Revelaciones (Azufre y Fuego 1)
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Prólogo
Nada en todos los reinos olía como la agonía. Era un aroma especial, penetrante y embriagador. Era pecado mezclado con sudor y sangre.
El demonio inhaló profundamente para que sus pulmones acogieran el delicioso perfume. Se filtró por su torrente sanguíneo, le inyectó una corriente de energía que le recorrió el cuerpo entero y la potente fragancia impregnó su cerebro con un agradable zumbido. Héctor vivía para momentos como aquel.
Sus sentidos se intensificaron cuando los gritos de la mujer que tenía detrás se mezclaron con los gruñidos de Devlin. De la boca de la hembra goteaba saliva sanguinolenta y el placer de su compañero era casi palpable en el aire en cuanto, con un gemido gutural, encontró su liberación.
Una multitud de demonios se acercó con los colmillos extendidos y las garras alargadas ante la visión y el olor de la tortura de la fémina, pero un silbido entre los dientes de Héctor frenó su sed de sangre.
Necesitaba que hablara, y permitir que los otros demonios la atacasen aceleraría su muerte, lo que iba en contra de sus órdenes.
Con una protesta, Devlin hundió sus dedos en las trenzas caoba de la mujer y le despegó la cabeza del cemento húmedo cubierto de manchas. Antes de que Héctor consiguiera detenerlo, su compañero le clavó los colmillos en el cuello. Ella gritó al sentir que su carne se desgarraba una vez más.
La sangre fresca recorrió su esbelto cuello y la pureza de su esencia provocó que Héctor se sintiera tan eufórico como el feroz viento del desierto. Le rugió el estómago, pero contuvo sus oscuros deseos. Ya la cataría en algún otro momento. Antes, necesitaba hablar con ella.
Después de unos segundos, Devlin la soltó. Cerró la cremallera de sus pantalones y, tambaleándose, se puso de pie. Su calva brillaba por el sudor y sus ojos oscuros se cruzaron con los de Héctor por un instante. Sin que le dieran ninguna instrucción verbal, asintió y retrocedió.
—Es toda tuya, Hec.
Él bajó la barbilla.
—Gracias, Dev.
Mientras avanzaba, la hembra cayó de rodillas, debilitada por la pérdida de sangre y los múltiples tormentos a los que la habían sometido.
Llevaba encarcelada dos días, aguantando un sufrimiento inimaginable, pero se negaba a hablar.
Nada parecía doblegarla y la paciencia de Héctor —por no hablar de la paciencia de su amo— menguaba con rapidez.
Ya había tenido bastante de aquellos juegos. Estaba cansado de ser tan blando con ella.
Héctor se acercó a la forma encogida de la hembra, se agachó y deslizó sus dedos por entre el pelo enmarañado. Ella se tensó al contacto y él sonrió. Su miedo y su aprensión eran casi tan suculentos como su dolor y su degradación… Casi.
Le retorció los mechones castaños y le inclinó la cabeza en un ángulo antinatural para admirar su rostro magullado y cubierto de sangre. En cuanto su aroma a sol lo inundó, sus fosas nasales se encendieron. El deseo le calentó la sangre y le provocó una indeseada tensión en los pantalones.
Por todos los fuegos del Infierno, odiaba a los ángeles.
Los ojos vidriosos de la hembra se abrieron, sus iris de un color cacao velado de angustia, y él tuvo que luchar por contener el escalofrío que atenazaba su cuerpo ante la magnificencia subyacente que la fémina conservaba a pesar de la roña que la cubría.
Manchas moradas y azules estropeaban su piel de porcelana; su cuerpo estaba salpicado de suciedad, sangre y otros fluidos corporales.
Sin embargo, era cautivadora. El ardiente deseo de tomarla ardía en sus venas: ansiaba saborearla.
Controló la lujuria con la que su cuerpo lo traicionaba. Le mostró los colmillos a la cara mientras un gruñido animal le raspaba la garganta.
