Revelación (El Amor No es lo que Parece 3) CAPÍTULO UNO
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CAPÍTULO UNO

Layla

Siete años después

A preté la nota en la palma de mi mano.

Cien mil.

En efectivo.

Casillero del colegio.

Llave incluida.

Cada año, durante la última semana del verano, llegaba la nota. Cada maldito año era lo mismo. Mi chantajista llegaba a cobrar. El pago por mis pecados. Mi expiación.

Me llevó años recordar fragmentos del accidente, y todavía quedaban muchos huecos. Mi terapeuta dijo que era un progreso. Pensé lo contrario.

El olor a gasolina ardiendo; los gritos penetrantes cuando el coche volcó, rodando colina abajo; cristales rotos y los ojos sin vida de Brian… No eran más que recuerdos fragmentados, que se movían en mi mente como una cámara digital. Una y otra vez.

Todos los años de terapia no habían servido de nada, así que dejé de ir. No recordaba estar en el coche ni cómo acabamos cayendo por el acantilado.

Mi abuelo dijo que yo había sido quien conducía. Dijo que había consumido drogas, que mi imprudencia había causado sus muertes.

Inhalé profundamente. Y exhalé lentamente.

Al menos, años de fisioterapia me habían enseñado a ralentizar mi ritmo cardíaco. Otra respiración profunda. Y exhala.

Al mirar la nota, ni siquiera pude reunir el valor para enfadarme por ser extorsionada. Merecía pagar por mi error.

No conocía a mi chantajista. Lo único que sabía era que de alguna manera estaban relacionados con el accidente.

Empezó el año que cumplí dieciocho. El pago para guardar el secreto.

No solo mi secreto, sino también el de mis abuelos.

No, no habían sido amables conmigo, mas les debía aquello.

Por muy a regañadientes que fuera, me habían devuelto del borde de la muerte.

A pesar de su crueldad, mi abuelo sobornó al médico para que destruyera el informe toxicológico. Lo mínimo que podía hacer era mantener al chantajista alejado de nuestras espaldas y preservar el nombre Cambridge.

Rechacé al chantajista solo una vez: el primer año.

Recibí una copia del informe toxicológico al día siguiente.

Pruebas condenatorias que estallarían en los periódicos y me meterían tras las rejas para siempre.

Al principio, estaba segura de que era el mismo médico, pero pronto descubrí que había muerto en el Medio Oriente, sirviendo como cirujano militar.

Al límite, lo único que me quedaba era pagar el dinero. Cada maldito año. Yo causé la muerte de Brian y de mi madre; era justo que mantuviera su recuerdo limpio.

Lo peor era tener que ir con mis abuelos cada año y pedirles el dinero.

Pensaban que era para mí, que era la hija codiciosa, consentida y bastarda que su hijo no quiso.

Y tenían razón en lo segundo. Mi padre no quería a mi madre, ni tampoco quería saber nada de mí. Lo había oído toda mi vida de mamá.

Mis abuelos me habían etiquetado como una hija bastarda ya que mi padre estaba casado cuando dejó embarazada a mi madre.

Tenía cuatro años cuando los oí llamarme así por primera vez.

Nunca entendí por qué pidieron que los visitara si me detestaban tanto, pero mi madre accedió.

Me decía que era para asegurarnos de que recibiera lo que me correspondía por derecho: buena educación, posición social, la herencia.

Todos estos años después, me costó tanto no rezongar. Preferirían quemarlo todo antes que dejármelo a mí. Me daba igual. De lo único que tenía que asegurarme era de que podía pagarle a mi chantajista… por el resto de mi vida.

«Dios, espero que sea una vida corta». De lo contrario, no tenía idea de cómo podría costearlo sin el dinero de mis abuelos.

Me senté rígida en el salón de mi abuela.

Hasta ese día, no tenía ni la menor idea de qué demonios se suponía que era esta habitación.

Cada pared estaba pintada de azul, y cada pieza decorativa también era azul.

Tanto azul que me dolió la cabeza. Pero no dije nada.

Sabía que no debía iniciar una conversación.

Me senté erguida, aparentemente cómoda con las manos relajadas apoyadas en mi regazo. En realidad, podía romperme como una goma elástica en cualquier momento. Juraba que mis abuelos disfrutaban hacerme infeliz.

En lugar de la forma de mi abuela, me enfoqué en los detalles a mi alrededor.

Carajo, quizá algún día le sugeriría que llamara a esto la Habitación Azul.

Había una máquina de coser en la esquina más alejada, junto a los ventanales de suelo a techo.

Era el lugar ideal, ya que daba al extremo Este de la propiedad y captaba la mayor parte de la luz natural del día.

Y, lo adivinaron, la máquina de coser era azul. Desde que tengo memoria, nunca había visto a mi abuela coser una maldita cosa. Estaba bastante segura de que ni siquiera sabía cómo encenderla. Solo era un adorno. Como todo lo demás en este castillo.

En el librero había filas de libros encuadernados en cuero. Por el tiempo que viví aquí, sabía que algunos de ellos eran primeras ediciones de Shakespeare y Lord Byron. No es que a ninguno de mis abuelos le importara leerlas. Mi abuelo solo leía periódicos y mi abuela solo leía chismes.

Porque es imprescindible que aprendas las debilidades de la gente, solía decirme.

—¿Para qué necesitas dinero? —La voz de mi abuela me sobresaltó, despejando el azul de mi visión.

