Capítulo 3
Aurora regresa con una taza de café recién hecho.
—Tu café, Charly —dice ella con suavidad, tendiéndole la taza.
Agarra la taza con un gesto brusco, salpicando unas gotas sobre la túnica de imitación. Se la lleva a los labios y bebe un trago largo, ansioso por calmar la irritación que le produce hablar con Saúl.
Aurora se sienta en una de las esterillas blancas, cruzando las piernas.
Charly da otro sorbo, apoyándose contra el tronco de un pino cercano. Una calidez extrañamente agradable le recorre la nuca. Intenta mantener la mirada desafiante sobre Saúl, pero su parpadeo se vuelve lento.
—¿Qué me estabas diciendo de tus cursos de mierda? —pregunta Charly. Su voz ya no suena rabiosa, sino desinflada.
—Te decía que la escasez es solo una elección —repite Saúl, inclinándose ligeramente hacia él—. Para recibir ayuda, primero tienes que soltar la armadura.
Charly parpadea de nuevo. Intenta apretar los puños para recuperar la furia que le ha traído hasta aquí, pero los dedos no le obedecen del todo.
Siente una necesidad imperiosa de hablar, de desahogarse con él.
La presencia del gurú ya no le produce asco, ahora le inspira una confianza absurda y tranquilizadora.
—Estoy cansado, estoy jodidamente cansado. Todo esto del disfraz, del payaso, del megáfono es una pantomima. Lo hago porque no sé qué más hacer. Y nadie me apoya ni me ayuda.
El gurú asiente y le coge la mano, invitándole a seguir.
—Estamos con el agua al cuello —continúa Charly, con la mirada perdida en el vacío—.
Nos echan de casa, ¿entiendes? El sueldo no nos llega para nada.
Nos han ido subiendo el alquiler sin miramientos.
No tengo un duro. Siento que soy un fracaso como hombre, como marido.
No puedo protegerla. No puedo darnos una vida normal en la isla que me vio nacer. Soy un despojo...
—Todos somos una mentira hasta que decidimos sanar —susurra Saúl con tono hipnótico—. Has hecho bien en decírmelo. Estás a salvo aquí.
Charly sonríe. Se siente ligero, flotando en una nube de docilidad absoluta. Es como si le hubieran quitado un peso insoportable de encima.
Pero la paz dura poco.
De golpe, Charly ahoga un grito, llevándose la mano derecha al esternón. Intenta respirar, pero el aire no le llega a los pulmones.
—¿Qué me pasa? —consigue jadear.
Su corazón empieza a golpear contra sus costillas a una velocidad demencial. Siente que la cabeza le da vueltas y la vista se le llena de puntos negros. Intenta levantarse, pero las piernas no le responden. El crucifijo de madera baila sobre su pecho al ritmo de sus espasmos.
—Saúl..., no puedo... no puedo respirar —gime, con los labios empezando a tomar un tono azulado.
La taza de café resbala de sus dedos y se derrama sobre su túnica blanca. Charly cae de costado sobre la hierba, arqueando la espalda en un intento desesperado por conseguir oxígeno.
La máscara de absoluta calma de Saúl se agrieta al instante. Sus ojos verdes se abren mientras se deja caer de rodillas junto a Charly.
—¡Aurora! ¿Qué le has puesto a ese café? —pregunta Saúl. Su tono ya no tiene nada de místico.
Ella, que sigue sentada sobre la esterilla, se tapa la boca con ambas manos, temblando por completo.
—Lo de siempre... —balbucea, con los ojos llenos de lágrimas—. Solo unas gotas del extracto herbal para que se relajara y bajara los humos. Quería que se abriera y que no te gritara. Lo he hecho por ti. No pensaba hacerle daño, lo juro.
—¡Nunca se debe mezclar la dosis con cafeína!
—le recrimina Saúl, tomándole el pulso a Charly en la carótida—.
El café acelera el ritmo cardíaco y el preparado bloquea el sistema parasimpático.
Es una bomba de relojería. Además, no ha firmado nuestra hoja de exención de responsabilidad.
No sabemos si tiene una dolencia de corazón o qué patología padece.
—¡Estaba fuera de sí! ¡Solo quería ayudarte! —solloza Aurora, gateando hacia ellos hasta quedar de rodillas al otro lado de Charly—. ¡Haz algo, por favor! ¡Ayúdale!
Saúl presiona el pecho de Charly, intentando iniciar una maniobra de reanimación improvisada, pero el pecho del joven es un amasijo de espasmos descontrolados.
Su ritmo cardíaco se apaga con el paso de los segundos.
Las pupilas de Charly se dilatan por completo y su mirada queda fija en la copa de los pinos.
Un último estertor escapa de su garganta y, de repente, se queda completamente inmóvil.
—No respira... —murmura Saúl, apartando las manos de su pecho—. Ha colapsado. Su corazón no lo ha aguantado. ¿Dónde está su móvil? ¡Hay que llamar a una ambulancia!
Aurora, que observa la escena con los ojos desorbitados y la respiración entrecortada, se abalanza sobre él y le frena las manos, presa del pánico.
—¡¿Estás loco?! —grita ella, temblando por completo—.
Si llamamos a emergencias y vienen aquí, la policía ordenará una autopsia, encontrarán el extracto en su sangre.
Registrarán el palacete, descubrirán las sustancias que usamos en los retiros y se darán cuenta de que le hemos drogado.
¡Me culparán a mí! Yo le he traído la taza, mis huellas están en el café, yo preparé la dosis...
Iremos a la cárcel. Se acabó el negocio, las mentorías, el dinero...
Saúl se queda paralizado, mirando a Aurora.
—Ha sido un accidente… —susurra ella, mientras le caen lágrimas de desesperación corriéndole por las mejillas—.
Yo solo quería que se relajara, que se abriera a ti y no te gritara más.
Porque te quiero y no quiero que nadie te haga daño.
No quería matarle, pero si se enteran mi vida se ha terminado.
Saúl se pasa una mano por el rostro, asimilando el horror, y mira a su alrededor para asegurarse de que nadie los ha visto.
—Hay que hacer algo —dice, levantándose despacio—. Si ese cuerpo se queda aquí, estamos acabados los dos. Tenemos que sacarlo de aquí antes de que alguien lo encuentre.