—¿Dónde está el niño? —Sus labios estaban tan cerca que rozaban la piel de su boca, suave como un pétalo—. ¿Dónde?
La oscura mirada de la ángel se endureció hasta convertirse en la piedra más dura.
En lugar de responder, aspiró la saliva ensangrentada que tenía en la boca y escupió.
El espumarajo cobrizo salpicó la cara de Héctor, y su ira hirvió sin control.
Con un rugido, le aplastó la cabeza contra el cemento con tanta fuerza que habría aplastado el cráneo de un humano.
Pero ella era cualquier cosa menos mortal, así que el golpe no hizo más que añadir otro cardenal a su perfecto rostro.
Mientras se limpiaba los residuos pegajosos de la cara con un pañuelo, Héctor refrenó su temperamento.
Detestaba que fuera tan terca; ya debería haber cedido.
Su persistente silencio le dejaba un sabor amargo en la boca.
Él estaba orgulloso de su autocontrol; sin embargo, odiaba hasta qué punto esa hembra ponía a prueba sus límites.
La doblegaría, aunque le costara la vida.
—Tu dedicación es admirable, pero al final será en vano.
—Sus colmillos palpitaban con la necesidad de desgarrar su tierna garganta y beber hasta hartarse, aunque se contuvo.
En lugar de eso, esperó a que hablara. No se sorprendió cuando ella apretó los labios con fuerza y lo miró con desprecio.
Héctor apretó la nariz contra su mejilla y canturreó falsas promesas mientras señalaba a la pequeña multitud de demonios que esperaban su turno—.
Puedo acabar con esto por ti. Solo dime dónde está el crío.
Te arrancaré tu delicioso corazón y pondré fin a todo esto.
Su boca tembló, sus dulces labios se separaron en una inhalación temblorosa, y él reprimió su excitación por miedo a romper cualquier hechizo que hubiera conseguido lanzar sobre ella, que levantó sus cautivadores ojos. Una sonrisa extraña y triste se dibujó en su comisura.
—No sabes lo que es el amor, ¿verdad? Ni la lealtad.
O el sacrificio. —Tragó saliva con esfuerzo.
Su voz tranquila se quebraba por el desuso; sin embargo, flotaba en el aire como la canción más hermosa.
Se detuvo un momento, a la espera de una respuesta, pero Héctor se había quedado boquiabierto ante sus armoniosas palabras—.
Si entendieras alguna de esas cosas, sabrías que no hay nada de lo que podrías hacerme que me hará traicionar a mi hijo.
Con un gruñido despiadado, él dejó que sus garras se alargaran y cortaran la carne de su garganta.
—Lo encontraremos. No hay lugar donde poder esconderse de los Siete. Utopía lo rechazará. El inframundo irá a por él. ¿Y el reino de los mortales? —Héctor se rio con desdén—. No puede protegerlo de nosotros. Encontraremos a tu hijo, lo degollaremos y nos bañaremos en su sangre.
Ensangrentada y rota, la hembra soltó una risita seca, sin humor alguno.
—Tienes miedo. —Sus dulces labios se curvaron en una sutil sonrisa—. Bien. Deberías tenerlo.
La arrojó a un lado con un rugido indignado, y ella cayó al suelo de cemento, como una muñeca de trapo, casi sin vida. Su desafío había agotado sus últimas fuerzas.
—¡Abríos! —El idioma arcaico trinó sobre la lengua de Héctor y la ángel chilló cuando sus alas estallaron en su espalda.
Las magníficas y puras plumas plateadas se extendieron libres antes de rodear su cuerpo de forma protectora.
Él contempló la repugnante belleza con desdén y luego ladró a los demonios que seguían agazapados, esperando su turno—: Bueno, ¿a qué esperáis? Arrancádselas.
Sin necesidad de decir nada más, se abalanzaron sobre la mujer indefensa.
