6. Capítulo seis
Capítulo seis
Aquella fiesta no me gustaba nada. La música vibrante y las voces altas ahogaban mis propios pensamientos. Había mucha gente. Hacía calor. El aire estaba cargado de sudor, alcohol y algo rancio que me recordaba a las sábanas de Brian. En serio, ¿por qué seguía allí?
Me acurruqué cuanto pude en el abultado sofá de lo que supuse que era la sala de estar y me aferré a mi vaso de plástico con agua como si fuera un salvavidas.
Los estudiantes danzaban en la improvisada pista de baile y se me hizo un nudo en el estómago.
¿Por qué se movían así en público? Ese tipo de acciones parecían más adecuadas a puerta cerrada, pero ¿qué sabía yo, en realidad?
Bethany y Kayla me flanqueaban, nuestros cuerpos apretados para que cupiera el mayor número posible de personas en el sofá.
Apenas conseguía oír a Kayla, y mucho menos seguir su tema de conversación, pero yo asentía con la cabeza cuando ella movía la boca.
Fingir era más fácil. Además, concentrarme en sus labios era más agradable que ver cómo sus pechos casi se salían por la parte superior del vestido.
En cuanto la tercera copa de Kayla se vació, me gritó «Espera aquí» antes de dirigirse a trompicones hacia la concurrida cocina. Si iba a marcharme, era mi oportunidad, pero no me atreví a hacerlo.
Años de doblegamiento me habían pasado factura. Me había dicho que me sentara y esperara. Así que yo me sentaría y esperaría.
En algún momento, Derek arrastró a Bethany a la pista de baile.
Los perdí de vista entre la multitud y el pánico se adueñó de mi pecho.
Los desconocidos me rodeaban en el sofá, riéndose, empujándome.
Una chica borracha se resbaló del regazo de mi vecino y casi derramó mi agua sobre ambos.
Todos se rieron. A mí no me hizo ninguna gracia.
—¡Riley! —Kayla apareció delante de mí como por arte de magia y, cuando me ofreció la mano, la cogí, desesperado—. Aquí estás. Te he estado buscando por todas partes.
—¡Me he quedado aquí, como me has dicho! —grité para que se me oyera por encima de la música, y ella chilló de risa.
—Eres tan mono… Vamos, que apenas te oigo. —Agitó la mano hacia la multitud, su bebida se salía por el borde del vaso—. Vámonos de aquí.
¿Quería irse? Gracias a Dios. Había perdido a Bethany, y Kayla era la única cara conocida de la sala. Odiaba su mirada vidriosa, pero prefería su compañía empapada en licor a esa fiesta aterradora.
—Ven conmigo. —Me guiñó un ojo, unió nuestros dedos y me levantó del sofá. La seguí, casi pegado a su espalda en un esfuerzo por evitar los cuerpos que se agolpaban a mi alrededor.
En lugar de llevarme a la puerta principal, me guio hasta la escalera.
Distraído por la entusiasta pareja que se besaba contra la barandilla, no cuestioné nuestra dirección y subí tras ella.
Las parejas se abrazaban apasionadamente en los escalones y en el pasillo, los dedos se paseaban bajo las faldas y por debajo de los cinturones. Me pegué a Kayla, apartando los ojos.
Ella se detuvo ante una sencilla puerta blanca y sacó una llave de entre sus pechos desbordantes.
—Esta es mi habitación, así que nadie nos interrumpirá.
—Hum…, ¿interrumpir el qué, exactamente?
Cuando entramos en la habitación, ella cerró la puerta con un suave clic. Se mordió el labio y agitó las pestañas.
—Así a ninguno de esos idiotas del pasillo se les ocurrirá venir aquí.
Tenía sentido. Habría sido horrible que alguien irrumpiera en la habitación e intentara tener sexo mientras yo estaba allí dentro.
Kayla tragó saliva, dejó el vaso medio vacío sobre el tocador. Luego me cogió la mano con la suya, sudorosa, y me llevó a través de la pequeña habitación. Era más grande que mi dormitorio, pero no mucho. No tener compañera debía ser agradable.
Con un empujón, me sentó en el extremo de su cama antes de hundirse en el colchón, a mi lado. Su muslo desnudo rozó mis vaqueros e intenté dejar espacio entre nosotros. Ella me siguió, acortando los preciados centímetros.
—No pensaba que esta fiesta se volvería tan loca. —Apoyó la palma de la mano en mi rodilla—. Lo siento. Sé que no te gustan las multitudes.
Tiró del dobladillo de mi camisa, y yo inspeccioné los carteles brillantes pegados en las paredes.
—Sí, a veces me pongo muy nervioso, supongo.
—No pasa nada. —Se acercó mucho más, su mano subió por mi pierna y mi ritmo cardíaco se aceleró—. Me gustan los chicos tímidos.
—¿Eh? —Me corría el sudor por la frente. ¿Desde cuándo hacía tanto calor en la habitación?
—Me gusta lo nervioso que te pongo. Es muy cuqui. —Su mano subió por mi pierna, su cuerpo se inclinó hacia el mío hasta que casi estuvo en mi regazo.
No podía apartarme sin caerme de la cama, pero consideré la posibilidad de desplomarme a propósito. Quizá así dejaría de tocarme. Se me revolvió el estómago y un sudor frío me humedeció la nuca. Nunca había estado tan cerca de una chica. No me gustaba.
