CAPÍTULO TRES #2
Por fin me permití volver al presente y giré la cabeza hacia un lado para mirar al desconocido que yacía a mi lado.
Era guapo, joven, probablemente de mi edad.
¿Me habría volteado a ver siquiera si hubiera sabido mi historia?
Desde Brian, no había tenido ni una sola relación que durara más de un mes.
Anhelaba esa sensación de pertenencia y aceptación incondicional, mas la vida me había enseñado que era un cuento de hadas. ¿No era así?
Quizá este hombre que dormía tan plácidamente a mi lado era un candidato para mi próximo cuento de hadas.
Pero, por otro lado… Quizá no. Pensando en la noche anterior, hablaba principalmente de sí mismo.
Me venía bien, ya que no tenía ganas de hablar de mí.
No es que alguna vez haya querido. ¿Debería darle una oportunidad esta mañana? ¿Podría intentar hablar?
«Nah, no era muy bueno en la cama. ¿Por qué pasar por más tortura?»
Había fingido un orgasmo solo para que él terminara de una vez. Ouch. Sí, necesitaba deshacerme de él.
Miré mi teléfono y vi que me había perdido una llamada de Liberty.
Me solté de sus grandes brazos para poder hacer la llamada en privado. Mis ojos recorrieron su cuerpo fibroso y sólido. Pensaba que era mi tipo, pero todo resultó ser una gran decepción. «Otro más que falla».
«Mierda, ¿cómo se llama?» Me detuve al pie de la cama, buscando en mi memoria, antes de sacudir la cabeza y rendirme. No importaba mucho. Nunca volvería a verlo. Salí de la habitación, necesitando distancia del tonto error que parecía continuar repitiendo.
Desgraciadamente, parecía que estaba destinada a una vida en la que los hombres resultaban atractivos, solo para quedar profundamente decepcionada.
En lugar de darle vueltas, bajé las escaleras de mi casa que no parecía exactamente un hogar.
Quizá porque pertenecía a mis abuelos, o quizá simplemente no sabía cómo convertirlo en uno, ya que nunca lo había tenido.
Entré a la cocina con el objetivo de prepararme un café.
La elegante cocina blanca era el sueño de cualquier arquitecto moderno, pero lo único que conseguía era hacerme sentir como una extraña en mi propia casa.
Le marque a Livy, mordiéndome el labio. Demasiados pensamientos pasaban por mi mente durante esos tres largos timbrazos, esperando a que contestara.
—Perdona, no pude responder antes. Estaba ocupada —le dije cuando contestó.
— No pensé que trabajarías esta semana. —Livy y yo teníamos trabajos administrativos esporádicos para la compañía de Lena, pero desde su muerte, esos trabajos habían empezado a disminuir—. ¿Layla?
Su voz sonaba tensa, lo que me hizo preocuparme aún más por ella. Quería ayudarla, pero no sabía cómo ser una amiga que ayudaba. La mayoría de las veces, yo era quien nos metía en líos.
—Estaba ocupada teniendo sexo, no trabajando. —Livy había estado demasiado seria y rígida desde todo el asunto con Callen. Podría estrangular a ese imbécil por lo que le hizo—. Deberías probarlo alguna vez.
Sabía que tomaría mi consejo con cautela, pero al menos podía imaginarla poniendo los ojos en blanco, quizá incluso sonriendo un poco también. Dios sabía que últimamente necesitaba un poco de luz en sus días.
— Eso es demasiada información para compartir —replicó—. En fin, olvídalo. Ahora lo tengo todo solucionado.
—¿Qué necesitabas? —inquirí mientras empezaba a prepararme una taza de café.
— Iba a pedirte que cuidaras a Brandon, pero ya no hace falta.
—Oh, ¿a quién encontraste para cuidarlo? ¿Y tienes otra cita? —De verdad lo esperaba. Livy tenía tanto que dar y necesitaba volver a salir ahí afuera; sabía que encontraría a un buen hombre.
— A nadie, y no. —Su respuesta fue seca—. Te llamaré luego.
—¿Qué? Espera, espera. ¿Qué está pasando?
— Tengo el resto de la semana libre, así que yo lo cuidaré. Te llamaré luego. Lo prometo. —Mantenía sus respuestas vagas antes de que me diera cuenta: probablemente no estaba sola.
—¿Quién está contigo?
— Bien, hasta luego, entonces. —Y después colgó.
Sabía que había estado teniendo dificultades desde la muerte de Lena. Todos las teníamos, pero ella había crecido con Lena, así que el hecho de que semanas después siguiera tan inmersa en su periodo de luto era de esperarse.
Me dolía el pecho de esa manera tan familiar, y me preguntaba si alguna vez habría un “buen” momento para contarle la verdad a Livy: que era mi hermana biológica.
Era algo que debería haber hecho hacía mucho tiempo, pero cuanto más pasaba el tiempo, más difícil se volvía.
No pensé que Lena y Livy se convertirían en mis mejores amigas, mis hermanas en todos los sentidos que importaban.
Así que supe que ocultar la verdad era otro clavo en mi ataúd.
Simple y llanamente: no quería perderla.
Odiaba en lo que me había dejado convertir. No quería ser como mi madre. Ni mi padre. Ni mis abuelos. Joder, no tenía a nadie decente en mi vida a quien admirar. ¿Quién se suponía que debía ser?
Miré mi reflejo en el espejo del pasillo.
Mi masa de rizos dorados era un desastre encrespado, el delineador negro y la máscara de pestañas de la noche anterior en ese minuto estaban embarrados bajo mis ojos azules, y por más que lo intentaba, no recordaba la última vez que había dormido bien.
Solté un suspiro profundo. Quizá no merecía amor ni felicidad. Quizá por eso nunca los encontré.