7. Capítulo siete #2
—Tócale un pelo de la cabeza y te destriparé con una cuchara. —La gélida amenaza fue respondida con una risita despreocupada.
—Uy, qué posesivo eres. —La sonrisa voraz del demonio se ensanchó—. ¿Temes que disfrute más chupándome la polla a mí que a ti?
Se hizo un segundo de silencio entre ellos, tan pesado que podría haber oído caer un alfiler, y luego se rompió con un rugido furioso.
Noel se iluminó como un letrero de neón, con un brillo etéreo casi cegador, mientras se abalanzaba sobre el demonio.
El grito de alarma de Jai se perdió en el caos cuando el demonio confrontó el ataque.
El ángel oscuro saltó a la refriega, pero el daño ya estaba hecho.
Jai y Noel habían perdido el ritmo. Descoordinados, estuvieron a punto de golpearse entre sí tantas veces como de asestar golpes al demonio.
Jai tuvo que esquivar tanto la espada ancha del demonio como las espadas de ópalo de su compañero.
Perdieron terreno con rapidez, y no pude hacer otra cosa que observar con creciente horror cómo el demonio descargaba una estruendosa patada en el pecho de Noel.
Con un ensordecedor crujido de huesos, voló hacia atrás.
Jai se concentró en su compañero, con los ojos muy abiertos y expresión atormentada.
—¡No…! —El grito de Jai se cortó con un ahogo húmedo cuando el demonio giró y hundió su espada en su estómago hasta la empuñadura.
Jai jadeó, sus ojos se abrieron de par en par, confusos, mientras estudiaba el arma incrustada en sus entrañas. Como si se le acabara de ocurrir, el vampiro sacó la espada del torso. Noel gritó. Me tapé la boca con la palma de la mano para ahogar mi propio gemido de horror.
Con una tos húmeda, Jai se desplomó.
—Gideon, ¿dónde estás? —Sus confusas palabras se apagaron mientras la saliva sanguinolenta goteaba de la comisura de sus labios.
Con un temible grito de guerra, la luz de Noel creció en intensidad e iluminó el callejón hasta que este brilló como el mediodía. Levantó una mano, con la palma hacia fuera; su rostro era una máscara de venganza.
Jai gimió y se desplomó cuando sus ojos oscuros se encontraron con los míos.
—Riley, corre.
Congelado por el miedo y el shock , era incapaz de moverme, y mucho menos de obedecer su orden. Cerré los ojos para proteger mis retinas de la luz cegadora de Noel. Sentí la onda expansiva, la explosión de poder que atravesaba el callejón como un huracán. Y, después, nada.
Cuando abrí los ojos, Jai estaba donde había caído, con las manos ensangrentadas taponándose la herida.
Noel se desplomó en el suelo, una palidez mortal cubría su piel.
Las alas blancas y negras se fundieron con la espalda de los ángeles hasta que volvieron a parecer humanos.
El demonio gimió, enderezándose hasta alcanzar toda su estatura.
Como una víctima de quemaduras de segundo grado, su piel estaba roja y ampollada, pero seguía vivo.
—Un truco muy elegante. Pero no te salvará.
El demonio avanzó hacia Noel, que retrocedió como un cangrejo, con un miedo desmedido coloreándole la cara.
Jai emitió un sonido desgarrador, como el de un animal herido, mientras luchaba por ponerse en pie.
Y yo luché por encontrar dónde agarrarme al tiempo que un impulso irracional de proteger a Noel crecía en mi interior.
—Bonito angelito —arrulló el demonio, que levantó a Noel por el cuello y lo estampó contra la pared—. Serás una buena mascota.
—Que te jodan —graznó él. Intentó alejarse del demonio mientras este presionaba el cuello con su nariz.
—Todo el mundo se rompe con el tiempo. Disfrutaré destrozándote. —La criatura inhumana acarició la garganta de Noel. Su coraje se resquebrajó y el terror ocupó su lugar.
