3. Capítulo tres #2
—Has saltado hacia atrás. En serio, tus reflejos son increíbles —señaló el chico, y sintonicé con su voz mientras el miedo se alojaba en lo más profundo de mi garganta—. En un segundo estabas ahí, y al siguiente habías desaparecido. De verdad que pensaba que te había atropellado.
Con una mano en el pecho, se inclinó hacia un lado como si fuera a desmayarse. Enredé los dedos en su camiseta de Mario Kart para mantenerlo erguido.
—¿Necesitas sentarte?
—Casi te mato, ¿y me preguntas si tengo que sentarme? —Apoyó el trasero contra el capó de su coche y se quitó las gafas, pellizcándose el puente de la nariz—. Mierda, la verdad es que sí, estoy un poco mareado.
—Por eso deberías sentarte —murmuré.
Con el único deseo de escapar de esa humillante situación, volví a comprobar mi entorno para asegurarme de que no había perdido de vista a quien me había salvado de una muerte segura.
Pero aparte de mí y del chico con gafas, no había nadie cerca.
Tal vez me había imaginado el tirón de la camisa.
Había sucedido muy rápido, y mi mente ya era presa del pánico por culpa de aquel perro espantoso.
Mi cuerpo debía haber reaccionado más rápido de lo que mi cerebro podía comprender y por eso había saltado fuera de peligro.
Sí, tenía que ser eso.
—¿Estás bien? De verdad, ¿te he hecho daño? —La genuina preocupación del chico me resultó muy dulce. Le di una palmada en el hombro con torpeza y negué.
—No, estoy bien, te lo prometo. —Tocar a un desconocido me produjo un retortijón en el estómago, así que retiré la mano.
—Bueno. —No parecía convencido, pero cambió su preocupación por una sonrisa tímida mientras se daba golpecitos en el lateral de las gafas—.
Créeme, no imaginaba que nos conoceríamos así.
—Cuando ladeé la cabeza, desconcertado, se sonrojó y el color le bajó por el cuello hasta desaparecer bajo la camisa—.
Lo siento, ha sonado como si fuera un acosador.
Lo que quiero decir es que estoy en tu laboratorio de Biología. Los lunes por la mañana.
No lo reconocí, pero no me sorprendió demasiado. No podía pensar en ninguna cara de esa clase aparte del profesor. Por mi propia cordura, tendía a mantener la cabeza gacha y la atención centrada en la lección. Era más fácil que atravesar el estresante territorio de la interacción social.
—Ah —dije para llenar el expectante silencio—. Lo siento, yo…
—No pasa nada. Eres muy reservado, así que no me tomaré como algo personal que no me reconozcas. —Se rascó la nuca antes de ofrecerme una mano—. Soy Danny, por cierto. Danny Richards.
Los modales se impusieron y deslicé mi mano en la suya.
—Riley. Shepard.
—Encantado de conocerte. —Sonrió con entusiasmo mientras nos estrechábamos la mano y mis ojos se desviaron sin querer hacia su coche. Palideció—. A pesar del intento de homicidio.
Nervioso y avergonzado, me soltó la mano y volvió a tocarse el lateral de las gafas. Su nerviosismo se sumó al mío y me mordí el interior de la mejilla, intentando encontrar una respuesta adecuada.
—No pasa nada. Ha sido un accidente. No miraba por dónde iba, así que también ha sido culpa mía.
Danny me miró como si estuviera loco y yo jugueteé con el dobladillo de la camisa mientras me acercaba al morro de su coche.
La cortesía me obligaba a quedarme para comprobar que se encontraba bien, pero tenía la adrenalina y los nervios a flor de piel.
Se estaba convirtiendo en un día de lo más extraño.
Estaba mareado y abrumado, y solo quería llegar a mi habitación y esconderme.
—Olvídalo —murmuré al tiempo que daba otro paso hacia el aparcamiento.
—Espera, Riley. Espera un segundo. —Se enderezó cuando me detuve en mi retirada—. Te debo un café o algo así. Casi te mato. —Señaló su coche—. Déjame compensarte.
