Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 2. Capítulo dos #2
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2. Capítulo dos #2

¿A lo mejor debía decírselo? ¿Tendría que ofrecerle una servilleta o un palillo? Sin saber cuál era mejor opción, me decidí por el camino de menor resistencia y me quedé callado, haciendo todo lo posible por no apartar la vista de sus ojos color avellana, pero fracasé estrepitosamente.

Ella soltó una risita y su aliento cargado de ajo me golpeó la cara, pero, al parecer, me había perdido la broma. No tenía ni idea de qué estaba hablando, así que sonreí y solté una risita seca.

Esa era mi rutina de los jueves por la noche.

Kayla se sentaba a mi lado. En las raras ocasiones en que ese asiento estaba ocupado, pedía a la persona que se moviera, como si ella tuviera los derechos de propiedad de esa silla.

Por alguna razón, le gustaba hablar conmigo y mi consciencia me recordaba todas las semanas que solo intentaba ser amable y que no debía ser una carga hablar con ella.

Pero su presencia autoritaria y su completa atención sobre mí me hacían sentir incómodo.

Por supuesto, no era culpa suya, mi incomodidad se debía a mi ineptitud social. Para mi vergüenza, solo deseaba que me ignorara como todo el mundo, lo que me convertía en una persona horrible. Kayla me molestaba, aunque solo lo admitiera en los rincones más oscuros de mi alma.

Ella parloteaba, invadiendo cada vez más mi espacio personal.

Mordió una manzana y al verla, de inmediato, me recordó al chico que había visto en la calle.

Una extraña sensación de déjà vu acompañó a la presencia del hombre en mi mente, y mi sangre hirvió inquieta con el deseo de salir a buscarlo.

Recé por que fuera real y no producto de mi imaginación, porque considerar la otra alternativa sería aterrador.

Mi cabeza no era de fiar, ni siquiera en los mejores momentos, pero habían pasado varios meses desde mi último episodio.

Pensar en las veces en que mi mente me había fallado solo lo empeoraba, pero era imposible olvidar la posibilidad de que el chico tal vez no existiera.

Por lo que yo sabía, no había sido más que un fantasma que mi cerebro me decía que era real, cuando no lo era, incluso aunque su presencia me pareciera de verdad.

Sabía que los médicos tenían razón al afirmar que estaba loco. La gente normal no veía ni sentía cosas que no existían. Ergo, yo no era normal.

Mis recuerdos eran irregulares, aunque no conseguía olvidar las sábanas almidonadas de la cama del hospital ni el frío cuero que utilizaban para atarme al colchón.

Me habían administrado medicamentos, pastillas e inyecciones que deberían haberme curado, pero que solo me provocaban náuseas.

Me hacían pruebas y preguntas extrañas hasta que me aprendí las respuestas que querían oír.

Les dije que estaba mejor, que ya no veía cosas, nada raro, y estuve de acuerdo cuando insistieron en que mis amigos imaginarios solo eran eso: imaginarios.

No conseguía recordar a esos amigos que habían sido tan importantes para mí en los momentos en que no había tenido a nadie en mi vida que me quisiera. En aquel entonces, estaba convencido de que eran reales, pero me equivocaba porque, claro, estaba loco.

Al menos era consciente, lo que me hacía sentir un poco menos demente.

—Tierra a Riley —me canturreó Kayla al oído, y me sobresalté al sentir que su aliento caliente me rozaba el cuello. La piel se me puso de gallina, como si unas patas de araña me recorrieran, y reprimí un escalofrío.

Me apresuré a disculparme.

—¿Qué has dicho?

Ella hizo un mohín con el labio inferior.

—Siempre sueñas despierto cuando hablo contigo, pero no sabía que también te aburriera.

La culpa me inundó, me tragué mi malestar y le di dos palmaditas en el dorso de la mano antes de devolverla a mi regazo.

—No eres aburrida. Siento haberme despistado.

Al parecer, mi disculpa fue suficiente. Me sonrió radiante, como si acabara de prometerle que le compraría el coche nuevo que llevaba semanas pidiéndole a su padre.

En cuanto volvió a extender el brazo para rozarme el hombro con la palma, me puse rígido, pero me obligué a no apartarme y ofenderla.

Ella fue inmune a mi retroceso y me agarró del codo con la fuerza suficiente como para que mi corazón galopase presa del pánico.

Sus uñas me pincharon la piel a través de la sudadera. Se inclinó hacia delante, como si quisiera susurrarme al oído. No podía escapar. Mi cerebro le gritaba que me soltara, que me dejara en paz. Pero ella se acercaba cada vez más.

En el último momento, antes de que su pecho hiciera contacto con mi codo, su taza de té chai helado, que descansaba cerca del borde de la mesa, se tambaleó peligrosamente y cayó sobre su regazo.

El líquido marrón claro empapó su falda y ella me soltó y se puso en pie de un brinco con un chillido agudo.

