Capítulo 4
—Cógele de los pies. ¡Vamos! —sisea Saúl entre dientes.
Aurora se agacha de mala manera y agarra los tobillos de Charly. Sus manos resbalan.
—Pesa demasiado... ¡No puedo, se me escurre! —gime ella al borde de la hiperventilación.
—¡Tienes que poder! ¡Tira!
Avanzan con una torpeza extrema. Arrastran el cadáver colina abajo hacia el final de la finca que da a un acantilado. Dan pasos en falso, resbalan con la hierba y la túnica de Charly se va enganchando en las raíces, tiñéndose de verde y barro. Es una escena grotesca.
A empujones y trompicones, consiguen llevar el cuerpo hasta el mismísimo borde del precipicio.
—Un último empujón a la de tres —ordena Saúl, conteniendo el aliento—. Una... dos... ¡tres!
Charly cae al vacío, girando en el aire hasta que impacta contra las rocas y es engullido de inmediato por una violenta ola.
Aurora se desploma en el suelo, de rodillas, sollozando sin consuelo, con las manos manchadas de barro. Saúl se yergue despacio, intentando recuperar el control y alisándose la túnica para borrar cualquier rastro de la pelea.
—Ya está —dice Saúl, respirando hondo—. Ahora volvemos dentro, nos cambiamos y actuamos como si nada. Parecerá un accidente de un demente que ha venido a protestar disfrazado y que ha querido entrar a la finca desde una zona peligrosa.
—Saúl..., nos van a pillar… —susurra, con la voz quebrada—. Seguramente su mujer sabe que venía esta tarde al palacete a hablar contigo. Y el grupo ya lleva mucho rato sin supervisión, nos hemos ausentado demasiado tiempo.
Están perdidos.
La realidad cae sobre ellos con la fuerza de un mazazo, pero el instinto de supervivencia de Saúl se activa de inmediato.
—Límpiate la cara. Respira hondo. Entramos ahí dentro y actuamos como si nada hubiera pasado.
Nadie tiene por qué acusarnos de nada. Él mismo puede haberse drogado antes de venir y haberse caído por accidente cuando se iba de la finca.
Nosotros no sabemos nada. No sabemos si sus problemas financieros le han llevado a las drogas.
Aurora asiente y se seca las lágrimas.
Cruzan el porche a paso rápido y empujan la gran puerta de entrada del palacete. En el gran salón, el grupo de mujeres empieza a desperezarse de la meditación guiada, abriendo los ojos lentamente y estirando los brazos.
Saúl da un paso al frente, esboza su sonrisa más cálida y abre los brazos.
—Bienvenidas de vuelta, almas bellas. Ha sido una sesión intensa, llena de revelaciones. Ahora lo mejor es que vayáis a descansar a vuestros bungalós antes de la cena. Necesitáis integrar todo lo que habéis sentido para que os lleváis el aprendizaje a casa.
Las mujeres salen del salón despacio murmurando palabras de agradecimiento.
—Vamos —le susurra Saúl a Aurora—, tenemos cosas que gestionar para la cena.
Saúl entra en la cocina privada y abre el armario de la despensa, de donde saca los frascos de cristal oscuro que contienen el extracto de hierbas concentradas.
Sin miramientos, los vacía uno a uno en el fregadero, dejando que el líquido incoloro se pierda por el desagüe, y abre el grifo para eliminar cualquier residuo.
Mientras tanto, Aurora revuelve los cajones de la mesa de despacho. Encuentra los archivadores con las fichas personales de las asistentes, las anotaciones de las dosis personalizadas y las libretas de contabilidad B donde registran las compras de las drogas.
—¿Qué hago con esto? —pregunta Aurora.
—¡Al fuego! ¡Todo! —grita Saúl, metiendo las carpetas en la barbacoa de gas de la cocina y encendiéndolas con un soplete.
El sol se oculta tras el horizonte de Isla Ballena, dando paso a una noche cerrada.
Durante la cena Saúl no ha dejado de mirar el camino de entrada esperando la llegada de la policía.
De repente, ve una silueta avanzar por el sendero.
Es Eva.
Saúl sale al porche en un intento desesperado de componer su figura de líder espiritual e inocente antes de que nadie más la vea llegar.
Eva retrocede un paso como si estuviera viendo a un fantasma.
—¿Saúl...? No... no puede ser.
—Eva, ¿qué haces aquí fuera? —pregunta él, forzando su tono más sereno, aunque el pulso le va a mil—. Deberías estar en tu bungaló.
—Pensaba... pensaba que habías muerto. Han encontrado un cadáver en la playa y todo el mundo dice que eres tú.
Las palabras de Eva caen como una guillotina.
Antes de que pueda articular palabra, el sonido de un motor interrumpe el silencio de la noche.
A lo lejos, unos destellos azules cortan la oscuridad. Un coche patrulla avanza lentamente por el camino de grava hasta la entrada, iluminando el porche y sus rostros con una rítmica y acusadora luz azul.