Retiro en la isla (Isla Ballena) Capítulo 11
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Capítulo 11

No encuentro mi móvil, no está por ninguna parte. He mirado debajo del colchón lo primero y nada, he buscado en el baño por si me despisté anoche y me lo dejé ahí, he revuelto las sábanas, he vaciado la maleta. Nada.

Aurora y Saúl no me lo han podido confiscar, él mismo me ha dicho esta mañana, mirándome a los ojos, que confiaba en mí y que era decisión mía si me lo quedaba o no. Así que solo queda una opción: Margot.

Esa tía está enferma. Está obsesionada conmigo y se va a enterar de lo que es cruzar una línea. Ya basta de jueguecitos de parvulario.

Cruzo el sendero de gravilla todavía mareada y hecha una furia, llego a su cabaña y golpeo la puerta con saña.

—¡Margot! ¡Abre la puta puerta!

Se acabaron las tonterías, no me voy a contener después de esto. Cuando la puerta se abre, Margot me mira de arriba abajo con aires de superioridad.

—¿Qué has hecho con mi móvil? —le grito.

—¿De qué me hablas? —pregunta con ese acento suyo tan irritante.

—No te hagas la tonta, sé que lo tienes tú. Has aprovechado que he salido temprano para meterte en mi bungaló y robármelo. ¡Devuélvemelo ya!

Margot da un paso atrás para apoyarse en la mesa.

—¿Pero tú te escuchas? ¿Por qué iba a querer yo tu teléfono? Te recuerdo que aquí están prohibidos. Estás incumpliendo las normas.

—A mí no me des lecciones. Saúl me ha dado permiso explícito para quedármelo si quiero. Y sé perfectamente que ayer fuiste a chivarte después de espiarme por la ventana mientras hablaba con mi hermana.

Margot frunce el ceño y deja ver una chispa de sorpresa.

—¿Permiso? ¿A ti? No me hagas reír, guapa.

Ayer, cuando le dije a Saúl que tenías un teléfono oculto, me dio las gracias.

Me dijo que había hecho lo correcto por el bien del grupo y que se encargaría de requisártelo de inmediato.

Dice que soy la única mujer fuerte y honesta de este retiro, que por eso conmigo va sin rodeos, porque tengo la madurez necesaria para encajar la verdad.

Así que, si te falta el móvil, ve a preguntarle a él. Ahora pírate, no te soporto.

Me quedo de piedra. Nos ha tomado el pelo a las dos. Nos ha usado de marionetas para tenernos controladas, dándonos una palmadita en la espalda a cada una a espaldas de la otra.

Miro a Margot. Me cae fatal. Es una tía paranoica y malmetedora que ha ido corriendo a chivarse de mi móvil. Me apetece mandarla a la mierda y no volver a dirigirle la palabra en la vida.

Pero me trago el orgullo. Me cuesta un esfuerzo sobrehumano, pero lo hago. Si quiero salir entera de este retiro, no me queda otra que hablar con ella y aclarar las cosas, aunque no me apetezca ni mirarla a la cara.

—Margot, espera —le digo, dando un paso hacia ella—. Tenemos que hablar de Saúl.

—No tengo nada que hablar contigo.

—Escúchame, por favor. Esta mañana he estado con él. Me ha dicho que tu comportamiento demostraba una vibración baja y que lamentaba mucho que yo tuviera que experimentar esa falta de compañerismo por tu parte.

Margot me mira fijamente. La rabia de su rostro empieza a evaporarse, dejando paso a una expresión de decepción. Se pasa una mano por la frente, apartándose un mechón de pelo rubio.

—No mientas. ¿Qué pretendes diciendo esas mentiras? ¿Por qué quieres ponerme en su contra?

—¡Que no te miento! Nos ha dicho a cada una exactamente lo que queríamos escuchar para enfrentarnos. A ti te ha hecho sentir la guardiana responsable del grupo y a mí la víctima incomprendida a la que él tenía que salvar de tu acoso.

Margot se apoya contra la pared, mirando al vacío. Parece que empieza a entrar en razón.

—Joder, es un clásico de los manipuladores —dice—. No sé cómo no me he dado cuenta antes. Divide y vencerás. Mientras nos estemos matando entre nosotras por ver quién es su preferida, ninguna de las dos miramos lo que de verdad está haciendo él.

