Retiro en la isla (Isla Ballena) Capítulo 10
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Capítulo 10

El rincón que ha elegido Saúl para nuestra sesión privada parece diseñado a propósito para que estemos aislados del mundo.

Es un claro rodeado de setos de boj, justo al borde del acantilado.

Lo tiene todo preparado. Hay dos esterillas blancas extendidas sobre la hierba húmeda, unas tazas, un termo y un cuenco metálico en el que enciende una madera de incienso del que empieza a escapar un hilo de humo con olor a sándalo.

—Siéntate. Ponte cómoda —dice Saúl, cruzando las piernas sobre su esterilla con una flexibilidad envidiable.

Yo me siento frente a él, incómoda y tensa por la incertidumbre del momento, intentando ignorar el frío de la humedad que empieza rápido a calar a través de mi chándal gris.

—Antes de empezar, quiero que nos miremos a los ojos. Sé que no es fácil para ti, pero olvídate por un momento de toda expectativa y entrégate al momento. Dime, ¿cuál es tu verdadero objetivo en este retiro? ¿Por qué estás aquí, Eva?

Siento un nudo repentino en la garganta. Podría soltarle la típica respuesta de manual sobre «encontrarme a mí misma», pero su presencia, tan cerca, me empuja a una honestidad brutal para variar.

—Estoy aquí porque soy un despojo —suelto—. Hace seis meses que me divorcié y siento que sigo igual de amargada, resentida y perdida que el primer día. Mi marido me dejó por otra más joven, una chica de veinticuatro años de su oficina a la que dejó embarazada.

Saúl no parpadea. Me sostiene la mirada con compasión pero sin lástima. Voy a repetir por enésima vez la historia que llevo mascando con rabia los últimos seis meses.

—Durante varios años... —continúo, y noto cómo me tiembla la voz, aunque me obligo a tragar saliva para no llorar—, intentamos tener un hijo.

Nos gastamos un tremendo dineral en clínicas privadas para encontrar el problema...

Una tortura física y mental. Y no pudo ser.

Él siempre me abrazaba y me decía que no pasaba nada, que nuestra relación estaba por encima de todo eso; que me quería a mí, aunque deseara tener descendencia.

Pero al final mi mayor miedo se hizo realidad.

Me puso los cuernos y me dejó en cuanto vio que iba a cumplir su sueño de ser padre.

Siento que la cara me arde de rabia.

—Ese dolor me está consumiendo. Me paso el día de mala leche, espiando su Instagram en bucle, obsesionada con su nueva vida perfecta.

Ha afectado a mi trabajo en el bufete, ya no me concentro y cometo errores absurdos.

El nivel de estrés que llevo encima es insufrible.

A veces pienso que fue precisamente el estrés de mi carrera lo que impidió que me quedara embarazada en su momento.

Me siento completamente sola, fracasada y sin la menor idea de cómo superar esto y volver a ser feliz.

Saúl asiente, estira el brazo y me roza suavemente la rodilla con los dedos. Ese simple contacto me da una calidez que agradezco en mitad de este jardín helado.

—Tu mente analítica ha construido una prisión perfecta para ti —dice—.

Has asociado tu valor como mujer a tu capacidad de concebir y a la mirada de un hombre que te hizo daño y no supo valorarte.

El universo no te está castigando, te está liberando de una vibración de dependencia.

Tu exmarido era solo un maestro que venía a mostrarte tu herida de abandono.

Pero, mientras sigas alimentando el monstruo de la rabia, seguirás atrayendo escasez y enfermedad a tu cuerpo.

Tu útero no falló por el estrés, sino porque tu alma sabía que ese no era el entorno seguro para florecer.

Ese hombre no te merecía y quedó demostrado cuando traicionó tu confianza.

Él no era la persona adecuada para formar esa familia contigo y por eso tu cuerpo te dio la señal en forma de infertilidad.

Tienes que perdonar, no por él, sino por ti.

Tienes que declarar tu abundancia hoy mismo.

Tu pasado no determina tu futuro, a menos que decidas seguir viviendo en él.

Suena tan seguro, tan lógico dentro de su misticismo, que me dan ganas de creerle, de creer que todo este sufrimiento tiene un propósito oculto, y que si no he sido madre es porque, sencillamente, no debía serlo con Marc.

Jamás me lo había planteado así, pero es que tiene toda la razón.

Si me hubiese quedado embarazada ahora estaría atada de por vida a un mentiroso que quizás me hubiera puesto los cuernos igualmente.

Si no llega a ser por ese vacío y por la frustración de no poder tener hijos, nunca habría visto lo profundamente cabrón que era Marc en realidad, ni lo muchísimo que lo tenía idealizado.

De alguna forma retorcida, mi cuerpo me protegió de él antes de que lo hiciera mi mente.

Saúl se gira hacia el termo que tiene a su lado y vierte un líquido oscuro y humeante en las tazas de barro.

—Ayer te negaste a tomar la infusión de la experiencia herbal —dice, ofreciéndome la taza—.

Lo entiendo. Tenías miedo de perder el control de tu mente analítica.

Si realmente quieres sanar, si quieres romper el patrón y dejar atrás a Marc de una vez por todas, este es el momento. Aquí, conmigo, en un espacio seguro.

Saca un papel doblado del bolsillo de su túnica y lo extiende sobre la esterilla junto a un bolígrafo.

—Solo necesito que firmes este consentimiento de responsabilidad y que confíes en mí.

Miro la taza, miro el papel. Mi mente lógica me grita que estoy loca, que soy abogada y que jamás debería firmar un documento de exención de responsabilidad para tomar una sustancia desconocida.

Pero estoy tan cansada de sufrir, tan harta del ladrillo en el pecho, que la idea de una desconexión total me parece el único salvavidas disponible en este momento.

