CAPÍTULO TREINTA
Maxim
D aniel nos estaba esperando cuando Layla y yo entramos a la oficina.
—¡Por fin! —se quejó, aunque había diversión en sus ojos—. Me preguntaba si habían decidido quedarse en la cama todo el día.
Un leve rubor subió por el cuello de Layla mientras yo le respondía a Daniel.
—Solo estás celoso, porque nadie quiere pasar un día en la cama contigo.
—Cretino —replicó, sonriendo—. Hola, Layla.
—Hola, Daniel. Gracias por tu ayuda con este desastre.
—Es un placer.
Se mordió el labio, señal clara de que estaba nerviosa.
—No creo que esa sea la palabra que usaría. ¿Y después de que mis abuelos te robaran tanto dinero? Deberías odiarme.
—No te preocupes, lo recuperaremos —le aseguré.
—¿A menos que planees impugnarlo? —preguntó Daniel, y yo tenía muchas ganas de darle un puñetazo.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, técnicamente es todo tuyo, y no podríamos vender todos los bienes de tus abuelos para cubrir lo que han robado.
Layla se encogió de hombros.
—Es todo suyo. No tengo intención de impugnar nada.
—¿Estás segura? —le insistió—. Todas las casas, castillos…
—Sí, estoy segura. —No había duda en su voz—. Nunca fue mío de todos modos, y, además, se lo deben a todas esas familias a las que estafaron.
Daniel sonrió y extendió su mano.
—Nunca dejas de impresionarme, Layla.
Ella puso los ojos en blanco.
—¿Por qué siento que siempre me estás poniendo a prueba?
Daniel se rio.
—Probablemente, porque lo hago.
—No me extraña haber pensado que eras aterrador cuando te conocí —musitó Layla—. Guapo, pero aterrador.
Gruñí.
—No debes decirle eso a Daniel. Ahora su ego se inflará y de por sí ya es enorme.
La risa melodiosa de Layla nos hizo mirarla. No recordaba haberla escuchado sonar tan despreocupada desde que la conocí.
—Podría desinflarlo. —Ofreció.
—Por favor, no, muñeca. —Daniel sonrió, disfrutando—. Porque tengo buenas noticias. ¿Se lo digo yo, Maxim?, ¿o quieres hacerlo tú?
Me miró, confundida.
—Te dije que aún no se lo pregunto —le recordé. Daniel podía ser un imbécil manipulador, pero ni eso podía estropear mi buen humor. No podía esperar a ver su cara cuando se lo contáramos.
—Preguntarme ¿qué?
—¿Lo hago? —preguntó Daniel.
—Pues hazlo, ya que mi mujer ya aceptó mudarse conmigo. —Sonreí, rodeándola con los brazos.
—Tremenda noche debe de haber sido —replicó Daniel, sonriendo—. Así que, querida Layla, Maxim y yo queremos ofrecerte una sociedad.
—¿Eh?
—Me mencionaste durante nuestra entrevista que querías crear una fundación sin fines de lucro para adolescentes con problemas. Sí, solo han pasado unas semanas, aun así, sabes lo que haces en este negocio. Obviamente, Maxim y yo no, pero tenemos el capital.
Nos miró fijamente a ambos, y yo no sabía lo que pasaba por esa bonita cabeza suya.
—Te lo dije, ninguno de los dos es bueno con los detalles. Parece que solo somos capaces de manejar negocios rentables. Y esto también sería una buena deducción fiscal para nuestros negocios. ¿Te gustaría hacerlo entre tres y crear una nueva fundación?
—¿Hablan en serio? —Sus ojos iban de un lado a otro entre Daniel y yo.
—Sí, muy en serio —respondió Daniel.
Luego, frunció el ceño.
—Ya es bastante incómodo que trabaje para ti y que mi abuelo esté a punto de ser encarcelado por robarle a tu fundación. ¿Y ahora quieres empezar otra donde yo sea socia?
—Sabemos que eso no tiene nada que ver contigo. Además, casi nadie sabe de tu conexión con ellos dado que has mantenido tu distancia. —Llevaría tiempo, pero sabía que Layla acabaría dándose cuenta de que los pecados de sus abuelos no eran suyos.
—Carajo —murmuró Layla.
—¿Eso es un carajo bueno o uno malo? —inquirió Daniel, y yo también quería saberlo.
Sonrió y solté un suspiro de alivio.
—Es uno bueno —contestó, con sus ojos brillando de felicidad—. Solo que es raro. Justo ayer, cuando salía del banco con todo ese maldito dinero, deseaba que todo desapareciera, que por fin pudiera hacer algo significativo. Y ustedes me lo acaban de dar.
—Bueno, no diría que te lo dimos —le recordó, sonriendo.
Se lanzó sobre Daniel y lo abrazó.
—Gracias. —La sorpresa inicial en su rostro no tenía precio, pero luego sonrió.
—Creo que le agrado. —Presumió.
Antes de que los celos pudieran apoderarse de mí, ella se apartó de sus brazos y se lanzó sobre mí.
—Te juro, Maxim, que creo que podrías ser mi amuleto de la suerte.
Mis manos la rodearon posesivamente.
—Espera. —Se apartó de mí y sentí la pérdida al instante—. Se me olvidó. Yo también tengo algo de capital. —Luego, al darse cuenta de cómo lo había conseguido, se sonrojó—. Ummm … No es de mis abuelos —se justificó rápidamente.
Daniel arqueó una ceja.
—¿Dónde lo conseguiste?
Las mejillas se le tiñeron de carmesí, sus ojos se dirigieron hacia mí, suplicando que la rescatara.
—No es asunto tuyo, Daniel —le dije. Sabía muy bien de dónde lo había sacado.
