9. Capítulo nueve
Capítulo nueve
—Ponte cómodo, Riles. —Jai palmeó el cojín a su lado a modo de invitación. La idea de sentarme junto a él mientras estaba sin camiseta me tenía a un segundo de empezar a hiperventilar, pero obedecí.
—¿Tienes hambre? —preguntó Gideon.
Antes de que pudiera negar con la cabeza, mi voraz estómago rugió, y Jai y Noel asintieron con entusiasmo.
Gideon se rio entre dientes.
—Prepararé algo.
—No hace falt… —Jai sofocó mis protestas con la palma de la mano, y yo gruñí en señal de protesta.
—¿Tortitas? —Noel sacó el labio inferior, sus ojos adquirieron un matiz de cachorro.
Jai gimió en señal de aprobación.
—Tortitas de manzana y nueces…
—Con canela y beicon —terminó Noel su frase.
—¿Y sirope y nata montada? —dijeron los dos a la vez, y apenas conseguí contener una risita cuando ambos inclinaron al mismo tiempo la cabeza hacia un lado.
—Riley, ¿te gustan las tortitas? —me consultó Gideon, con una ceja rubia arqueada.
No pude responder porque Jai seguía tapándome la boca, pero me encogí de hombros y asentí.
—Por supuesto que quiere tortitas, Gid. —Jai me soltó con una sonrisa triunfante, se recostó en el sofá y me pasó un brazo por los hombros como si fuéramos los mejores amigos—. ¿Quién no quiere tortitas a las tres de la mañana?
Extrañado por su incómodo abrazo, enrollé los cordones de mi pantalón de chándal alrededor de mi dedo índice mientras Gideon entraba a trompicones en la cocina.
Las alas de Noel se fundieron con su espalda y sentí una profunda curiosidad.
Estuve a punto de preguntarle cómo aparecían y desaparecían por arte de magia, pero el peso del brazo de Jai sobre mis hombros me mantuvo en silencio.
La piel de mi hombro me cosquilleaba donde descansaba su antebrazo desnudo, como si pequeños insectos corretearan sobre mi carne. No era malo ni doloroso, solo diferente. Supuse que se debía a sus poderes angelicales, que aún no había descubierto en su plenitud.
—¿Cómo tienes el estómago? —pregunté, y Jai frunció el ceño ante la ofensiva herida antes de inclinarse hacia delante en el sofá para desenvolver el vendaje.
No entendí lo que me respondió porque vi por primera vez su espalda tatuada.
La tinta negra le cubría desde la rabadilla hasta el cuello y me quedé boquiabierto.
Un hermoso árbol se extendía por su piel: las raíces desaparecían en la línea de sus pantalones, y las ramas se enroscaban en la parte superior de sus hombros y le acariciaban los costados de la caja torácica.
A un lado, brotaban flores a lo largo de ramas enjutas.
En el otro, anidaban pájaros negros, que levantaban el vuelo a lo largo de su clavícula.
El tronco del árbol era retorcido, casi grotesco, pero no feo.
En cambio, la distorsión me llenó de una profunda tristeza.
Era una atormentada imagen de belleza y dolor a partes iguales.
—Es precioso —solté mientras mis dedos, sin querer, trazaban la flor negra anidada en la parte superior de su hombro.
Jai me miró, y luego a su hombro, donde la yema de mi dedo seguía la tinta oscura. Aparté la mano, ruborizado.
—Gracias. Lo hizo Noel. —Dejó la venda sobre la mesita y apoyó los codos en las rodillas—. Puedes tocarlo si quieres.
—Hum. —La verdad era que sí quería—. Vale.
La piel de Jai era cálida y sorprendentemente suave en comparación con los músculos sólidos como rocas que se flexionaban debajo. No quería hacerle daño, así que delineé el retorcido tronco del árbol solo con la punta de los dedos.
Entre las ramas y la corteza se escondían símbolos, pero eran extraños e ilegibles. Mi dedo índice siguió el vuelo de un cuervo por encima de su hombro antes de burlarse del capullo de una flor que apenas florecía cerca de su nuca.
—Es increíble —murmuré, y moví la mano por la columna vertebral de Jai, hipnotizado por cada protuberancia ósea. Los músculos de ambos lados temblaban como si le doliera algo. ¿Le estaba haciendo daño?
—Como he dicho —dijo Jai, con la voz más ronca de lo normal—, lo hizo Noel.
—Es increíble. —Esta vez dirigí el cumplido a Noel, que entró en el salón con tres tazas humeantes en las manos.
Se encogió de hombros ante mi admiración mientras sus pómulos se sonrosaban.
—Ah, hum, gracias. No fue nada.
—Hiciste un buen trabajo. —Jai aceptó una de las tazas y Noel puso los ojos en blanco.
—Solo me haces cumplidos porque te estoy dando chocolate caliente. —Sus ojos delataban su alegría, aunque la disimulaba con un enfado fingido.
—Bueno, es posible. —Jai me guiñó un ojo y dejó la bebida caliente sobre la mesita.
Noel me ofreció una taza y yo la mecí cuidadosamente entre las manos.
La cerámica hervía contra mis dedos helados.
Tras una indicación silenciosa de Noel, Jai se echó hacia atrás y permitió que le revisara la herida.
Aunque creo que la palabra en cuestión sonaba demasiado grave, ahora que podía ver el abdomen ondulado de Jai.