Jai tropezó en su intento de levantarse, de acortar la distancia entre su compañero y él. La determinación endureció sus facciones, pero su herida frustró sus intentos de salvarlo.
—No-Noel. —Cayó sobre manos y rodillas, tosiendo sangre.
Yo no era un luchador, no había dado un puñetazo en mi vida, pero no podía quedarme de brazos cruzados. Jai se desangraba. Noel estaba a punto de morir a manos de un monstruo cruel. Tenía que hacer algo.
Cuando por fin conseguí enderezarme, la sangre se me concentró en los dedos de los pies.
Me incliné hacia un lado, manteniendo a duras penas el equilibrio.
La cabeza me daba vueltas y la vista se me oscurecía.
Se me revolvió el estómago, me apoyé en la pared y vomité. Sí, iba a salvar el día, sin duda.
En cuanto me enderecé y me limpié la bilis de los labios, ocurrieron varias cosas a la vez.
Jai y Noel movieron la cabeza hacia la entrada del callejón.
El demonio se quedó congelado. Se me erizaron los pelos de los brazos cuando una luz centelleó y una abrumadora oleada de poder crepitó en el aire.
Segundos después, un hombre monstruoso salió de entre las sombras.
Con el cuerpo resplandeciente, estudió la situación con el ceño fruncido mientras unas alas doradas se extendían a sus espaldas, abarcando todo el ancho del callejón.
Unas espadas doradas aparecieron en sus manos, y el demonio soltó al instante a Noel y retrocedió.
No lo culpaba. El recién llegado era aterrador.
—Has atacado a mi discípulo y has herido a mis dos secundarios.
O eres increíblemente estúpido, o eres un suicida.
—Su profunda voz resonó, cargada de autoridad y desaprobación.
Se alzaba sobre el demonio y los otros ángeles, con sus anchos hombros y abultados bíceps, que tensaban la tela de su camisa abotonada.
Al ser tan corpulento, trotaba más que caminaba, y avanzó hacia el demonio con pasos decididos y, al mismo tiempo, elegantes.
El pelo rubio oscuro se le enroscaba en ondas alrededor de las orejas, y sus ojos verdes y brillantes destellaban con la promesa de la destrucción.
—No puedo curar tu falta de inteligencia —blandió una de sus espadas doradas—, pero puedo hacer que se cumpla fácilmente tu deseo de morir.
El demonio enseñó los colmillos y siseó, alzando su espada ensangrentada.
—Te mataré como he matado a tus patéticos secundarios.
Una sonrisa fugaz asomó en las comisuras de la boca del dios griego, un hoyuelo apareció en su mejilla derecha.
—Ya veremos.
El atuendo informal de oficina del ángel no le impedía blandir sus armas, y su corbata se meció en el aire mientras respondía al ataque del demonio con una agilidad sorprendente para alguien de su tamaño.
Sus mocasines no tardaron en mancharse de tierra y temí por el futuro de sus pantalones.
El demonio y él comenzaron a girar el uno alrededor del otro.
Cuando ambos se enfrentaron, Noel, apretando los dientes, se arrastró para apartarse y acercarse a un Jai apenas consciente.
El ángel y el demonio luchaban con habilidad y fervor; maldecían y rugían durante el entrechocar de las espadas.
No pude seguir sus movimientos, eran demasiado rápidos, así que me centré en Noel y Jai.
—Ya era hora de que llegara, el cabrón. —Las fuerzas de Jai menguaron y cayó al suelo. Noel se apresuró a cogerlo.
—Eh, quieto. Te tengo. —Levantó a Jai en su regazo casi sin esfuerzo, medio sujetándolo, medio apoyándolo en él—. No te atrevas a morirte encima de mí, capullo egoísta.
—¿Capullo? Que me he puesto en el camino entre una espada demoníaca y tú, gilipollas —espetó él, y Noel resolló.
—Sí, y ahora eres tú el que tiene un agujero en las tripas. Eso te convierte en un capullo, capullo.