¿Un café? ¿Con un desconocido? No pensé que fuera a sobrevivir sin hacer el ridículo.
—No tomo café —dije con lo que esperaba fuera una sonrisa de disculpa—. Lo siento, tengo que irme. Ha sido un placer conocerte.
Se desinfló.
—Ah, vale. Lo dejamos para otro día, entonces.
—Claro. —Me alejé y le ofrecí una patética despedida—: Hum, conduce con cuidado.
Hice caso omiso de su despedida, me di la vuelta y troté por el aparcamiento. Usé mi carné de estudiante para abrir la puerta principal y, sin mirar atrás, pasé corriendo por delante de la recepción hasta la escalera.
Para cuando llegué a mi habitación, estaba jadeante y sudoroso, y mi pulso era arrítmico.
Me temblaban los dedos al abrir la puerta de un empujón y entrar a trompicones en el cuarto.
Para mi decepción, no estaba vacía, pero mi disgusto se transformó al instante en asombro. ¿Podía ser ese día más extraño?
Tumbado en mi cama, leyendo lo que parecía ser mi libro de Robinson Crusoe , había una figura desconocida.
Unas largas piernas se extendían sobre el colchón, vestidas con unos vaqueros oscuros y desgastados.
Unas botas militares negras casi colgaban del extremo de la cama, cruzadas por los tobillos.
El dobladillo oscuro de una camiseta acariciaba un cinturón negro, y las mangas de una chaqueta de cuero azabache se habían arremangado lo suficiente para mostrar unos antebrazos tonificados rodeados de muñequeras, también negras.
Al parecer, no existían más colores para ese chico.
Mi libro tapaba su cara y, aunque había hecho ruido al entrar en la habitación, él no dio muestras de haberse dado cuenta de mi presencia. Siguió leyendo, rebotando los pies mientras silbaba una melodía desconocida. Por un momento, me planteé dar media vuelta y marcharme.
¿Me había equivocado de dormitorio? ¿Estaba en otra dimensión?
Mi mochila cayó al suelo con un sonoro golpe, pero Chico Misterioso ni se inmutó. ¿En serio? Me aclaré la garganta de forma muy audible. Nada.
Tiré de mis rizos desordenados, recuperé el aliento y hablé.
—Hum, ¿hola?
El silbido se interrumpió y él se puso rígido cuando el libro —mi libro— se le escapó de las manos y cayó sobre su pecho, con las páginas hacia abajo y el papel arrugado.
Sus ojos oscuros se entrecerraron y sus finos labios se fruncieron en una cómica «Oh».
Un vello negro salpicaba su firme mandíbula y oscureció un poco más su tez aceitunada.
Una ceja se arqueó en forma de pregunta.
—¿Me hablas a mí? —dijo con voz áspera, como si acabara de despertarse.
Miré con atención el cuarto, en el que solo estábamos nosotros dos.
—Sí.
Una sonrisa peligrosa curvó sus labios mientras su mirada viajaba de la parte superior de mi cabeza a los dedos de mis pies, y luego de vuelta.
—¿Seguro?
—No hay nadie más aquí.
Cuando estiró su cuerpo sobre la cama, retrocedí un paso ante su intimidante estatura.
Si hubiera tenido que adivinar, era tan alto como Noel, pero lo rodeaba una cierta intensidad que lo hacía parecer más grande.
Tal vez fuera la ropa de motorista, los dilatadores negros en los lóbulos de sus orejas o el piercing en la lengua que brillaba detrás de sus dientes mientras sonreía, pero daba miedo.
—¿Esperas a Brian? —Me aferré a la primera explicación que me dio el cerebro, pero el aspirante a cantante grunge frunció el ceño.
—¿A tu compañero? Joder, no. —Se pasó una mano por su pelo oscuro, cortado a lo fauxhawk , y se despeinó sus mechones—. Es un gilipollas.
Sus palabrotas me hicieron enarcar las cejas, pero no podía corregirlo. Brian no era una buena persona, era cierto.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
Él ladeó la cabeza, me contempló mientras la bola negra anidada en su lengua repiqueteaba contra sus dientes.
—Tu cama parecía cómoda.
—¿Cómo dices?