—Ropa y zapatos nuevos. Cosas así.

Dios, esperaba no haber usado esa excusa la última vez. Tenía una mesada y trabajaba, pero incluso con el dinero que ahorraba cada mes, nunca ganaba lo suficiente. Lo que me llevó allí ese día, otra vez, a su merced.

—¿No compraste un guardarropa nuevo el mes pasado?

«¡Maldita sea!»

—Creo que eso fue hace unos meses —murmuré, mirándola a regañadientes. Recordé una época en la que no podía mentirle. En ese minuto, ni siquiera lo pensaba dos veces. ¿Significaba que estaba mejorando o empeorando?

Odiaba esto. Quería ser una chica normal y agradable.

En cambio, me sentía sucia, como una persona usada y desechada.

Cuando era pequeña, soñaba con grandes reuniones familiares, donde todos nos abrazábamos y besábamos, felices de vernos.

En cambio, solo éramos mi madre y yo, y la mayoría de los días ella estaba borracha.

Nadie me quería, lo cual no cambió cuando crecí.

Pero al mismo tiempo, no querían dejarme ir.

—No, eso fue el mes pasado. —La fría voz de mi abuelo llegó detrás de mí. Sentí que se me tensaban los hombros, mas tuve cuidado de mantener una expresión neutra.

Giré la cabeza para saludar al hombre que me odiaba. A mi abuela no le importaba mucho de ninguna manera, aunque mi abuelo… Me odiaba con todas sus fuerzas. Cada mirada que me lanzaba estaba llena de desprecio.

—Hola, abuelo. Pensé que estabas de cacería.

«Dios, ojalá fuera así. Vete a cazar, carajo, y espero que vuelvas sin nada. Viejo sediento de sangre».

Se acercó a la silla junto a mi abuela y se sentó.

Aunque estaba entrando en la recta final de sus setenta, el anciano seguía como si tuviera cincuenta y tantos.

Era fuerte, sus huesos no lo molestaban, su mente seguía aguda, no necesitaba descansar cuando paseaba horas por el bosque.

En resumen, él estaba en mejor forma que yo.

Su mirada azul, tan parecida a la mía y a la de mi padre, me atravesó, enviando escalofríos directos a mi corazón.

Juraba que a veces parecía que podía verlo todo.

Como si lo supiera todo. No quería que supiera nada de mí; era un peligro que tenía que mantener a raya.

Porque era el tipo de hombre que no dudaría en explotar cada debilidad que descubriera.

Y Dios sabía que yo tenía muchas.

—¿Y bien?

Un defecto de mi abuelo: era impaciente. De forma evidente y molesta. Suponía que era resultado de siempre salirse con la suya.

«Concéntrate, Layla». ¿De qué estábamos hablando? Ah, sí, me atrapó en mi pequeña mentira.

—Tienes razón, abuelo. Tienes una buena memoria. —Un poco de halago podía hacer mucho, ¿no?—. Mi amiga falleció y su familia necesita ayuda con los preparativos. — «Por favor, perdóname, Lena» —. Y y… yo no tengo nada apropiado para ponerme para el funeral.

Sentí una punzada de culpa por usar la muerte de Lena y su esposo como excusa para conseguir dinero para mi chantajista. Sabía que no le importaría, pero me parecía mal. Sin mencionar que ya había asistido a su funeral.

Se me retorció el corazón en el pecho y el dolor de perder a Lena creció como una inundación dentro de mí.

En un abrir y cerrar de ojos, se había ido.

Dolía, quizá más que perder a mi propia madre.

La verdad era que Lena y Liberty ofrecían más amor incondicional del que ella jamás había tenido.

Estaba demasiado amargada por ser la otra mujer y porque mi padre no quería dejar atrás su obsesión por su esposa, la esposa que lo dejó, desapareciendo para siempre.

Mi madre me dijo una vez, durante una borrachera, que creía que mi padre iba a dejar a su esposa y la elegiría a ella. Pero eso nunca ocurrió, ni siquiera después de que ella le dijera que estaba embarazada.

Dolor y miedo se mezclaban en mi lengua. Si Liberty alguna vez descubría que éramos hermanas, ¿también me dejaría? ¿Cortaría toda relación conmigo?

—Eres todo un caso —murmuró mi abuelo—. Dios no pudo concedernos la presencia de nuestra nieta legítima. Se burla de nosotros contigo.

—Lo siento. —¿Qué podría decir yo a eso? ¡Yo también te odio, abuelo!

Visitar a mis abuelos era una tortura total. Y pensar que antes quería su amor, anhelaba su afecto. En ese momento, solo quería mantenerme alejada de ellos.

—Cazafortunas —musitó mi abuelo entre dientes. No me sorprendió oírlo. Sinceramente, me habría decepcionado si no lo hubiera hecho. Nunca perdía la oportunidad de llamarme así—. Lo transferiré a tu cuenta hoy.

—Gracias. —Sonreí dulcemente, mientras por dentro gritaba y arañaba. Odiaba necesitarlos. Quería liberarme de esto, de ellos, de todo. Solo quería encontrar a alguien que me amara y que estuviera a mi lado incondicionalmente.

«Liberty lo hace» , pero ya tenía demasiado de qué preocuparse. La muerte de Lena la había sacudido, y no quería causarle más dolor. El hijo de Lena y Larry la necesitaba más que yo.

Esta era mi expiación. Por mis pecados y mis mentiras.