CAPÍTULO VEINTICUATRO
Maxim
— ¿Qué te hace dudarlo? —Sabía que este tipo era el médico que la trató. No era exactamente una trampa. El hombre murió durante su despliegue; sin embargo, quería ver qué contaría sobre él y sobre ella misma.
Los ojos de Layla permanecieron pegados al expediente cuando contestó, aunque su incomodidad no me pasó desapercibida.
—Él fue el médico que me trató una vez.
—¿De qué te trató? —pregunté, sin que mi voz delatara nada del torbellino en mi interior.
—Tuve un accidente. Fue hace mucho tiempo, en la preparatoria —explicó, manteniendo su tono ligero, aunque detecté un pequeño temblor en su voz.
—¿Qué tipo de accidente? —inquirió Daniel.
—Accidente de auto.
—Debió de ser malo —intervine, fingiendo estudiar el documento—.
Aquí dice que era cirujano, especializado en trauma de shock .
¿Qué pasó? —Sus labios se presionaron en una línea y sus hombros se tensaron.
Ella permaneció callada y levanté la cabeza para encontrarme con su mirada brillante—. ¿Layla?
Giró sus dedos nerviosa, y yo luché contra el impulso de acercarme a ella y abrazarla. Quería ofrecerle consuelo, protegerla de lo que esos fantasmas le estaban haciendo. En cambio, me obligué a quedarme quieto.
Se mordió el labio y me pregunté si iba a mandarnos a la mierda a ambos y decirnos que nos metiéramos en nuestros propios asuntos.
—No recuerdo mucho —respondió finalmente—.
Un segundo, mi madre nos estaba recogiendo a mi novio y a mí de un concierto, y al siguiente desperté junto a su cadáver.
—Carajo, mantuvo la voz firme, pero su barbilla temblorosa me dijo que aún no lo había superado.
Carraspeó antes de continuar—. Mi… mi madre y Brian no lo lograron. El doctor Mack me curó.
—¿Sabías que estuvo en el ejército? —La pregunta de Daniel hizo que Layla levantara la mirada para encontrarse con él.
—No, en ese entonces no. Lo busqué hace unos años y descubrí que fue desplegado y luego asesinado.
Quise preguntarle por qué lo había buscado, pero estaba claro que estaba incómoda, así que lo dejé pasar. Además, el hecho de que ella lo mencionara y hubiera dejado claro su incertidumbre decía más sobre su objetividad que otra cosa.
—Incluye a su familia —le dije, y Daniel asintió en señal de acuerdo. Rara vez discrepábamos en las decisiones de negocios.
—Genial —murmuró, esbozando una pequeña sonrisa.
Joder, si seguía sonriendo así, mi autocontrol se desintegraría en nada y me convertiría en un cavernícola.
Lo único que quería hacer era decirle a Daniel que saliera de la sala para poder inclinar a Layla sobre la mesa de conferencias.
En vez de saciar algunas de mis necesidades la noche anterior, la deseaba aún más.
Desesperadamente . Anhelaba a esta mujer, y no había vuelta atrás. Era mi propia marca de cocaína.
La forma en que se sonrojó, su piel pálida teñida de carmesí, me hizo pensar en su trasero adquiriendo el mismo tono.
—¿Algo más? —La voz de Daniel detuvo la tormenta repentina que recorría mis venas.
—Sí, aquí tienen algunas ideas para recaudaciones de fondos.
—Empujó otro expediente hacia adelante—.
El año está llegando a su fin, así que las empresas buscarán deducciones fiscales.
Si empezamos ahora, podríamos hacerlo posible.
Déjenme saber qué piensan. Como es viernes, voy a empezar con estos pagos ahora para que puedan aprobarlos antes del fin de semana. ¿Les parece bien?
—Perfecto —dijimos Daniel y yo al unísono.
Con un asentimiento, se dio la vuelta y nos dejó en la sala de conferencias.
—Bueno, eso sí que fue interesante —bromeó Daniel—. Supongo que no sabe que el hombre enmascarado eras tú.
Me pasé una mano por la cara, las huellas de mi barba arañando mi piel. No tuve tiempo suficiente para afeitarme esta mañana.
—No, aún no lo sabe —admití—. Pero no te metas en esto.
—De nada, amigo. —Quería borrarle esa sonrisa del rostro, pero sabía que probablemente debería darle las gracias. Me importaba Layla, y para lo que fuera que necesitara ese dinero, me alegraba que la puja desafiante de Daniel significara que se llevara mucho más.
—¿Qué te hizo invitarla a Revelación en primer lugar? —le pregunté.
Daniel se encogió de hombros.
—Pensé que sería interesante. Volaban chispas entre ustedes dos en la boda de tu hermano. Era divertido. Además, si no pujabas… Yo la habría tomado.
