Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 6. Capítulo seis #2
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6. Capítulo seis #2

La puerta del dormitorio se abrió de golpe y una figura alta irrumpió en la habitación. Vaqueros oscuros. Chaqueta de cuero negro. Tabaco y especias. Casi me puse a llorar de alivio. ¡Jai!

Kayla abandonó mis vaqueros entreabiertos con un chillido y se giró hacia nuestro intruso con la mirada.

—Oye, estamos ocupados. —Ella volvió a fijarse en él, rastrillando su mirada de la cabeza de Jai a sus pies, luego puso los ojos en blanco—. No puedes entrar.

Una oscura ceja se arqueó y el fuego de sus ojos se encendió en señal de que lo habían ofendido.

—¡Mujer, no pongas a prueba mi paciencia! —la despreció antes de cambiar su atención hacia mí. Su rabia se suavizó cuando nuestras miradas se cruzaron y me ofreció la mano—. Riley, ven conmigo.

—Estamos ocupados. Lárgate. —Kayla le lanzó sus orejas negras de gato. Rebotaron en su pecho y por la alfombra.

Él miró con apatía el tocado ofensivo antes de fijar sus ojos en mí.

—¿Riley?

Me puse en pie sobre mis piernas temblorosas y traté de alcanzar su mano extendida, pero ella se abalanzó sobre mí.

—¡Siéntate!

Me estremecí ante su tono áspero, retrocedí un paso, perdí el equilibrio y caí sobre la cama.

Jai se hinchó, el aire crepitó con intensidad, y la bravuconería de Kayla se desintegró bajo su mirada.

Se acobardó mientras él se cernía sobre ella y su rostro se retorcía en un gesto feroz. La luz del techo parpadeó.

—Vuelve a hablarle así y, mujer o no, te reventaré la vida —escupió con los dientes apretados. Las bombillas de la habitación zumbaban y la luz se encendía y apagaba de un modo errático.

—Jairo, ya basta. —Una voz melódica restalló en el aire como un látigo y puso fin al irracional espectáculo de luces.

Un momento… Conocía esa voz.

Estiré la cabeza más allá del enfrentamiento entre Kayla y Jai, y me sorprendió el ceño fruncido de Noel. Escrutó la habitación y me evaluó con rapidez antes de volver a Jai.

—Ocúpate de Riley. Déjamela a mí —siseó con suavidad, como si no quisiera que yo lo oyera.

Después de mirarnos un momento, Jai gruñó a regañadientes y Noel se relajó. Jai se apartó de la ahora muy sorprendida Kayla, y Noel ocupó su lugar al instante. Sonrió con una expresión amable que me desarmó y que estaba fuera de lugar, dada la situación.

—Hola, cariño —arrulló con voz tranquilizadora a Kayla—. Tranquila. No te pasa nada. Has bebido demasiado. Estás cansada. Es hora de que te acuestes.

Como miel caliente, sus palabras gotearon sobre mi piel y me la pusieron de gallina. Kayla parpadeó perezosamente mientras sus ojos brillaban. Su postura agresiva se aflojó y se tocó la sien, frunciendo el ceño.

—¿He bebido demasiado?

Noel asintió, sus labios se estiraron en una sensual sonrisa.

—Ajá. Tienes que dormir la mona. Y, cuando despiertes, te darás cuenta de que todo ha sido un sueño.

—Necesito dormir la mona —repitió ella con voz uniforme—. Esto solo ha sido un sueño.

Jai se interpuso en mi rango de visión, rompiendo el trance que Noel proyectaba sobre aquel cuarto, y jadeé. Me aparté de él y me estremecí en cuanto su mano se acercó a la mía. No creía que fuera a hacerme daño, pero tenía los nervios destrozados y el cerebro no me funcionaba bien.

Extendió las manos en señal de rendición y se agachó en el extremo de la cama.

—Está bien, Riles. No pasa nada. —Su tono tenía la misma calma adormecedora que el de Noel y el pánico que me recorría la sangre se calmó—. Es hora de marcharnos.

Con la palma levantada, esperó mientras Noel seguía ronroneando, tranquilizador, al oído de Kayla.

Con dedos temblorosos, cogí con cautela la mano de Jai, y sus callos me rozaron la piel.

