Revelación (El Amor No es lo que Parece 3) CAPÍTULO VEINTISIETE
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CAPÍTULO VEINTISIETE

Layla

N o era así como esperaba que fuera la comida. Sabía que la próxima vez que hablara con Liberty, sin duda me interrogaría sobre la nota. Pero ¿cómo iba a explicárselo sin revelar lo que había pasado tantos años atrás?

Los detalles aún eran confusos, probablemente, siempre lo serían, sin embargo, me conocía.

Nunca había consumido drogas y rara vez bebía.

Tampoco Brian. Él se había tomado en serio los deportes y siempre planeaba citas divertidas pero seguras.

Fue la primera persona que realmente se preocupó por mí. No habría puesto eso en peligro.

«Pero las pruebas no mienten».

El informe toxicológico mostró que estaba bajo los efectos del alcohol y las drogas. Todos decían que yo había estado conduciendo. Así que le pagaría al chantajista y me arrepentiría de mis pecados. Era todo lo que podía hacer.

Como la comida fue un desastre, decidí ir temprano a mi cita en el banco.

Me enfoqué en las cosas que podía controlar en ese momento.

Por primera vez en mi vida, tuve efectivo en mi cuenta.

Era millonaria, aunque fuera por poco tiempo.

El dinero que gané en la subasta me duraría cincuenta años si el chantajista no se volvía codicioso.

Ya no estaría atada a mis abuelos y no les debería nada una vez que me mudara por completo.

Ya estaba buscando apartamento, destacando en mi trabajo, resolviendo lo de Maxim…

si es que todavía quería que estuviera en su cama después de lo que había descubierto ese día.

Todavía no podía creer que Daniel y Maxim fueran dueños de ese club. De Daniel sí lo imaginaba, pero de Maxim… No exactamente. Aunque había una oscuridad que había sentido en él desde el momento en que nos conocimos.

Como llegué pronto, el dinero no estaba listo. Ya estaban acostumbrados a que hiciera estas peticiones extrañas. Recordé cómo me miraron con desconfianza la primera y la segunda vez, pero después de eso era como si lo esperaran.

—Señorita Cambridge —me saludó la empleada del banco.

—Hola. Llegué un poco temprano. —Sonreí tímidamente.

Ella simplemente me correspondió con esa sonrisa diplomática.

—No hay problema. La llevaré a la sala de estar para que se ponga cómoda. No debería tardar mucho.

La seguí hasta la pequeña zona apartada y me senté.

—¿Gusta algo de beber?

—No, gracias. —Solo quería volver a casa lo antes posible.

Volvió a su escritorio.

«No puedo seguir viviendo así» . Vagando de un día a otro, esperando sobrevivir otro año solo para poder pagarle a mi maldito chantajista.

«Bueno, no más» . Conseguir mi trabajo en la fundación me sentó bien, pero al final el dinero de Revelación se acabará. Y a este ritmo, la demanda podría saltar a un millón y yo quedaría impotente.

Obviamente, no podía volver a Revelación . No ahora que sabía que Maxim y Daniel eran los dueños. No me arrepentí de mi noche con Luke, pero tenía que ser honesta conmigo misma: lo que sentía por Maxim era real, y se estaba volviendo imposible negarlo.

Ni siquiera podía imaginar lo bien que se sentiría tener una relación sana y funcional. Y la posibilidad de tener una familia propia algún día.

—Señorita Cambridge, todo está listo. —Una voz me sobresaltó, haciéndome saltar en mi asiento.

Alcé la vista para encontrar al señor George, el director del banco que conocía desde siempre. Me entregó la bolsa del banco con el dinero que necesitaba.

—Muchas gracias, señor George.

—No hay de qué, querida. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?

Negué con la cabeza y le ofrecí una pequeña sonrisa.

—Gracias por atenderme.

Casi sentí ganas de decirle que lo vería el año que viene con una petición de doscientos mil en efectivo, pero me guardé las palabras para mí. Metiendo la bolsa del banco en mi enorme Birkin, salí de allí. Cuanto antes me deshiciera de él, mejor. Odiaba tener tanto dinero encima.

Había empezado a lloviznar; sin embargo, en vez de llamar a un taxi, seguí caminando.

El clima seguía lo bastante cálido como para que no pareciera una lluvia fría de otoño.

El clima coincidía un poco con mi estado de ánimo mientras empezaba a caminar hacia mi casa, mientras diferentes pensamientos giraban en mi mente.

¿Y si acudía a la policía? Simplemente a darles el informe, contarles lo que pasó esa noche y admitir que llevaba años pagando un rescate. Dejar que las cosas cayeran por su propio peso.

No podría hacer esto el resto de mi vida. Quizás esa era la razón por la que no había hecho mucho con ella y seguía esperando algo real.

El chirrido de los frenos me sacó de mis pensamientos. Mierda, por segunda vez en un mes, casi cruzo la calle sin mirar. Volví a la acera y esperé a que pasara el coche.

Sonó otro claxon y me pregunté por qué el auto se paró, justo cuando se abrió la puerta trasera y Maxim salió.

—Layla, ¿qué haces caminando bajo la lluvia?

Era tan alto que tuve que inclinar la cabeza para encontrarme con su mirada mientras imágenes de Luke de aquella noche pasaban por mi mente.

—Layla, ¿estás bien? —Tomó mis manos entre las suyas.

El calor de su toque se filtró instantáneamente a través de mi piel.

La corriente electrificada atravesó cada célula de mi cuerpo, despertándola de su entumecimiento.

Mis labios se entreabrieron solos y mi piel se calentó, necesitando que me tocara por todas partes.

Su tacto me resultaba familiar. Se sentía bien. Di un paso hacia él, necesitando su cuerpo más cerca. «Ese olor… ¿de dónde conocía ese olor…?»

