Revelaciones (Azufre y Fuego 1) 1. Capítulo uno
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1. Capítulo uno

Capítulo uno

¿Era posible morir de vergüenza? Si era así, iba a caerme muerto en tres, dos, uno…

—¡Shepard! —rugió indignado mi profesor cuando la pantalla, que se suponía que debía mostrar mi informe sobre la caída del Imperio maya, se llenó con la repentina avalancha de piel, piel y más piel.

Los gemidos desagradables salían de los altavoces instalados en la pared y los gruñidos de los dos hombres de la pantalla me revolvieron el estómago.

La humillación me calentaba la cara mientras miraba boquiabierto la horrible pantalla y luego mi memoria USB insertada en el proyector.

Excepto que no podía ser mi pendrive porque nunca, en mis diecinueve años de vida, había visto nada parecido, y mucho menos lo había descargado para mostrarlo en clase.

Durante la reproducción de la escena pornográfica, toda la sala estalló en carcajadas.

Las lágrimas de vergüenza me quemaban los ojos al tiempo que trataba de arrancar la memoria USB que claramente no era mía.

Debía de pertenecer a mi compañero de habitación, seguro que había sido él quien había intercambiado los pendrives .

Brian me odiaba y llevaba gastándome bromas desde el principio del semestre.

Solía conformarse con simples insultos, con echar un calcetín rojo en mi colada blanca para que todo se volviera rosa o con lanzarme agua fría en mitad de la noche porque, una vez más, lo había despertado con una de mis pesadillas.

Pero nunca se había metido con mis deberes. Nunca había llegado tan lejos.

Tenía que ser él. ¿Quién, si no, habría hecho eso?

Cuando desenchufé el USB del proyector, la pantalla se congeló en el peor momento.

Me atraganté y aparté la mirada de la imagen en la que los hombres estaban…

unidos. Sabía que era posible que dos hombres tuvieran relaciones sexuales, pero nunca había pensado demasiado en la logística.

Ahora ya no tenía más preguntas en ese frente.

—¡Señor Grant, lo s-siento mucho! —Me cubrí las mejillas enrojecidas y parpadeé las lágrimas mientras mi profesor me fulminaba con la mirada—. Esto no es mío… No entiendo cómo… Yo no…

—¡Shepard! ¡Shepard! ¡Shepard! —Mis compañeros vitoreaban mi nombre y reían. Yo solo quería que el suelo se abriera y me tragara entero.

—¡Silencio! —ladró el señor Grant, y su bigote se agitó de rabia—. ¡Silencio u os suspenderé a todos y cada uno de vosotros en esta tarea!

Eso llamó su atención y, por suerte, la sala se quedó en silencio. El profesor apagó el proyector. La imagen pornográfica desapareció como si nunca hubiera existido.

—Shepard, lo quiero en mi oficina después de clase.

—Sí, señor. —Me encogí sobre mí mismo, asentí con la cabeza antes de apresurarme a volver a mi asiento, al fondo de la sala.

¿Cómo había podido Brian hacerme eso? Creía que era un buen compañero. ¿Qué le había hecho para que me odiara tanto?

Era muy silencioso, mantenía ordenada mi parte del dormitorio e incluso limpiaba el baño por él cuando estaba de turno.

Si venía borracho y vomitaba por todas partes, yo lavaba su ropa de cama; y nunca me quejaba si me echaba de nuestra habitación para estar a solas con una chica.

Para ser sincero, no era el compañero de habitación más tratable dada su afición a soltar tacos y a poner la música alta, pero me lo tomaba con calma.

Al terminar la clase, aún no se me había pasado el rubor y me escocían los ojos de lágrimas que me negaba a derramar.

A medida que la sala se vaciaba, numerosos estudiantes me felicitaban por mi travesura, ignorando mis tartamudeantes negativas, o se burlaban de mí con maldad.

Oí que me decían «Bicho raro» y «Maricón», y me dolía la garganta mientras me enjugaba los ojos llorosos.

Bajé avergonzado los escalones hasta la mesa del señor Grant, agradecido de que nadie se hubiera quedado para presenciar aquel momento. Seguro que me iban a expulsar, y, entonces, ¿qué haría? ¿Volver con la señora Janet? Me estremecí al pensarlo.

La señora Janet, mi madre adoptiva durante seis años, era poco ortodoxa, por no decir otra cosa.

Y lo último que quería era volver a vivir con ella.

Era un hijo terrible por tener pensamientos tan poco amables; ella era, a todos los efectos, mi madre.

La única que había tenido. Me había aguantado más tiempo que cualquier otra familia de acogida y yo debería estarle más agradecido.

Sin embargo, la mera idea de volver a su casa me hacía sudar.

—Llevemos esto a mi despacho. —El bigote del señor Grant se crispó al levantarse de su escritorio.

Yo lo seguí con docilidad, desterrando los pensamientos oscuros. No era el momento de pensar en mis defectos como hijo. Tenía que arrastrarme. Por suerte, tenía mucha práctica gracias a la señora Janet y sus numerosas y estrictas normas.

