Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 4. Capítulo cuatro
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4. Capítulo cuatro

Capítulo cuatro

Durante las semanas siguientes, me fijé en que Jai y Noel estaban por el campus.

Era como si aparecieran de pronto: entre clases, durante las comidas y, en alguna rara ocasión, en los alrededores de mi residencia.

Por suerte, no volví a encontrarme a Jai en mi cama ni le había causado ningún daño a Noel al chocarme con él de cabeza.

Intercambiábamos saludos silenciosos; Noel decía «Hola» con la mano y sonreía.

Jai, por su parte, permanecía distante e inclinaba la cabeza con un gesto reservado en los momentos en que nuestras miradas se cruzaban en el patio.

Mi incompetencia social me obligaba a agachar la cabeza y esconderme, pero hacía lo posible por corresponderle.

Le devolvía el saludo con la mano o le dedicaba una tímida sonrisa.

Deseaba ser lo bastante valiente y acercarme a ellos, entablar una conversación amistosa y, tal vez, forjar una amistad.

Pero mi inseguridad me recordaba que debía mantener las distancias.

Bethany era mi amiga y Danny parecía un candidato potencial a serlo también.

Ayudó que hiciera el esfuerzo de hablar conmigo durante nuestro laboratorio de Biología en lugar de dejar el futuro de nuestra posible amistad en mis incapaces manos.

Tal vez se sentía culpable por casi matarme con su coche, pero yo estaba dispuesto a aceptar su amistad a pesar de todo.

Así que tenía dos amigos. Aquello podía ser suficiente. Al fin y al cabo, no quería ser avaricioso.

Recorrí la ajetreada acera, abrazando mi carga de libros contra el pecho, de camino a Estudios Culturales.

Una de mis clases favoritas se había convertido de la noche a la mañana en la pesadilla de mi existencia gracias a la cruel broma de Brian.

Me sentaba atrás para esconderme de las miradas críticas, pero la mayoría de mis compañeros se las arreglaban para lanzarme unas cuantas en algún momento.

A otros la debacle les resultaba desternillante y sacaban el tema cada vez que podían.

Yo solo quería que todo el mundo se olvidara.

La ya familiar sensación de que me miraban me cosquilleó la nuca y levanté la vista.

Me encontré con una mirada oscura al otro lado del aparcamiento.

Jai inclinó la cabeza para saludarme. Como tenía las manos ocupadas, me conformé con devolverle la sonrisa.

Una vez terminado el saludo, apartó la mirada y levantó los brazos por encima de la cabeza para estirarse.

Su camisa asomó por encima de los vaqueros, revelando una franja de piel aceitunada y vello oscuro bajo el ombligo, y mis mejillas se encendieron.

Distraído por la visión, tropecé con mis pies y me desplomé en picado sobre la acera mientras mis libros se esparcían por el suelo.

Me escocían las palmas y me levanté con las manos y las rodillas.

Cerré los ojos, rezando para que Jai no hubiera visto mi torpe caída.

Por supuesto, en el momento en que me senté sobre mis talones y abrí los ojos, él estaba allí, agachado delante de mí.

Recogió mis libros y los apiló, sus ojos parpadeaban preocupados y, si no me equivocaba, un poco divertidos.

Mi cara se calentó hasta alcanzar la temperatura del núcleo de la Tierra.

—¿Estás bien, chico? —Sus labios se curvaron mientras se ponía de pie. Sostuvo mi pila de libros en una mano y bajó la otra hasta ponerla frente a mi cara.

Fruncí el ceño ante el comentario, me tragué mi orgullo y acepté su mano extendida. Me puso en pie con una sonrisa exasperante en los labios.

—No soy un niño. —Mi tono desmintió mis palabras y respiré hondo, con los labios fruncidos para calmar mi vergonzoso enfado—. Pero estoy bien. Gracias.

Cuando extendí los brazos para coger mis libros, él los apartó con el ceño fruncido.

—Vale, lo entiendo. No te gusta que te llamen «chico». Lo siento.

—No pasa nada. No importa. —Intenté coger de nuevo mis libros y él, una vez más, me los negó.

—Sí importa —me corrigió con dureza, y yo me marchité bajo su intensidad. Al notar mi reacción, redujo la ferocidad de sus ojos y suavizó sus rasgos—. Importa.

Desconcertado y muy incómodo, cambié el peso de pie. Los estudiantes nos adelantaron por la acera, refunfuñando porque les estorbábamos.

—Vale. ¿Me devuelves mis libros?

—Claro, chico. —Se encogió de hombros por su desliz, y yo solté una risita mientras aceptaba la pila de libros de texto. Resoplé bajo el peso y Jai se rio entre dientes, mirándome como si esperara que me derrumbara—. ¿Los tienes?

—Sí —afirmé con demasiada brusquedad, y me mordí la lengua al sentirme culpable. Él estaba siendo servicial y yo estaba actuando como un mocoso—. Sí, gracias. Lo tengo todo.

—Vale. Será mejor que te pongas en camino o llegarás tarde a clase. —Hizo un gesto con la cabeza en dirección al edificio de Humanidades.

Me puse rígido y lo miré con inquietud.

—¿Cómo lo sabes?

Su expresión se congeló durante unos instantes, sus ojos se abrieron de par en par antes de adoptar su pose relajada.

