CAPÍTULO DIECISIETE
Maxim
M aldita. Mierda.
Eso resumía los últimos días. Mi familia había visto su buena dosis de dramas a lo largo de los años, pero este nivel de angustia parecía más adecuado para una telenovela.
Con Liberty alojada en casa de Layla, Alexander estaba deambulando como un oso herido, gruñéndole a todo el mundo.
Así que, naturalmente, todos lo estábamos evitando.
Papá también había empezado a acercarse más, pero yo estaba feliz de mantenerme alejado de eso por el momento.
Cuanto antes volviera Liberty, mejor para todos.
Daniel estaba sentado detrás del escritorio de su despacho en el restaurante que poseía para lavar dinero de sus aventuras más atrevidas mientras yo esperaba a que terminara su llamada.
Estaba al teléfono con Layla al parecer, ella estaba logrando romperle la fachada seria a mi amigo, porque su labio se movía mientras luchaba por no reírse de lo que Layla decía al otro lado de la línea.
Cuando colgó, me miró a los ojos y sonrió.
—Me agrada. —Sabía que así sería. Quería que fuera así, pero me aseguré de advertirle que ella estaba prohibida. Así que fui territorial, demándenme, carajo—. Ella aceptó reunirnos aquí —añadió.
Asentí justo cuando Peter, el encargado de todo lo relacionado con la información de Daniel, volvía del baño.
Los tres seguimos revisando la información que habíamos recibido, y no parecía que fuéramos a terminar pronto.
Volví a mirar el resumen completo que había encontrado sobre Layla.
Y, maldita sea, no fue nada bonito. Había cosas pasando ahí que estaba bastante seguro de que ni siquiera Livy sabía.
—¿Estás seguro de que esto es todo? —le pregunté. Como si no fuera suficiente, carajo.
—Esto es todo lo que pude encontrar en los tres días que me diste —respondió Peter con firmeza—.
Quisiera que prestaras atención a la página cuatro, sobre el accidente que mató a dos y dejó a Layla gravemente herida.
Hay algunas cosas que no cuadran. El cuerpo de su madre, que supuestamente se había reducido a cenizas, para empezar.
Daniel y yo giramos la cabeza para mirar a los ojos al investigador.
—¿Supuestamente? —solté al mismo tiempo que Daniel decía:
—¿Reducido hasta las cenizas?
—¿Qué tiene eso de sospechoso?
—Bueno, para empezar, no se encontró ni una pizca de evidencia de cadáveres.
Me recosté en la silla, tamborileando los dedos en mi pierna.
—¿Quizá fue un accidente grave? —Ofrecí.
Las posibilidades de que solo un cuerpo quedara reducido a nada mientras los otros dos permanecieran relativamente libres de quemaduras graves no parecían imposibles.
Al mirar el informe del hospital, el chico no llevaba puesto el cinturón de seguridad y se rompió el cuello en el accidente.
Se suponía que tanto él como Layla habían sido arrojados del coche. Fue un milagro que ella sobreviviera.
—Pero entonces ninguno de los cuerpos habría sido encontrado. O, como mínimo, no habría sobrevivientes.
—Bueno, Layla sobrevivió —señaló Daniel.
—Exacto. —Estuvo de acuerdo Peter—. Así que el incendio no pudo haber sido tan grave como para arrasar otro cuerpo sin dejar rastros de vida.
Leí el informe de lesiones. Costillas fracturadas, pulmones perforados, pierna rota, inflamación cerebral. Layla estuvo en silla de ruedas por un tiempo durante su recuperación, y le recetaron medicamentos además de rehabilitación física durante seis meses.
—Sí, nada de esto encaja. —Acepté—. Tampoco se menciona quién conducía el vehículo. Jesús, me encantaría saber quién dirigió la investigación. Un pésimo trabajo.
—O fue alguien al que le pagaron para cerrar el caso o alguien increíblemente incompetente —se burló Peter, juicios impregnados en cada palabra.
—¿Qué más? —preguntó Daniel.
Pasó unas páginas y se detuvo en una sección llamada Vida Personal .
—Layla y su madre estaban prácticamente distanciadas de los abuelos paternos de Layla.
El señor y la señora Cambridge pagaron la educación de Layla, pero eso fue prácticamente todo.
La madre y la niña vivían básicamente en la pobreza a las afueras de Londres.
La madre tenía un problema de adicción, que se remontaba desde el nacimiento de su hija, como se documenta aquí.
