Revelación (El Amor No es lo que Parece 3) CAPÍTULO VEINTITRÉS
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CAPÍTULO VEINTITRÉS

Layla

B ueno, esa fue la noche más loca de mi vida.

Los orgasmos que ese hombre me había dado estaban fuera de este mundo. Cada vez estaba más segura de que había muerto y me había ido a un lugar feliz. De esto debía tratarse la adicción. Era un trato de una noche, pero lo más loco era que quería más.

Miré a mi derecha y vi a Luke profundamente dormido.

Tenía el cuerpo más increíble que había visto jamás.

Sus abdominales sólidos y duros como una roca eran irresistibles, sus hombros anchos fuertes.

Tenía tatuajes en el bíceps derecho y quería inclinarme para verlos mejor, pero no quería despertarlo.

Lo único que no pude distinguir fue su cara tras esa máscara del Fantasma de la Ópera . No podía quitarme de encima la imagen de la semejanza de Luke con Maxim. A pesar de que estaba mal en muchos niveles, me lo recordaba. Mi mano se estiró, dudando si debía ver detrás de su máscara…

«No, era mejor no saberlo». Quizá podría fingir que todo esto era un sueño.

Miré el reloj y vi que se acercaban las cinco de la mañana. No quería estar aquí cuando despertara. En silencio, me levanté de la cama y salí de puntitas de allí. Mi vestido y mis zapatos seguían en su sala.

—Madre santa —susurré mientras observaba el penthouse al salir, quitándome la máscara una vez que estuve lo suficientemente lejos de su dormitorio.

¿A qué demonios se dedicaba este tipo para poder permitirse un lugar así?

La noche anterior me pareció magnífica la vista, pero no me había dado cuenta de lo impresionante que era.

Prácticamente, sin ninguna gracia y lo más silenciosamente posible, me puse el vestido y me lo abroché lo mejor que pude. Me tuve que quedar sin bragas, porque estaban en uno de los bolsillos de los pantalones de Luke.

Mirando a mi alrededor, caminé de puntitas por el pasillo, con mis zapatos en la mano.

Intenté no impresionarme mientras pasaba por los ventanales y veía los primeros destellos de luz proyectando tonos dorados por la ciudad, pero era casi imposible.

Quiero decir, ¿cómo no iba a estarlo? Este lugar era un sitio de primera en una de las ciudades más costosas del mundo.

«El dinero no importa, Layla». Podía escuchar la voz de Liberty en mi cabeza.

Me costó mucho tiempo darme cuenta de que tenía razón, pero años pagándole a mi chantajista fueron difíciles de superar.

Si hubiera trabajado día y noche como secretaria, me habría llevado años acumular un solo pago.

Se sentía como una soga alrededor del cuello.

Por suerte, y por mucho que deseara que hubiera otra manera, el dinero que gané con la subasta me mantendría a flote durante años, especialmente ahora que el monto se había duplicado.

«¡Diez millones de libras!»

Jesucristo, nunca en mis sueños más locos podría haber imaginado eso. De hecho, todavía me costaba creerlo. Parecía demasiado… fácil y surrealista. Me pagaron millones por tener una noche increíble llena de orgasmos.

«Sí, para ser una puta increíblemente costosa» , susurró mi mente, pero sacudí rápida y sutilmente la cabeza, ahuyentando cualquier pensamiento negativo.

Tomando el ascensor hasta el vestíbulo, salí corriendo del edificio de Luke. Cuando salí, había una mujer bajando de un taxi. Di gracias a mi suerte mientras me apresuraba hacia él. Me lanzó una mirada curiosa, y estuve a punto de ladrarle cuando recordé que seguía con el vestido de anoche.

—Noche larga —murmuré.

—Parece que fue una emocionante —respondió, ofreciéndome una sonrisa y un guiño.

«Oh, no tienes ni idea».

Recosté la cabeza en el asiento y le ofrecí mi dirección al taxista. La adrenalina seguía corriendo por mis venas. Nunca había sentido algo así, pero estaba segura de que la adrenalina se acabaría pronto.

Cuando llegamos, pagué el taxi y corrí hacia mi casa.

Ya casi eran las seis, lo que significaba que tenía tres horas antes de tener que ir a trabajar.

Sabía que debería haberme echado una siesta, pero estaba tan nerviosa, las imágenes de lo que hice la noche anterior corriendo y dando vueltas como un hámster en una rueda. El club. El escenario. La subasta…

Me duché y me metí en la cama con mis shorts de algodón y una camiseta de tirantes, intentando calmar mi mente.