—Bueno, tenías tanta prisa que te has caído de bruces. No hace falta ser un genio para suponer que llegas tarde.

La lógica era sólida, pero mi sospecha era difícil de ignorar. En lugar de insistir, sujeté con firmeza mis libros y asentí con la cabeza.

—Bien, gracias. Por mis libros.

—Claro, claro. —Desechó mi agradecimiento, su atención ya capturada por un grupo de chicas que pasaban entre risas—. No tiene importancia, Riley.

—Vale, bueno, tengo que irme —dije mientras escapaba, y anoté mentalmente que debía preguntarle cómo sabía mi nombre.

Pasé la tarde en la biblioteca, escribiendo mi trabajo de recuperación para la clase de Estudios Culturales.

Bueno, ese era el plan, pero, después de mirar la pantalla en blanco durante veinte minutos, decidí dejarlo por esa noche.

Me quedaba otra semana antes de la fecha oficial de entrega, pero la señora Janet me había inculcado que no me retrasara con nada.

«No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, Riley —decía siempre—. No estoy criando a un vago inútil, ¿verdad?». Y yo sacudía la cabeza y me apresuraba a obedecer sus instrucciones.

La música, acompañada de una estática crepitante, se filtraba por mis auriculares de segunda mano, más viejos que la mugre, y la melodía ahuyentaba los recuerdos en los que prefería no pensar.

Sacudí la cabeza para despejarla de la voz de la señora Janet.

Tenía que concentrarme o no escribiría nunca la redacción.

Después de otros diez infructuosos minutos, cerré el documento y comprobé mi entorno.

Las mesas que me rodeaban estaban casi vacías, salvo por algunos estudiantes rezagados, y, aunque era poco responsable por mi parte, abrí el navegador e inicié mi juego en línea.

Quizá jugar a Zelda me ayudara a relajarme y a inspirarme para mi redacción.

No era tan malo procrastinar a veces, ¿no?

Mientras se cargaba el juego, una mano se posó en mi hombro y me dio dos golpecitos.

Me sobresalté tanto que casi volqué el ordenador de la mesa.

Se me cayó el auricular de una oreja y me di la vuelta antes de encontrarme con unos ojos incoloros.

Noel me sonrió y apoyó su alto cuerpo en el respaldo de la silla contigua a la mía.

Me quité el segundo auricular y sonreí con timidez en respuesta a su sonrisa, que me había desarmado por completo.

—¿Está ocupado este asiento?

Su melódica voz me recorrió la piel con una agradable vibración.

Eché otro vistazo a la biblioteca, casi vacía, y me fijé en todas las mesas y sillas libres.

Él podría elegir la mesa que quisiera, pero, si quería sentarse a mi lado, no le diría que no.

Negué con la cabeza y le hice un gesto para que tomara asiento.

Su sonrisa se iluminó y, sin hacer ruido, se acomodó en la silla con la gracia de un bailarín.

—Hola —susurré mientras él se pasaba el pelo largo y liso por encima del hombro con dedos ágiles.

—Hola. —Apretó el labio inferior entre los dientes y, con cautela, me quitó el auricular abandonado que colgaba de mi hombro y se lo llevó a la oreja.

Esperaba que se burlara de mí por mi gusto musical, como siempre hacía Brian.

Según él, era «ruido de maricones», pero Noel no lo hizo.

En lugar de eso, tarareó algunos compases—. Me gusta esta canción.

—A mí también.

Me coloqué el segundo auricular mientras él movía la cabeza al ritmo de la melodía, y mi pecho se hinchó de satisfacción. Su atención se desvió hacia mi pantalla y cerré el juego con un clic. Pillado in fraganti . Una ceja pálida se arqueó en fingida reprimenda.

—Me estaba tomando un descanso —dije enseguida.

Me dio un ligero codazo en el hombro y se rio de mi tímida reacción.

—No te preocupes. No me chivaré. —Señaló mi ordenador con la cabeza—. ¿Cuál es?

Me mordisqueé el interior de la mejilla y volví a abrir la pestaña con vacilación.

— Legend of Zelda.

Su delgado dedo señaló mi avatar en verde.

—¿Es Zelda?

—No, ese es Link. Zelda es la princesa.

—Ah, déjame adivinar. —Noel se inclinó hacia mí y bajó la voz como si estuviéramos conspirando entre nosotros—. Link tiene que rescatarla, ¿no?

Asentí con un bufido divertido.

—¿Cómo lo sabes?

—Las princesas tienen la manía de desaparecer. —Me guiñó un ojo, con un brillo juguetón.

—Quizá esté en el contrato. —Mis labios se abrieron en una sincera sonrisa.

Él echó la cabeza hacia atrás con una risa tranquila pero no menos sugerente, que llenó nuestra pequeña sala de la biblioteca con el sonido de campanillas al viento.

—Tal vez —se rio en voz baja mientras se recogía el pelo blanco en un moño desordenado en la nuca, y su aroma floral, como el de los arbustos de lilas que la señora Janet había plantado junto a la ventana del salón, me acarició la nariz cuando el aire entre nosotros cambió.

Al igual que la primera vez, mi sangre bulló de familiaridad al inhalar el agradable aroma y la nostalgia volvió a inundarme.