Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 3. Capítulo tres
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3. Capítulo tres

Capítulo tres

Cuando me desperté el viernes por la mañana, la pulpa blanca y jugosa de la manzana se había dorado y los bordes de la piel se estaban pelando. Con un resoplido de disgusto, tiré la fruta a la basura, irritado conmigo mismo por haberla dejado junto a la cama toda la noche.

La de Brian estaba vacía e intacta, con las sábanas revueltas de su revolcón de la tarde anterior con la desconocida. Mi primera clase no empezaba hasta las diez, así que recogí sus sábanas húmedas, desnudé mi propio colchón y metí la carga en una lavadora.

Una de las ventajas de despertarse temprano era que la lavandería común, situada en el sótano, estaba vacía, así que aproveché y puse dos a la vez para lavar la ropa sucia de la semana.

Jugué a Legend Of Zelda por internet mientras esperaba a que terminaran los ciclos y luego transferí las cargas a las secadoras.

Cuando terminó, apenas tuve tiempo de doblar la colada. Dejé la bolsa de la ropa limpia sobre mi cama, doblé las sábanas de Brian y las coloqué en los pies de su colchón. Se quejaba de tener que hacerse la cama él mismo, pero, si lo hacía yo, llegaría tarde a mi clase.

Los viernes eran los días más ligeros de mi horario lectivo, y a las dos de la tarde ya me dirigía al centro de estudiantes para comer.

La cantina estaba casi desierta. La mayoría de los estudiantes que libraban a esa hora tenían cosas mejores y más sociales que hacer que quedarse solos en el centro de estudiantes.

Según Brian, las fiestas del campus eran de primera categoría.

Supuse que la mayoría de mis compañeros pasaban el tiempo en esas fiestas.

Por supuesto, ese no era mi ambiente. Las multitudes, el alcohol y el comportamiento promiscuo me hacían sudar la gota gorda.

Lo último que necesitaba era entrar en una fiesta universitaria y sufrir un ataque de ansiedad.

Con la mirada gacha y los hombros encorvados —una táctica que utilizaba en el centro para menores para parecer pequeño y nada amenazante— entré en el comedor.

Al doblar la esquina, no vi el cuerpo del otro lado y me estrellé contra un duro pecho.

Un aullido poco atractivo se escapó de mi boca al tiempo que perdía el equilibrio, pero me enderecé en el último momento.

—Dios mío, lo siento mucho… —Mis disculpas murieron en mis labios en cuanto me encontré con el par de ojos más claros que jamás había visto.

Era prácticamente incoloros, salvo por una estrella violácea que rodeaba la pupila.

Me hechizaron. Cualquier posibilidad de hablar se me atascó en la garganta.

El resto de sus rasgos familiares —mandíbula inclinada, nariz recta, piel de marfil y pelo nacarado— se me quedaron grabados, y mi cerebro se puso a trabajar a toda velocidad.

—Lo siento —dije por fin, y me alejé con una pequeña cojera—. Lo siento.

Unos labios carnosos y rosados se estiraron en una sonrisa vacilante mientras el guapísimo albino añadía un palmo de espacio entre nuestros cuerpos.

—En serio, no hace falta que te disculpes. —Su voz cantarina me envolvió como una canción familiar que acababa de recordar que era una de mis favoritas, y un escalofrío involuntario me recorrió la espalda.

Alguien pasó rozándome en un intento de entrar en el comedor, y retrocedí por instinto bajo el contacto.

Mi movimiento me acercó al desconocido de cabello casi blanco, y me puse rígido cuando el aroma a sol y flores agitó un recuerdo olvidado en mi cerebro.

Tan rápido como apareció, el déjà vu se evaporó como la bruma matinal y me dejó desconcertado.

—Lo siento —volví a balbucear.

Su sonrisa se ensanchó.

—Eso ya lo has dicho varias veces. —Su risa tintineante surcó el aire como campanillas de viento, las notas musicales de su diversión crepitaron hasta ponerme la piel de gallina. Busqué algo inteligente que decir, pero él me salvó de mi humillante silencio—. Me llamo Noel.

—¿Como la canción de Navidad? —solté, y mi cara se calentó hasta niveles de ebullición cuando él se acomodó un mechón de pelo blanco tras la oreja con otra risita melódica.

—Sí, como la canción de Navidad.

Me ofreció la mano y la acepté en un acto reflejo y me quedé estupefacto en el momento en que nuestras palmas se encontraron.

Una oleada de nostalgia me invadió y tuve una sensación instantánea de pertenencia, como si hubiera regresado a casa después de un arduo viaje.

El impulso de acortar la distancia y abrazarlo como a un amigo perdido me abrumó, pero bloqueé las rodillas y luché contra aquella sensación.

Como si temiera hacerme daño, me estrechó la mano con ternura, y me maravillé ante su piel suave como una hoja y sus finos y delicados dedos. Su mano se tragó la mía por completo.

Al darme cuenta de que era mi turno de hablar, me obligué a mover la boca y me arrepentí de inmediato.

—Es un nombre precioso. —Retrocedí—. Quiero decir, no precioso como femenino, solo que suena bien. Es decir, es bonito. —Me encogí—. Lo siento.