Recordar cómo se sentían las manos de Luke sobre mí hizo que mi cuerpo vibrara de deseo. La forma en que me tocaba como si fuera su instrumento… Nadie había logrado encender mi cuerpo con una llama así.

Tampoco me había corrido tan fuerte en toda mi vida. La piel me hormigueaba al cerrar los ojos, imaginándomelo aquí conmigo. Maldita sea, estaba tan cansada, pero mi cuerpo lo deseaba. Metí mis dedos dentro de mis bragas y me di cuenta de que estaba mojada y excitada.

Oh. Dios. Mío.

— ¿Algún arrepentimiento? —Recordaba que preguntó.

En la superficie, no había ninguno; no obstante, de alguna manera sentía que había sellado mi destino, apartando a Maxim para siempre. «Pero en realidad nunca tuve una oportunidad con él, ¿verdad?».

Mientras me obligaba a dormir, el último pensamiento que tuve antes de que los sueños me arrastraran al olvido fue si de alguna manera podría repetir lo de la noche anterior. Pero con Maxim.

—Gracias a Dios que es viernes —murmuré para mí misma mientras me dirigía a mi oficina. Unas pocas horas de sueño interrumpido, un cuerpo adolorido y la ausencia de cafeína eran una combinación mortal.

—¿Por qué? —La voz de Daniel detrás de mí me sobresaltó—. Whoa , no quise asustarte.

—Perdona, no eres tú. Estoy un poco nerviosa —mencioné, con la mano en el pecho.

—No me digas que apenas llevamos dos semanas y ya estás contando los días para el fin de semana.

Me reí.

—No, para nada. Solo tuve una noche larga.

Alzó una ceja.

—Espero que haya sido una noche divertida.

Sentí el calor arder en mis mejillas. No, no el calor… más bien lava. Refunfuñé una respuesta inarticulada.

—¿Quieres tomar un café y reunirte con nosotros en la sala de conferencias?

—Claro —respondí, agradecida de que no me presionara por más—. ¿Quiénes son nosotros ?

—Solo Maxim y yo. Podemos repasar a los candidatos para los próximos pagos.

Asentí.

—Sí, dame cinco minutos. Revisé los archivos que me enviaste y tengo algunas ideas.

—De verdad te gusta el trabajo, ¿eh?

—¿A ti no? —pregunté—. Está haciendo la diferencia en el mundo. Y solo piensa, esas familias tendrán una preocupación menos. Es la mejor sensación de euforia.

Echó la cabeza hacia atrás y se rio.

—Sin duda fuiste una buena contratación. Si consideras esto tu euforia, nunca dejaremos que te vayas.

Sonreí ante el elogio.

—Eso significa que estoy haciendo mi trabajo. También tuve algunas ideas para recaudaciones de fondos. Pero primero, café. Puedo ser una verdadera gruñona sin eso.

—Bien, nos vemos en cinco minutos.

Con una taza extragrande en mano, entré a la sala de conferencias. Daniel y Maxim ya me estaban esperando.

—Perdona, ya van seis minutos —musité, sentándome. La puntualidad no era lo mío, algo que no imaginaba que dos militares entendieran.

—Hola, Layla. —La voz de Maxim me saludó y mi cuerpo entró en modo sobrecalentamiento. «¿Qué me pasa?» Acababa de tener una noche llena de orgasmos con otro hombre y ahí estaba Maxim, excitándome.

Carraspeé, evitando su mirada.

—Hola.

—Daniel dijo que tuviste una noche larga —añadió, recostándose casualmente en su silla.

—Ajá.

«Déjalo. Por favor, déjalo».

—¿Algo divertido?

—No, no realmente. —Excepto que dejé que un desconocido me diera nalgadas y luego le supliqué que me follara.

—¿Quieres compartirlo? —preguntó Maxim, su silla rechinando bajo sus músculos mientras se mecía de un lado a otro.

—No —solté bruscamente, encontrando su mirada.

Si a Maxim le molestaba mi mala actitud, no lo demostró. En realidad, parecía extrañamente feliz, con una pequeña sonrisa cómplice en los labios .

Me mordí la mejilla y despejé mi mente, necesitaba volver al tema.

—En fin, aquí están los candidatos que seleccioné —les dije, abriendo mi carpeta y extendiendo los archivos sobre la gran mesa de conferencias—. Este es del que no estoy segura.

Daniel arrastró su silla hacia mí.

Señalé el último archivo.

—Este.

Sus ojos se posaron en el expediente, y durante varios latidos hubo silencio antes de que la voz de Maxim lo rompiera.

—¿Qué te hace dudarlo?

Me encogí de hombros.

—Más o menos lo conozco, así que estoy dudando si estoy siendo objetiva.