Cojo el bolígrafo. Con el pulso ligeramente tembloroso, firmo sobre la línea.

Sostengo la taza de barro entre las manos, noto su calor y, antes de que el arrepentimiento me gane la partida, me la bebo de tres tragos largos. Es horrorosamente amarga. Él hace lo mismo.

—Cierra los ojos… —me susurra Saúl, acercándose un poco más—. Déjate llevar... Confía en el Universo…

Al principio no pasa nada, solo el rumor lejano del mar rompiendo contra los acantilados, pero, al cabo de unos minutos, el suelo que hay debajo de mi esterilla empieza a ondularse como si fuera de agua.

Una oleada de calor de una intensidad brutal me sube desde el estómago directamente a la cabeza.

El sonido del oleaje se multiplica por mil, transformándose en una vibración ensordecedora que me retumba dentro del cráneo. Pero es agradable, me siento en paz.

Intento abrir los ojos, pero los párpados me pesan toneladas.

Estoy flotando. Ya no siento el frío de la hierba en contacto con mi chándal, ni la rabia por los cuernos de Marc.

Todo es de un color blanco brillante, una paz tan absoluta que me hace querer llorar de felicidad.

Me siento ligera, como si mi cuerpo se hubiera disuelto en las nubes grises de la isla.

La voz de Saúl me llega como un eco lejano, guiándome a través de un laberinto de luces que se mueven detrás de mis ojos cerrados. Siento su presencia física extremadamente cerca, su respiración cálida rozándome la mejilla.

—Suelta el pasado, Eva... Déjalo ir… —susurra muy cerca de mi oído.

Estoy en un estado de desconexión absoluto, una desconexión extrasensorial donde las líneas entre la realidad y la alucinación se vuelven completamente borrosas.

De repente, en mitad de ese letargo inducido, siento una presión húmeda y firme sobre mis labios.

Es un beso.

No es un roce sutil ni un gesto espiritual, es la presión inconfundible de unos labios sobre los míos, acompañada de un olor penetrante a sándalo y cedro.

La alarma de mi cerebro se enciende de golpe, abriéndose paso a puñetazos a través de la neblina del preparado de hierbas. Abro los ojos de par en par, parpadeando ante la luz grisácea del día que me hiere las pupilas.

Saúl está sentado justo frente a mí, a pocos centímetros, mirándome con una sonrisa serena y con su mano apoyada en mi muslo. Me arrastro hacia atrás sobre la esterilla, con el corazón golpeándome las costillas a una velocidad terrorífica y la cabeza dándome vueltas.

—¿Qué... Qué haces? —consigo balbucear—. Me has besado.

Saúl ladea la cabeza, manteniendo la calma. No hay rastro de nerviosismo en su rostro.

—Estás bajo los efectos de una hierba muy potente —dice—. Estás experimentando una proyección de tus propios deseos de afecto y sanación. Tu mente está materializando la energía del amor que tanto necesitas recibir. Déjate llevar.

—No, no ha sido ninguna proyección —le interrumpo, sintiendo que la adrenalina está contrarrestando el efecto de la infusión—. Me has besado y me estabas tocando la pierna. Lo he sentido perfectamente. Esto no es profesional. Y sé que tienes algo con Aurora. No me siento cómoda con esto.

La cabeza me da vueltas, parece que estoy dentro de un sueño, pero sé que esto es real, estoy segura.

Él suelta una risita baja, casi paternal, y me mira fijamente con sus ojos verdes.

—La infusión a veces distorsiona los sentidos corporales, Eva.

El tacto de la brisa, el calor del sol en tu rostro y en tu piel...

Tu mente lo ha interpretado como un contacto físico para intentar protegerse de la verdadera revelación espiritual.

Es un mecanismo de defensa muy común, no te preocupes.

Nadie te ha besado aquí, solo en tu subconsciente.

Es tu alma abriéndose al amor del Universo. Respira. Estás a salvo.

Me quedo muda, mirándole con desconcierto. Habla con tanta seguridad, con una convicción tan absoluta, que durante un segundo dudo de mi propio cuerpo. ¿De verdad ha sido una alucinación? ¿Es posible que la infusión me haya hecho recrear físicamente un beso tan real?

No, sé perfectamente lo que he sentido. Está jugando conmigo porque quizás otra le seguiría el juego deseando su contacto. Pero esto es gaslighting de manual de manipulación. No creo que mi cerebro me esté jugando una mala pasada.

—La sesión ha terminado por hoy —dice Saúl, levantándose con elegancia y ofreciéndome una mano que yo, esta vez, rechazo de pleno—.

Ve al comedor a desayunar con el grupo, te vendrá bien comer algo sólido para asentar la energía.

Deja reposar todo lo que has sentido, todo tiene un porqué.

Estaré esperando si quieres hablar de nuevo sobre lo que has experimentado.

Me levanto como puedo, con la cabeza todavía flotando en una burbuja. Todo a mi alrededor tiene un brillo extraño, distorsionado. Estoy muy mareada.

Camino hacia el bungaló arrastrando los pies, completamente rayada.

Necesito darme una ducha. ¿Y si de verdad la droga ha hecho que imagine cosas por lo desesperada que estoy por sentirme querida?

Pensar en los cambios que Saúl dice que debo hacer en mi vida se mezcla ahora con la terrible duda de si ese gurú me ha besado sin mi consentimiento o si mi mente ya no distingue la realidad de la fantasía.

Esto no está bien. Tengo que hablar con Lucía, no debería quedarme aquí. Me arrepiento de haber accedido a esa infusión, debí ser fiel a mis principios y no dejarme llevar por la labia de Saúl.