Noel se mordió el labio inferior, evitando reírse.

—Tienes razón, es un nombre bonito, ¿no?

Asentí con las mejillas sonrosadas.

—Ajá.

«De verdad, Riley, qué listo pareces ahora mismo».

—¿Crees que podrías devolverme la mano? —me preguntó con amabilidad, y yo brinqué al verlas aún entrelazadas entre nosotros.

Retiré la mía de la suya, mortificado por lo que los testigos debían pensar de nosotros, dos chicos cogidos de la mano en medio de la puerta.

—Lo siento mucho. —Un extraño cosquilleo se instaló en mi palma y me la limpié enseguida en los vaqueros con la esperanza de borrar esa aterradora sensación.

¿Qué me ocurría? ¿Tenía la gripe? Debía estar subiéndome la fiebre.

—No pasa nada. —Noel ladeó la cabeza y una cortina de mechones muy estirados cubrió un lado de su cara—. Debería irme.

—Vale. —Me aparté para dejarle espacio y entré en el comedor—. Lo siento. Adiós. Hasta luego. Adiós.

—Ha sido un placer conocerte, Riley —dijo con un gesto de la mano, y retrocedió hacia la salida—. Tal vez nos volvamos a encontrar.

Con un guiño y un movimiento de pelo blanco, se fue. Me quedé boquiabierto, mirando la puerta vacía, mientras hacía todo lo posible por sofocar el humillante rubor que me abrasaba las mejillas. La vergüenza me distrajo hasta que me senté en una mesa desierta. Y entonces me di cuenta.

Me había llamado Riley; había dicho mi nombre. Tal vez lo recordaba mal o me había vuelto loco, pero habría jurado que no me había presentado. Él sabía mi nombre, pero yo no se lo había dicho. ¿O sí?

Recorrí el camino de grava que llevaba a mi residencia. Un pequeño grupo de árboles se alzaba a mi derecha y la luz del atardecer proyectaba sombras alargadas a lo largo del sendero. Me recoloqué la mochila en la espalda. Una ramita se quebró y miré por encima del hombro.

El sendero estaba abandonado y estudié mi entorno un momento antes de seguir. Tenía ropa que doblar y deberes que hacer. Me picaban los dedos por terminar mi aventura para salvar a Zelda, así que aceleré el paso.

La maleza crujió y otra rama se quebró, esta vez más cerca.

Se me erizaron los pelos de la nuca. Reduje la marcha y miré entre los árboles mientras la sensación de que me observaban se me pegó a la piel como aceite.

El piar de los pájaros se detuvo y el murmullo de una conversación lejana se convirtió en ruido blanco, ya que mis oídos se esforzaban por captar los sonidos específicos del bosque.

Algo resopló, las hojas crujieron bajo mis pies y un gruñido profundo recorrió el aire.

Pero ¿qué…?

No creía que los animales salvajes vivieran tan cerca de zonas pobladas.

Lo más probable era que se tratase de un perro, pero el corazón me latía con fuerza en el pecho cuando algo grande atravesó la maleza.

Vi una cosa negra, un destello de ojos rubí, y retrocedí a trompicones en cuanto un gruñido agresivo resonó entre los árboles.

Espoleado por el instinto de supervivencia, me di la vuelta y hui. Tratar de identificar a la misteriosa criatura era lo contrario de lo lógico, así que aceleré mis piernas al máximo. El bosque se desvaneció detrás de mí.

Demasiado asustado para concentrarme en lo que me rodeaba, salté por encima del bordillo y crucé a toda velocidad el aparcamiento hasta mi residencia, aunque me vi obligado a parar, ya que algo tiró de la parte trasera de mi camisa momentos antes de que un coche chirriara y se detuviera ante mí.

Caí de espaldas sobre mi trasero mientras el corazón me latía en los oídos con fuerza.

Se abrió la puerta. Unos ojos color avellana se abrían, alarmados, tras unas gafas de montura negra, y un chico muy delgado corrió a mi lado.

—Dios mío, ¿estás bien? No te había visto y de pronto estabas ahí mismo. Casi te mato.

La lengua se me había congelado del susto cuando me ayudó a ponerme en pie, agarrando con fuerza mis bíceps, mientras mis piernas se tambaleaban.

Las pecas salpicaban su nariz, que destacaban sobre su rostro pálido por el miedo.

Solté un suspiro tembloroso cuando su pelo castaño se agitó con la brisa.

Más alto que yo, pero casi igual de flaco, yo apenas conseguía mantenerme en pie y sus manos temblaban.

—No te he dado, ¿verdad? Dios, ¿tengo que llamar a una ambulancia? —Su voz alcanzó un falsete doloroso, y yo me alejé de él para zafarme de su agarre.

—No, estoy bien. No me has dado. —Me pasé una mano temblorosa por mis rizos rebeldes mientras los momentos previos al casi accidente pasaban por mi cabeza—. Alguien me ha agarrado. Alguien…

Giré en busca de la persona que me había agarrado de la camisa, pero allí no había nadie.

Los alumnos se habían arremolinado, algunos señalaban y miraban desde lejos como si hubieran presenciado mi experiencia cercana a la muerte, pero nadie estaba lo bastante próximo como para haber sido mi salvador.