8. Capítulo ocho #2
—Yo, eh, yo… —Levanté la cabeza e hice contacto visual durante una fracción de segundo antes de desviar la mirada—. He fisgoneado tu habitación. Lo siento.
Con una carcajada, Jai apoyó las manos en las caderas y sonrió.
—Puedes fisgonear en mi habitación cuando quieras, Riles.
—Mi habitación también está siempre abierta para fisgonear. —Noel soltó una risita, acomodándose un mechón de pelo detrás de la oreja—. Y aunque Gideon es un cascarrabias, estoy seguro de que haría una excepción contigo.
El semidiós rubio —Gideon, al parecer— trató de disimular su diversión, pero la boca se le torció.
El fantasma de su hoyuelo adornó su mejilla durante un breve instante y su sonrisa ladeada relajó las duras líneas de sus rasgos.
Parecía años más joven, menos aterrador, pero la expresión desapareció tan rápido como había llegado.
—Lo creas o no, no me gusta que me llamen cascarrabias —le reprendió Gideon, con una ceja enarcada, antes de mirarme a mí—. Me alegro de volver a verte, Riley.
Su voz profunda vibró por todo mi cuerpo y provocó cosas raras en mi estómago cuando dijo mi nombre. Incapaz de formar un pensamiento coherente, asentí con un gruñido estrangulado.
—¿Te encuentras bien, cielo? —Noel señaló el vendaje de mi cuello y automáticamente me aparté de su mano. Se le descompuso la cara y se llevó las manos a la espalda—. No vamos a hacerte daño. Jamás te haríamos daño.
En el fondo, lo sabía. Lo sentía en mis entrañas.
«Pero los viejos hábitos nunca mueren».
—Lo siento —susurré, apretando las manos para frustrar su deseo de juguetear con lo que supuse que era la camisa de Jai.
Gideon se acercó a mí con movimientos lentos pero deliberados.
—¿Puedo? —Señaló la gasa que tenía pegada al cuello y se me hizo un nudo en el estómago.
Tragué saliva, asentí con la cabeza y Noel corrió por la habitación para coger un taburete mientras Gideon se detenía ante mí.
—Toma. —Aceptó el taburete y lo puso a mi lado—. Deberías sentarte. Estás un poco pálido.
Ahora que lo mencionaba, me di cuenta de que estaba mareado.
Y me subí, agradecido, al asiento. Se me blanquearon los nudillos al agarrarme al borde, y me obligué a no huir mientras Gideon se cernía sobre mí.
Me dedicó una sonrisa tensa pero tranquilizadora y me despegó la cinta adhesiva de la piel.
Para distraerme, observé a Jai.
—¿Estás bien?
Se miró el torso vendado y resopló.
—Solo una herida superficial. —Hizo caso omiso de mi preocupación, como si fuera algo cotidiano que un vampiro le apuñalara las tripas. Hasta donde yo sabía, quizá lo fuera.
Aun así, yo no estaba muy convencido, aunque me guardé mis dudas. Gideon me quitó la venda y se la entregó a Noel. Unos dedos gruesos y ardientes se posaron en mi cuello. Di un respingo y casi me caí del asiento. Gideon me agarró los brazos con dos manos enormes.
—Lo siento. —Me sonrojé mientras le permitía centrarme en el taburete.
—No pasa nada. No hace falta que te disculpes.
Al parecer, él había entendido que yo era muy reacio al tacto, porque se retiró y continuó su revisión con las manos libres.
Mortificado por mi reacción, bajé la cabeza y me aferré a los cordones del chándal de Noel.
Después de unos segundos, Gideon dio un paso atrás y por fin, a través de mis labios temblorosos, solté el aliento que había contenido.
—Te estás curando bien. ¿Te duele algo? —Gideon se inclinó para captar mi mirada errante y yo negué con la cabeza. Me dolía el cuerpo, pero el dolor no era intenso.
Me palpé el cuello, donde el demonio me había mordido, pero me sorprendió no encontrar pruebas de la herida. Dos puntitos de piel levantada eran el único indicio. ¿Cómo era posible?
—Gid te curó para detener la hemorragia. —Jai respondió a mi muda pregunta.
—Ah. —Le mostré a Gideon una débil sonrisa—. Gracias.