—Shhhh, no pasa nada. —Sus uñas me rozaron la mandíbula mientras respiraba entrecortadamente. Su nariz acarició mi mejilla, y un extraño gemido raspó mi garganta cuando la mano en mi pierna subió—. Sé que nunca has estado con una tía. No pasa nada. A mí también me gusta.
¿Estar con…? Cielos, ¿eso era lo que quería? Las imágenes de las parejas de fuera revolotearon por mi mente y me encontré negando con la cabeza. ¿Me había llevado allí para… que me acostara con ella? No podía hacerlo. No quería hacerlo.
—Kayla, yo…
—Oye, está bien. Me encargaré de todo. Todo irá bien.
Sus reconfortantes palabras tuvieron el efecto contrario.
Mi garganta se cerró mientras la histeria lamía la base de mi tronco encefálico.
Tenía que salir de esa habitación, pero ella estaba demasiado cerca.
Su aliento, afrutado pero penetrante por el alcohol, me rozó la mejilla.
Sus largas uñas se clavaron en mi muslo. No podía respirar.
—No pasa nada —repitió momentos antes de que unos labios pegajosos se aplastaran sobre los míos.
Con los ojos abiertos como platos, me puse rígido y se me agarrotaron los músculos.
Sus pestañas rozaron mis pómulos y sus ojos se cerraron.
Frunció los labios contra mi boca congelada e, involuntariamente, hice una mueca.
¿Por qué tenía los labios tan pegajosos?
¿Todos los besos debían ser tan húmedos?
Como era mi primer beso, no tenía ninguna experiencia con la que compararlo.
Siempre había supuesto que los besos eran para sentirse bien, pero ya no estaba tan seguro. Tenía los labios suaves pero viscosos por el brillo, y su perfume amenazaba con asfixiarme al obstruirme las vías respiratorias.
Si aquello era besar, no creo que me gustara.
El beso duró solo un momento, pero a mí me pareció mucho más largo. Por suerte, ella se separó casi de inmediato, pero mi alivio se evaporó cuando su tono cortó el aire entre nosotros.
—Riley, devuélveme el beso.
La decepción en su voz, la curvatura de su boca y el ceño fruncido me resultaron muy familiares. Le había fallado otra vez y la culpa instintiva surgió dentro de mí. Después de que me hubieran entrenado durante años para hacer lo que se me ordenaba, obedecí mientras nos unía de nuevo.
Apreté los ojos e intenté imitar el movimiento de sus labios, pero ella no me lo puso fácil. Inclinó la cabeza en una dirección, luego en otra. En cuanto aprendía su ritmo, ella lo cambiaba y yo tenía que ponerme al día.
¿Quizá había que practicar para disfrutar con los besos?
Como jamás me rendía, hice cuanto pude para descifrar aquella extraña danza de labios.
Si me esforzaba al máximo, tal vez me gustara tanto como parecía gustarle a Kayla, a juzgar por el sutil gemido que subió por su garganta hasta llegar a mi boca.
¿O estaba sufriendo? ¿Me convertía en una mala persona que esperase lo segundo?
A medida que su beso se hacía más vivaz e intenso, luché por recuperar el aliento mientras ella se pegaba a mí por completo.
Prácticamente a horcajadas sobre mi regazo, no se dio cuenta de que su vestido se deslizaba y dejaba casi al descubierto su ropa interior.
Una de sus manos se aferró a mi nuca; la otra serpenteó entre nuestros cuerpos.
Grité cuando las yemas de sus dedos rozaron la parte delantera de mis vaqueros.
El tacto indeseado me aterrorizó. Me debatí entre sus garras y un sonido de protesta rompió nuestro beso, pero ella no se dio cuenta.
De hecho, jadeando, se zafó de mi regazo y se arrodilló entre mis piernas, con los ojos entornados y vidriosos.
El sabor de su brillo de labios de uva me inundó la garganta. La bilis me inundó la boca.
—No puedo creer que por fin esté ocurriendo. —Me masajeó los muslos; yo jadeaba en busca de oxígeno—. No te preocupes, Riley. Me ocuparé de todo.
—Kayla…
Me cortó con otro baboso beso.
—Shhh, no estés nervioso.
¿Nervioso? No estaba nervioso. ¡Estaba absolutamente aterrorizado! ¿Dónde estaban mis medicamentos para la ansiedad cuando los necesitaba?
Me tocó el botón de los vaqueros. Mi cerebro convulsionó. Asfixiado por un miedo debilitante, empujé sus manos en un intento por detenerla.
«Di que no. Vamos, Riley. Por una vez en tu patética vida, ¡di que no!».
Lo intenté. Lo intenté de verdad. Pero se me pegó la lengua al paladar. Las palabras me estrangulaban y las lágrimas me escocían los ojos mientras Kayla tanteaba mi botón. Sus uñas postizas le impidieron abrirme los pantalones y refunfuñó por lo bajo.
—No te pongas nervioso, Riley —repitió, como si decir esas palabras fuera a aliviar de algún modo mi horror.
«¡Corre! Simplemente, lárgate de aquí».
Pero no podía. Mis extremidades no respondían y mi cerebro luchaba contra mis instintos adoctrinados. Se suponía que debía obedecer. Quería ser bueno. Pero entonces… ¿por qué me sentía tan mal?
«¡Que alguien me ayude!».