Los colmillos desgarraron su carne y las garras destrozaron sus alas plateadas.
Las plumas flotaron en el aire como copos de nieve y sus terribles gritos resonaron en la húmeda habitación mientras le arrancaban primero un ala y luego la otra.
Conforme la sangre manaba de las heridas abiertas en su espalda, no menos de tres demonios luchaban por montarla. A ese ritmo, moriría en cuestión de minutos.
Héctor dio una palmada para poner orden en el caos.
—Ya es suficiente, muchachos.
A regañadientes, los demonios se apartaron de la llorosa ángel y ella se aovilló sobre las rodillas al caer al suelo sucio. Enroscó los brazos y acunó a un niño invisible contra su pecho mientras su llanto se transformaba en una nana primordial. Su sufrimiento engrosaba la melodía de dolor.
Si el alma de Héctor no se hubiera pulverizado en su creación, tal vez habría llorado con ella. Pero, desde su perspectiva, la miseria de la ángel no hacía más que complacerlo; alimentaba su sádico y ennegrecido corazón.
—Es inútil para nuestra causa —dijo Devlin, aburrido después de haberse deleitado con su cuerpo y su sangre—. A lo mejor pueda quedármela. Sería una excelente mascota.
Héctor le dio una palmada en el hombro.
—Paciencia, mi querido amigo.
Un cambio en el tono de la ángel captó su atención.
Su voz se transformó en un canto suave, en una lengua primitiva desconocida, anterior a su época.
Creció en volumen y potencia, y la atmósfera tembló.
Su piel brillaba, pura y blanca. El amor y la pérdida, la tristeza y la esperanza surcaban el espacio como un torbellino y su nana se convirtió en un grito de guerra.
Cuando levantó el rostro hacia el cielo, el aire se iluminó y se distorsionó con una energía desconocida.
Delicados arcos de electricidad chisporrotearon a lo largo de su piel y un orbe ardiente apareció en sus manos.
El rugido del viento acompañó al ciclón de su poder y azotó su ropa.
El resplandor de sus palmas se extendió hasta envolver todo su ser y se convirtió en una luz deslumbrante. Y, entonces, lloró.
—¿Hec? —Devlin se tambaleó bajo su poder. Héctor se protegió los ojos con la mano, las rodillas crujían bajo su propio peso.
¿Qué era eso? No debería ser tan poderosa, no después de todo lo que la habían torturado. Fuera lo que fuese, no auguraba nada bueno ni para él ni para su amo.
Con un último grito ensordecedor de la ángel rota, la luz explotó como una bomba atómica, con un destello cegador.
La onda expansiva sacudió el suelo y chocó con los demonios de la sala, que volaron hacia atrás al igual que marionetas sin hilos.
El viento rugió como un tren de carga. Entonces, de repente, se detuvo.
El ruido abrumador se calmó al instante y la luz se apagó. El recinto volvió a su estado anterior.
Héctor se sentía como si una estampida de sabuesos infernales lo hubiera pisoteado, pero consiguió levantar el torso del suelo.
Entrecerró los ojos para adaptarse a la repentina penumbra.
Dev se tambaleó y lo ayudó a ponerse en pie mientras el último rastro de poder vibraba en el aire y se extinguía.
En nombre de los siete príncipes, ¿qué había sido eso?
Héctor se quitó la ropa y observó la destrucción que lo rodeaba.
Un huracán había arrasado y se había llevado todo a su paso.
Pero la devastación total apenas se podía comparar con la desoladora constatación de que la ángel había desaparecido.
En su lugar había un círculo negro, impecable, sin la más mínima mancha en su centro.
Había desaparecido y, con ella, su mejor oportunidad de encontrar al muchacho, el niño que podía destruirlo todo.
En las profundidades del Seol, Héctor había fracasado en su misión. Las consecuencias serían catastróficas. Que el Creador se apiadara de su alma maldita.