Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 7. Capítulo siete
28%

7. Capítulo siete

Capítulo siete

Los pulmones me ardían en busca de oxígeno.

Cojeé hacia el edificio de mi residencia, con una constante punzada en el costado y gimoteando a cada paso.

No era precisamente del tipo atlético, y parecía un pez fuera del agua mientras me tambaleaba hacia la entrada principal, jadeando.

Mi improvisada rutina de ejercicios se fundió con mi vergüenza y tragué bilis.

Había ido a una fiesta y había permitido que una chica me besara, que me tocara. Estaba sucio, manchado; necesitaba limpiarme. Necesitaba arrodillarme ante mi cama y suplicar perdón. Era un chico vil y malvado. Enfermo, perverso, asqueroso…

—Disculpe.

Una sombra se movió en el callejón entre los dos edificios de dormitorios, y un vergonzoso grito estalló en mi boca mientras me arrancaban de mi diatriba autodespectiva.

Con la mano en el corazón maltratado, me enfrenté al desconocido que estaba envuelto en sombras.

La brisa otoñal me agitaba el pelo. Se me revolvieron las tripas de miedo irracional y me entraron ganas de salir corriendo, maldita punzada en el costado.

—Disculpe, parece que me he perdido. ¿Podría ayudarme? —preguntó el hombre, con los ojos brillantes bajo la luz mortecina de la farola.

Ahuyenté el presentimiento, aunque mis instintos me pedían cautela.

—Sí, claro.

—Se lo agradezco mucho. Siempre se me ha dado mal orientarme en lugares desconocidos. —Su risita forzada me crispó los nervios.

Esperé que se acercara a mí, pero se quedó justo dentro del callejón. Disimulé mi enfado y avancé arrastrando los pies.

—¿Adónde necesita ir?

Al acercarme, la oscuridad se disipó y la luz de la luna se reflejó en su brillante cabeza calva.

Sus rasgos eran anodinos, desde sus sencillos ojos marrones hasta su poco marcada barbilla.

Su aspecto era absolutamente olvidable, pero mi instinto de supervivencia se puso en marcha en cuanto su mirada se cruzó con la mía.

—¿Adónde necesita ir? —repetí cuando no hizo más que mirarme.

El asombro tiñó su expresión por un momento antes de que una inquietante sonrisa curvara sus labios.

—Pensaba que eras una chica. Aunque, en realidad, no importa.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo dice?

Ignoró mi indignación e inhaló profundamente, saboreando el aire. Su cuerpo se puso rígido.

—Peculiar. —Ladeó la cabeza con curiosidad—. Eres un regalo inesperado. Ven aquí, niño.

Crucé los brazos sobre el pecho y me di media vuelta.

—Escuche, señor…

Rápido como un rayo, se movió. Un puño se enredó en mi camisa y me arrastró al callejón. Amortiguó mi grito de alarma con una mano sobre mi boca mientras luchaba en vano contra su fuerte agarre. El penetrante olor a azufre y ceniza me penetró por los poros. Mi cuerpo se rebeló a nivel celular.

Mi espalda chocó con la pared de ladrillo y sus dedos rodearon mi garganta para inmovilizarme.

Grité en su palma. Él se inclinó a mi altura con las pupilas dilatadas.

La esclerótica de sus ojos sangraba enrojecida y sus labios se entreabrieron sobre unos colmillos relucientes donde deberían haber estado sus incisivos.

Afilados como cuchillas, se alargaron ante mí, y mi fino hilo de cordura se rompió.

Aquello no era real. No podía ser real. Los vampiros eran un mito, material de leyenda, y mi mente no era de fiar. Estaba estresado y estaba experimentando otra crisis psicótica. Sí, eso era lo que pasaba. No era real. Por favor, ¡que no sea real!

—Qué agradable sorpresa, encontrarme con semejante manjar. —Gruñó, el sonido más animal que humano—. Ni siquiera estoy seguro de lo que eres, pero tengo la sensación de que vas a tener un sabor divino.

Cada uno de mis forcejeos fue respondido con una fuerza inquebrantable. La mano en mi garganta me cerró las vías respiratorias y me elevó hasta que mis pies colgaron del suelo. No podía gritar. Apenas podía respirar. Dios mío, la noche estaba siendo horrible.

Las lágrimas corrían por mis mejillas mientras me ahogaba y yo balbuceaba.

La criatura se deleitó con mis sollozos ahogados y mi estómago se contrajo cuando algo caliente y húmedo se deslizó por mi garganta: su lengua.

Sus penetrantes colmillos me arañaron la yugular y mis patéticos gemidos se convirtieron en llanto. Él iba a matarme. Yo iba a morir.

—Te diría que no gritaras, pero disfruto con vuestros gritos. —Me lamió el punto exacto en el que se notaba mi pulso. Cerré los ojos y rogué por un milagro—. Por supuesto, niño. Grita para mí.

Unos colmillos como agujas se hundieron en mi garganta, rasgando piel y tejido.

La agonía me desgarró; el ácido quemó mi sangre, desintegrando mis arterias.

Músculos y tendones se derritieron. A medida que mi carne se disolvía, los huesos de mi cuerpo se hacían añicos.

Mi visión se oscureció, cegándome a todo menos al dolor.

Y grité.

