4. Capítulo cuatro #2
Cambió de tema, ahuyentando el déjà vu .
—Así que te gusta jugar con el ordenador, ¿eh?
—Sí, supongo. —Manoseé la alfombrilla del ratón, mirándolo de reojo—. ¿Quieres jugar?
Con una sonrisa de dura autocrítica, se encogió de hombros.
—No sé cómo.
—Es fácil. —Coloqué el ordenador entre nosotros, sobre la mesa, calibrando su reacción. A lo mejor solo trataba de ser educado—. Si quieres, te enseño.
Noel estudió mi pantalla antes de volver sus fascinantes ojos a los míos con un movimiento de cabeza.
—Me gustaría mucho. —Las ligeras facetas de color púrpura de sus iris se extendieron desde sus pupilas como estallidos de estrellas, y me quedé estupefacto ante su belleza—. ¿Riley?
Me temblaron los dedos al oír su voz enroscada en mi nombre, y mi estómago dio un brinco. Aparté la mirada de sus hipnotizadores ojos cuando una extraña emoción incendió mis venas. No era desagradable en sí, pero nunca había sentido nada parecido. Lo extraño me asustaba.
Me concentré en la pantalla donde estaba Link, que esperaba que le dijéramos adónde ir, mientras mi ritmo cardíaco se calmaba.
—Podemos turnarnos.
—De acuerdo. —Noel acercó su silla a la mía, y el calor de su brazo me quemó en el hombro a través de nuestras capas de ropa. Me estremecí y empecé el tutorial.
Jugamos a Zelda durante casi una hora, y él controló el juego.
Sus elegantes dedos volaban sobre mi teclado mientras enviaba a Link a través de los niveles.
Se reía con facilidad de sus errores, lo que me llevaba a cometer los míos.
Pero era divertido y, a juzgar por su entusiasta sonrisa, él también lo creía.
Me preguntó por otros juegos que me gustaban y, aunque admitió que no muchos conocimientos sobre el tema, me dejó divagar. Yo no era un gran conversador, pero llené el silencio que había entre nosotros con una facilidad pasmosa. Debió ser el sincero interés de su expresión.
En general, la gente hablaba más de lo que escuchaba, y yo había aprendido muy pronto a guardarme mis pensamientos y opiniones.
Después de todo, los padres adoptivos no querían una cotorra en casa y yo no quería ser una molestia.
Pero Noel actuaba como si cada palabra que salía de mi boca fuera de vital importancia.
Como si, en nuestro pequeño rincón de la biblioteca, yo fuera importante. Era agradable.
—Gracias por dejarme jugar contigo. —Se quitó el auricular—. Me ha gustado mucho.
Luché contra los nervios que revoloteaban en mi estómago.Enrollé los auriculares y los coloqué sobre la mesa.
—A mí también. Podemos jugar cuando quieras.
Su cara resplandeció cuando me colocó con cuidado uno de mis rizos detrás de la oreja, y me rozó el lóbulo con la punta del dedo.
—Me encantaría.
Mi cara se calentó bajo su mirada, me aparté de su contacto y me dediqué a limpiar el portátil.
—Vale.
—Tengo que irme. —Noel se levantó de forma brusca, y se alisó el pelo con la palma de la mano—. Hasta luego, Riley.
—Ah, vale. —Levanté la mano en un gesto mientras él se alejaba—. Adiós.
—Adiós. —Sus ojos miraron más allá de mí y seguí su mirada solo para aullar ante la repentina aparición de un cuerpo a mi otro lado.
—Hola, Riley. —Kayla me saludó con alegría—. ¿Hablabas con alguien?
Asentí con la cabeza y me giré para presentarle a Noel, pero me atraganté con las palabras cuando mis ojos se posaron en el lugar junto a la estantería donde había estado de pie.
Estaba vacío. Busqué con la mirada su pelo blanco, pero no se encontraba por ninguna parte. ¿Cómo se había ido tan rápido?
—Solo un amigo —murmuré, y los ojos de Kayla se entrecerraron de manera sospechosa—. No sé adónde ha ido.
—Yo no he visto a nadie. Pensaba que estabas al teléfono. —Se encogió de hombros y se inclinó sobre la mesa hasta que su pecho estuvo incómodamente cerca de mi cara—. De todos modos, me alegro de haberte encontrado. Tenemos que hablar.
—¿De qué?
Nunca pasábamos tiempo juntos los dos solos, pero ella asintió como si fuera lo más natural del mundo.
—¿Vienes a pasear conmigo?
Con mis cosas metidas en la mochila, era obvio que me estaba preparando para irme y no tenía motivos para rechazarla.
Asentí a regañadientes y metí el ordenador en el bolso mientras Kayla escribía un mensaje en su teléfono.
Sonrió como si hubiera descubierto la cura del cáncer, enganchó su brazo al mío y me sacó de la biblioteca.
Caminamos así durante varios minutos y cada vez me sentía más incómodo por el contacto forzado. No me importaba caminar del brazo de Bethany, pero el perfume dulzón y enfermizo de Kayla, y su constante presión en mi brazo me resultaban desconcertantes. Deseé que me soltara.
—Siento haberte ignorado las últimas semanas —dijo por fin, y yo emití un gruñido sin compromiso, ya que no lo sentía en absoluto—. Sé que te sientes mal por haber derramado mi bebida, pero la tintorería quitó la mancha, así que no pasa nada.
