Retiro en la isla (Isla Ballena) Capítulo 1
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Capítulo 1

Unas horas antes

Charly entra en su casa y tira el traje de neopreno sobre el suelo de baldosas de la cocina.

El piso es pequeño, frío, y huele a una mezcla rancia de humedad y tabaco.

Al quitarse la capucha de goma, su cabello pelirrojo y alborotado le cae sobre la frente, empapado de sudor.

Todavía le zumban los oídos por gritar a través del megáfono durante dos horas.

Su mujer le mira desde la mesa de la cocina, rodeada de papeles y libretas donde ha estado haciendo cuentas.

—¿Cómo ha ido? —pregunta ella.

—Estoy harto, Sandra. Monto la de Dios en mitad de la plaza, me disfrazo de buzo, pego gritos hasta quedarme afónico, ¿y para qué?

Para que me sigan cuatro gatos. A la gente de esta isla parece que le da igual que nos echen de nuestras casas; mientras tengan su sueldo de esclavos en los hoteles y sirvan copas a los guiris, miran para otro lado.

¡Ya no me hace caso ni la prensa, joder! Soy un payaso invisible.

Sandra niega con la cabeza y señala los números que tiene apuntados.

—El casero me ha llamado esta mañana: nos echa ya.

Dice que ya nos ha dado mucho margen y que ya han aprobado la licencia para convertir el edificio en pisos de alquiler turístico.

He estado haciendo cuentas y mirando opciones por toda la isla y está todo por las nubes.

Ha subido muchísimo. Con nuestros sueldos no llegamos ni de coña a pagar lo que piden por ahí.

Charly da un golpe en la mesa y seguido tira todos los papeles de la mesa al suelo.

—Es una puta vergüenza. Ya no queda ni un solo piso a un precio normal para los que somos de la isla de toda la vida.

Todos los aprovechados de la ciudad vienen aquí solo a hacer negocio y nos perjudican a los demás.

Lo compran todo para montar apartamentos turísticos de lujo o chiringuitos espirituales como el del Palacete de los Ilustres. Nos están asfixiando.

—Lo sé —dice Sandra, tragándose las lágrimas—, pero quejarse en la plaza no va a buscarnos un techo para el mes que viene. Yo ya no sé qué podemos hacer. Nos va a tocar irnos a la ciudad a buscarnos la vida.

En ese momento, el teléfono de Charly empieza a vibrar sobre la mesa de madera. Charly mira la pantalla: es un número fijo de la isla.

—¿Sí?

—¿Charly? Soy Saúl, del retiro. Me gustaría que habláramos.

—¿El gran mesías me llama en persona? —se mofa Charly, apoyándose en la encimera—. ¿Qué pasa? ¿Os ha molestado el espectáculo de la plaza? Pero si esta vez nos hemos ido lejos de vuestro silencio místico.

—Quiero que tengamos una conversación cara a cara —continúa Saúl—.

Sin megáfonos ni pancartas, de hombre a hombre.

Esta tarde, en el recinto del palacete. Quiero que nos entendamos y busquemos un acuerdo razonable.

Si seguimos por este camino, nos veremos obligados a recurrir a los tribunales, y te aseguro que a ninguno nos conviene ese desgaste.

Charly entorna los ojos. Mira las anotaciones de Sandra en la libreta, piensa en las maletas que van a tener que hacer y el desprecio hacia el gurú le enciende la sangre. La oportunidad de cantarle las cuarenta a ese charlatán en su propia cara es demasiado tentadora.

—Muy bien, nos vemos a las cinco —dice Charly—. Pero no esperes que vaya allí a pedirte perdón.

—Solo espero que traigas la mente abierta —responde Saúl antes de colgar.