Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 5. Capítulo cinco
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5. Capítulo cinco

Capítulo cinco

El sábado por la noche empecé a sentir pánico. Como no tenía excusa para no asistir a la fiesta, decidí esconderme en mi habitación todo el día. Si Bethany pasaba por allí, siempre podía fingir que estaba enfermo. Nunca había hecho nada similar, pero no parecía muy difícil.

Por desgracia, mi astuto plan de esconderme en la cama mientras jugaba al ordenador se vio interrumpido por Brian y una morena risueña.

Su repentina llegada me sobresaltó en el colchón, y los auriculares se me cayeron de las orejas cuando entraron.

Con las bocas entrelazadas, Brian acarició el trasero de la chica, pero, en cuanto sus ojos se desviaron hacia mí, gritó y separó sus labios de los de él.

—Creía que habías dicho que tu compañero había salido. —Ella sonrió, tímida, como si no estuviera demasiado molesta por mi presencia, pero yo me marchité bajo la dura mirada que Brian me lanzó al fijarse en mí.

—Ya se iba. ¿Verdad, reinona? —Hizo un gesto con el pulgar hacia la puerta, y me quedé boquiabierto.

—¿Qué?

Brian se abalanzó sobre mi cama y yo me encogí contra la pared mientras la chica, demasiado sonriente, se lanzaba sobre la suya.

—Si sabes lo que te conviene, te largarás un rato.

La injusticia de todo aquello hizo que me ardieran los ojos, y apreté las manos temblorosas. Luchaba contra el impulso de retractarme.

—Yo estaba aquí primero…

Cerró de golpe mi portátil, con la mandíbula tensa.

—Fuera.

—¿Sabes? —arrulló la chica mientras una prenda de tirantes, su sujetador, aterrizaba sobre mi almohada—. Podría unirse. Es guapo.

Horrorizado, empujé el portátil a los pies de la cama, cogí mi ejemplar de Robinson Crusoe y corrí hacia la puerta.

No me detuve en mi retirada por miedo a verla en topless .

Dirigí mi mirada al suelo, pero era imposible no ver la escalofriante mirada que Brian me dirigió, como si hubiera sido yo quien sugiriera que me uniera a su sesión de besuqueos, no ella.

En cuanto la puerta se cerró tras de mí y la cerradura hizo clic, exhalé un suspiro de alivio. Quería escapar antes de que empezaran los ruidos de ballenas, y hui del edificio bajo el sol inusualmente cálido de esa tarde.

Los estudiantes se arremolinaban en el campus, disfrutando del buen tiempo, y me acerqué a un árbol solitario cercano a un campo de hierba en el que un grupo jugaba al fútbol.

Me acomodé en el tronco y observé cómo los equipos corrían pasándose el balón de un jugador a otro.

Nunca había jugado, pero parecía divertido.

Pasaron varias personas disfrazadas y tardé más tiempo del que me enorgullecía en establecer la conexión con la fecha de ese día.

Halloween. Nunca había celebrado Halloween, al menos que yo recordara.

Todos los años, desde que tenía doce, la señora Janet me repetía que era la fiesta de Satán, y yo compadecía a los inocentes niños que se atrevían a pedir dulces en el porche de su casa. En lugar de eso, recibían un sermón.

Aparté la mirada de una chica vestida de enfermera, aunque el dobladillo de su traje era mucho más corto que el reglamentario, y abrí mi libro.

Después de solo dos páginas, una sombra se deslizó sobre el papel, y parpadeé contra la luz del sol mientras levantaba la cabeza para investigar la interrupción.

Una figura alta se cernía sobre mí, vestida con una camiseta negra con el nombre de un grupo que no conocía, vaqueros oscuros, botas negras y una cazadora de cuero.

Jai me sonrió con suficiencia.

—Hola.

—Eh, hola. —Cerré el libro y entrecerré los ojos contra su soleado telón de fondo—. ¿Qué haces aquí?

—Podría preguntarte lo mismo —me contestó.

Sin esperar a que lo invitara, se sentó a mi lado y sacó una extraña pipa negra de un bolsillo interior de su chaqueta de cuero.

Jai sacó un paquete sin marca, cogió un pellizco de lo que supuse que era tabaco y lo metió en un extremo de la pipa alargada.

Encendió las hierbas secas e inhaló. El aire se llenó de especias mientras soplaba anillos de humo por encima de nuestras cabezas.

No pude contener la curiosidad.

—¿Qué es eso?

—Esto —señaló la pipa— es un medwakh . Esto —señaló el tabaco— es dokha , un tabaco de Oriente Medio. ¿Quieres probarlo?

—No, gracias. —Me aparté cuando me ofreció el medwakh —. No deberías fumar. No es bueno para ti.

Como si estuviera al tanto de un chiste que yo no sabía, soltó una risita oscura; su voz destilaba sarcasmo.

—Ese es un consejo inteligente, enano.

Mi respuesta a medias se esfumó al oír el apodo, y el déjà vu al que me estaba acostumbrando cuando me enfrentaba a mis nuevos conocidos volvió a invadirme.

Había hablado con Jai apenas un puñado de veces, pero algo en lo más profundo de mi psique reconoció el apodo.

Me había llamado así antes, ¿no? Pero, lo juro por mi vida, no podía recordar cuándo.

—¿Cómo me has llamado? —La pregunta se me escapó antes de que consiguiera tragármela.

