Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 10. Capítulo diez
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10. Capítulo diez

Capítulo diez

Soñé que me quemaba vivo en una casa que nunca había visto, rodeado de siete figuras oscuras que me observaban mientras yo gritaba. Les suplicaba ayuda, pero solo se reían.

—¡Riley!

Salí de la pesadilla con un grito ahogado y retrocedí al sentir el contacto de las manos que me agarraban el bíceps.

Me estremecí, con la piel resbaladiza por el sudor, preparado para que me disciplinaran.

La señora Janet tenía poca paciencia con mis pesadillas y, si la había despertado, volvería a castigarme.

Odiaba el sótano, pero lo prefería al baño; cualquier cosa, menos la bañera.

—Riley, cálmate. —Una voz dulce y musical me meció; unas manos muy suaves me frotaron los brazos—. Despierta, cielo. Estás bien. Todo va bien.

Se me nubló la vista por las lágrimas, nacidas tanto de mi pesadilla como del doloroso anhelo que sentía en el pecho por la amabilidad que me mostraban. No estaba acostumbrado a la ternura. Mi corazón solitario anhelaba un afecto tierno y absorbí como una esponja el consuelo que me regalaban.

Apretado contra un pecho firme, respiré el aroma floral de Noel y mis dedos apretaron la piel desnuda de su espalda.

Nunca había buscado consuelo físico. Mi cerebro me pedía cautela a gritos, pero, en mi estado de puro pánico, mi cuerpo tenía el control.

Me aferré a Noel, luchando contra las lágrimas que se escapaban de mis ojos.

—¿Una pesadilla? —preguntó Jai. El colchón se hundió detrás de mí y otra mano me subió por la espalda.

—Sí. —Noel acarició mi nuca para mantenerme acunado contra él, y me refugié en su cuerpo mientras Jai me frotaba la columna vertebral con círculos fuertes pero relajantes.

Después de unos minutos, mi cerebro por fin se separó de la pesadilla y la realidad se abatió sobre mí como agua helada. Me aparté con brusquedad de las abrumadoras caricias y hui hacia el otro lado del colchón hasta que mi espalda chocó con la pared.

Noel y Jai estaban sentados al borde de la cama y me miraban con la misma expresión de dolor. Me froté la humedad de las mejillas, y la humillación me calentó la cara al ver que me estaban viendo llorar.

—Lo siento. —Agaché la cabeza y tiré del dobladillo de la camisa gigante de Jai para cubrir la mayor parte posible de mi cuerpo. Los pantalones de Noel me habían abandonado en algún momento de la noche.

Una pernera blanca sobresalía de las sábanas. Mi mortificación aumentó a medida que mi pudor pedía a gritos que me cubriera. Agarré con rapidez la manta y me cubrí las piernas desnudas.

Noel se acercó a mí, pero se retiró en cuanto me encogí contra la pared.

Los labios de Jai se afinaron en una línea sombría ante mi retroceso.

Quería explicarle que no era nada personal, que no era su culpa, pero no tenía palabras.

Así que me aovillé y apoyé la frente en mis rodillas cubiertas de mantas.

Cuando ya no sentí que me estaba volviendo loco, levanté la cabeza e intenté no quedarme boquiabierto al contemplar las formas somnolientas de Jai y Noel.

Noel se encontraba sin camiseta, solo llevaba el pantalón de chándal de la noche anterior y mostraba sus músculos cincelados.

A diferencia de la espalda tatuada de Jai, su piel cremosa y sin vello no tenía marcas.

Mientras que Jai era un poco más voluminoso en los hombros, Noel era ligeramente más delgado, pero igual de musculoso: las depresiones y los valles de su torso eran casi una réplica exacta de los de su otro.

El pelo desordenado se le enredaba alrededor de la cara, como si se hubiera despertado con un sobresalto, y la culpa recorrió mis venas.

Jai estaba igual de desaliñado, vestido solo con un par de calzoncillos oscuros, y aparté la mirada para respetar su intimidad.

No parecía avergonzado de haber sido sorprendido tan expuesto, pero tal vez se debía a que todavía estaba medio dormido.

Cuando estuviera más despierto, quizás se diera cuenta de que estaba desnudo.

Su cabello sobresalía cómicamente en diferentes direcciones. Combinado con su descuidada barba de un día, parecía un vagabundo. Un vagabundo bastante limpio y guapo, pero vagabundo, al fin y al cabo.

La mano de Noel se deslizó sobre la manta hasta que sus dedos rozaron los dedos de mis pies cubiertos.

—¿Estás bien?

Asentí sin decir palabra. Jai entrecerró los ojos con incredulidad, pero, en cuanto abrió la boca para hablar, Noel le colocó una mano en la rodilla para acallarlo.

Jai frunció el ceño y cerró la boca con un resoplido, gimió frotándose los ojos y se dejó caer sobre el colchón.

Se revolvió como un pez hasta situarse casi debajo de las mantas, y yo me sonrojé cuando sacó los pantalones blancos que debía llevar.

—¿Así que habéis hecho una fiesta sin pantalones y no habéis dejado que me uniera? —Me tiró la prenda—. Eso me ha dolido mucho.

—Jairo, no te metas con él. —Noel cogió los pantalones del aire y los tiró al suelo.

