CAPÍTULO VEINTIOCHO
Maxim
E staba a punto de contestarle cuando el coche se detuvo. Miré por la ventana al mismo tiempo que Layla, y podría haberme disparado por mi estupidez. Nunca le dije a mi chofer que fuera a su casa ni a la mía fuera de la ciudad. En cambio, me trajo a mi penthouse .
La puerta se abrió y salí del coche, extendiendo mi mano a Layla. Sus enormes ojos azules me miraban pensativos, saltando del edificio a mí… Estaba conectando los puntos, y con cada segundo que pasaba, veía cómo su expresión pasaba de dolida a resignada, y luego a furiosa.
—Hablemos de ello adentro —sugerí en voz baja, extendiendo la mano—. Te lo contaré todo. Y también puedes preguntarme lo que quieras.
—Creo que deberías decírmelo ahora. ¿Sabías que era yo cuando me trajiste aquí la otra noche? —Su voz era engañosamente calmada, pero había un tono que me decía que no iba a durar mucho tiempo.
Me tomé un momento antes de responderle. Eso fue un error, porque las lágrimas empezaron a acumularse en sus ojos mientras se alejaba de la puerta, hundiéndose más hacia el coche.
—Layla…
—Es una pregunta de sí o no —reviró con voz ronca—. Solo contesta.
—Sí. —No podía, no quería, mentir al respecto. La reconocería en todas las vidas, y desde luego la reconocí en el momento en que la vi en Revelación.
—¿Solo fui sexo fácil? ¿Costoso, pero fácil?
—Layla, no. Déjame explicarte.
—Explicarme ¿qué? ¿Que solo querías acostarte conmigo sin compromisos? ¿Que me enviaste esa invitación para asegurarte de que no me hiciera ilusiones y pensar que tenía alguna oportunidad contigo?
¿De qué demonios estaba hablando?
—Layla, por favor, escúchame —supliqué.
Ella medio resopló mientras negaba con la cabeza.
—No te molestes, Maxim. Sé que no valgo la pena. Nunca valgo la pena y nunca la valdré. ¡Dios! —explotó—, pensarías que aprendería. Y ahora, solo soy una prostituta bien pagada. —Se rio amargamente.
Respiró con determinación, conteniendo valientemente las lágrimas mientras se movía hacia la puerta. La reina de hielo había vuelto, su armadura emocional envuelta a su alrededor como una capa.
—Quítate de mi camino, Maxim. ¿O debería decir Luke ? —disparó.
La vi buscando una salida mientras empezaba a escabullirse de mi alcance.
—¡Detente! ¿A dónde demonios crees que vas?
—¡Lo más lejos posible de ti!
Tenía que llevarla a mi penthouse . Este no era el lugar para tener una discusión así, si es que se le podía llamar así. Y si esta gata salvaje se me escapaba en ese instante, nunca la recuperaría. Tomé el control de su cuerpo la otra noche. Necesitaba hacer lo mismo en ese momento.
—No te obligué a ir a Revelación. —Claro, no revelé quién era, lamentablemente, no podíamos reescribir la historia. Los dos estábamos allí y los dos lo queríamos. Ella no podía negarlo.
No respondió, y ya podía ver cómo se estaban levantando sus muros.
—Puedes fingir que no hay nada entre nosotros, pero los dos sabemos que te estarías mintiendo a ti misma.
Sí, pujé por ti la otra noche. Puede que no te haya dicho quién era, pero ¿me equivoqué?
¿Si así ibas a reaccionar? Tenía la intención de decírtelo antes de que terminara nuestra noche, pero te escabulliste al amanecer.
—Me pasé una mano por el cabello—. Ahora, subirás conmigo y escucharás lo que tengo que decirte.
Si aún quieres irte después de eso, bien, sin embargo, hasta entonces, harás lo que te ordene.
Le agarré el brazo mientras ella seguía intentando poner distancia entre nosotros. No iba a hacerle daño, pero tampoco iba a dejar que escapara. No cuando estaba tan vulnerable y visiblemente alterada.
Miró mi mano en su brazo como si fuera algo asqueroso.
—¿Me vas a pagar otros diez millones? Parece que es mi tarifa habitual —dijo con despreocupación, como si nada pudiera hacerle daño. Yo sabía que no era así.
Podía ver la rabia en sus ojos, aunque también el dolor que se empeñaba tanto en ocultarles a todos. Le costaba confiar en alguien, lo entendía, pero no la dejaría marcharse sin luchar. La quería y daría todo por tenerla en mi vida, carajo.
Le agarré el otro brazo y la atraje hacia mí.
—Te daría toda mi fortuna si pensara que así te quedarías —gruñí entre dientes apretados.
La expresión de sorpresa en su rostro me rompió el corazón. No tenía idea de lo que significaba para mí, pero estaba a punto de rectificarlo.
La solté, retrocediendo con mi mano extendida hacia la suya.
—Ven conmigo. Por favor. —Mis ojos buscaron los suyos, suplicándole que confiara en mí.
Con vacilación, puso su pequeña mano en la mía. La guie hasta la entrada de mi edificio. Su ropa estaba mojada y no quería que se enfermara.
Entramos al edificio y subimos en el ascensor en silencio, su mano descansando firmemente en la mía.
Lo tomé como una buena señal. La observé, casi esperando enojo y frustración, pero todo lo que pude leer en su rostro fueron rastros de agotamiento y resignación.
Su cuerpo temblaba ligeramente por el frío, su piel erizada.
—No tengo ropa de mujer —murmuré, acercándola más a mí—. Pero puedes ponerte mi camiseta y quizá bóxers como shorts . Estás temblando.
