Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 2. Capítulo dos
8%

2. Capítulo dos

Capítulo dos

El viento frío del otoño prometía lluvia, aunque el cielo estaba despejado.

Una ligera brisa me cosquilleaba la piel y me ceñí la sudadera sobre el pecho.

Cuando el sol brillaba, el aire de octubre era fácil de ignorar, pero el frío lo invadía todo en el momento en que se iba el día.

En cuanto el crepúsculo cayó sobre el campus universitario, empecé a temblar.

Después de tirar la basura en uno de los grandes contenedores junto al edificio de nuestra residencia, Bethany y yo nos dirigimos hacia el centro de estudiantes.

Despacio, dándome tiempo para detenerla, deslizó su brazo entre los míos hasta enlazarlos.

Mis mejillas se calentaron mientras ella observaba mi reacción, y cuando le sonreí con timidez, su cara se iluminó de felicidad.

El paseo transcurrió en silencio, sin que ninguno de los dos sintiera la necesidad de llenar con cháchara insulsa el espacio que nos separaba.

Era fácil relajarse con Bethany, así que me apoyé en su cuerpo más alto para absorber su calor mientras una fuerte ráfaga de viento azotaba mi sudadera.

Al ser bajito y delgado, tenía frío enseguida, pero a ella no le importaba mi cercanía.

Al aproximarnos al centro de estudiantes, el nivel de ruido aumentó, al igual que la luz artificial.

Fue una suerte, porque, sin las farolas que bordeaban la acera, no habría visto la alta figura que se apoyaba en un árbol, a varios metros de distancia.

Sin embargo, una vez que mis ojos lo encontraron, fue imposible no fijarme en él.

Sus vaqueros blancos y su sudadera clara con capucha destacaban como un faro en contraste con la penumbra que nos rodeaba.

El aire fresco que soplaba entre las hojas de los árboles acariciaba su largo pelo liso, blanco como las perlas.

Las puntas de sus mechones jugaban a le rozaban sus hombros, danzando y girando con elegancia alrededor de sus suaves mejillas de marfil.

Limpió una manzana en la manga antes de llevársela a los labios rosados y hundir los dientes en su tierna carne.

Había algo aterradoramente familiar en él, aunque estaba seguro de no haberlo visto nunca. Y me habría acordado si lo hubiera visto. Era muy atractivo, como un modelo de revista, con la mandíbula suave e inclinada, la nariz recta y los pómulos altos.

«Qué guapo», me susurró mi cerebro.

Un momento. ¿Guapo? Los chicos no eran guapos.

—¿Riley? —me llamó Bethany y, como si el chico también se llamara Riley, levantó la cabeza en respuesta a su llamada. Nuestros ojos se encontraron.

Su expresión neutra hablaba de aguas plácidas, de un lago tranquilo, pero la calma fácil se convirtió enseguida en confusión en cuanto sus cejas se unieron en su frente.

Como si esperara que hubiera alguien más detrás, miró por encima del hombro para buscar entre las sombras.

Mi boca se crispó con el deseo de sonreír ante su modesta perplejidad.

Estaba solo en el patio, pero, aunque estuviera entre la multitud, no creí que nadie hubiera conseguido captar mi atención.

Era… extraordinario. No podía despegar la mirada de él, ni siquiera cuando volvió a mirarme a los ojos con los labios fruncidos.

Por alguna razón, la alarma en su expresión me oprimió el pecho y abrí los labios para preguntarle qué le pasaba. No emití ningún sonido. ¿Qué iba a decir? Después de todo, era un desconocido.

—¡Riley! —Bethany me sacudió el hombro y aparté la mirada del fantasmal modelo con un jadeo audible.

Mis pulmones gritaron de alivio en cuanto el oxígeno inundó mi sistema. Mi mano libre frotó círculos sobre mi corazón, que latía de manera errática.

—¿Qué pasa?

Con ojos inquisitivos, Bethany estudió mi rostro con inquietud, aunque ignoré de inmediato su preocupación, mientras me giraba hacia el hombre pálido que había junto al árbol.

Ya no estaba allí. El patio cubierto de hierba estaba del todo vacío.

Giré el cuello en las cuatro direcciones con la esperanza de volver a encontrarlo.

Fue inútil; había desaparecido, como si nunca hubiera existido.

Oh-oh.

—Riley, ¿estás bien? —Una mano fría se posó en mi nuca y di un respingo bajo aquel contacto inesperado.

—¿No lo has visto? —solté antes de pensarlo mejor.

Su ceño se frunció.

—¿A quién? —Sus ojos recorrieron el jardín—. ¿Ver a quién, Riley?

Se me desencajó la mandíbula y el terror recorrió mis venas.

—A nadie —susurré, y apreté nuestros brazos enlazados—. No importa. Vámonos.

Temeroso de lo que pudiera encontrar a continuación, clavé los ojos en la acera y prácticamente arrastré a Bethany el resto del camino hasta el centro de estudiantes. Me preguntó si estaba bien y asentí con la cabeza, aunque era mentira. No, no estaba bien.