Jai se retorció a mi lado. Le dio una calada extralarga a la pipa y lanzó otro círculo de humo hacia el cielo.

—Da igual. ¿Qué estás leyendo?

—Eh… —Impaciente, me arrebató el libro y balbuceé al verlo sonreír tras inspeccionar el título—. Oye, devuélvemelo.

Me ignoró, rebuscó entre las hojas hasta que llegó a mi marcapáginas de hilo rojo.

—Ah, esta parte ya la he leído. —Las páginas se agitaron cuando saltó varios capítulos y se detuvo en una que tenía una esquina doblada—. Yo voy por aquí. Tienes que ponerte las pilas.

Con un ahogo estrangulado, le arranqué el libro de las manos y alisé el borde doblado del papel, encogiéndome ante la marca de la página.

—¿Por qué has hecho esto?

—Oye, tenía que marcar por dónde iba —gruñó, y sacudí la cabeza, intentando en vano quitar la arruga.

—No puedes hacerlo. Ahora está estropeado. —Mi reprimenda sonó más aguda de lo que pretendía mientras el pánico florecía en mi pecho—. No deberías destruir la propiedad de otras personas.

Resopló, exasperado. Aspiró profundamente el medwakh y apagó el tabaco humeante.

—No lo he destrozado. Solo he doblado la esquina, cálmate.

No pude responder, demasiado ocupado con un ataque de nervios.

El fantasma de la regla de la señora Janet crujía sobre mis nudillos.

Me había sermoneado la primera vez que me pilló doblando la esquina de uno de sus libros.

Después de la arenga, me había arrodillado en la cocina, con los dedos doloridos, y preparó una cena que no me permitió comer.

—¿Riley? Riley, ¿sigues ahí? —Un dedo calloso me pinchó la mejilla. Me sobresalté ante el contacto inesperado—. Lo siento —carraspeó, Se retiró, dejando un rastro de hormigueo en mi piel.

De repente, me sentí muy acalorado, pero me tragué el nudo que tenía en la garganta y dejé caer los ojos sobre el libro que tenía en el regazo.

—Ya no sirve —susurré, frotando de un modo irracional la arruga del papel—. Se suponía que era perfecto, pero ahora ya no lo es.

Como si hubiera probado algo amargo, Jai apretó los labios y sus oscuras cejas se fruncieron profundamente.

—La perfección es inalcanzable y perseguirla es un esfuerzo infructuoso.

Como mi inquietud lo molestaba, calmó mis dedos obsesivos con los suyos. Su palma me cubrió el dorso de la mano y la apretó de un modo incómodo que me calentó la piel. La carne se me puso de gallina y un escalofrío me recorrió los huesos.

—Nada ni nadie es perfecto. Todos estamos maltrechos y doblados, desgastados por los bordes.

Tenemos cicatrices, pero me gusta pensar que cuentan una historia de fortaleza, no de ruptura.

—Enroscó sus largos dedos alrededor de mi mano; la apartó de la página—.

Aún puedes leerlo, ¿verdad? La historia no ha cambiado.

¿Y qué pasa si hay una arruga en la esquina? ¿A quién coño le importa?

Mientras sus palabras trabajaban a través de mi cerebro cortocircuitado, luché por componer una respuesta.

Siempre había creído a la señora Janet y había hecho caso de su sabiduría.

Solo intentaba ser una buena madre y educarme bien para que fuera bueno.

¿Por qué iba a cuestionar sus innumerables sermones?

Sí, algunos rozaban el extremismo, pero no me correspondía desafiarla.

Se suponía que los buenos hijos debían hacer lo que se les decía.

Sin embargo, tal vez Jai tenía razón. Yo era bastante neurótico cuando se trataba de mantener las cosas limpias y ordenadas. En el pasado, la laxitud en esos deberes significaba disciplina, así que me había adaptado. Quizás era un poco irracional ponerme así por una simple página doblada.

—Supongo que no es para tanto. —Agaché la cabeza, avergonzado por mi absurdo arrebato, y casi me morí de humillación en cuanto noté que la mano de Jai seguía sobre la mía. Con un chillido, me zafé de su agarre, horrorizado de que alguien nos hubiera visto cogidos de la mano.

Se hizo un silencio embarazoso cuando Jai la retiró.

Cerré el libro de un golpe seco y jugueteé con el hilo rojo de mi marcapáginas.

Se aclaró la garganta y se crujió el cuello.

Lo miré de reojo, inseguro de cómo proceder ahora que había convertido en un desastre nuestra primera conversación. Con razón no tenía amigos.

Él chasqueó el piercing de la lengua contra los dientes y, con la mirada fija en sus culos apenas vestidos, siguió a un grupo de chicas que pasaba por allí.

Por instinto, seguí su mirada, pero la extensión de piel expuesta no me atrajo demasiado.

Para ser sincero, me sentí terriblemente incómodo y volví a fijarme en su cara.

Por supuesto, era imposible fingir desinterés ante la bola brillante incrustada en su lengua. Me lamí los labios y reuní algo de valentía.

—Entonces, ¿te dolió?

—¿Me dolió qué? —preguntó sin prestarme atención mientras hacía contacto visual con una atractiva pelirroja, vestida como una provocativa mujer de las cavernas. Ella sonrió con timidez, y él le guiñó un ojo, separando los labios en una sonrisa socarrona.