Él agachó la cabeza como respuesta sin palabras.
Un silencio incómodo se instaló en la habitación y el peso de sus miradas me aplastó los hombros mientras me mordía el interior de la mejilla.
Noel se inclinó hacia mí como si lo único que quisiera fuera envolverme en un fuerte abrazo.
Jai soltaba pequeñas pedorretas entre sus finos labios y tamborileaba los pulgares contra los muslos siguiendo un ritmo pegadizo.
Gideon me observaba con aire expectante.
—Así que… —me aclaré la garganta— tenéis alas, ¿eh?
Jai y Noel se rieron, y Gideon asintió.
—Sí, las tenemos.
—¿Y lucháis contra vampiros?
—Los vampiros no son reales —resolló Jai, y negó con la cabeza—. Eso era un demonio.
Le lancé una mirada interrogante a Gideon.
—¿Un demonio?
Gideon asintió.
—Sí. Pido disculpas en nombre de mis inútiles secundarios. Deberían haber sido capaces de enfrentarse a él como es debido. —Su evidente decepción hizo que Jai se llenara de indignación mientras Noel hacía pucheros.
—¡Podríamos haberlo cogido si Noel no se hubiera puesto como una puta cabra con él! —gruñó Jai, y el mohín de Noel se convirtió en un escandalizado grito de ofensa.
—¡Bueno, disculpadme por ofenderme después de que me amenazara con usarme como su mascotita personal! —Se abalanzó sobre Jai. Las luces de la habitación parpadeaban—. ¡Tampoco es que fueras de mucha ayuda, señor Espada en las Entrañas!
—No tendría un agujero en la tripa si te hubieras ceñido al plan. Pero, no, tenías que enloquecer por un poquito de acoso sexual.
Los ojos de Noel se tornaron de un púrpura oscuro.
—Nadie tiene derecho a babear con mi cuerpo sin mi consentimiento, cerdo machista.
—Pues claro que no —gruñó Jai y puso los ojos en blanco—. Y tú sabes que no me refería a eso…
La luz del techo crepitaba y gemía, y le lancé una mirada de pánico a Gideon, pero él se limitó a suspirar de cansancio, pellizcándose el puente de la nariz. Murmuró en voz baja:
—Creador, dame fuerzas.
Volví a centrarme en la discusión. Jai se abalanzó sobre Noel, con una diversión maliciosa brillando en sus oscuros ojos. Noel estaba cada vez más colorado.
—Son demonios. El consentimiento es lo último en lo que piensan cuando ven a una cara tan bonita como la tuya.
—¡Venga ya, cómeme la polla y cierra la boca! —La oferta de Noel llegó acompañada de un gesto bastante descortés centrado en sus genitales.
Jai echó la cabeza hacia atrás con una carcajada sarcástica.
—¿Que te la coma? He visto tu polla lo bastante como para saber que no tengo ni para un bocado, cariño.
—¡El tamaño no lo es todo mientras sepas usarlo!
Como si la furiosa réplica de Noel fuera exactamente lo que Jai esperaba, sus labios se abrieron en una sonrisa amenazadora.
—Qué pena que te quedes corto en ambas categorías, ¿no?
Un chillido sin palabras brotó de los labios de Noel, pero Gideon intervino antes de que recurrieran a las manos.
—¡Basta ya! Santos y pecadores, ¿tengo que mandaros a vuestras habitaciones?
—¡Ha empezado él! —Noel intentó arremeter contra Gideon mientras Jai esquivaba sus agitadas extremidades.
—Y voy a terminarlo aquí en un segundo. —Jai se rio como si disfrutara de ver al otro enfadado—. ¡Voy a cortarte el pelo y usarlo para encordar un nuevo arco de violín!
—¡No te atreverías!
—¡A la Santísima Trinidad pongo como testigo de que os castigaré a los dos si no os tranquilizáis! —Gideon los separó de un empujón—. Jairo, siéntate antes de que reabras tu herida, y Noel, deja de morder el anzuelo. Te juro que a veces sois más niños que Guardianes.
—Lo que tú digas, mami. —Jai le enseñó el dedo corazón a Gideon antes de volver con un gruñido a su posición original en el sofá.
