5. Capítulo cinco #2
Molesto por su falta de atención, me miré el regazo y comencé a romper la hierba. Si quería ir a hablar con la hembra Homo erectus , no se lo impediría, pero su repentino desinterés me pareció un desaire.
Me dio un codazo en el hombro y lo miré de reojo.
—¿El qué me dolió? —repitió, prestándome toda su atención.
Mis mejillas se calentaron y señalé su boca.
—Tu piercing .
Sacó la lengua y la movió como un niño, y yo oculté las carcajadas con la mano.
—Depende de tu tolerancia al dolor, supongo. El dolor es relativo.
Con un encogimiento de hombros, amontoné los trocitos de hierba cerca de mi rodilla.
—Pues a mí me parece que eso duele.
—No tanto como mi piercing en el frenillo, eso seguro. —Enarcó las cejas mientras yo ladeaba la cabeza, confundido.
—¿Qué es un piercing en el frenillo?
Una sonrisa malvada iluminó su rostro mientras se reía desde lo más profundo de su pecho.
—Algún día te lo contaré.
Fruncí el ceño y decidí buscar la respuesta en Google cuando volviera a mi dormitorio esta noche.
—¿Has cenado? —me preguntó de repente, y negué con la cabeza mientras mis pensamientos cambiaban de tema. Su humor juguetón se agrió al instante—. ¿Cuándo ha sido la última vez que has comido?
—Esta mañana, supongo. —Había desayunado en el comedor, pero debía haber olvidado almorzar. Y ahora que el sol descendía en el cielo, supuse que también me había perdido la cena.
Un gruñido bastante inhumano retumbó en su pecho y me aparté de forma automática en cuanto un fuego feroz apareció en sus ojos oscuros.
—¿No has comido en todo el día? Ya estás demasiado flaco, y ahora te saltas las comidas.
—Se me ha olvidado…
Él interrumpió mi excusa.
—¡No puedes olvidarte de comer! Eso no es sano.
Me estremecí ante la ladrada reprimenda, y el instinto de supervivencia me hizo rendirme de inmediato, enseñarle la yugular en señal de sumisión.
—Lo siento. No era mi intención. No volveré a hacerlo.
Si algo había aprendido de la señora Janet, había sido el poder de la sumisión instantánea.
Era estricta, pero ofrecía indulgencia si me disculpaba y aceptaba mi castigo sin discutir.
Las veces que había intentado defender mi caso no me había ido bien.
El instinto de conservación me enseñó a apaciguarla con rapidez.
A esas alturas de mi vida era pura compulsión darme la vuelta y enseñar la barriga, y suspiré aliviado cuando su frustración se enfrió.
—Riley, oye, no quería decir… Es solo que necesitas cuidarte mejor. —Su tono era sorprendentemente suave cuando se acercó a tocarme, pero, al ver que me encogía, bajó la mano a su muslo—. Por todos los fuegos del Infierno, no quería asustarte.
No me asustaba. Claro, parecía un tipo que empezaba peleas de bar por diversión, pero en general me daba miedo que la gente se enfadara. La ira era una emoción horrible en cuanto se le daba rienda suelta, y su enfado hacía que me doliera el estómago.
—Estoy bien.
—Oye, mírame. —Era una orden enmascarada como una petición, y obedecí. Mis ojos se encontraron con otros desconfiados—. Lo siento. ¿De verdad estás bien?
Después de un momento, asentí, y sus hombros se relajaron.
—Estoy bien. A veces se me olvida comer porque no tengo hambre. No lo hago a propósito.
—Sí, lo sé. —Se pasó una mano por su corte de pelo fauxhawk y respiró hondo con los labios fruncidos—. Olvídalo, ¿vale?
Murmuré un «De acuerdo» mientras me mordía el interior de la mejilla y tamborileaba un ritmo entrecortado en el libro en mi regazo.
—No estoy tan flaco —espeté un segundo después, y Jai arqueó una gruesa ceja.
—¿En serio? Si te pusieras de lado, desaparecerías.
Hice uso de todo mi autocontrol para no poner los ojos en blanco.
—Eso es un poco extremo, y no ha sido un comentario muy amable.
—La verdad duele. —Volvió a sonreír y mi propia irritación surgió en mis entrañas.
—¿Sabes lo que no duele? Ser educado. —No quería decirlo en voz alta y me tapé los labios con la mano en cuanto las palabras salieron de mis labios.
La señora Janet me habría lavado la boca con jabón por hablar así.
Parecía poco realista esperar que alguien que era más un compañero que una figura de autoridad me disciplinara, pero la incertidumbre se mantuvo cuando sus ojos se abrieron de par en par.
En lugar de ofenderse, Jai echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—¿Te estás burlando de mí?
Un enjambre de abejas recorrió mis venas al ver en sus ojos un destello peligroso. Sacudí la cabeza con vehemencia.
—N-no.
—Qué lástima —canturreó con una sonrisa de zorro—. Me gusta tu descaro.
¿Descaro? No recordaba ningún momento de mi vida en el que alguien me hubiera descrito como una persona atrevida, pero un lugar oculto de mi corazón se llenó de felicidad al oír sus palabras.
Por alguna razón, me hizo sentir valiente, un poco temerario, fuerte.
Nunca había sido esas cosas, pero, de repente, deseé serlas.
Sonó el tono de un teléfono y nuestro intenso contacto visual se rompió cuando él miró el bolsillo. Sacó el móvil, desbloqueó la pantalla y abrió los mensajes. Suspiró.