Recé para que no se diera cuenta del sudor que mojaba mi palma en cuanto su gran mano envolvió la mía.

Cuando la apretó, un cosquilleo extrañamente agradable me subió por el brazo. Si él también lo sintió, no reaccionó.

Mientras me guiaba fuera de la habitación, Jai ignoró a Noel y Kayla, y su mirada, siempre alerta, comprobó lo que nos rodeaba en cuanto entramos en el pasillo.

Como si se hubiera roto una burbuja protectora, los sonidos y los olores de la fiesta me inundaron al cruzar el umbral.

Luché contra el impulso de taparme los oídos.

La música sonaba a todo volumen y las risas estridentes rebuznaban.

El sudor rancio y el alcohol asaltaron mi nariz.

Saboreé el brillo de labios de uva artificial de Kayla.

—Cierra la puerta detrás de nosotros, niña. —Noel salió de la habitación. Kayla asintió y obedeció como un robot borracho.

La puerta se cerró; la llave se deslizó en su sitio. Y nos pusimos en marcha.

Jai se abrió paso entre la multitud, su agarre de mi mano sudorosa rozaba el dolor.

El calor del cuerpo de Noel me abrasaba la espalda mientras me ponían entre ellos.

Luchamos a través del vasto océano de universitarios intoxicados, y agradecí el firme agarre de Jai y la mano de Noel en mi cadera.

Sin ellos, me habría derrumbado bajo el peso de mi ansiedad.

En unos instantes, nos quedamos atrapados en medio de la pista de baile y Jai maldijo. Juré haber oído un áspero «Moveos». Y, contra todo pronóstico, la masa se separó como el mar Rojo. Se abrió un delgado sendero y nos precipitamos por él.

En el momento en que salimos tambaleándonos por la puerta principal, la gravedad del encuentro me golpeó como una carga de ladrillos. Mi cuerpo tembló con violencia. Los nervios recorrían mi organismo. La acera se ondulaba bajo mis pies. La vista se me nubló. ¿Me estaba dando un ataque?

Jai me soltó la mano y tropecé con mi propio peso mientras mis salvadores se enfrentaban entre sí. El aire vibraba con malicia.

—¿En qué demonios estabas pensando? —Los ojos de Noel brillaron. Su tono claro se oscureció hasta volverse púrpura cuando empujó el hombro de Jai.

Él lo empujó hacia atrás, lanzándole una mirada asesina.

—Ah, no sé. Supongo que te he dejado a ti la tarea de pensar para poder actuar.

—¿Actuar? No puedes interferir cada vez que hace algo que no te gusta.

—No ha podido decidir, y lo sabes. —Jai le clavó su dedo índice en el pecho.

Noel apartó la mano con un sonoro manotazo mientras fruncía los labios.

—No tenías derecho…

—Tenía todo el derecho. —Jai invadió el espacio de Noel hasta que estuvieron nariz con nariz. Él ni se inmutó—. Estaba aterrado.

La convicción de Noel vaciló, sus ojos se desviaron.

—Tal vez solo estaba nervioso.

¡Un momento! ¿Estaban hablando de mí?

—No la quería. —Jai cruzó los brazos sobre el pecho con una obstinada inclinación de barbilla.

Impaciente, Noel levantó las manos como si tratara con un niño testarudo.

—No tendríamos habernos entrometido. Se supone que no debemos…

—Se supone que no debemos hacer muchas cosas, pero no parecías tan reacio a romper las reglas cuando jugabas a sus malditos juegos de ordenador. —Jai sonrió victorioso mientras Noel se encogía, con la culpa revoloteando por sus suaves facciones.

Vale, pues sí que estaban hablando de mí.

Olvidado por su discusión, retrocedí. Mis oídos pitaron y oscurecieron sus palabras gritadas, y aproveché su distracción para escapar. Hui de la música y las risas de los borrachos, de los gritos acalorados de mis dos nuevos casi amigos.

El shock me cubrió como una manta, adormeciéndome frente al miedo y la confusión que se arremolinaban en mi cuerpo. El fantasma de las manos de Kayla en mis caderas y el sabor de la uva artificial en mi lengua me nublaron la vista con lágrimas. Para huir de mis crecientes pecados, corrí.