Una risita débil raspó la garganta de Jai, y Noel le inclinó la cabeza para que la descansara sobre su hombro.
—Que te jodan.
—No eres mi tipo. Ese demonio está loco si piensa que me acercaría a tu minúsculo pene. —Noel jadeó mientras su frente se pegaba a la de Jai.
—Seguro que sabes cómo engatusar a un chico, ¿no? —Jai soltó otra carcajada—. Me sorprende que consigas citas.
Noel se rio, con un sonido débil y etéreo.
—Cállate y deja que te cure.
—No lo hagas, No. Esa explosión de energía te ha afectado. Me pondré bien.
—¿Siempre tienes que ser tan terco? Todavía estás sangrando. Deja que te cure. —Fulminó con la mirada a Jai, pero el moribundo le mostró su dedo corazón.
—Si me curas, podrías morir. Si mueres, tendré que arrastrar tu alma desde el Elíseo para poder matarte yo mismo —refunfuñó, aunque se relajó en el abrazo de Noel—. Joder, yo no… Mierda. —Sus ojos se pusieron en blanco y su cuerpo se quedó laxo.
Con un suspiro exasperado, Noel le cogió las pálidas mejillas entre las manos.
—¿Jai? Jairo. Por los santos y los pecadores, lo que tengo que soportar.
Noel dejó caer una mano sobre la herida de Jai y sus cuerpos brillaron con luz etérea.
Una cinta blanca brotó de la palma de su mano y se enroscó alrededor de Jai; la luz que los envolvía palpitaba a un ritmo constante.
Noel palideció y perdió cualquier atisbo de color que hubiera conservado.
Sus labios carnosos se secaron y agrietaron.
Las bolsas de sus ojos se oscurecieron hasta volverse negras y su pelo pareció marchitarse.
Mientras Noel se debilitaba, Jai se fortalecía. Sus mejillas aceitunadas se sonrojaron y la hemorragia disminuyó. No podía ver la herida, pero el charco de sangre en el pavimento dejó de crecer. Noel estaba curando a Jai, literalmente intercambiaba su salud física. Era extraño y hermoso.
Terminó en apenas unos instantes. La cinta que serpenteaba alrededor del torso de Jai volvió a deslizarse hasta la mano de Noel y, sin más, ambos se desplomaron, inconscientes.
—¿J-Jai? ¿Noel? —Me arrastré por el suelo, mis dedos se deslizaron sobre la chaqueta de cuero de Jai.
Un grito ensordecedor captó mi atención, y me giré a tiempo para ver cómo el enorme ángel hundía sus dos espadas en el pecho del demonio.
—Si de algún modo te arrastras fuera de las entrañas de la Gehena, te sugiero que no vuelvas a acercarte a mis chicos.
Con un gruñido, arrancó ambas espadas del cuerpo del demonio y lo decapitó.
La cabeza rebotó por el cemento, rodando como un balón de fútbol, hasta que se detuvo a dos metros de donde yo estaba arrodillado en el suelo.
Tanto la cabeza como el cuerpo crujieron y temblaron, y luego estallaron en polvo.
La brisa se llevó las cenizas, como si el demonio nunca hubiera existido.
Fui apenas consciente de que el desconocido se acercaba con fuertes pisadas. Se agachó ante mí. Incluso lo más encorvado posible, era enorme. Mi mirada se encontró con la suya mientras otra lágrima recorría mi mejilla.
Su mirada fija se clavó en la mía y me invadió un aroma embriagador a menta. Menta y sol. Algo me golpeó la memoria, pero no conseguí entenderlo.
El desconocido —que no era un desconocido en absoluto porque de algún modo, de alguna manera, ya nos conocíamos— me levantó la barbilla con la yema del dedo índice.
—Riley, ¿estás bien?
—Te conozco —murmuré mientras se me nublaba el cerebro. Luego, la oscuridad se apoderó de mí y me entregué con gusto a la paz de la inconsciencia.