CAPÍTULO DIECIOCHO #2
Nuestras miradas se cruzaron y me mordí el labio.
Este hombre podría destrozarme solo con sus simples palabras de preocupación.
¿Eso era triste? A mi corazón no le importaba.
En cambio, se aferraba a esas palabras como una mujer que moría de sed y cada palabra amable era una gota de agua. Era realmente patético.
—Estoy bien —respondí finalmente—. Livy me contó lo que pasó. Es mucho. —Busqué en su rostro, preguntándome si en ese minuto nos odiaba después de que la verdad había salido a la luz—. ¿Cómo estás? No debe ser fácil saber que nuestro padre le causó tanto dolor a tu familia.
—No es lo ideal, eso es seguro —replicó secamente—. Todos nuestros padres cometieron errores bastante graves.
Lo estudié, maravillada por su forma de pensar.
Su postura sobre la vida parecía más relajada que la nuestra, pero también había demonios contra los que luchaba.
La culpa por lo ocurrido durante su servicio era su cruz.
Quizás algún día le preguntaría acerca de mecanismos de cómo sobrellevarlo, porque no parecía tener problema en compartimentar.
—¿No odias a Livy por ello? —pregunté con vacilación. ¿O a mí? Pero era demasiado cobarde para decirlo en voz alta.
—Absolutamente, no —respondió—. No son nuestros errores.
«El error que cometí es mío», pensé con arrepentimiento.
El camarero se acercó para tomar nuestra orden y me sentí a salvo. Ya estaba harta de esa conversación. Bajé la cabeza y fingí mirar el menú.
—Tú primero, Maxim —musité—. Así me dará tiempo para elegir algo.
Mientras intentaba calmar mi corazón, lo escuché ordenar el pollo cacciatore .
Cuando terminó, pedí una ensalada sencilla. Tenía el estómago hecho nudos y mi apetito sufría.
En cuanto el camarero se fue, cambié de tema.
—Brandon te echa de menos —le dije.
—Yo también lo extraño. —Por su tono y expresión sombría pude notar que realmente lo decía en serio—. ¿Livy piensa quedarse en tu casa?
—Por ahora. —Asentí. Ella y yo estuvimos de acuerdo en que era la opción más fácil. Podría ayudarla con Brandon y ninguna de las dos estaría sola.
—Entonces, si te parece bien, me gustaría visitarlo en tu casa.
—Sí, claro. —Me apresuré a decir, pensando en la promesa que le había hecho aquella mañana en la guardería—. Cuando quieras. Mándale un mensaje a Livy o a mí.
Podía sentir sus ojos estudiándome, analizándome. Me resultaba incómodo pensar que veía demasiado.
—¿Hace cuánto se conocen tú y Daniel? —pregunté, decidida a mantener la conversación centrada en él.
—Mucho tiempo. Desde nuestros días en el internado.
—Oh, vaya, eso es mucho tiempo.
—¿Qué piensas de él?
—Me agrada —admití—. Es bastante intimidante. Um … quizás un poco aterrador.
Se rio.
—Puede ser, pero es buen tipo. Siempre me ha apoyado.
—¿Tu hermano no te apoya?
—Sí, lo hace. Pero él es mayor que yo y estaba ocupado con los negocios cuando Daniel y yo aún estábamos en la secundaria. Resolvíamos nuestros propios problemas en el colegio. Y después, fue igual cuando nos unimos al ejército y luego nos aventuramos en los negocios.
Pensé en mis días de colegio. Tuve lo que describió con Daniel en la universidad, pero hasta entonces, hasta la preparatoria, no existía. Casi fue peor que mis abuelos pagaran mi educación. No encajaba en la multitud de colegios privados, con esa etiqueta de “entre dos mundos” en la espalda.
Brian fue la única excepción. Me hacía sentir que pertenecía. Si no en ningún otro sitio, al menos pertenecía con él.
—¿Tu hermano va a recuperar a Livy?
Maxim se encogió de hombros.
—¡Quién sabe! Lo único que sé es que no quieres estar cerca de él ahora mismo. Les ladra a todos, de muy mal humor desde el amanecer hasta el anochecer.
Me reí.
—Bueno, lo tiene bien merecido. Debería haberle contado a Livy lo de la editorial.
—Es terco.
—Que Dios les ayude a él y a Livy si deciden tener hijos.
