corazón y desvié mi atención hacia Noel.
Me arrepentí de inmediato cuando Noel se bajó los pantalones del pijama.
Se inclinó para quitárselos de los tobillos y murmuró algo que no entendí.
No parecía tener ningún problema en desvestirse frente a su otro.
Jai ni siquiera pestañeó mientras Noel buscaba ropa en su tocador, solo llevaba puestos los calzoncillos.
Me quedé mirando su trasero más tiempo del necesario antes de esconderme en la almohada para refrescar mis mejillas.
Volvieron las confusas sacudidas de mi estómago y me incorporé, presa del pánico. ¿Estaba a punto de vomitar? Tenía la piel húmeda y caliente. El corazón me galopaba en el pecho. No recordaba la última vez que me había puesto enfermo, pero tal vez lo estaba de verdad.
—Riley, ¿estás bien? —Noel abotonó y cerró la cremallera de sus vaqueros pitillo mientras Jai volvía a acercarse a mí.
Evité mirar su casi desnudez y asentí.
—Sí, estoy bien.
Solo sentí alivio cuando Noel se puso una camiseta en la cabeza. No estaba enfermo, solo incómodo. Apenas soportaba ver mi propio cuerpo desnudo al ducharme, así que era lógico que no me gustara ver a otros chicos tan desnudos. Sí, tenía que ser eso.
Tiré del dobladillo de la camisa de Jai para cubrir la mayor parte posible de mis piernas y me levanté de la cama.
—Hum, ¿dónde está mi ropa?
Dos pares de ojos se posaron en mis piernas desnudas, y casi me protegí con la manta. Por suerte, ambos apartaron la mirada con rapidez.
—En la secadora. —Jai bostezó y se rascó el cuero cabelludo—. Gid puso anoche la lavadora.
Jai cruzó el pasillo y entró en su dormitorio. Noel me acompañó al salón. Gideon ya estaba despierto y cogía provisiones de la nevera para preparar la segunda ronda del desayuno. El café ya estaba listo. Noel gimió de felicidad mientras daba un rodeo para prepararse una taza.
—El baño está al final, junto al recibidor. —Señaló hacia la puerta principal.
Con un gruñido de desaprobación, Gideon dejó de batir los huevos y me hizo un gesto para que lo siguiera.
—Por aquí. Puedes usar la ducha si quieres. Te he dejado una toalla en el lavabo.
El gesto fue sencillo pero amable.
—Oh, gracias.
Le sonreí mientras abría la puerta del baño. Cambió de posición y evitó mirar mis piernas desnudas.
—Bueno, de nada. —Su incomodidad avivó la mía y me apresuré a entrar en el baño, con los ojos clavados en el suelo—. Tu ropa está en la secadora.
—Sí. Vale. —Me agarré al borde de la puerta para empujarla y cerrarla, pero, cuando él se dio la vuelta para marcharse, dudé—. ¿Gideon?
Retrocedió.
—¿Sí?
—Gracias por las tortitas, por mi ropa y, ehhh, por salvarme. —No pude mantener el contacto visual. Por dentro lloriqueaba como un loco.
Una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios y capté un breve indicio de su hoyuelo antes de que inclinara la cabeza a modo de agradecimiento.
—De nada, pero no hace falta que me des las gracias. —Su mirada se intensificó, clavada en mí—. Siempre te protegeremos. Es nuestro trabajo.
Me dio la espalda y se retiró a la cocina. Me dejó de pie en la puerta del baño, con una extraña tristeza latiendo bajo el corazón.
Como había prometido, una toalla descansaba sobre la encimera del lavabo y, tras recuperar mi ropa de la secadora, me desnudé.
Doblé la camisa de Jai y la coloqué sobre la tapa del retrete antes de añadir mis calzoncillos a mi montón de ropa limpia.
No tenía recambio y salir de allí sin nada debajo de los pantalones me parecía bastante escandaloso.
Miré la ducha con desconfianza y respiré hondo para calmarme antes de abrir el agua. Tenía la intención de limpiarme de inmediato, pero decidí esperar a volver a mi dormitorio para llevar a cabo mi penitencia.
En lugar de eso, me lavé la sangre seca, el sudor y los restos de pecado que se me habían pegado a la piel.
No era suficiente para limpiarme por completo, pero ya pediría perdón por mi larga lista de transgresiones más tarde, cuando estuviera solo y pudiera castigarme como era debido.
Hasta entonces, disfrutaría del agua caliente.
Salí del cuarto de baño diez minutos más tarde y caminé por el pasillo con los pies en calcetines.
