1. Capítulo uno #2
Pero, por mucho que lo intentara, yo estaba lejos de ser normal.
Dudé en el umbral de su habitación; me mordí el interior de la mejilla y mi ritmo cardíaco se aceleró. Mis palmas sudorosas agarraron las correas de la mochila mientras pensaba en salir corriendo antes de que fuera demasiado tarde. Pero recordé los asquerosos gruñidos de Brian y me estremecí.
—¿Riley? —Bethany estaba de pie en su habitación, con las manos entrelazadas delante de ella. Sonrió con suavidad y esperó pacientemente, como si supiera lo difícil que me resultaba. Tal vez lo supiera de verdad. No me habría sorprendido.
Era la persona más atenta que había conocido. Nunca se apresuraba a tocarme. En los momentos en que yo no conseguía soportar la proximidad física, ella se apartaba con amable comprensión. Nunca mostró decepción o juicio en su cara cuando yo actuaba fuera de la norma en una interacción aceptable.
Tal vez era su especialización en Psicología o un conocimiento innato de cómo tratar con la gente, pero siempre sabía cómo actuar conmigo, incluso si yo mismo no tenía palabras para explicar mis defectos.
Tuve mucha suerte de que fuera mi primera amiga.
Yo no tenía ni idea de cómo socializar y, sin embargo, de alguna manera, ella me aguantaba.
Mi ansiedad disminuyó mientras ella esperaba a que tomara una decisión.
Después de recordarme a mí mismo que no pasaba nada si entraba en el cuarto de una amiga, crucé el umbral.
Nunca había estado en la habitación de una chica; incluso cuando le había pedido a Bethany los artículos de limpieza esperé en el pasillo.
La señora Janet me habría despellejado vivo si hubiera sabido dónde estaba.
—Usa el sillón, si quieres. Yo me quedo aquí. —Bethany señaló primero un gran puf rosa y luego la litera inferior—. Hay soda en la nevera si tienes sed.
Me reí al oír «Soda». Con esa palabra, había revelado su educación en el oeste del país.
—No pasa nada. No bebo refrescos. —Era una de las muchas cosas que la señora Janet me prohibía consumir. «¿Quieres que se te pudran los dientes, Riley?», me decía, moviendo el dedo frente a mi cara.
—¿No te gustan? —Bethany se dejó caer sobre su edredón rosa y cogió un libro de texto de la almohada—. Qué suerte. Yo conseguiría perder dos kilos si dejara de beber tantas latas.
No corregí su suposición; era más fácil que explicarle las normas de la señora Janet.
—¿Por qué querrías perder dos kilos? —pregunté tras hundirme en el puf.
—Ah, Riley —Bethany se rio—, eres tan dulce.
Sin dar más explicaciones, se tumbó boca abajo, con los pies en calcetines sobre la almohada, y se puso a leer el libro de texto desde donde lo había dejado.
Como de costumbre, nuestra interacción me dejó confuso.
¿Cómo podía ser dulce mi sincera curiosidad?
De verdad no entendía por qué quería adelgazar.
No creía que necesitara cambiar nada. Era la chica más guapa que conocía.
Nos sumimos en un cómodo silencio mientras yo hacía los deberes y ella estudiaba. La puerta de su dormitorio permaneció abierta, lo que me ayudó a relajarme, y pronto olvidé mis recelos por haber entrado en la habitación de una chica.
El tiempo pasó volando y, antes de que me diera cuenta, Bethany se levantó de la cama y se guardó el teléfono en el bolsillo trasero.
—Vamos a llegar tarde a cenar. —Señaló la puerta con el pulgar—. ¿Vienes?
Ah, claro. Cenábamos juntos los lunes y los jueves. Me gustaban más los lunes que los jueves. Lástima que hoy fuera jueves.
—Claro, por supuesto. —Volví a meter mis libros en la mochila—. Ya voy.