Noel resopló, enfurruñado como un niño mientras miraba con desprecio a Jai. Y yo me quedé perplejo. Durante el ataque demoníaco, Jai y Noel habían luchado tanto el uno por el otro… Se habían cubierto las espaldas, pero ahora actuaban como enemigos.
—Ignora a estos críos, Riley. Estoy seguro de que podré encontrar secundarios más adecuados antes de que te encariñes demasiado con ellos.
—Jai y Noel se enderezaron horrorizados al oír las palabras de Gideon, y, aunque no entendí muy bien lo que quería decir, era una clara amenaza—.
Pero volvamos al tema: no, los vampiros no son reales, aunque tu folclore sobrenatural humano tiende a provenir de avistamientos de demonios.
—¿Los demonios sí son reales? —pregunté, y él asintió—. ¿Y tú tienes alas y luchas contra ellos? —Otro asentimiento—. ¿Eso os convierte en… ángeles?
La habitación se quedó en un silencio sepulcral hasta que Gideon volvió a asentir.
—Sí, somos ángeles.
—Imposible —grazné, llevándome la mano al pecho mientras el corazón hacía todo lo posible por salir de mi caja torácica.
—Sé que es mucho para asimilar —dijo Noel, que abandonó su agrio humor—. Pero es verdad. Somos ángeles, cielo. Tus ángeles.
¿Mis ángeles?
—Esto no es real. Tú no eres real. —Me tambaleé en el taburete, con el pánico subiéndome por la garganta—. Me estoy volviendo loco.
El aire se llenó de energía y grité cuando las alas de marfil de Noel estallaron en su espalda. Se estiraron en su nueva libertad antes de retirarse, enroscándose alrededor de su cuerpo.
—No estás loco —susurró en voz baja, con las plumas crujiendo.
—Fanfarrón —le espetó Jai. Gideon se tiró del lóbulo de la oreja.
El brillo etéreo de Noel se atenuó y me quedé boquiabierto al ver sus plumas blancas. Sonrió para animarme y dio un paso adelante. En lugar de retroceder, me acerqué. La curiosidad y el miedo luchaban en mi pecho, pero, de algún modo, ganó el valor.
Sentía la tensión de Jai y Gideon como un peso sobre mis hombros, pero no podía apartar la mirada de las hermosas alas de Noel, que permaneció inmóvil y me permitió acortar la distancia. Sus plumas se agitaron con entusiasmo y el ala más cercana a mí se desplegó, salvando la distancia.
Vacilante, fascinado y aterrorizado, acerqué la mano a las plumas. Mis dedos rozaron el borde de su ala y Noel inhaló con brusquedad. Sus párpados se cerraron con un suspiro de satisfacción.
Las plumas me hicieron cosquillas en la palma de la mano, suaves como el terciopelo, y un cosquilleo me subió por el brazo.
Eran blancas como la nieve recién caída y casi me ahogué en el abrumador aroma a sol que él desprendía en oleadas.
Cuando abrió los ojos, eran de un púrpura tan oscuro que parecían negros.
Mis dedos rozaron los espinosos huesos de sus alas y jadeó.
Se apartó de forma brusca de mi contacto y sus iris brillaron con algo indomable. La culpa me invadió.
—Lo siento. No quería hacerte daño.
—Ya lo sé, no lo has hecho. —Su voz era ronca y carraspeó; sus mejillas se sonrosaron. Sombra a sombra, sus ojos volvieron a su tono incoloro original y sonrió con timidez—. No pasa nada. Estoy bien.
Al recordar que no estábamos solos, me encogí al ver la desaprobación reflejada en los ojos de Gideon.
Mis mejillas se calentaron como una estufa mientras los labios de Jai se afinaban con desagrado.
Había hecho algo mal. Tal vez tocar sus alas era de mala educación y yo acababa de cometer un atroz error cultural.
—Lo siento mucho.
El aroma de la menta me llegó instantes antes de que un dedo cálido me alzara la barbilla. Dejé que Gideon inclinara mi cabeza hasta que nuestros ojos se encontraron.
—No hay nada por lo que disculparse, pequeño, pero te sugiero que tomes asiento. Tenemos mucho de lo que hablar.
Asentí y traté de no temblar bajo su mirada mientras el dedo en mi barbilla se deslizaba, dejando un rastro de cálidos cosquilleos tras de sí.
—De acuerdo.