Después de disculparme una y otra vez, salí del despacho del señor Grant diez minutos más tarde con un nuevo horario para mi presentación, una redacción disciplinaria de seiscientas palabras y su escasa confianza en que no hubiera profanado su clase a propósito.

Contuve mi aluvión de lágrimas por pura fuerza de voluntad y hui del edificio para correr hasta mi dormitorio. Me negaba a llorar en público.

Atrapado en mi atormentada cabeza, no me di cuenta de los ruidos delatores procedentes de mi dormitorio mientras deslizaba la llave en la cerradura.

Abrí la puerta solo para retroceder ante la imagen de mi compañero de habitación sentado al borde de su cama con la cabeza de una chica en su regazo desnudo. ¿En serio?

Aunque era la universidad y había intentado mentalizarme para enfrentarme a la promiscuidad sexual, no me sentía preparado para ver aquello.

—¡Riley! —Los dedos de Brian se enredaron en el pelo rubio de la chica y empujó su cara hacia su entrepierna—. ¡Fuera!

Cerré la puerta de golpe y retrocedí hasta que mi columna vertebral chocó contra la pared opuesta. Me desplomé en el suelo, abracé mi mochila contra el pecho y enterré la cara en la tela. ¿Qué demonios estaba pasando?

Intenté ignorar los desagradables gruñidos provenientes de mi habitación y me senté en el pasillo a hacer los deberes.

Casi media hora después, una sombra se arrastró sobre mi regazo, acompañada de un aroma dulce y afrutado.

El perfume familiar me calentó el pecho y levanté la cabeza con una tímida sonrisa al encontrarme con una mirada gris azulada.

—Hey, Riley, ¿qué haces en el pasillo? —La figura de Bethany se alzaba de pie junto a mí, con las manos en sus caderas curvilíneas y una cálida sonrisa en los labios. Su pelo dorado le caía sobre los hombros en ondas suaves.

Sus cejas claras se arquearon, recordándome que aún no le había contestado, y me sonrojé, señalando la puerta de mi habitación, donde Brian gemía como una morsa moribunda. Mortificado, solté su mano y jugueteé con mi cuaderno.

—¿En serio te ha vuelto a echar? —La repulsión coloreó su cara mientras yo asentía—. Ugh, qué asco. Vamos a estudiar en mi habitación.

Bethany, una de las ayudantes residentes de mi piso, era estudiante de tercer año y vivía al final del pasillo con Sharon, la segunda ayudante residente.

Había conocido a Bethany a principios de año, cuando se dirigió a los estudiantes de primer curso que se mudaban, pero nuestra amistad no había florecido hasta unas semanas más tarde.

Me había quedado sin artículos de limpieza porque Brian se había olvidado de reponerlos, y le tocaba a él —o lo que era lo mismo, a mí— limpiar el baño de los chicos de nuestro piso.

Con la esperanza de que me prestara detergente para la taza del inodoro, llamé a su puerta y se lo pedí.

Ella accedió encantada e incluso me ayudó a limpiar en cuanto se enteró de que solo sustituía a mi compañero de habitación.

Como buen paria social, me puse nervioso, pero ella se abrió paso entre mis inseguridades y nos hicimos amigos muy rápido. Para ser sincero, era mi única amiga; sin embargo, como había pasado la mayor parte de mi vida sin amigos —excepto los que vivían en mi imaginación, claro—, era una mejora.

—En serio, no pasa nada. Sharon no volverá hasta después de cenar y yo también estaré estudiando. —Me ofreció una mano, sus uñas pintadas brillaban bajo las luces fluorescentes.

—No quiero molestar …

—No es ninguna molestia.

Su sinceridad rompió mis educadas reservas y me apresuré a recoger mis pertenencias antes de aceptar su mano extendida.

Tiró de mí para ponerme en pie, y me enganché la mochila al hombro mientras Brian soltaba un horrible último bramido.

Hicimos una mueca y compartimos una mirada de disgusto antes de que me apretara la mano y me llevara por el pasillo hasta su dormitorio.

Sin que ella lo supiera, mi atención se centró en nuestras manos entrelazadas y mi cara estalló de vergüenza. Y pavor. Si la señora Janet se enteraba de que había dejado que una chica me cogiera de la mano, me metería en un buen lío, aunque el contacto no hubiera sido más que platónico.

Por supuesto, no era personal. Bethany era guapa, incluso podría decirse que preciosa, pero nunca la había considerado más que una amiga.

En el fondo, pensaba que acabaría encontrando a una chica que me gustara, pero hasta entonces no había sido así.

No sabía si se debía a mi terrible ansiedad social, a mi desconfianza general o a mi total falta de interés en alguien.

Además, Bethany tenía novio. Era alto, atlético y musculoso, todo lo contrario a mí. Y yo, demasiado tímido para contemplar siquiera la posibilidad de mirarla con ese tipo de afecto. La idea me erizó la piel.

Después de esperar el tiempo necesario para no ofenderla, le quité la mano de encima, con los ojos bajos por si me miraba mal.

A la gente normal no le importaban los roces casuales.

A la gente normal le gustaban los abrazos y tomarse de la mano.

La gente normal no sufría ataques de pánico ante la idea de entrar en la habitación de una chica.