Capítulo 13
He caminado hasta el pueblo para comprar mi billete de vuelta en ferri y para despejar un poco la mente. No aguantaba un minuto más allí arriba.
Es el primer día que sale el sol desde que llegué a la isla.
Es abril, pero los domingueros caminan en manga corta por las calles empedradas, arrastrando carritos de bebé, empujando bicicletas y haciendo colas eternas en las heladerías.
¡Qué infierno! Quería paz y me encuentro todo este bullicio desde primera hora de la mañana.
Me alejo de la calle principal y busco un rincón más tranquilo subiendo hacia la campa del faro. Me apoyo en la piedra templada por el sol, saco el móvil y marco el número de mi hermana.
—¡Eva! Por fin —exclama Lucía—. Me tenías preocupada. ¿Qué tal va todo con la francesa?
—Pues prepárate, porque mañana a primera hora cojo el primer ferri de vuelta a la ciudad. Además, me van a devolver la pasta del retiro.
—¿Pero qué ha pasado? ¿Te ha hecho algo esa loca?
Le cuento todo de corrido, casi sin respirar: el beso de Saúl, su burdo intento de gaslighting para hacerme dudar de mi propia cordura, la conversación con Margot y cómo Aurora me había grabado el beso con mi propio teléfono.
—Dios mío… Se me está poniendo la carne de gallina. ¡Qué puto enfermo! ¿Estás bien? ¿Te hizo algo más? Me siento superculpable por haber insistido en que fueras al retiro.
—No, le paré los pies a tiempo. Pero Margot me ha confesado que a ella le besó también ayer.
Está claro que utiliza las drogas del retiro para propasarse con las que le interesan y que le adoren como el resto.
Es un ególatra. Y tú no tienes nada que ver.
Es que siempre nos culpamos a nosotras por lo que hacen los demás.
—Vete de ahí ya, coge el próximo ferri y no esperes a mañana, por favor —me suplica mi hermana.
—No puedo. He venido a por el billete y, aunque ahora hace sol, han cancelado los ferris de vuelta hasta mañana por el aviso de temporal en la costa.
El mar está empezando a ponerse feo. Estoy atrapada aquí hoy.
Pero tranquila, tengo el móvil conmigo y el vídeo a buen recaudo.
Saúl no sabe que lo tengo y Aurora cree que no voy a denunciar.
Aunque todavía no sé qué voy a hacer. Por el momento, solo tengo que aguantar esta noche y cenar con la gente.
Mañana a primera hora me piro de este sitio.
—No te separes de tu móvil ni un segundo, por lo que más quieras. Mañana en cuanto pises el puerto de la ciudad voy a buscarte. Te quiero. Cuídate, por favor.
—Y yo a ti. Te aviso en cuanto suba al ferri mañana.
Bajo de la zona del faro y, a medida que me acerco a la plaza del ayuntamiento, un jaleo de silbatos, tambores y gritos empieza a comerle el terreno al murmullo de los domingueros.
Al entrar en la plaza, me topo con una pequeña concentración de apenas unas diez personas, rodeadas de curiosos que les hacen fotos con el móvil.
En el centro, subido a la barandilla de la fuente principal, está Charly.
El payaso de la verja del palacete ha vuelto a desplegar sus peculiares métodos para llamar la atención.
Esta vez no va vestido de payaso, pero su disfraz es igual de extravagante.
Lleva un traje de neopreno negro, unas aletas amarillas en los pies con las que da pisotones ridículos en el suelo, una máscara de buceo en la frente y un flotador gigante rosa alrededor de la cintura.
Su miniséquito golpea unas cacerolas y sujeta varias pancartas de cartón. Charly grita al megáfono:
—¡Bienvenidos a la Atlántida de los ricos!
¡Pronto los nativos de Isla Ballena tendremos que ponernos los neoprenos y mudarnos al fondo del mar, porque no podemos pagar los alquileres de nuestras casas!
¡Nos ahogan! ¡Nos expulsan para que cuatro pijos vengan a respirar aire puro y a hacer retiros de pacotilla en nuestros palacetes!
Varios turistas se ríen y le hacen fotos como si fuera una atracción local más. Charly les señala con el dedo de forma acusadora, visiblemente furioso de que se tomen su protesta a broma. Sus métodos son histriónicos, casi cómicos, pero la rabia de sus ojos es totalmente real.
Le observo desde la distancia, cobijada bajo la sombra del soportal de una cafetería. Me parecía un loco pintoresco y molesto, pero hoy, sabiendo la clase de monstruo que se esconde detrás de la túnica blanca de Saúl, casi me dan ganas de subirme a la fuente a gritar con él.