—Tú también deberías cambiarte —dijo cansada. Su cuerpo estaba rígido, aun así, me negué a dejar que se apartara de mí, de nosotros.
El ascensor sonó y la guie en dirección a mi habitación.
—Quítate la ropa —le ordené—. Vuelvo enseguida.
Me miró con recelo, pero finalmente obedeció, y entré a mi vestidor para sacar una camiseta y unos bóxers de la cómoda. Agarré unos pantalones deportivos secos para mí.
Cuando volví al baño, Layla solo llevaba puesto su sostén y ropa interior. Mi polla se levantó de inmediato, lista para ella.
Me dedicó una sonrisa tensa que no le llegó del todo a los ojos.
—Pensé que no hacía mucha falta fingir modestia. —Su voz era un susurro ronco—. Ya me has visto desnuda. En realidad, pagaste por verme desnuda.
La ayudé a pasar los brazos por las mangas de la camisa y abroché uno a uno cada botón. Ella nunca se movió, sus ojos puestos en mí. La única señal de su nerviosismo era su labio inferior, atrapado entre sus dientes.
Me mató ver la duda y la vulnerabilidad en los ojos de Layla, carajo. Siempre intentó ser dura, pero no tenía que contenerse conmigo.
—La cagué, Layla. Quería decirte que era yo. —Necesitaba que confiara en mí—. No sabía que estarías en Revelación . Estaba a punto de irme cuando te vi. Y maldita sea, cuando te vi en ese escenario en la subasta, perdí la cabeza. No quería que nadie más te tuviera. Estoy loco por ti, ¿ okay ?
—Maxim, quiero explicarte. —Su voz suave era como una caricia, su aliento contra mi piel una brisa que me calmaba y revitalizaba—. No soy una puta que se venda.
Mis ojos se clavaron en ella. La acerqué más a mí, sus pechos rozando mi pecho.
—Nunca te llames puta. —Si bien intenté mantener un tono sereno, me enfurecía pensar que pensaba menos de sí misma.
—Pero pagaste…
La interrumpí.
—¿Disfrutaste lo que hicimos esa noche?
Se le sonrojaron las mejillas. Sabía que le había gustado, pero quería que lo admitiera. Necesitaba que se diera cuenta de que estaba bien.
—Sí. —Su respuesta fue tan baja que apenas pude oírla.
—Y a mí me encantó cada segundo, carajo —le confesé.
Joder, la deseé desde el primer momento en que la vi—.
Estuve pensando en suplicarte. —Recalqué la palabra para asegurarme de que entendiera que hacerla suplicar que la follara era solo algo que me excitaba.
No la degradaba—. Habría pagado otros diez millones por pasar la noche contigo.
Sus ojos azul claro se abrieron de par en par por la sorpresa, y me costó todo el esfuerzo no exigirle que se arrodillara y me diera una mamada. Pero no todo se trataba de nuestra conexión física. Yo iba en serio si ella estaba interesada.
—Carajo, Layla. Desde el momento en que te vi, mis pensamientos han sido consumidos por ti.
Nada ni nadie me importa un carajo. Solo te quiero a ti.
Quiero hacerte sentir bien, cueste lo que cueste.
Y joder, si una de esas cosas es que tú montes mi polla y grites mientras te follo… Entonces, soy un hombre afortunado.
—Eso es muy específico —murmuró, con las mejillas sonrojadas.
—¿Qué puedo decir? —Bajé la cabeza, mis labios rozando los suyos—. Me haces decir las cosas más sucias. Y creo que a ti también te gusta.
Sus párpados bajaron, sus pestañas ocultando el deseo que le brillaba en los ojos.
—¿Estoy en lo cierto? —exigí saber. Ya no había máscaras, sin esconderse. Si me hubiera mandado al diablo, no la molestaría.
—Sí. —Sus labios se movieron sobre los míos mientras respondía.
—¿Te arrepientes de esa noche? —Quería que lo diera todo; que me mostrara su verdadera personalidad y confiara en que cuidaría de ella.
Sabiendo todo lo que sabía en ese momento, podía entender su vacilación a confiar en la gente, pero quería demostrarle que podía contar conmigo. Nunca le haría daño.
—No, no me arrepiento. —Tenía la voz más sexy —. Me gustó todo lo que hicimos esa noche.
—¡Carajo! —gruñí. Estaba duro y listo para lanzarme sobre ella. Presioné mi ingle contra su cuerpo para que pudiera sentir lo que me hacía—. Mi chica pervertida. —Presioné mi boca contra la suya en un beso intenso—. Mira lo que me provocas.
Un pequeño gemido escapó de ella. Casi pierdo la compostura y tiré por la borda la idea de hablar, pero teníamos cosas que aclarar. Era importante.
—Primero tenemos que hablar. —Me obligué a decir—. Resolver todo este desastre que hicieron tus abuelos.
—Bien. —Había un pequeño atisbo de timidez bajo la superficie. Y fue muy ardiente—. ¿Maxim?
—Sí, amor.
—Quiero devolvértelo —comentó—. Solo necesitaba cien mil.
—No harás tal cosa —declaré—. El club gana un porcentaje de cada puja. Además, me encantaría recordarte durante mucho tiempo que solo me costó diez millones que te fijaras en mí.
Su suave risa fue el mejor sonido que había escuchado en mucho tiempo.
—Bueno, teóricamente, me fijé en ti antes de que pujaras por mí. Bailé contigo y te dejé besarme.
—Tienes razón, cariño.