Lanzó la cabeza hacia atrás, se echó a reír, y el sonido ronco me recorrió la nuca de una forma muy extraña y agradable a la vez. Su sonrisa era tan siniestra como cautivadora y me dio un vuelco el estómago. Era más rudo y más áspero que Noel, pero innegablemente igual de guapo.
Tragué saliva una vez más e hice acopio de toda mi valentía.
—¿Cómo has entrado aquí?
Con una sonrisa socarrona, cruzó la pequeña habitación hasta que estuvimos casi pegados el uno al otro. Se dobló por la cintura para minimizar la distancia de altura, y el tabaco especiado y la luz del sol se arremolinaron a nuestro alrededor mientras me guiñaba un ojo.
—Un mago nunca revela sus secretos.
El calor de su proximidad y la intensidad de su aroma me golpearon como un tren de mercancías, y mi cerebro se acalambró por pura familiaridad.
No lo había visto nunca, pero estaba seguro de que nos conocíamos.
Los recuerdos flotaban en el fondo de mi mente, fuera de mi alcance, hasta que, de repente, la premonición se desvaneció.
—¿Quién eres? —Busqué en sus ojos respuestas a preguntas que era incapaz de formular. Su expresión juguetona se quebró y endureció su mirada.
—Mis amigos me llaman Jai. —Se enderezó y volvió a chasquear la bola metálica de su lengua contra los dientes—. Pero, tranquilo, ya me iba.
Me quedé estupefacto cuando pasó a mi lado, la perplejidad me recorrió la garganta y se congeló en la lengua.
Debería haberle preguntado cómo y por qué había entrado en mi habitación.
Debería haber comprobado que no había robado nada.
Debería haber gritado pidiendo ayuda. Sin embargo, me quedé clavado en el sitio mientras el rockero loco salía de la habitación con un contoneo confiado.
—Riley. —Me giré sobre piernas tambaleantes en cuanto la parte superior del cuerpo de Jai asomó alrededor del marco de la puerta con una expresión indiscernible en su apuesto rostro—. Hasta luego.
Quise preguntarle cómo sabía mi nombre, porque tenía la certeza de que no se lo había dicho, pero se me pegó la lengua al paladar. Con los labios sellados, solo conseguí asentir de manera casi imperceptible. Él sonrió y me guiñó un ojo.
En el tiempo que tardé en parpadear, se fue, y la única prueba de su presencia eran las sábanas arrugadas, el libro aún abierto y el olor a sol que se disipaba. Parpadeé una vez, dos veces y me desplomé en la cama con un suspiro estremecedor.
«Me he topado con el hombre misterioso de ayer por la tarde; casi me ataca un perro rabioso, casi me atropella un coche, y después me he encontrado con un desconocido en mi cama, leyendo mi libro».
Había sido un día de lo más extraño y aún era temprano. O estaba perdiendo de nuevo el control de la realidad o alguien me estaba gastando una broma muy cruel.
Por segunda vez en veinticuatro horas, destapé el frasco y me metí dos pastillas en la boca. Me las tragué con la garganta seca, volví a meter el frasco en la funda de la almohada y busqué la bolsa de la ropa sucia. Pero no estaba donde la había dejado.
¿El motorista loco me había robado la ropa?
Después de registrar la habitación, encontré la bolsa junto con la ropa limpia doblada y guardada en los contenedores de plástico debajo de la cama.
Me quedé boquiabierto, con la bolsa de lona aún en mi mano, al ver la ropa ordenada.
Habría jurado que esa mañana me había dejado encima de la cama la bolsa de la ropa sin doblar.
Agotado, aturdido y asustado, guardé la bolsa de la colada debajo de la cama y alisé las sábanas en un gesto mecánico. Dejé Robinson Crusoe en la mesilla y me senté en el borde de la cama.
Todo iba bien. La gente tenía días raros. A veces pasaba. No significaba nada, en realidad. Eché un vistazo a las páginas arrugadas de mi libro, que descansaban exactamente en el mismo lugar donde había estado la manzana toda la noche.
Sí, solo otro día extraño en la vida no tan normal de Riley Shepard.