Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 4. Capítulo cuatro #3
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4. Capítulo cuatro #3

—Riley Shepard, ¿por qué no has contestado al teléfono? Es la segunda vez que te llamo. Es martes por la noche, después de tu toque de queda. ¿Por qué no estabas en tu habitación? —Con cada pregunta, aumentaba su desaprobación y se me revolvía el estómago.

—Estaba en la biblioteca y me he encontrado con alguien. No quería ser maleducado, así que hemos hablado un poco. He perdido la noción del tiempo. Lo siento.

Chasqueó la lengua, decepcionada, y me rodeé el estómago, ahora dolorido, con el brazo libre.

—Espero que seas más responsable. ¿Crees que tengo tiempo para sentarme a esperar a que contestes a mis llamadas? Es muy grosero por tu parte hacerme perder el tiempo de esta manera.

—Sí, señora. Lo siento —mascullé.

—No farfulles. Es de muy mala educación —me dijo.

Enderecé mi columna vertebral, y alcé la voz:

—Sí, señora.

—¿Qué amigo te dejaría fuera después del toque de queda? Alguien que no te hace ningún bien, por lo visto. Harías bien en elegir mejor a tus amigos. Lo último que necesitas son distracciones de tus estudios.

—Es más bien una conocida. —Las palabras se me escaparon antes de que consiguiera detenerlas, y al otro lado de la línea se hizo un silencio sepulcral. El pavor estranguló mis pulmones mientras buscaba a mi alrededor una salida física a la llamada—. Hum, quiero decir…

—¿Conocida? —Con una voz fría como el hielo, esperó a que respondiera, pero yo no tenía palabras. Asentí con la cabeza, aunque ella no podía verme—. ¿Has perdido la noción del tiempo? ¿Con una chica?

—Sí, señora. —Me ardía la garganta, la vergüenza me ahogaba—. Estaba en la biblioteca y…

—¿Y qué has hecho con ella? ¿Has encontrado un lugar apartado para cometer pecados? ¿Has profanado tu cuerpo con el suyo, chico vicioso?

Imaginé sus labios finos y blancos apretados en una línea iracunda, su cara enrojecida de rabia mientras escupía al teléfono, y negué con la cabeza.

—No, señora Janet, por favor. No ha sido así. De verdad, no la conozco bien, y, cuando me ha pedido que la acompañara, no he querido ser descortés. Pero yo no… Nosotros no… Por favor, lo siento. Lo siento.

—No me mientas.

—No lo hago, lo prometo. Me he portado bien, como me enseñó. —Aferré el teléfono desesperadamente y recé para que me creyera—. Se lo prometo.

Su tono apaciguó, y mis rodillas se desplomaron de alivio. Mi trasero aterrizó en el colchón.

—Buen chico, Riley. Estás siendo sincero conmigo, ¿verdad? Porque, si descubro que me mientes, no dudaré en sacarte del colegio y traerte a casa. ¿Entiendes?

—Sí, señora. Lo comprendo. —Resoplé y me sequé una lágrima perdida en la mejilla—. Lo haré todo bien, lo prometo.

Cuando se calló, cerré los labios mientras esperaba su veredicto. La había decepcionado, como siempre hacía, y me odiaba por ello. Ella era lo más parecido a una madre que tenía, y yo quería ser el mejor hijo posible, aunque nunca estaría a la altura. En realidad, era un hijo terrible.

Técnicamente, ya no era su hijo adoptivo porque había salido del sistema a los dieciocho años, pero ella seguía cuidando de mí como si fuera suyo.

Me pagaba el teléfono y gestionaba mis finanzas.

Recibía una asignación mensual y nunca me faltaba de nada, como champú y pasta de dientes.

Me llamaba cada pocos días para ver cómo estaba y mantenerme en el buen camino.

Si cometía errores, me disciplinaba. Porque me quería.

Porque era lo que las madres hacían por sus hijos.

Suspiró con fuerza y el aire le salió por la nariz.

—Dúchate antes de acostarte. Ambos nos sentiremos mejor si lo haces, ¿verdad?

—Sí, señora. —Me deleité con el alivio en su perdón—. Gracias.

—Es tarde y querrás estar bien descansado para tus clases de mañana, así que, después, directamente a la cama. —No era una sugerencia y expresé mi acuerdo mientras movía la cabeza—. Sigue portándote bien.

—Gracias por llamar —dije como hacía siempre al final de nuestras llamadas.

Ella gruñó, impaciente.

—Bueno, ¿qué esperabas, chico? Tengo que vigilarte de alguna manera; perderías la cabeza si no te llevara por el buen camino.

—Gracias —repetí como un tonto.

Con otro chasquido de lengua, se marchó.

—Límpiate, y directo a la cama.

—Sí, señora.

—Buenas noches.

—Buenas noches. —La línea se cortó antes de que pronunciara ambas palabras. Colgué el teléfono y lo apagué.

Me froté la cara y miré el móvil, avergonzado.

Avergonzado por el alivio que había sentido al terminar la conversación.

Avergonzado por desear que la señora Janet, la mujer que había cuidado de mí desde que tenía doce años, no llamara tan a menudo.

Avergonzado por la amargura que me corroía las venas como veneno.

La señora Janet, a pesar de todas sus estrictas normas que nunca llegué a comprender, me quería.

Me soportaba cuando tantas otras familias me habían rechazado por ser demasiado raro, por estar loco.

Sin embargo, temía sus llamadas y le pagaba con debilidad y mentiras. Era egoísta y malvado, como ella decía.

Tal vez no hubiera hecho nada inapropiado con Kayla, pero había aceptado ir a una fiesta con ella, una fiesta de la que decidí no hablarle a la señora Janet. Por supuesto, no planeaba asistir, pero había mentido por omisión al mantenerlo en secreto. Me merecía su disciplina.

Me levanté de la cama, enchufé el teléfono para cargarlo y me alisé la ropa con dedos temblorosos. No quería ducharme, pero lo necesitaba. Era una persona malvada y vil, y lavarme me traería la absolución, la redención.

Me haría mejor persona; siempre lo hacía.