Se armó un revuelo de servilletas dispuestas a limpiar el desastre, pero yo no me moví. Me quedé inmóvil mientras la taza vacía daba vueltas en círculos sobre el suelo de baldosas. La misma taza que hacía unos instantes se había volcado sola.

La lógica decía que era imposible que ocurriera algo así, pero yo lo había visto.

La posición de la taza había distado mucho de ser inestable, y nadie había golpeado las patas de la mesa o la superficie.

Una ligera brisa, que olía sutilmente a tabaco y especias, había pasado junto a mí en la fracción de segundo anterior al derramamiento, pero el perezoso aire de las rejillas de ventilación del techo no podía haber desencadenado la caída. Era más que extraño.

—¡No me lo puedo creer! Esta falda me costó sesenta y ocho putos dólares. —Kayla se limpió con rabia la tela rosa.

—Riley, toma. —Bethany agitó una servilleta de papel frente a mí—. Tienes un poco de té en los pantalones.

Señaló mi regazo, acepté las servilletas y sequé el líquido dulzón que había manchado el tejido de mis vaqueros. Fue inútil; estaban mojados.

Así que lo usé como excusa, recogí mi bandeja junto con las servilletas empapadas y emprendí la huida.

—Me vuelvo al cuarto —le dije a Bethany mientras una iracunda Kayla seguía gruñendo obscenidades por su falda estropeada—. Hasta luego.

Sin esperar respuesta, caminé hacia la ventana de la cocina para dejar mi bandeja casi llena antes de salir a toda prisa del centro de estudiantes. Ya era de noche. Como no quería perder el tiempo, me dirigí a paso ligero hacia mi dormitorio.

En cuanto llegué al lugar donde el modelo albino se había recostado contra el árbol, mis pasos vacilaron. Debería haber seguido caminando. De verdad debería haberlo hecho. Sin embargo, mi cuerpo cambió de dirección llevándole la contraria a mi sentido común.

El olor a savia, a tierra y a naturaleza se hizo más fuerte en cuanto estiré la mano y pasé las yemas de los dedos por la áspera corteza del tronco.

Allí no había nada, ni huellas ni señales de vida humana, y el corazón se me cayó a los pies.

Mis ojos se llenaron de lágrimas sin sentido mientras la tristeza pesaba sobre mis hombros.

La pena era totalmente irracional, pero, aun así, me pesaba en las entrañas.

Me tragué el nudo que tenía en la garganta antes de girarme para dejar atrás el centro de estudiantes, el patio y el árbol.

El destello de una fruta roja me congeló a medio paso y mis ojos se abrieron de par en par, con la esperanza y el terror disputándose el dominio de mi pecho.

Quería cantar victoria y huir despavorido al mismo tiempo.

En lugar de eso, me quedé inmóvil durante un interminable segundo antes de doblar las rodillas y acuclillarme. Despacio y vacilante, me acerqué a la base del árbol, donde, sobre el suelo y casi fuera de la vista, encontré una manzana rubí a medio comer.

Con la manzana en la mano, hui del patio y corrí hacia mi dormitorio a una velocidad que mi cuerpo no percibía. El pecho me latía como una locomotora mientras subía las escaleras de dos en dos, sin aminorar el paso, hasta que irrumpí en mi dormitorio y cerré la puerta de un portazo. Y con llave.

Me quité los zapatos, los metí debajo de la cama y coloqué la manzana en la mesilla.

Me quité la ropa y me puse el pijama sin apartar los ojos de los bordes rojos de la piel de la fruta, donde los dientes la habían desgarrado.

Ya en pijama, me arrastré hasta el colchón y me hice un ovillo, mirando aún el trozo de fruta.

Mi agitada mente estaba al límite y me dio un fuerte dolor de cabeza tras el ojo derecho. El corazón me martilleaba en la caja torácica. Los signos reveladores de un ataque de pánico me hacían cosquillas en la nuca. Ay, Dios, ¡ahora no!

Avergonzado, saqué los ansiolíticos de la funda de la almohada, donde los guardaba fuera de la vista, y me tragué dos en seco. Detestaba los medicamentos, pero a veces no podía evitarlos. O las pastillas o un ataque de ansiedad.

Miré la manzana con rabia mientras el medicamento circulaba por mi torrente sanguíneo, calmaba mi corazón y aliviaba mi mente frenética. La vista se me nublaba y los párpados me pesaban. Por fin cerré los ojos para descansar.

Me alejé flotando con lentitud. Unos dedos finos me acariciaron el pelo y un relajante aroma floral me envolvió. Estaba solo en mi habitación, pero la repentina presencia que apareció a mi lado no me asustó. De hecho, respiraba mejor.

Sin embargo, por mucho que quisiera deleitarme con el tacto amable e invisible que rozaba el pabellón de mi oreja, no podía. No quería estar loco. Solo quería ser normal.

Enterré la cara entre los brazos e ignoré los dedos suaves y cariñosos que peinaban mis rizos castaños. No era real. No podía ser real.

Deseé creerlo.