—Eso sería justo, ¿no? —nos preguntó a ambos—. Que también ponga capital.
—Creo que deberías quedarte con ese dinero —le sugerí—. Daniel y yo no tenemos intención de trabajar mucho en este proyecto contigo, así que tú serás la que más ganará.
Sus ojos se dirigieron a Daniel, pidiendo en silencio su opinión.
—Estoy de acuerdo. Deberías conservar tu capital y así quedaríamos todos a mano. Tu parte se encargará de este negocio y solo nos involucrarás cuando nos necesites.
Ella le devolvió la sonrisa.
—Supongo que es justo. Aunque parece que yo estoy sacando la mejor parte del trato.
—Sigue pensando eso, muñeca.
Sonriendo, asintió.
—Bien, pues. Sociedad será, y me quedo con mi capital. Pero si soy un desastre, tienen que despedirme. —No tenía ninguna duda de que lo haría genial, aun así, asentí para apaciguarla.
—Eso no es algo que escuchemos de nuestros candidatos todos los días —bromeé.
—Oh, y una cosa más —añadió rápidamente—. Me gustaría seguir con mi trabajo en Combat Life , por favor. Si les parece bien.
—Estoy de acuerdo —agregó Daniel—. La cuestión es si tendrás tiempo para Maxim con tantas cosas a tu cargo.
Acercándola más, rodeé su cintura con mi brazo.
—Encontraremos el tiempo —le dije. Ella asintió, la felicidad la hacía brillar.
—Estupendo, la semana que viene tendremos todos los documentos legales redactados. —Esa era la razón por la que Daniel y yo nos llevábamos tan bien. Una vez que decidíamos algo, ideábamos un plan y lo implementábamos sin demora.
—¿Ya sabemos si arrestaron a los abuelos de Layla? —pregunté.
—Desde luego que sí. —Daniel habría preferido resolverlo a su manera mafiosa, pero parecía complacido. El tiempo de Henry en prisión no sería un paseo por el parque. No para un aristócrata y pretencioso imbécil como él—. Su papeleo está en proceso mientras hablamos.
—¿Incluso mi abuela?
Daniel asintió.
—Sí, incluso ella. Lo más probable es que sus cargos no se mantengan, pero con sus bienes congelados, podremos presentar una reclamación contra ella por restitución del dinero robado. ¿Estás de acuerdo con eso?
Respirando hondo, exhaló lentamente.
—No diría que lo estoy, pero no voy a correr a salvarla. —La vi negar con la cabeza—. Es una lástima, ¿saben? En vez de reducir su forma de vivir o vender sus casas ridículamente caras, simplemente decidieron…
Buscó las palabras adecuadas, pero en verdad, no había ninguna. La cuestión era que eran codiciosos. Igual que su madre.
Daniel le lanzó una mirada comprensiva.
—Sí, la codicia impulsa a mucha gente egoísta en este mundo.
—Ya casi termina, cariño. —El paso final sería lidiar con su madre y el chantaje.
Se mordió el labio, sus ojos se detuvieron en los míos. Aún no le había dicho que no le había avisado a la policía y que solo mi personal de seguridad y un investigador privado estarían allí para ayudarnos ese día. Quería ver cómo se desarrollaba todo antes de encerrarla.
—No quiero verla, pero sé que tengo que hacerlo —respondió resignada—. Si no, me preguntaré por qué el resto de mi vida.
«Sí, esa es mi mujer».
—Buena respuesta —la elogió Daniel—. Tengo a un hombre siguiéndola. Ha vuelto a suelo británico.
—Parece tan surrealista —murmuró Layla entre dientes.
—Lo sé, pero esto es necesario —le aseguré—. No podemos permitir que escape. Esta es la forma más fácil. Daniel tiene un amigo policía que está dispuesto a dejarnos hablar con ella a solas. —Layla frunció el ceño y yo me maldije en silencio al ver cómo giraban los engranajes en su cabeza.
—No sé mucho sobre el protocolo policial —empezó, moviendo la mirada entre Daniel y yo—, pero no creo que nos deje interferir. Amigo o no, no creo que pueda dejarnos hablar con ella.
—Lo hará —intervino Daniel, recostándose en su asiento. Sus ojos estudiaron a Layla, y apostaría dinero a que estaba decidiendo si podía confiar en ella o no—. Tengo otros negocios que son un poco diferentes a los de Maxim. Me dan… privilegios extra.
Sus ojos azules lo estudiaron, y era difícil saber si entendía lo que insinuaba o no.
—¿Como qué? —Quiso saber.
—Nunca te involucraría en esto, pero no puedo darte mucha más información.
— Hmmm.
Si no le gustaba eso, buscaríamos otro plan. Pero estuve de acuerdo con Daniel, esta era la forma más efectiva.
—De acuerdo, entonces no haré preguntas —dijo finalmente Layla, con una mirada inquisitiva en Daniel—. Pero me gustaría que me prometieras que, sean cuales sean esos negocios, no dañan a personas inocentes.
—No me dedico a hacerle daño a gente inocente —respondió sin dudar.
Sonreí. A Daniel le caía bien, lo cual era bueno, porque para mí él era prácticamente de la familia. Layla asintió en señal de confirmación.
—Bien, entonces tu amigo policía nos dejará hablar con ella cuando la atrapemos, ¿y luego qué?
—Descubriremos qué pasó esa noche, y sea cual sea el crimen que cometió, tendrá que responder por ello —afirmé—. Abandonó a su hija, la incriminó y mantuvo el delito falsificado de homicidio involuntario con vehículo durante años sobre su cabeza. No es un descuido menor. Ella pagará .
Layla asintió y vi el dolor brillar en sus ojos, pero fue rápida en ocultarlo.