Capítulo 12
No puedo más, esto es una casa de locos.
Voy a hablar con Aurora ahora mismo para que se entere de lo que hace su querido novio el gurú.
Debería denunciarle, esto es abuso y no sé si lo hace con todas las mujeres que le atraen o cuál es su modus operandi .
Pero, claro, sin pruebas y con el poder de manipulación que tiene este, tengo las de perder.
Pero no puedo permitir que lo siga haciendo con más participantes de sus retiros.
Es que ya me da igual el móvil y me da igual todo. Salgo del bungaló de Margot a paso rápido, con la rabia ardiéndome en el pecho y el estómago revuelto por los últimos restos de la infusión de las narices. Cruzo el jardín y voy directa al palacete.
Cuando entro en el comedor, el olor a café recién hecho me resulta nauseabundo.
Casi todas las compañeras están ya sentadas, sirviéndose fruta y charlando en voz baja, ajenas por completo al pozo de mierda en el que estamos metidas.
Al fondo, junto a la mesa del bufé, Aurora coloca una jarra de zumo con una sonrisa.
Me acerco a ella sin miramientos. No me importa que las demás se den cuenta de mi tensión.
—Aurora, ¿podemos hablar un momento fuera? —le digo, con un tono lo suficiente firme como para que no me pueda decir que no.
Ella parpadea, sorprendida por mi brusquedad, pero asiente enseguida con su amabilidad de siempre.
—Claro. ¿Pasa algo?
—Mejor fuera, por favor.
Salimos al jardín y nos detenemos cerca de los grandes ventanales. En cuanto nos quedamos a solas, decido no andar con rodeos.
—Sé que estás con Saúl, os vi besaros ayer en el jardín.
Y vengo a decirte que tu novio es un abusador de mierda.
He tenido una sesión individual con él y, bajo los efectos de la infusión que él mismo me ha dado, me ha besado y ha intentado hacerme creer que estaba loca, que era una alucinación por la droga.
Y sé que no soy la única, pero no quiero hablar por nadie.
Aurora pierde la sonrisa de golpe, pero en sus ojos no hay sorpresa.
De repente, un sonido amortiguado interrumpe el tenso silencio entre las dos.
Un zumbido constante surge del bolsillo de la chaqueta de Aurora, que da un respingo y se lleva la mano al bolsillo a toda prisa para colgar la llamada, pero ya es tarde.
He visto la pantalla y la llamada era de mi hermana.
—¿Por qué no lo coges? —le espeto—. ¿Eres tú la que lo ha cogido del bungaló esta mañana?
—Eva, no... Espera, déjame que te explique...
—Dámelo ahora mismo.
Intenta dar un paso atrás, pero no la dejo. Le agarro la muñeca antes de que pueda reaccionar. Aurora intenta zafarse, asustada, pero la rabia me da el triple de fuerza. Le arrebato el teléfono de un tirón.
—¡¿Por qué cojones tienes tú mi móvil?! —le grito, con el corazón desbocado.
—¡Baja la voz, por favor! —susurra ella, mirando con pánico hacia las ventanas del comedor—. Te lo iba a devolver, de verdad. Lo saqué de tu habitación esta mañana. El mío lo tiene confiscado Saúl en su despacho, como el de todas. Necesitaba un teléfono operativo.
—¿Para qué? ¿Querías cotillear?
—Para grabaros —suelta Aurora de golpe, con la voz rota—. Sospechaba que Saúl iba a intentar algo contigo hoy estando a solas. Él siempre me dice que son celos míos, que estoy loca, pero yo sabía que no era paranoia.
—¿Nos has grabado en secreto?
—Lo siento… Tenía que hacerlo. Quería... Necesitaba tener una prueba para obligarle a decirme la verdad.
Me quedo muda, asimilando la locura que acabo de escuchar.
Con los dedos temblándome de rabia, desbloqueo la pantalla.
Voy directa a la galería de fotos. Ahí está el último archivo, un vídeo de casi veinte minutos.
Le doy a reproducir y avanzo la barra de tiempo.
Nos veo a Saúl y a mí en el rincón del jardín.
Veo el momento exacto en el que me besa mientras yo estoy aturdida y desorientada.
Se me revuelve el estómago, pero una fría sensación de victoria me recorre el cuerpo.