Donde debería haber estado la herida, no había nada más que una tenue línea rosada que indicaba el lugar donde, apenas unas horas antes, una espada se había incrustado en su carne.
¿Tan rápido se curaban? No me extrañó que mi propia herida no fuera más que una cicatriz borrosa.
—Es como si nunca hubiera existido. —Me quedé boquiabierto, apretando con fuerza la taza para no seguir el rastro de la maravilla. Tocarle el estómago me parecía demasiado impropio, aunque acabara de experimentar una curación exhaustiva y sobrenatural.
—Podemos curarnos bastante rápido si es necesario.
Solo nos da un dolor de cabeza salido directamente del Infierno.
—Jai se encogió de hombros, pero el aspecto ceniciento de su tez desmentía su despreocupación.
Ahora que lo buscaba, era imposible no darse cuenta de la palidez antinatural de la piel de Jai y Noel, y de las bolsas que se convertían en ojeras bajo sus ojos.
—¿Tenéis náuseas? —La preocupación me corroía mientras sorbía mi chocolate caliente.
Sacudieron la cabeza.
—No —dijo Noel.
—Solo tenemos que ir a Utopía antes de lo normal para recargarnos, ¿sabes? —Jai rodeó su taza con las manos y yo me quedé con la boca abierta.
—¿Utopía?
Los dos ángeles intercambiaron una mirada significativa antes de que Jai empujara su taza a través de la mesa de café.
—Sí. Utopía, Paraíso, Nirvana, como quieras llamarlo. Hay muchos nombres para el reino celestial.
Me dolía el cerebro.
—Cielo…, claro.
Mientras me tomaba el chocolate caliente, la habitación se llenó de olor a manzanas con canela, beicon y masa dulce. Mi estómago gruñó y me rodeé el torso con los brazos, sonrojado.
—Uy. Supongo que tengo un poco de hambre.
—Al menos podemos asegurarnos de que por una vez tomas una comida completa. —Jai se relajó en el respaldo del sofá y yo fruncí el ceño. Al parecer, casi morir por una espada demoníaca no había cambiado su actitud sobre mis hábitos alimenticios.
—Jairus, pórtate bien —lo regañó Noel, que ya llevaba su taza vacía y la de Jai a la cocina.
—¿Jairus? —Le di un sorbo a mi bebida—. Suena distinto.
—Prefiero Jai. —Me dio un golpecito en la oreja y gemí, incapaz de defenderme sin derramar mi preciado chocolate caliente.
Con una risita, apoyó el brazo en el respaldo del sofá y me pasó la mano por detrás de la cabeza. Me sobresalté cuando arrastró su pulgar por mi nuca, aunque vaciló al llegar donde tenía la marca del mordisco.
—Nunca debió acercarse tanto a ti. —El remordimiento y la rabia ensombrecieron su rostro; su índice trazó un camino cosquilleante desde la base de mi cuello hasta mi oreja—. Deberíamos haber llegado antes, no tendríamos haber dejado que te tocara.
—No es culpa vuestra. —Mi voz tembló mientras su dedo seguía el movimiento de mi nuez—. A veces me pasan cosas raras. Intento no darle demasiada importancia.
Jai rio entre dientes, pellizcándome el lóbulo de la oreja. Sonreí de manera tímida.
—Eso sí que es el eufemismo del siglo. Atraes los problemas como las abejas a la miel.
—No es mi intención.
Intenté ignorar las chispas que su tacto provocaba en mi piel, pero me resultó bastante difícil.
En realidad, no me gustaba que me tocaran, ni siquiera las caricias distraídas como el roce de las yemas de los dedos de Jai.
Pero no era tan malo cuando él o Noel me tocaban.
¿Por qué? ¿Quizás formaba parte de sus auras angelicales, que atraían a la gente con la promesa de seguridad y comodidad?
—Gideon debe haberle extraído algo terrible. —Noel, sentándose a la mesa de café, señaló el punto de mi cuello que Jai rodeaba.
Como si Jai hubiera olvidado que me estaba tocando, apartó la mano y se pasó los dedos por su despeinado corte fauxhawk.
—Sí, estaba pensando lo mismo.
—¿Qué quieres decir? —Me acaricié el cuello, preocupado.
Noel me acarició la rodilla a modo de consuelo.
—Nada malo. De hecho, se está curando perfectamente. Solo que muy rápido.
—¿Es normal?
—Gideon te sanó mientras estabas inconsciente, ya que Noel y yo estábamos demasiado agotados. —Jai golpeó mi hombro con el codo—. Es una buena ventaja de ser tus guardianes.
—¿Mis guardianes? —Enderecé la postura, intrigado por aquella información—. ¿Qué significa eso?
Sus ojos se abrieron de par en par y giró la cabeza para captar la también desprevenida expresión de Noel. El silencio se prolongó: buscaban una explicación, pero, antes de que me la dieran, mi cerebro me la sirvió en bandeja de plata.
—¿Como los ángeles de la guarda? ¿La gente tiene ángeles de la guarda?
Ambos se encogieron de hombros, asintiendo con un movimiento sincronizado.
—No todo el mundo, pero tú sí. Somos tu guardia —dijo al final Jai, y yo exhalé un fuerte suspiro mientras miraba los calcetines de Noel.
—¿Por qué no todo el mundo tiene un ángel de la guarda?
Noel se recogió el pelo en un moño en la nuca.