Caminamos por el pasillo, nuestros codos rozándose cada pocos pasos, y me moví para añadir un par de centímetros entre nosotros. La miré de reojo, pero no hizo ningún comentario.
—Necesito ir al aseo. —Me guiñó un ojo cuando se desvió hacia el baño de chicas—. ¿Me esperas?
Asentí con la cabeza y señalé hacia mi dormitorio.
—Voy a dejar mi mochila.
—De acuerdo.
Respiré hondo para darme fuerzas, me acerqué a mi cuarto esperando escuchar los asquerosos sonidos del coito. Por suerte, la habitación estaba en silencio. Llamé, quería asegurarme antes de abrir la puerta con la llave.
En cuanto entré en la habitación, mi nariz se arrugó ante el olor rancio a sudor y a comida china del día anterior que Brian había olvidado tirar.
La combinación era repugnante, pero me tragué mis quejas.
No quería causar problemas ni darle a mi compañero otra razón para caerle peor.
Si había cambiado nuestras memorias USB sin provocación alguna, temía lo que sería capaz de hacer si lo enfadaba de verdad.
Cogí una bolsa de basura de debajo de la cama y tiré la comida china, los pañuelos viejos y otros envoltorios de caramelos y porquería que ensuciaban la zona de Brian.
Junto a su cama, me estremecí al ver un condón usado en la mesilla que había entre nuestras camas individuales, ¡la mesilla que compartíamos!
Con arcadas, cogí varios pañuelos de mi caja de Kleenex y los lancé encima del preservativo para no verlo. Cuando se me pasó el sofoco, con cuidado, hice una bola con los pañuelos y el preservativo dentro, y la metí en la bolsa de basura.
Bien. Listo.
Después de meter la mochila debajo de la cama, cogí la bolsa llena de basura y la cerré. Pasaría por los contenedores de camino al comedor, así que llevármela me evitaría un viaje extra más tarde.
Tras comprobar que la habitación estaba ordenada, me colgué la basura al hombro y me acerqué a la puerta.
Se abrió hacia dentro, casi golpeándome en la cara, y perdí el equilibrio al esquivar la madera que se balanceaba.
Caí al suelo y me estremecí al sentir el dolor en el coxis en cuanto Brian entró en la habitación sin más ropa que una toalla sujeta a la cadera.
—¿Qué coño haces en el suelo, maricón? —El pelo castaño rojizo, mojado por la ducha, se le pegaba a la frente. Yo me marchité bajo el duro escrutinio de sus ojos azules—. ¿Tienes idea de lo cabreado que estoy contigo ahora mismo?
Me arrastré hasta ponerme en pie mientras me hacía señas para que me apartara y lo dejara acceder al pequeño armario que utilizaba para su ropa. Al principio del semestre, dijo que tenía más y que necesitaba el armario. La mía estaba en contenedores de plástico, debajo de mi cama.
—No sabía que tenías compañía. —Mantuve la voz en un susurro y la mirada baja, y esperé que mi docilidad aliviara su frustración.
—¡Casi lo deja! ¿Tienes idea de lo jodido que es que te hagan una mamada y no correrte? —Me miró con desdén—. Oh, espera, no lo sabes, ¿verdad?
Había muchas cosas que Brian desaprobaba de mi persona, pero mi virginidad se situaba en algún lugar entre mis frecuentes pesadillas y su suposición de que era homosexual.
—No puedes irrumpir en la habitación cuando te apetezca —continuó Brian, que cogió ropa del armario y la tiró sobre su cama deshecha.
—P-Pero esta también es mi cuarto.
Hizo caso omiso de mis balbuceos.
—Solo porque no quieras follarte a nadie no significa que se te permita mirar a hurtadillas mi polla. —Retrocedí, horrorizado ante su acusación—. Aguanto muchas de tus gilipolleces, marica de mierda, pero no seré tan amable la próxima vez.