—¿Layla?

Su voz penetró en mis pensamientos y sacudí la cabeza para despejarla.

—¿Por qué caminas bajo la lluvia?

—¿Por qué estás tú parado bajo la lluvia?

Sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Porque estoy hablando con una mujer hermosa.

A pesar de que le dije que quería ir despacio, la confesión atravesó mi estúpido cerebro.

Me estaba mintiendo a mí misma. Lo quería todo con él y lo quería en ese momento.

Había algo conmovedor en Maxim. Se sentía como el calor del sol en mi piel, como galletas recién horneadas.

Al mismo tiempo, hizo que el corazón me saltara desde la montaña más alta.

Los años de soledad me apretaban el pecho y me ardían los ojos. Dios, quería vivir con todas mis fuerzas. Una vida plena. Bailaría bajo la lluvia, extendería mis alas al viento y reiría, fingiendo que podía volar.

Un sollozo se me escapó e intenté recomponerme.

Otro sollozo, y ya era demasiado tarde. Me golpeó una bola de demolición, desmoronándome mientras mis lágrimas se mezclaban con la lluvia.

Me mordí el labio inferior, intentando dejar de hacer el ridículo, pero ya era demasiado tarde.

Los brazos de Maxim me rodearon y, sin pensarlo, enterré mi cabeza en su pecho.

— Shhhh , cariño —murmuró—. Todo estará bien.

—N-no, no será así. —Se me escapó un hipo—. Todo es un desastre.

Me dio un empujoncito para que entrara a su coche y se sentó a mi lado, cerrando la división.

Me subió a su regazo y lo dejé hacerlo. Tenía la nariz escurriendo y estaba hecha un desastre, pero a él no parecía importarle. Me limpió la nariz con su pañuelo.

—¿T-tienes un pañuelo?

Sonrió.

—Sí. Soy anticuado en ese sentido.

Seguí sollozando, intentando controlarme, pero las malditas lágrimas no paraban. Mi cuerpo temblaba con cada quejido.

— Shhhh , está bien —susurró, su enorme mano frotando mi espalda arriba y abajo en movimientos tranquilizadores.

Apoyé la frente en su hombro, disfrutando del consuelo.

—¿Quieres hablar de ello? —Su voz era suave—. Lo que sea que me digas, nunca lo repetiré.

Por segunda vez en menos de veinticuatro horas, luché contra la necesidad de contarlo todo. Contarle cada horrible detalle. Todos los pecados que había cometido y los errores que seguía cometiendo.

Sus dedos tomaron mi barbilla suavemente y se encontraron con mis ojos.

—Quiero ayudarte, Layla. —Y le creí—. Lo arreglaré. Lo prometo.

—Esa nota que Livy leyó… Me están chantajeando —susurré.

Fue la primera vez que admitía la verdad en voz alta—.

Empezó en mi cumpleaños número dieciocho.

—Asintió, animándome a continuar—. Cuando tenía dieciséis años, tuve un accidente.

Mi madre y Brian iban en el coche. Él fue mi primer novio.

—Busqué las palabras, con el corazón acelerado de miedo y anticipación por finalmente dejarlo ir—.

No recuerdo cómo pasó. Me desperté en el hospital.

Me dijeron que tuve suerte de haber sobrevivido.

Mi madre y Brian no la tuvieron. —Respiré profundamente y proseguí—: Los hechos sobre lo que ocurrió aún son confusos.

No recuerdo haber tomado ninguna sustancia, no recuerdo haber conducido.

Pero cuando recibí mi primera nota del chantajista y la ignoré, me dieron una advertencia.

Una copia del informe toxicológico. Eso demostró que había estado bajo los efectos del alcohol y las drogas.

Yo los maté… —Me llevé una mano a la boca, jadeando.

No había reproche en su mirada. Solo interés y preocupación.

Yo continué—. No entiendo por qué consumiría drogas.

Nunca lo había hecho antes, y Brian practicaba deportes y era estricto con su salud.

Y conducir. ¿Por qué mi madre me dejaría conducir?

—¿Tienes una copia de ese informe?

—Sí, está en mi caja fuerte.

—¿Se lo contaste a tus abuelos?

Negué con la cabeza.

—No. Vivir con ellos fue un infierno. Me han echado toda mi vida en cara; no quería demostrarles que tenían razón en odiarme. Además, por muy imbécil que sea mi abuelo, me cuidó hasta que me recuperé.

—¿El accidente es la única razón por la que no eres cercana a ellos?

—No. No me soportan, y a mí tampoco me importan —respondí con sinceridad—.

Incluso cuando era una niña, visitarlos era una tortura.

Odiaban a mi madre, odiaban que me pareciera a mi padre.

—Respiré profundamente—. No creo que hubiera nada que les gustara de mí antes del accidente, y me odiaron por completo después.

Liberty tiene razón. Debería haber dejado de visitarlos hace años, pero necesitaba el dinero para pagar el chantaje cada año.

Él asintió.

—Te creo.

Me mordí el labio.

—Les he estado mintiendo durante años. Nunca les dije que encontré a Liberty, ni que esa fuera la verdadera razón por la que fui a Estados Unidos.

Sonrió.

—Parece que la protegiste de esos cabrones.

—Estoy segura de que son perfectamente agradables con todos los demás en sus vidas. Puede que yo sea la excepción. —No podía creer que realmente estuviera defendiendo a mis abuelos.

—Si por ser perfectamente agradables te refieres a robar dinero y cometer fraude.

Lo miré confundida.

—¿De qué hablas?

—Han estado robando dinero de Combat Life , Layla. —Abrí mucho los ojos—. Y eso ni siquiera es lo peor.

¿De qué demonios estaba hablando?