—Bah, venga. —Jai se escondió aún más bajo las sábanas—. Es muy adorable cuando se sonroja.

¿Adorable? Los bebés y los cachorros eran adorables, no los chicos de diecinueve años. Convencido de que me estaba insultando, fruncí el ceño.

—No ha sido una fiesta sin pantalones. Lo que ha pasado es que…

—Shh, estoy durmiendo. —La voz apagada de Jai salió de debajo de las sábanas, y chillé al notar que una mano cálida me rodeaba el tobillo y apretaba.

Noel golpeó el hombro de Jai.

—Déjalo en paz y lárgate de mi habitación.

Con una patada poco ceremoniosa, Jai empujó a Noel de la cama y, antes de que entendiera lo que estaba pasando, me puso en horizontal.

La repentina alteración de la gravedad y el movimiento hicieron que mi cerebro se confundiera, por lo que intenté orientarme.

Unos brazos firmes se deslizaron alrededor de mi estrecha cintura y me quedé helado cuando Jai se acurrucó en mi espalda.

Apenas pasó un segundo antes de que Noel volviera a la cama, lloriqueando como un cachorro olvidado.

—Deja de toquetearlo. Le vas a provocar un infarto.

Fue bastante caótico, y mantuve el cuerpo rígido e inmóvil mientras me empujaban de un lado a otro. Para cuando cesaron los empujones, Noel se había metido en un espacio en el que yo no creía que cupiera, y yo estaba atrapado entre dos cuerpos demasiado cálidos.

Noel apoyó la espalda contra la pared y me sonrió de forma tímida; Jai enmarcó mi espalda con su torso.

Estábamos como sardinas en lata, la nariz de Noel lo bastante cerca como para tocar la mía.

Nunca me habían tocado tanto y, desde luego, nunca había compartido la cama con nadie. No sabía cómo reaccionar.

—No hay suficiente espacio, Noel. —El aliento de Jai sopló sobre mi pelo—. Estábamos aquí primero. Fuera.

—¡Esta es mi cama! —Noel pateó su espinilla—. Si alguien tiene derecho a estar aquí, soy yo.

—Yo puedo…

—¡No! —gritaron los dos, acallando mi oferta de quitarme de en medio.

Jai deslizó un brazo alrededor de mi cintura para sujetarme a la cama e inspiré con brusquedad. Noel nos tapó con la manta antes de acomodar el dorso de sus manos contra el mío, entre nuestros pechos.

¿Se suponía que los amigos debían acercarse tanto? Era una forma bastante íntima de estar acostados, pero Noel y Jai parecían muy cómodos. Quizá era normal que los amigos compartieran cama a veces. Si era así, ¿se suponía que mi corazón debía latir en mi pecho como un tambor?

Me estaban obligando a formar parte de un bocadillo de Riley y yo no sabía muy bien cómo sentirme al respecto.

Por un lado, me sentía increíblemente confortado y cómodo, rodeado de los dos, pero, por otro, un pánico ansioso me cosquilleaba en el fondo de la garganta debido a la claustrofóbica e inapropiada cercanía.

No nos estábamos tocando de forma obscena, pero, de alguna manera, seguía pareciéndome indecente.

Sin embargo, el afecto que me ofrecían caía sobre mí como agua fresca después de una sequía, y mi corazón famélico lo absorbió hasta saciarse.

Los ojos de Noel se cerraron en cuanto tocó la almohada.

No se durmió por completo, pero su expresión era tranquila.

Su pelo se esparcía por el cojín, acariciándome la barbilla donde las puntas salvaban el pequeño espacio entre nuestras cabezas.

Era tan guapo… Lo admití para mí mismo, pero esa certeza me pesó en el estómago.

No estaba bien pensar que otros chicos eran guapos, ¿no?

Al inhalar su aroma a lilas, mis preocupaciones se calmaron y me relajé en el doble abrazo. Jai se movió detrás de mí y el vello de sus piernas me hizo cosquillas en las pantorrillas. Su mano se extendió sobre mi abdomen y me calentó tanto la piel bajo la camisa que temí que estallara en llamas.

¿Generar calor formaba parte de los superpoderes de un ángel? Jai emitía tanto calor como un horno. Yo solía tener frío, así que no me disgustó aquella agradable calidez. Sin embargo, no parecía normal.

Bueno, nada en esa situación era normal, ya que me encontraba aplastado en una cama entre dos ángeles que decían ser mis guardianes.

La señora Janet se pondría hecha una furia si descubría que me había puesto en una situación tan indecorosa.

Era otro pecado más que añadir a mi lista, otra transgresión de la que tendría que arrepentirme más tarde.

Las puntas de los mechones de Noel flotaron sobre mis manos y atrapé, de forma sutil, unos mechones pálidos entre mis dedos.

Su pelo, como la piel de Jai, era muy suave y, antes de ser consciente de mis actos, enredé un mechón bastante grueso alrededor de mi mano.

A medida que cada hebra se deslizaba entre mis dedos, captaban la luz que se filtraba a través de los agujeros de las persianas cerradas.

Noel emitió un extraño sonido con la garganta y sus ojos se abrieron; tenía las pupilas dilatadas. La intensidad de su mirada me agitó el estómago y le solté el pelo con una disculpa entre dientes. Se me hinchó la cara de vergüenza.