Capítulo 14
Hoy soy una dominguera más en Isla Ballena. Sabiendo que no me puedo ir de aquí hasta mañana y que no quiero pisar el retiro más que para dormir, tengo que aprovechar para despejar la mente y aclarar mis ideas.
A la hora de comer me he dado un homenaje.
He ido al mejor restaurante del puerto y me he metido entre pecho y espalda un pescado al horno para mí sola.
Siempre me había dado una vergüenza tremenda hacer algo así; de hecho, nunca había comido yo sola en un restaurante, me parecía patético y sentía que todo el mundo me miraría con lástima, pensando que no tenía a nadie que me hiciera compañía.
Con Marc, salir a comer era una actividad social obligatoria de pareja, algo que solo se hacía de dos en dos o en grupo, pero nunca en solitario.
Pero hoy ha sido diferente. Saboreando el plato y tomándome una copa de vino blanco, sin sus reproches ni sus mentiras de fondo, la experiencia me ha gustado.
Me he dado cuenta de que no necesito a ningún tío para disfrutar de la vida.
Estoy muy bien conmigo misma, y esa es la primera victoria que me asigno en estos seis meses.
Por la tarde, el viento ha empezado a arreciar, trayendo de vuelta ese frío húmedo que te cala los huesos.
Para huir del temporal, me he metido en el pequeño cine de la isla.
Menuda sorpresa me he llevado cuando he visto que proyectaban una reposición de La chica del tren .
Me encantó ese libro en su día, así que me ha parecido la excusa perfecta para aislarme del mundo durante un par de horas.
Al salir, ya casi al atardecer, he dado un paseo largo por los acantilados. He caminado sin rumbo hasta llegar a la playa, ya completamente de noche. Y entonces es cuando todo ha saltado por los aires.
Aquí estoy entre gente amontonada en la barandilla mirando hacia la orilla, los coches de la policía y la ambulancia aparcadas de mala manera en el parking del paseo marítimo, y un rumor sobre que Saúl se ha ahogado en la orilla.
Y dudo que sea un accidente. Nadie se bañaría hoy en la playa con el temporal que hay en el mar.
El pánico me sube por las piernas y casi no puedo andar con normalidad.
La policía seguro que ya está interrogando al grupo y saben que yo he pasado el día fuera...
Me van a convertir en la sospechosa número uno por todo el lío del beso con Saúl.
Seguro que Aurora ha contado todo y piensa que me he vengado de él.
Salgo corriendo hacia el Palacete de los Ilustres. Necesito ver si la policía ya ha llegado allí, si Aurora ya sabe la noticia y enterarme de qué coño ha pasado.
Llego al recinto completamente exhausta, empapada de sudor y con el corazón a mil revoluciones.
Cruzo la gran verja de hierro esperando encontrarme con patrullas de policía y luces de emergencia entre los cipreses, pero el jardín trasero está en un silencio sepulcral.
Me detengo un segundo y apoyo las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Y entonces se me corta la respiración por completo.
A lo lejos, bajo la luz amarillenta y parpadeante de la farola del porche, distingo una silueta saliendo por la puerta.
Lleva el pelo largo recogido en un moño bajo y viste una túnica de lino blanca: es Saúl.
El cerebro me hace un cortocircuito brutal.
No puede ser él: «¿Pero no está muerto? Es imposible que siga alucinando por la puñetera infusión de hierbas. No entiendo nada».