Lo que me parecieron años después, emergí del sufrimiento eterno con el sonido más hermoso que jamás había oído: un gruñido áspero que reconocí.

—¡Quita tus sucias garras de mi discípulo!

Cuando el vampiro me liberó de su mordisco, mi cabeza se inclinó hacia un lado y gemí.

Con las lágrimas nublándome la vista, apenas conseguía entender la imagen que tenía ante mí.

Jai estaba de pie en la entrada del callejón, con los ojos encendidos de ira y el rostro transformado.

Pero lo que me aterrorizaba más que la promesa de asesinato en su expresión y las dos espadas que empuñaba eran las dos enormes alas de ébano de su espalda.

Espera, ¿qué?

Las alas de medianoche se agitaron, la luz de la luna centelleó en los iridiscentes penachos mientras Jai se adentraba en el callejón.

Su cuerpo brillaba con furia vengativa, los ojos negros y feroces.

Dos espadas de ónice con empuñaduras plateadas brillaban en sus manos.

Era la aterradora imagen de un ángel vengador bíblico. Temblé ante su ira.

El monstruo me soltó y mis rodillas se doblaron bajo mi peso. Caí al suelo y me llevé por instinto la mano al cuello herido. Mis dedos se mancharon de sangre caliente.

—Vaya, vaya, vaya, si el sangre de barro tiene su propio guardián. —La criatura se lamió los labios salpicados de sangre—. Aunque, por tu olor, supongo que no eres más que un secundario. ¿Dónde está tu otro?

—Aquí mismo. —Noel estaba al otro lado del callejón, por lo que habían encajonado al vampiro entre Jai y él.

Su largo cabello se enroscaba en una trenza sobre su hombro, y unas alas blancas como la nieve crujían a su espalda—.

Prepara tu alma ennegrecida para las profundidades del Seol, demonio, porque allí es exactamente dónde te enviaremos.

Con una carcajada maníaca, el demonio vampiro clavó sus ojos rojos en Noel y luego en Jai.

—¿De verdad creéis que podéis enfrentaros a mí sin vuestro primario?

—Míranos —respondieron al tiempo.

Se agacharon y se pusieron en la misma posición defensiva mientras dos espadas aparecían en las manos de Noel.

Tal y como esperaba, eran lo contrario de las negras y brillantes de Jai, hechas de ópalo resplandeciente con empuñaduras de plata.

Más largas que mi brazo y terriblemente afiladas, las hojas parecían brillar con la misma energía que emanaba de los ángeles en oleadas.

El demonio se rio y sacó una espada de la nada. Miró a los ángeles con perverso deleite.

—Esto va a ser muy divertido.

Jai y Noel se movieron al mismo tiempo: se abalanzaron hacia delante y blandieron sus armas en arcos paralelos. El demonio esquivó los golpes con una rapidez inhumana. El metal tintineó al comenzar la lucha y yo me encogí contra la pared de ladrillo.

En un callejón del campus de mi universidad había una pelea de espadas entre dos ángeles alados y un monstruo-demonio-vampiro. Si antes no estaba muy seguro de haber perdido la cabeza, ahora sí. Me había vuelto oficialmente loco.

Jai y Noel se movían sincronizados, girando y dando vueltas el uno alrededor del otro, como en una coreografía.

Como si supieran dónde iba a estar el otro antes de moverse, se agacharon y zigzaguearon mientras atacaban a la criatura siseante del infierno.

Grácil como un bailarín, Noel bailó en círculos alrededor del demonio y Jai se lanzó con fluida agilidad, sus espadas silbando en el aire.

Pero, por muy bien que trabajaran juntos, ninguno de los dos dio en el blanco.

Al parecer, el demonio era igual de hábil con la espada. Bloqueó cada golpe de los ángeles, defendiendo ambos flancos. A medida que la lucha se acaloraba, sus movimientos se aceleraban y se convertían en sombras borrosas en la noche.

El metal chirriaba contra la piedra y el poder surcaba el aire como un trueno. Jai y Noel volaron hacia atrás, repelidos por una fuerza invisible. Aterrizaron en cuclillas, con el pecho agitado por el esfuerzo.

El demonio se pasó el pulgar por un corte poco profundo de la mejilla y la sangre manchó su negra piel. Hizo crujir su cuello y suspiró.

—¿Ya estáis cansados, pequeños guardianes? —El demonio blandió su pesada espada, como si tuviera todo el tiempo del mundo para perder—. Qué lástima. Esperaba pelear un poco más.

—No serás tan engreído cuando te separe la cabeza de los hombros, cabronazo. —Jai enseñó los dientes mientras se ponía en pie, y Noel lo imitó. Su mirada ansiosa revoloteaba sobre mí cada poco.

—Déjame decirte cómo va a acabar esto —el demonio señaló a Jai—: voy a matarte; porque me resultas insoportable.

—Arrastró su dedo hacia mí, y gemí—. Después dejaré seco a tu discípulo.

Y entonces solo quedaremos tú y yo. —Su atención terminó con Noel, una sonrisa inquietante partió su boca—.

Se me ocurren varios juegos divertidos a los que podremos jugar. Eres tan guapo…

El bello rostro de Noel se transformó en una mueca de asco cuando un grito de indignación salió de sus labios. Blandió sus espadas preparándose para atacar, pero fue Jai quien gruñó como un animal.