La verdad era que no creía que hubiera sido amable conmigo ni ahora ni nunca.
—Lo siento, Brian. Yo no…
—Sí, sí, lo que sea. Lava mi ropa de cama este fin de semana, ¿de acuerdo? —Se abalanzó sobre mí, con las manos en las caderas. Me aparté, evitando mirar su piel desnuda, mientras asentía—. Bien. Ahora, lárgate de aquí. Que no pienso quitarme la toalla delante de tu cara, puto voyeur pervertido.
Se me saltaron las lágrimas y corrí hacia la puerta con la bolsa de basura en la mano. Me detuve en el umbral y me metí la mano en el bolsillo.
—Creo que hemos confundido los USB. —Le tendí el pendrive y una sonrisa alegre se dibujó en sus labios.
—Vaya. Me pregunto cómo ha ocurrido. —Me arrebató el USB de la mano antes de sacar el mío del cajón de su escritorio y lanzármelo. Ni siquiera intentó ocultar su regocijo. Qué imbécil.
—Hola, Riley. —Bethany se asomó por el marco de la puerta—. ¿Estás listo?
—¡Sí! —chillé, tragándome el nudo que tenía en la garganta.
Ella le lanzó una mirada cautelosa a Brian cuando se acercó a nosotros, todavía con la toalla puesta. Una sonrisa coqueta ladeó sus labios mientras pasaba su mirada por el cuerpo de mi amiga.
—Bethany. Hola, nena. ¿Cómo estás?
—Ja, por favor. —Me dio una palmadita en el hombro y empujó para que me moviera. Yo obedecí de muy buena gana.
—¡Ah, vamos! ¿Cómo es que eres tan amiga del sarasa, pero no quieres saber nada de mí?
Ella me rodeó los hombros con un brazo protector y nos dirigió hacia la escalera, lanzando una mirada mordaz a nuestras espaldas.
—El hecho de que lo llames «sarasa» debería responder a esa pregunta. Gilipollas.
La última palabra la murmuró en voz baja mientras bajábamos las escaleras y sonreí para mis adentros ante la muestra de solidaridad que encerraba su insulto. No era nada cortés, pero agradecí su desaprobación. Me hacía sentir menos culpable por mis propios recelos cuando se trataba de mi compañero.
—No sé cómo lo aguantas, Riley. —Bethany abrió la puerta principal, ya que yo sujetaba la bolsa de basura con las dos manos—. ¿Necesitas que redacte una queja formal?
Di un respingo y sacudí la cabeza con decisión.
—No, por favor. No hay ningún problema. Solo le gusta bromear.
Bethany cruzó los brazos sobre su amplio pecho y miró hacia el último escalón del edificio.
—Bromear es una cosa, pero si te trata mal o te hace sentir peor…
—No pasa nada. —Le di una palmada en el brazo con torpeza, haciendo todo lo posible por parecer sincero—. Te lo prometo. Si las cosas se ponen feas, te lo diré.
—Más te vale. —Me miró con severidad y yo agaché la cabeza, sumiso ante su atenta mirada.
Su intención era buena y yo lo sabía, pero denunciarlo por mala educación no solucionaría nada.
Parecería un desagradecido, un quejica o, peor aún, un chismoso.
Al final, solo causaría problemas, y si algo había aprendido en el sistema de acogida era a no causar problemas jamás.
La última vez que lo había hecho, había acabado en el centro de menores, y prefería morir antes que volver allí.
No, haría que aquello funcionara. De un modo u otro, sobreviviría al primer año.
Le demostraría a la señora Janet que no había cometido el mayor error de mi vida al mudarme a una universidad laica.
Y me demostraría a mí mismo que, por una vez, lograría mis objetivos sin estropearlo todo.
Por fin tenía la oportunidad de experimentar lo que cualquier adulto deseaba: una vida normal e independiente.
No creía que fuera pedir demasiado.