—Es mi compañero; bueno, uno de ellos. Me tengo que ir. —Volvió a guardarse el teléfono en el bolsillo antes de levantarse y limpiarse los vaqueros—. Nos vemos, Riles.
Con un guiño y una sonrisa, se dio la vuelta y se marchó, y yo lo despedí patéticamente con la mano y murmuré un «Adiós» demasiado suave. No me oyó.
El sol ya casi se había puesto y el partido de fútbol había terminado.
Recogí mi libro y me dirigí a mi dormitorio a través de la penumbra.
Mis pensamientos giraban en torno a mi encuentro con Jai.
Por alguna razón, también pensé en Noel, y deseé salir con cualquiera de ellos esa noche.
Así habría tenido una razón para no ir a la fiesta.
Kayla y yo ni siquiera éramos amigos; al menos no en mi mente.
Me hacía sentir incómodo, y ni siquiera la promesa de que Bethany estaría allí era suficiente para tentarme a asistir.
La señora Janet se pondría furiosa si se enteraba de que me habían invitado a una fiesta, lo que era incentivo suficiente para mantenerme alejado.
No me cabía duda de que Kayla nunca me lo perdonaría, pero no podía ir.
Por desgracia, mi incapacidad para decir que no lo complicaría, pero tomaría el camino de los cobardes y, sencillamente, no me presentaría.
Al acercarme a mi dormitorio, se me encogió el corazón al toparme con Bethany, Derek, Sharon, que era la compañera de cuarto de Bethany, y nada menos que la mismísima Kayla. Atónito, miré sobrecogido al grupo disfrazado. El universo estaba en mi contra, lo sabía.
—¡Riley! —chilló Kayla, y yo me encogí, preguntándome si aún tendría tiempo de huir. Mis piernas eran cortas y no sabía hasta dónde llegaría antes de que me alcanzara, pero tenía que intentarlo, ¿no?
Se me echó encima antes de que pudiera girarme, como si me leyera la mente y supiera que quería salir corriendo.
—Al no verte en la habitación, he creído que me habías abandonado, ¡pero te he pillado!
Su risa era medio maníaca y su aliento olía agrio, como a alcohol. ¿Había bebido ya?
Cuando me encontré con la mirada confusa de Bethany, moví la boca, pero no sonó ninguna palabra.
Intenté comunicarle a través del contacto visual mi necesidad de escapar, pero ella no lo entendió.
Vestida como una camarera de los años veinte, a juego con el traje de gánster de Derek, se apartó de la cara un mechón suelto y sonrió de forma alentadora.
—Hola, Riley, no sabía que ibas a venir.
—Yo, eh, solo estaba… Hum, verás…
—Claro que viene. Prometió que vendría.
Kayla enlazó nuestros brazos y los apretó como una prensa, y resistí el impulso de apartarla de mí.
No quería tocarla, pero mostraba demasiada piel como para que yo intentara desenredarnos cómodamente.
Si no hubiera sido por las orejas negras que llevaba en la cabeza y la cola que le rodeaba la cintura, no habría sabido que iba disfrazada de gata.
El vestido, demasiado corto y ajustado, se ceñía a su cuerpo como un guante de látex, y me obligué a apartar los ojos de su escote.
Sharon, vestida como una medallista de oro olímpica, hizo una mueca en dirección a Kayla antes de sonreírme de manera amable.
—Cuantos más seamos, mejor —dijo con sus dientes blancos, que contrastaban con su piel morena.
—Vamos. Ya llego tarde por su culpa, señor. —Kayla se inclinó hacia mí y me ruboricé cuando sus pechos me presionaron el brazo—. Creías que te librarías, ¿verdad? Pero yo lo sabía.
Me encogí ante su risita histérica. Seguro de que estaba bajo los efectos del alcohol, así que me agarré a la primera excusa que se me ocurrió.
—No tengo disfraz.
—Te buscaremos unas gafas para completar el look de empollón que llevas. —Hizo un gesto despectivo con la mano—. Estarás bien.
¿Tenía pinta de empollón? Había sonado como un insulto, pero me tragué mi orgullo e intenté, una vez más, alejarme de ella.
—Kayla, yo…
—¡Vamos!
Su grito no dejó lugar a discusión, y me vi arrastrado por su brazo entre los míos. Bethany apareció a mi otro lado. Se mordía el labio, vacilante, mientras su atención iba de uno a otro. Quizá se había dado cuenta de mi malestar, pero ya era demasiado tarde. No quería causar problemas.
—Riley, ¿estás seguro? —consiguió susurrar cuando un grupo de esqueletos distrajo a Kayla durante un instante—. No tienes que…
—No pasa nada. —Odiaba ser una molestia, y peor aún era la idea de fastidiarle la noche a Bethany por indeciso y débil.
Con el ceño fruncido, me cogió el otro brazo y me dio un apretón tranquilizador.
—Quédate conmigo, ¿vale?
El alivio me inundó y asentí con una débil sonrisa.
—De acuerdo.
La tarde ya se convertía en noche para cuando estábamos llegando a la casa de la hermandad de Kayla.
La música retumbaba en el suelo, crispándome los nervios como un enjambre de avispas.
La ansiedad se agazapó en el fondo de mi cerebro, frotándose las manos mientras planeaba mi muerte, y recé para salir vivo de aquella experiencia, aunque mis probabilidades no parecían buenas.