¿De verdad pensaba que yo lo había hecho a propósito? ¿Por eso me había dado la espalda? No tenía ninguna lógica.
—Así que te perdono. —Su tono transmitía exactamente lo generosa que le parecía su ofrenda, y me encogí bajo su expectante mirada.
Sin saber qué más hacer, asentí con un «Gracias» murmurado entre dientes.
Ella asintió y me acarició la cabeza como si fuera una mascota que la complaciera.
—Ahora que volvemos a ser amigos, quería invitarte personalmente a la fiesta de este fin de semana. Es en la casa de mi hermandad, pero solo habrá amigos íntimos, así que no pasará ninguna locura.
—Oh, no debería…
—Bethany va a estar allí —me interrumpió como si yo no hubiera hablado, su tono era menos entusiasta—.
Sé que sois como mejores amigos o lo que sea, así que no estarás solo.
—Se inclinó hacia mí y su aliento me acarició la mandíbula—.
Entre tú y yo, siempre he pensado que es un poco simplona, ¿sabes?
Le quité el brazo de encima. No iba a permitir que insultara a mi primera y mejor amiga de la universidad.
—Yo creo que es maravillosa. —Mis mejillas se encendieron de inmediato ante la confesión, y la expresión de Kayla se ensombreció.
—Tiene novio.
—Lo sé. —Apreté la correa de mi mochila hasta que se me blanquearon los nudillos—. No está mal pensar que las amigas son maravillosas. No quiero salir con ella.
Kayla sonrió y su frustración se evaporó en un suspiro.
—Ah. Bien.
Nos detuvimos donde la acera se bifurcaba en tres, y retrocedí a trompicones cuando ella invadió mi espacio personal.
—Entonces, ¿vienes a la fiesta?
—La verdad es que no me gustan las fiestas —dije para desviar la atención, ya que me había girado para poner espacio entre nosotros.
—No va a ser ningún desmadre. Les pedí a las chicas que fuera algo más íntimo. —Leyó mi vacilación y se le cayó la cara, con los ojos brillantes y el labio fruncido—. Nunca vienes a mis fiestas, Riley. Creía que éramos amigos.
¿Lo éramos? No lo creía. Se suponía que a los amigos les gustaba estar cerca el uno del otro, y eso no se aplicaba a nosotros. Aun así, la culpa se instaló en mi estómago.
—Kayla…
—Dios, ¿no puedes hacerlo por mí? —Su tono se enfrió, estaba claramente decepcionada conmigo, y me acurruqué sobre mí mismo mientras mi estómago se retorcía.
No quería ir a una fiesta. De hecho, no se me permitía ir a una fiesta.
Si la señora Janet se enteraba de que había pensado en ir a algo así, me llevaría a casa el fin de semana para castigarme.
Pero Kayla estaba enfadada conmigo, como si le hubiera fallado de alguna manera, y mi respuesta condicionada fue automática.
Rendición. Sumisión. Era más fácil así, y asentí, aunque todo mi ser se rebelara contra el acuerdo.
Su actitud cambió por completo y me abrazó por los hombros con un chillido estridente.
—¡Jo, Riley, eres el mejor! No te arrepentirás, te lo prometo.
Ya me arrepentía, pero cerré la boca y luché contra el pánico que me subió por la garganta al sentir sus brazos a mi alrededor.
«¡Suéltame, suéltame, suéltame!».
—¡Ay! —Se apartó de mí a trompicones y la sujeté por instinto para que no se cayera. Se agarró y, después de mirarme extrañada, soltó una risita nerviosa—. Me has asustado.
—Lo siento.
Sus labios se curvaron, una mezcla entre una sonrisa y una mueca.
—Bueno, nos vemos el sábado. —Giró sobre sus talones antes de que pudiera responderle, ya fuera en señal de confirmación o de negación, y se pavoneó por la acera, contoneando las caderas.
Debería haberla llamado. Tendría que haberle dicho que no. Pero me quedé inmóvil como una estatua mientras ella desaparecía en el crepúsculo.
¿Qué demonios acababa de pasar? No quería ir a una fiesta.
La sola idea me daba náuseas y ahora tendría que inventarme una mentira para librarme.
Tal vez me contagiara de una enfermedad mortal el viernes por la noche y, contra todo pronóstico, me recuperara milagrosamente el lunes. Parecería creíble.
Cuando llegué a mi habitación, diez minutos más tarde, la puerta apenas se había cerrado tras de mí antes de que mi móvil repiqueteara y vibrara contra la madera de mi mesita auxiliar.
La cama de Brian estaba vacía; la habitación, a oscuras, salvo por el resplandor de mi teléfono de prepago, y me tambaleé a través del cuarto para responder a la llamada.
Nunca utilizaba mi antiguo móvil y lo olvidaba siempre en mi habitación cuando iba a clase.
Además, solo una persona conocía mi número y no quería hacerla esperar.
Dejé la bolsa del ordenador sobre la cama y cogí el teléfono de la mesilla. El nombre de la señora Janet parpadeó en la pequeña pantalla frontal y me tragué los nervios mientras pulsaba el botón verde para aceptar su llamada.
—¿Hola? —Se me trabó la voz con la palabra, y carraspeé para repetirme, pero la severa voz de la señora Janet siseó en mi oído.