—Pues gracias por el favor, Aurora —le digo, bloqueando el teléfono y apretándolo contra mi pecho—. Acabas de regalarme la prueba que necesitaba. Pienso ir directa a la comisaría a ponerle una denuncia por abuso.
Al oír la palabra denuncia , a Aurora se le abren los ojos de par en par. Me agarra del brazo con una desesperación salvaje.
—¡No, no, por favor! ¡No puedes hacer eso! Si vas a la policía con ese vídeo nos vas a arruinar a los dos.
La miro, completamente estupefacta, y me suelto de su agarre de un empujón.
—¿Cómo que no? Te acabo de decir que se ha propasado conmigo. Te pone los cuernos con las tías del retiro utilizando drogas para que duden de su cordura, lo tienes grabado en mi puto móvil, ¿y me pides que no le denuncie?
—¡Él no es así! —me suplica Aurora, con los ojos llenos de lágrimas—. Saúl también ha tomado la infusión esta mañana, tú misma le viste beber. Esa hierba es muy fuerte, altera la mente. Seguro que te ha besado porque estaba confundido por los efectos, no era dueño de sus actos.
Qué nivel de lavado de cerebro tiene encima esta chica...
—Aurora, abre los ojos —le digo, con un desprecio que no puedo ocultar—. No estaba confundido. Sabe perfectamente lo que hace y utiliza la infusión como coartada para que ninguna pueda acusarle si no le siguen la corriente.
—¡No, no es verdad! —solloza—. Saúl me quiere.
Llevamos años levantando este proyecto juntos.
Si le denuncias, vas a destrozar su vida, la mía y todo lo que hemos construido.
Por favor, Eva... Ha sido un error, perdónale.
Borra el vídeo. Quédate con tu móvil, no te diré nada, te devolveré el dinero del retiro ahora mismo en mano, pero no me arruines la vida.
Es lo único que tengo. Solo ha sido un beso.
Yo no le voy a decir que os he grabado y olvidamos esto. Tengamos la fiesta en paz.
Me guardo el móvil en el bolsillo de mi sudadera, mirándola en silencio.
Siento una mezcla de rabia y una profunda lástima.
¡Qué peligroso es justificar a un monstruo con tal de no admitir que tu vida entera se basa en una mentira!
No tiene sentido discutir con ella, está completamente anulada por él, y si sigo aquí parada intentando convencerla, acabará llamando a Saúl para que me quite el teléfono por la fuerza.
Tengo que salir de aquí ya.
—De acuerdo —le digo, fingiendo que me ablando para que se calme y me deje margen de maniobra—. No haré nada por ahora. Déjame asimilarlo.
Aurora suspira, aliviada, secándose las lágrimas a toda prisa mientras intenta recomponer su máscara de felicidad zen antes de que alguna compañera salga del comedor.
—Gracias. De verdad. Sabía que lo entenderías…
Me doy la vuelta sin responderle y salgo de la finca del palacete, necesito desesperadamente sacarme la rabia de encima. Aurora cree que me ha convencido, pero se equivoca.
Aunque, siendo sincera conmigo misma, mientras me alejo del recinto ya no tengo tan claro qué hacer.
Se me desata un dilema interno. Por un lado, tengo la prueba grabada y sé que él se merece que le caiga todo el peso de la ley para que no engañe a más mujeres, pero mi mente analítica, la de la abogada que ha visto demasiados juicios destructivos, empieza a sabotearme.
«Solo ha sido un beso», me intento convencer en un arranque de cobardía.
Al fin y al cabo, no ha llegado a mayores.
¿De verdad me compensa meterme en temas legales por un beso robado?
Si tiro hacia adelante, me voy a tener que exponer a un linchamiento público.
Saúl es muy famoso y popular, tiene miles de fans radicales en redes y le sobra la pasta para pagar a los mejores abogados del país.
Sé de sobra cómo han terminado casos similares años atrás con otras personalidades públicas.
Lo he visto en los tribunales y en la televisión: da igual las pruebas que tengas, la víctima siempre acaba pintada como una despechada, una cazafortunas o una loca.
Van a rebuscar en mi divorcio, en mis bajas médicas del bufete, en mi vida entera para destrozar mi credibilidad.
Necesito hablar con mi hermana, salir de esta isla, respirar aire limpio lejos de esta secta y sopesar las opciones con la cabeza fría.