No entendía por qué mi cerebro había conjurado a aquel hombre, pero lo último que quería era que ocurriese de nuevo, así que encerré el pensamiento y tiré la llave. Las cosas me iban mejor allí en general, y no quería poner en peligro mi educación ni mi libertad sacando a relucir viejos problemas.

Bethany no había visto al chico, lo que significaba que no era real, lo que significaba que yo tampoco lo había visto. Fin de la historia.

Subí los escalones de piedra, arrastré a Bethany al interior del centro y me dirigí al comedor.

Pasé mi carné de estudiante y cogí una bandeja, aunque eché un vistazo por encima del hombro para asegurarme de que la aparición albina no nos había seguido.

Por suerte, en la sala no había hombres guapos y pálidos, y solté un suspiro de alivio.

—Las damas primero —grazné con un gesto a Bethany para que se adelantara.

—Qué caballeroso. —Me guiñó un ojo mientras mis mejillas se encendían.

Llené mi bandeja de lasaña vegetariana, pan de ajo y té de menta, igual que Bethany.

Yo no era vegetariano, pero su compañera de habitación y ella sí.

Me sentía culpable cada vez que comía carne en su presencia, así que me había convertido en carnívoro a tiempo parcial.

Ellas me habían asegurado en numerosas ocasiones que no les molestaba que comiera carne.

A pesar de todo, solía copiar lo que comía Bethany para aliviar mi propio malestar irracional.

Por suerte, me había aficionado al té de menta: yo casi siempre tenía frío y las bebidas calientes me calentaban por dentro.

Además, me encantaba el aroma. Me calmaba, siempre lo había hecho, desde que era niño.

Brian pensaba que aquello era muy gay, pero era lo único a lo que me aferraba, a pesar de su rechazo.

Recibimos numerosos saludos en cuanto me senté junto a Bethany. Me concentré en mi plato mientras ella se inclinaba hacia el lado opuesto y estampaba un beso en la boca de su novio. Su saludo típico era dulce, pero la muestra de afecto hacía que mi pierna rebotara.

No me engañaba con que mi naturaleza conservadora fuera una tontería.

La mayoría de los universitarios exhibían con libertad su afecto físico.

Como yo nunca lo había experimentado, me estresaba.

Por no mencionar que la señora Janet había sido muy estricta en mi educación cuando se trataba de cuestiones de naturaleza sexual. En general, desconfiaba de esas cosas.

—Hola, Riley. —Derek asintió en mi dirección después de que Bethany y él se despegaran.

Le sonreí, le saludé con la mano y fingí que sus húmedos besos no me avergonzaban. Me devolvió la sonrisa, con unos dientes increíblemente blancos bajo su piel enrojecida y sus amables ojos oscuros contraídos.

La silla de mi izquierda rozó el suelo y, sin apenas darme cuenta, me desplacé hacia el borde opuesto de mi asiento en cuanto un cuerpo cálido ocupó el espacio que antes estaba vacío.

A juzgar por la abrumadora nube de perfume, Kayla, la amiga de Bethany, se había unido al grupo.

Después de todo, era jueves… Odiaba los jueves.

Una pequeña mano se posó sobre mi hombro y yo me estremecí. El tenedor chocó con el plato. Mi cara se sonrojó cuando todos en la mesa se centraron en mí, y murmuré una disculpa.

—Hola, Riley. —La voz de Kayla, aguda como la de un duendecillo, resonó en mi oído y le envié la misma sonrisita que le había dedicado a Derek, aunque no era tan sincera.

Su mano me rozó el brazo y apreté los puños en el regazo mientras luchaba contra el impulso de apartarme.

Siempre me tocaba, pero no de la misma forma que Bethany.

Por supuesto, mi razonamiento no tenía sentido.

Me trataba con amabilidad; sin embargo, cada roce de su manicura me provocaba un nudo en el estómago.

Deseaba que no me tocara, pero me parecía una petición descortés.

—Hola, Kayla. —La saludé como mandaban los modales, antes de mirar incómodo mi plato.

La señora Janet siempre decía que ser educado debía ser mi máxima prioridad, junto al cuidado corporal.

«Si cuidas el cuerpo que Dios te ha dado, te irá bien, Riley.

Recuérdalo», repetía con una severa inclinación de cabeza, y yo asentía en señal de obediencia.

Limpieza. Educación. Castidad. Eran las reglas más importantes en su casa, y yo había aprendido a destacar en las tres.

—¿Cómo te ha ido el día? —Kayla me sacó de mis pensamientos.

Me limpié la boca con la servilleta y me tragué el pan de ajo antes de responder.

—Ha estado… bien. —No quería mentir, pero, si decía que había sido horrible, haría preguntas que no quería responder—. ¿Y c-cómo ha ido el tuyo?

De inmediato se lanzó a un relato detallado, como sabía que haría, e hice todo lo posible por prestar atención.

Se inclinó hacia mí mientras hablaba, enroscándose un mechón de pelo castaño en el dedo, aunque mi atención se desviaba de sus palabras a la partícula verde que tenía entre los dientes.

Debía ser perejil o albahaca de la lasaña que había comido.

Era grosero por mi parte mirarla así, sobre todo porque ella no era consciente, pero no podía evitarlo.