—No entiendo su juego. ¿Qué pretende con todo esto?

—Piénsalo. El resto de las mujeres del grupo son corderitos.

Le adoran, le compran los libros, le rezan como si fuera Dios, le aman.

Nosotras dos somos las únicas un poco escépticas.

Un gurú no puede permitirse tener ovejas negras en su rebaño porque acaban contagiando al resto.

Nos ha camelado para hacernos sentir especiales y conseguir que le veneremos como las demás.

Trago saliva. Sus palabras encajan tan bien que me da miedo admitirlo.

—¿Y por eso monta todo este teatro, para que no le jodamos el negocio?

—No lo creo. Esto lo ha hecho por su ego. Está claro que necesita que todas le amemos. Ayer por la tarde, en mi sesión con la infusión herbal, cuando me quedé a solas con él... Dios, me da hasta vergüenza decirlo.

El corazón me da un vuelco salvaje en el pecho.

—¿Qué pasó?

—Me besó. Sintiéndome medio drogada, se me acercó cuando estábamos fuera hablando lejos del grupo y me besó en los labios. No me lo esperaba, pero no le dije nada. Lo tomé como un halago. ¿Y sabes qué me dijo?

Me quedo petrificada. Este tío es asqueroso.

—¿Qué te dijo? —consigo susurrar.

—Pues que se había fijado en mí desde el primer momento por mi carácter fuerte, que era muy diferente a las demás.

Que llamaba la atención mi semblante dentro de cualquier sala por mi aura y energía femenina.

Me susurró al oído que le encantaría que nos viéramos a solas en algún momento durante el retiro, para continuar donde lo habíamos dejado.

No te puedes imaginar cómo me sentí. Me sentí la elegida.

Pensé: «De todas estas mujeres que le siguen y le idolatran, se ha fijado en mí».

Estaba dispuesta a hacer lo que fuera por él.

—Ahora aparta la mirada, apretando los dientes con una mezcla de rabia y vergüenza.

Yo la escucho y siento que se me revuelve el estómago.

—Pues lamento romperte la ilusión, pero Saúl es un mentiroso de mierda. Ayer por la tarde, después de mi caminata por los acantilados, le vi en el jardín trasero con Aurora. Se estaban besando como una pareja de toda la vida.

Margot levanta la cabeza de golpe.

—¿Qué? No puede ser...

—Sí que puede ser. Y hay algo peor: vengo de una sesión individual con él en los jardines y ha hecho exactamente lo mismo conmigo, me ha besado.

Pero yo no me lo he tomado como un halago y le he parado los pies inmediatamente.

Le he dicho que no me sentía cómoda y que sabía lo de Aurora.

¿Y sabes qué me ha dicho? Que la infusión esta de hierbas que me ha dado me había distorsionado los sentidos, que todo era una alucinación.

Ha hablado con tanta seguridad que me ha hecho dudar de mi propia cordura porque no le he seguido el juego.

Margot se queda muda, asimilando mis palabras.

—Ese desgraciado de merde ... —murmura—. No sé cómo no lo he visto venir. Nos ha querido aislar para manejarnos a su antojo. Nos ha tomado por estúpidas.

¡Coño! He cruzado el jardín dispuesta a gritarle a Margot a la cara.

He venido aquí buscando pelea. Por una vez en mi puta vida, no he huido de la confrontación.

No me he escondido en mi bungaló a llorar, no he agachado la cabeza para complacer a nadie ni he evitado el conflicto como hacía siempre con Marc para no desestabilizar las cosas.

Y menos mal que he tenido los ovarios de plantarle cara a Margot.

Si hubiera hecho lo de siempre, si me hubiera quedado rumiando y evitando el lío, ahora mismo estaría dudando de mi cordura, convencida de que mi cerebro me había jugado una mala pasada por culpa de la droga.

Pero no, le he plantado cara y, gracias a eso, el castillo de naipes del gurú se acaba de desmoronar.

—Hay algo que sigue sin cuadrarme en todo esto —le digo a Margot.

—¿Qué?

—Si tú no has entrado en mi cabaña a robar mi móvil, ¿quién coño se lo ha llevado?