Capítulo 9
Abro la puerta y, para mi sorpresa, me encuentro a Aurora.
—Buenos días, Eva. Perdona que aparezca tan pronto, pero he estado hablando con Saúl antes de que todo el mundo se ponga en marcha y queríamos contarte algo.
—Dime.
Ahora es cuando me dice lo del móvil y me cae el rapapolvo…
—Ayer nos supo supermal que te quedaras sin asistir a la experiencia de la tarde y que no bajaras a cenar —dice con un tono cargado de empatía—.
Hemos estado reflexionando y creemos que fue un error nuestro.
Teníamos que haberte explicado mucho mejor y de antemano cómo era la dinámica del retiro para que no te llevaras sorpresas con lo de la infusión herbal.
Asiento sorprendida por su tono conciliador.
—Sabemos que eres una mujer muy racional y un poco escéptica con todo esto, y que te cuesta un poco más que al resto abrirte.
Es completamente normal, cada persona tiene su ritmo, pero no queremos que te pierdas nada y nos gustaría que aprovecharas la experiencia completa del retiro.
Por eso Saúl me ha pedido que te ofrezca una sesión individual con él ahora mismo.
A solas, para que puedas ir a tu ritmo, sin presiones de grupo. ¿Qué te parece?
Trago saliva. Una parte de mí se resiste, pero la oferta es tan considerada que rechazarla me haría sentir como una desagradecida.
—Vale. Sí, claro. Me preparo en cinco minutos.
—Perfecto. Te espera fuera de la entrada principal del palacete para dar un paseo antes de empezar —sonríe Aurora, dándome una palmadita cariñosa en el brazo antes de marcharse.
Me ducho en dos minutos, me pongo mi sudadera gris de presidiaria, me recojo el pelo de mala manera y salgo cerrando la puerta con cuidado.
Al llegar a nuestro punto de encuentro, allí está Saúl. Impecable, con el pelo recogido en un moño alto y su habitual túnica de lino blanco inmaculado hasta el suelo.
—Buenos días. Demos un paseo lejos de los bungalós para no molestar a las compañeras que estén descansando.
Asiento en silencio. Caminamos por el sendero de piedra que bordea toda la finca. Saúl avanza con paso lento y yo voy a su lado, con las manos metidas en los bolsillos. Aunque agradezco la sesión individual, sigo esperando el castigo por el móvil secreto como una tramposa disidente.
Saúl se detiene junto a un mirador de madera, contemplando el mar revuelto.
—Antes de comenzar, quería hablarte de algo —empieza—. Ayer por la tarde Margot vino a hablar con Aurora y conmigo. Estaba muy alterada y me confesó que te había visto escondiendo un teléfono móvil en tu cuarto.
Se me hiela la sangre. Trago saliva, dispuesta a soltarle la parrafada defensiva que he estado ensayando mentalmente desde anoche, pero él levanta una mano con un gesto suave y me dedica una sonrisa antes de que pueda decir algo.
—Tranquila. No apruebo en absoluto su comportamiento.
Eso de estar vigilando y mirando lo que hacen las demás compañeras demuestra su baja vibración.
En este camino hacia la abundancia, ese tipo de conductas nacen de la desconfianza, el control y la escasez extrema.
Lamento mucho que hayas tenido que experimentar esa falta de compañerismo por su parte.
Sé que ha hecho que te sientas incómoda.
El escudo invisible que traía levantado desde que he abierto la puerta se me desmorona por completo. No me está riñendo; al contrario, se está poniendo de mi parte.
Saúl me mira fijamente y juro que parece capaz de leer mi desconcierto.
—No te voy a obligar a que me entregues el teléfono si te sientes más segura con él —dice con suavidad—.
Si necesitas ese cordón umbilical con tu antigua realidad para no sentirte desprotegida, mantenlo oculto, no pasa nada.
Pero hazte una pregunta: ¿has venido aquí a protegerte o a sanar?
Si decides entregárselo a Aurora, te aseguro que por fin disfrutarás de la desconexión total que tanto necesita tu mente analítica.
La decisión es tuya, confío en tu criterio.
—Gracias por entenderlo —le digo, suspirando de alivio—.
Si te soy sincera, pensaba que le darías la razón a Margot y me caería algún tipo de castigo.
Estaba un poco acojonada porque me olía que os lo había contado.
De hecho, si me hubieras exigido el móvil, me habría largado del retiro.
Pero agradezco que me trates con tanta madurez y empatía.
No sé qué le pasa a Margot conmigo, la verdad.
Por algún motivo no le sentó bien que hablara contigo en mi bungaló y me retiró la palabra.
Lo digo de verdad. Siento un alivio tan inmenso que me dan ganas de abrazarle.
Durante meses, en pleno proceso de divorcio, me acostumbré a que cualquier mínimo conflicto terminara en reproches, mentiras y desprecio por parte del cabrón de Marc.
Que un hombre con este aura me mire sin juzgarme, dándome la razón frente a Margot, hace que me sienta comprendida.
Saúl no es el gurú que yo imaginaba, sino un hombre justo y sensato.
—Por eso le dije a Aurora que era indispensable darte este espacio —continúa él, retomando el paso lentamente—.
Ayer te eché de menos. Entiendo perfectamente tu frustración, y sé que te agobió todo lo de Margot y la dinámica de la infusión herbal.
Lo respeto profundamente. No todo el mundo está preparado para abrir ciertas puertas de golpe.
Pero, como decidiste no asistir a la práctica, quiero compensarte personalmente con esta sesión individual.
Le miro, parpadeando, sorprendida.
Una parte de mi cerebro, la de la hermana mayor responsable que habla con Lucía por teléfono, me grita que esto es una manipulación de manual para atraparme en su red. Se me pasa por la cabeza que tal vez use la excusa de compensarme para colarme sus ideas por la puerta de atrás.
Pero mi otra mitad, la que se siente sola y rechazada por Margot, por Marc y por el resto del universo, se derrite por completo ante este trato como VIP.
Además, ¿atraparme en qué red? Tampoco hay que volverse paranoica.
No veo que ni Saúl ni Aurora busquen nada raro a cambio.
Solo querrán que aproveche el retiro para que luego hable bien de sus eventos y recomiende sus cursos.
Es puro marketing , una simple cuestión de negocios.
Trago saliva y asiento, intentando disimular lo mucho que me tienta la idea.
—Perfecto. Tenía fe en que aceptaras. Podemos hacerla ahora mismo, antes del desayuno —continúa—.
Tengo un rincón preparado aquí, al fondo de los jardines.
De esa forma no tendrás las miradas del resto del grupo y evitamos que las demás sientan celos por regalarte este espacio exclusivo para ti. ¿Te apetece?
Me rindo, claro que me apetece. Es una buena oportunidad para aprender a dejarme llevar. Quiero que haga su magia conmigo como la ha hecho con todas sus seguidoras de Instagram. Quiero que me cambie la vida.