Sabía que me estaba tratando de molestar, pero, aun así, quería romperle la nariz. Quizá maltratar esa cara que tanto les gustaba a las mujeres.
—Está prohibida, Daniel.
Riéndose, se levantó y fue a la ventana con una carpeta en las manos, sus ojos repasando las recomendaciones de recaudación de fondos de Layla.
—Ya me lo imaginaba. No te preocupes, es toda tuya. No creo que siquiera me voltearía a ver. —Nunca había sido muy celoso, pero de solo pensar en Layla siendo tocada por otro hombre bastaba para que me diera un ataque de celos.
—¿Algo bueno ahí? —Cambié de tema.
—En realidad, todo es un buen trabajo —dijo, ladeando la cabeza—. Ella sí que sabe lo que hace.
Me recliné, liberando la tensión de mis hombros. Todo mi cuerpo estaba tenso y sospechaba que sería así hasta que pudiera tener a Layla de nuevo. Pero primero tenía que decirle la verdad. Haber añadido otra capa de secretos a nuestra relación algo frágil no fue una de mis mejores ideas.
Me dejó besarla hacía una semana, lamentablemente, las cosas no avanzaron mucho desde ahí.
Reconocía que fue culpa mía. Me había mantenido alejado, puramente por respeto.
Sabía que estaba nerviosa por el trabajo y no quería entrometerme.
Pero, aun así, era difícil conciliar la Layla de la noche anterior con la Layla sentada en su escritorio al otro extremo de la oficina.
Debería haberme quitado la máscara y decirle que la deseaba desde el momento en que nos conocimos. En cambio, fui a la segura. «Eso fue estúpido, Maxim». En ese momento, yo estaba actuando tan tonto como Alexander con Liberty.
Layla fue la única mujer que consiguió hacerme pensar con mi polla en vez de con mi cerebro. Pero si quería tenerla de verdad, tenía que hacerlo mejor que esto. No solo quería su cuerpo; quería su corazón. Su corazón …
—Creo que el accidente de Layla es lo que la impulsa. Por eso quiere una fundación para adolescentes problemáticos.
—Creo que tienes razón —coincidió Daniel.
—Sé que solo es su segunda semana. —Empecé, dándole vueltas a los pensamientos que me rondaban desde su entrevista—. He estado pensando en ofrecerle el capital para comenzar su fundación. Obviamente, sabe lo que hace y me vendría bien la deducción de impuestos.
Se rio.
—¿Me preguntas si me interesa o quieres mi opinión?
Me encogí de hombros.
—Supongo que ambos. Probablemente, lo haría de todas formas. Solo creo que sería menos probable que la rechazara si presentáramos la oferta juntos.
—Ahhh. ¿Así que me estás usando?
Cabrón.
— Síp . Incluso estoy considerando el chantaje —bromeé.
—¿Estamos hablando del capital o de la oferta de “sé mi mujer”? Porque tengo que decirte que no me interesa ser tu mujer. —Daniel podía ser un auténtico dolor de cabeza—. No eres exactamente mi tipo.
Le hice un gesto obsceno con el dedo medio.
—Tu culo no es tan atractivo —respondí sonriendo.
Pareció pensarlo.
—No lo sé. Las mujeres me dicen que les encanta mi culo. — Pervertido . Cuanto más imbécil era Daniel, más mujeres lo perseguían—. Pero volviendo al tema… Me apunto. Es una buena causa.
—Perfecto. —Quién sabe, quizás incluso le ayudaría a encontrar paz.
—¿Sabemos cuándo irán por su abuelo? —Quiso saber.
—La siguiente semana. —No podía esperar a ver a ese imbécil pagar por robarle a las familias de soldados que habían sacrificado sus vidas, extremidades y cordura, solo para poder darse la gran vida.
Personas como Henry Cambridge eran los peores tipos de parásitos.
Creían que eran superiores cuando en realidad eran peores que sanguijuelas.
Menos mal que Layla no era para nada así.
—Deberías haberme dejado manejarlo a mi manera —gruñó.
—Puede ser, pero queremos esos fondos de vuelta. Hacerlo de esta manera permite que todos sus bienes sean incautados y transferidos a las familias de los beneficiarios.
—Tenemos mucho dinero —comentó—. Pagaría todo eso y más por ver sufrir a ese cabrón. —Era muy tentador, pero lo haríamos de la forma correcta—. ¿Crees que a Layla le molestará?
—¿Qué quieres decir? —Layla había admitido su desprecio por sus abuelos. No pensé que se le rompiera el corazón por llevar a su abuelo ante la justicia.
—Supongo que ella habría heredado todos sus bienes al final —razonó—. Cuando terminemos con él, no habrá nada que heredar. Pero, por otro lado… Acaba de ganar diez millones de libras por tu culo cachondo.
Me reí. Tenía razón.
—Me aseguraré de que no le falte nada.
—No lo dudo.