Los dos nos reímos de eso. Mi hermana era testaruda, no había duda. Era un rasgo que compartíamos. Pero no cambiaría nada de ella. Esos dos lo arreglarían, tenía fe. Solo tenían que superar sus pasados juntos.
No pude evitar burlarme de mí misma. Muy buena dando consejos .
Llegó nuestra comida y nos centramos en la organización sin fines de lucro antes de volver a Brandon.
—Hablando de eso. —Miré la hora y me limpié la boca con la servilleta—. Tengo que ir a recogerlo. Quiero ir por él un poco antes hoy para que tenga un rato para jugar en casa.
Llamó al camarero y pagó la cuenta.
—Te acompaño hasta tu auto. —Se levantó y me ayudó con la silla.
—Está bien. De hecho, tomé un autobús. —La expresión en su rostro no tenía precio.
—¿Por qué?
—No quería llamar a mi chofer, y no me apetecía pedir un taxi.
—Me encogí de hombros. Había crecido tomando el autobús.
Además, mi abuelo me quitaría el servicio de mi chofer en cuanto cortara la relación con ellos o se enterara de que había conseguido ese trabajo, lo que ocurriera antes.
Era mejor acostumbrarme a valerme por mi cuenta.
—Entonces te llevas mi coche.
Me reí incómoda.
—No quiero conducir tu coche.
—Quise decir que mi chofer te llevará.
Atravesamos el restaurante, nos dirigimos a la salida y le lancé una mirada de reojo.
—Eso realmente no es necesario, Maxim.
—Puede ser, pero lo harás de todas formas —dijo con despreocupación, como si tuviera todo el sentido del mundo —. Además, entre más rápido llegues a casa, más pronto podrá Brandon jugar con sus cosas.
—¿Me llevas al callejón trasero para matarme? —bromeé, con la mirada recorriendo mi alrededor.
Su mano descansó en mi espalda baja, el toque a la vez reconfortante y emocionante.
—Ja, ja. —Sonrió con arrogancia—. Mi chofer está aquí atrás. —Nos acercamos al vehículo de lujo y vimos que estaba vacío—. Probablemente fue por algo de comer.
Envió un mensaje y guardó el teléfono en su bolsillo.
Los dos paramos en su Range Rover. Nuestras miradas se cruzaron, y poco a poco bajó la vista hacia mi boca.
Había hambre y deseo en esas profundidades azules, reflejando lo que sentía.
Una parte de mí quería huir de esos sentimientos que él despertaba en mí, pero la mayoría de mí quería explorarlos.
El deseo que sentía por Maxim me corría por las venas, convirtiéndose en un auténtico infierno.
Sus ojos se detuvieron en mi boca. Debería haberme apartado, pero me resultó imposible moverme.
Maldita sea, ¿a quién le estaba mintiendo?
No quería moverme. Acortó la distancia entre nosotros e, instintivamente, alcé la barbilla. Quería que me besara.
Pasó un dedo por mi labio inferior, su toque ligero. Contuve la respiración anticipando.
—Al carajo —gruñó justo cuando aplastaba su boca contra la mía.
No perdió tiempo, listo para conquistar.
Su lengua se metió entre mis labios, entrelazándose con la mía.
Le enrosqué los brazos alrededor del cuello, atrayéndolo más cerca, nuestros cuerpos pegados.
Su sabor era increíble, perfecto y sabía en el fondo de mi mente que estaba arruinada para siempre.
Un pequeño gemido resonó en su garganta, alimentando mi propio deseo. Entrelacé mis dedos en su cabello oscuro, con las entrañas apretadas por la necesidad. Sus manos recorrieron mi espalda hasta que me sujetó bruscamente el trasero, presionándome más fuerte contra él.
—Layla… —Su voz sonaba tensa contra mi oído.
—Señor Caldwell. —Una voz penetró nuestra burbuja y me sobresalté, dando un paso atrás como si me hubieran quemado. Y supongo que sí. Jugué con el infierno y probé las llamas.
Sacudí levemente la cabeza, rezando para que mi necesidad punzante de él disminuyera. Necesitaba que alguien me echara una cubeta de hielo en la cabeza.
—Layla. —Empezó Maxim, pero lo interrumpí rápidamente.
—Gracias por la oferta, Maxim.
El chofer ya tenía la puerta abierta, así que me deslicé rápidamente en el asiento, mis piernas temblorosas apenas capaces de dar esos pocos pasos.