—Señaló algunos informes policiales y algunos de servicios sociales—.
Los Cambridge tenían derecho a visitas mensuales.
—Frunció el ceño, todo sobre los Cambridge era extraño—.
No les interesa absolutamente nada los asuntos relacionados con su nieta.
Luego, un mes antes del accidente, sacaron una póliza de seguro de vida para su nieta y su madre.
Una póliza de seguro de vida de veinticinco millones de libras. Cada una.
Nos lanzó a ambos una mirada larga y significativa.
—Querían que murieran —murmuré, con el shock recorriéndome. No podía haber otra explicación para semejante coincidencia—. ¿Se pagó la póliza?
Él asintió.
—Sí. Sus abuelos recibieron el pago un mes después del accidente en el que murió su madre. Veinticinco millones.
—Esto es una mierda turbia, carajo. —Daniel revolvió los papeles, negando con la cabeza.
La rabia me golpeó ante la posibilidad de que algo tan despiadado fuera llevado a cabo por sus propios abuelos. Quería destruirlos. En realidad, al carajo con eso. Quería matarlos a los dos, lenta y dolorosamente.
—Esto solo confirma que no tuvo nada que ver con los planes de lavado de dinero de su abuelo. —Daniel se rascó la mandíbula, perdido en sus pensamientos, y añadió—: No es que alguna vez sospechara de ella, pero aun así…
—Exacto. Su relación siempre ha sido tensa a lo mucho —respondí—. No confiarían en ella para algo así.
—También tengo motivos para creer que la policía y el personal del hospital están implicados en el encubrimiento —intervino Peter.
—Continúa.
—Rastreé un pago realizado por Henry Cambridge a un médico de alto rango en el hospital de Londres donde estaban tratando a Layla. Otro al encargado de la morgue y otro al investigador principal del caso. Los pagos datan del día después del accidente. Quinientas mil libras cada uno. —Alzó una ceja.
—¿Qué estaban encubriendo? —inquirí.
—No lo sé. Fui a interrogarlos, mas no conseguí ninguna información.
El médico murió durante uno de sus despliegues militares —explicó—.
Aparentemente, tenía algún tipo de acuerdo en el que dividía su tiempo entre su servicio militar y el hospital local.
Y al policía le dispararon mientras estaba en servicio hace tres años.
¿Sabía Layla lo de los sobornos? ¿Sabía algo de esto?
Peter carraspeó.
—Hay algo más que deberían saber.
—¿Más? —me burlé—. Como si esto no fuera suficiente.
—Por desgracia, hay más. —Dios, ojalá lo hubiera escupido ya. Mis ojos recorrieron el informe, aunque nada más me llamó la atención—. Esto no está en el informe —continuó Peter—. La madre de Layla Cambridge está viva.
— ¿Qué ? Pero dijiste…
—Te di la versión oficial y los informes hechos por el departamento de policía —afirmó—. Pero su madre está viva y bien, viviendo en el sur de Francia. Bajo otro nombre, naturalmente.
—Esa zorra —gruñí con fuerza. Dejó a su hija a manos de los lobos mientras ella se la pasaba bien, despreocupada, comiendo malditos croissants y bebiendo café au lait .
—Y yo que pensaba que mi familia estaba en mi contra —bromeó Daniel, pero no había humor en su voz. No había nada gracioso en esto.
—Hiciste un trabajo excelente, Peter. —Lo felicité—. Tan minucioso como siempre. —Encontré la mirada de Daniel, que estaba tan enfadada como la mía, y solo había hablado con Layla por teléfono durante tres minutos. Mostraba el efecto que tenía en la gente—. Ahora, los hacemos pagar.
Él asintió en señal de acuerdo. Haría que se arrepintieran del día en que traicionaron a Layla.
Daniel miró su reloj.
—Ah, tengo una cita con la encantadora Layla Cambridge en persona. Voy a bajar a buscar una mesa.
Le gruñí.
—Es una entrevista, no una cita.
Sonrió ampliamente, imperturbable.
—Esto o aquello, es lo mismo.
—Será mejor que tengas cuidado o podrías perder algunos de esos dientes aperlados —gruñí. Él simplemente se rio y se alejó con paso firme. Cabrón.
—Me quedaré un poco más, si te parece bien, Daniel. —Pensaba ponerme al día con Layla una vez terminada la entrevista de Daniel, pero quería repasar el informe de nuevo primero.
Asintió al salir, dejándome con el expediente y mis pensamientos acelerados.