Una vez más, los hombres de la cocina no hablaban en mi idioma y me quedé fuera de su vista para escuchar.
Las palabras se deslizaban sobre mi piel como el satén, pero mi ensoñación se vio interrumpida por una voz áspera en mi oído.
—Pensaba que escuchar a escondidas era de mala educación. —Jai se rio mientras yo saltaba del susto—. Aunque, como no entiendes nada de lo que dicen, supongo que no cuenta, ¿verdad?
—No estaba… —Me callé, incapaz de defenderme. Me había pillado con las manos en la masa y una sonrisa burlona se dibujó en sus labios—. Me gusta cómo suena.
—Qué mono. —Jai me condujo a la barra del desayuno y me subió al taburete con las manos en las caderas. ¿En serio?
—No soy un bebé —refunfuñé, y él se rio.
Noel y Jai me flanquearon en la barra del desayuno, y todas mis protestas fueron ignoradas mientras apilaban huevos, salchichas y fruta cortada en mi plato.
—Todavía estoy hasta arriba de tortitas —dije débilmente cuando Gideon me dio un tenedor con aire expectante. Me dejé caer en el asiento y acepté el tenedor.
No estaba seguro de si podría meter algo en el estómago sin vomitar, pero parecía que no tenía muchas opciones. Hurgué en el plato y comí todo lo que pude. Noel me revolvió el pelo entre bocado y bocado, y no tuve valor para resistirme.
Otro par de calcetines cubrían sus pies. Unos unicornios blancos con cuernos de arcoíris bailaban sobre la tela fucsia, y se me escapó un resoplido poco atractivo. Noel siguió mi línea de visión y luego frunció el ceño.
—¿Qué?
Tragándome la siguiente carcajada, mordisqueé un trozo de salchicha.
—Me gustan tus calcetines.
—Gracias. —Movió los dedos de los pies—. Te presto un par cuando quieras.
Sentí un placer inaudito en el pecho y me dolieron las mejillas por la sonrisa.
—Me encantaría.
En cuanto mi estómago se estiró hasta decir basta, deslicé discretamente mi plato hacia Noel. Con habilidad, él tomó los huevos revueltos restantes, pero Jai notó nuestro intercambio y se llevó las salchichas. Mientras tanto, Gideon fingía desaprobación.
—Estaba muy bueno. No puedo comer más —dije—. No quería tirar la comida.
Gideon soltó una risita y se le iluminó la cara con la primera sonrisa plena que le había visto. Apareció su hoyuelo y me quedé mudo ante su belleza angelical. Parecía más joven, más suave, pero inalcanzablemente perfecto, como una escultura de mármol.
La belleza sobrenatural debía de ser un rasgo angelical.
—Jai, hoy te llevas a Riley. Noel, debes terminar tu informe. —Gideon recogió los platos vacíos y los puso en el lavavajillas.
Noel arrugó la nariz mientras saltaba de su taburete.
—Papeleo. Qué asco.
Jai me dio un codazo en el hombro y levantó la barbilla hacia la entrada.
—Ya lo has oído. Te vienes conmigo.
Me dejé caer del taburete, me enderecé y alisé mi camiseta.
—Gracias por el desayuno —le dije a Gideon, que se ponía una corbata roja.
—De nada.
—Yo… —Me mordí el interior de la mejilla—. ¿Te volveré a ver?
Sus dedos vacilaron y falló en su primer intento de nudo Windsor.
—Hum, sí, imagino que sí.
—De acuerdo. —Seguí a Jai arrastrando los pies y me despedí con timidez hacia Gideon—. Eh, entonces, hasta luego.
En la puerta, Jai se encogió de hombros con su chaqueta de cuero mientras yo metía los pies en mis zapatillas, que estaban hechas un asco.
—Necesitas zapatos nuevos.
Para ser sincero, estaba de acuerdo con él, pero no quería llamar a la señora Janet para pedirle dinero extra. Ella siempre sabía cuándo me había portado mal, y temía que se enterara de la fiesta y de lo de Kayla y de todo lo que pasó después. Me estremecí de miedo.
Noel, que se apresuraba por el pasillo, me salvó de tener que responder.
—Espera, tengo algo para ti. —Supuse que se refería a Jai, pero me entregó una bola de tela arcoíris y parpadeé, sorprendido—. Tengo de sobra, así que…
Cogí el regalo con los ojos muy abiertos y desdoblé la tela. Tenía entre mis manos dos calcetines de colores, y ese calor abrumador volvió a mi pecho.
—¿Para mí? —pregunté y él asintió. La emoción me atascó la garganta—. Gracias.