Capítulo 8
Salgo corriendo al porche a buscar a Margot, pero ya no hay ni rastro de ella, ha desaparecido como si se la hubiera tragado la tierra.
Seguro que va disparada a contarle a Aurora que tengo un móvil escondido en mi habitación.
Pues mira, que diga lo que quiera. Al fin y al cabo, si me tienen que echar por incumplir las normas del retiro, casi que me hacen un favor.
Así ya tengo la excusa perfecta para largarme de una vez de este sitio sin sentirme culpable y dejar de darle vueltas a qué hacer con mi vida.
Aprovecho que por fin ha dado un respiro la lluvia y salgo a andar un poco antes de que se haga de noche.
Bordeo la finca por los caminos de piedra mojada, con los ojos bien abiertos.
Voy mirando a todas partes de reojo, esperando ver aparecer a Margot en cualquier esquina para señalarme con el dedo.
A lo lejos, justo detrás de la fachada trasera del palacete, distingo dos siluetas apartadas de todo, resguardadas junto al muro de piedra.
Me detengo en seco detrás de unas hortensias empapadas en modo cotilla: son Aurora y Saúl.
Hablan en susurros, con un lenguaje corporal un poco tenso.
Siento que el corazón me da un vuelco. Ya está, Margot ya me ha delatado.
Están hablando de mí y de mi teléfono secreto, y están decidiendo cómo echarme.
Estiro el cuello disimuladamente entre las hojas mojadas del arbusto, buscando con la mirada a la francesa. Miro a derecha e izquierda. No hay rastro de Margot por las inmediaciones. ¿Dónde se ha metido?
Vuelvo a clavar los ojos en la pareja. Siguen hablando muy juntos, casi rozándose.
Y entonces ocurre algo que me deja completamente de piedra.
Aurora da un paso al frente, le rodea el cuello con los brazos y le da un beso en los labios.
Saúl la agarra por la cintura y le corresponde después con otro beso.
No es un gesto místico ni de consuelo espiritual, es un beso apasionado de los de toda la vida.
Vaya, vaya… Con que esas tenemos... Ok, lo pillo. Seguramente son pareja además de llevar juntos todo el negocio de Saúl. Me juego el cuello a que es un secreto a voces en el retiro y yo aquí, en plan detective privado, pensando que acabo de descubrir América.
Seguro que todas las compañeras lo saben de sobra. Sin embargo, ver la escena me deja un cuerpo rarísimo. Siento una especie de punzada molesta que me cabrea un montón.
Me viene a la cabeza el momento en mi bungaló, cuando Saúl me ha puesto la mano en el pecho y me ha dicho que yo era especial, que era diferente a las demás. Que me ha hecho hasta ilusión que alguien me dijera una cosa así después de lo de Marc.
Menuda gilipollas estoy hecha… Qué ingenua soy… Está claro que esa es la típica frase que este tío les suelta a todas las compañeras para que ganen seguridad, crean en ellas y se tiren de cabeza a sus pies. Y yo casi caigo.
Pero lo que de verdad me revienta es darme cuenta de que me jode. Me jode un poquito que tenga pareja, para qué nos vamos a engañar. He pasado tantos meses odiando a mi ex que ya había perdido la fe en volver a pillarme por alguien.
¿Pero por qué mierdas estoy pensando estas cosas de él? Es que me doy rabia a mí misma. ¿Hace unas horas me parecía un gurú charlatán e insoportable con complejo de mesías, y ahora me pongo celosa porque se besa con su ayudante? Qué patética soy, de verdad… Tengo la cabeza hecha un lío.
Después del paseo por los acantilados me siento menos tensa y, sobre todo, menos tonta. El sonido de las olas chocando contra las rocas, el graznido de las gaviotas y la brisa marina me han devuelto el sentido común que había perdido en el retiro.
De vuelta a mi bungaló saco con sigilo el móvil del colchón y voy directa al baño para que no se filtre la luz de la pantalla por la ventana.
Cierro la puerta y me siento sobre la tapa del váter para escribirle a mi hermana.
Después de ver la silueta de Margot pegada a mi cristalera hace un rato, la paranoia me tiene completamente consumida.
Tengo la constante sensación de que me están vigilando.
Lucía, he decidido que me quedo. Coño, es que he pagado una pasta por estar aquí y, aunque no comulgue con la mitad de las locuras que se hacen en este sitio, tienes razón. Tengo claro que algo voy a exprimir de esta experiencia.
¡Bieeen! Ya verás cómo te ayuda.
Pero es que me siento idiota. Me da una rabia tremenda recordar cómo me he achantado con Margot.
No es justo cómo te ha tratado y no tienes por qué aguantarle a nadie ningún desprecio.
Ya sabes, ese es el gran problema de mi vida, que me da miedo generar tensiones. Por evitar el conflicto, acabo justificándome, pidiendo perdón como si fuera una criminal y asumiendo culpas que no me corresponden. Y se acabó.
Totalmente. Te lo he dicho siempre, eres demasiado blanda con la gente que te ataca.
Pues ya basta. Si esa tía vuelve a soltarme barbaridades falsas a la cara, no pienso hacerme pequeña ni pedir clemencia como una idiota. Le voy a decir que no voy a permitir que me trate así, que es injusto y que no me interesa estar cerca de alguien que tiene una opinión tan retorcida de mí.
¡Así se habla! Que no te amargue una tía loca.
De momento, mi plan con Margot está claro: distancia absoluta, ni sentarme a su lado en el comedor ni nada que se le parezca. Es que parezco tonta, de verdad. Siempre me pasa lo mismo: cuanto más me rechaza alguien y peor me trata, más me desvivo por complacerle.
Chica, es que a veces de buena eres tonta.
A ver, no te pases. Pero es verdad que siempre me arrastro para demostrar que soy buena persona, mendigando que dejen de estar enfadados conmigo. Es patético. Se acabó. A partir de ahora hablaré lo justo y necesario, por educación y cordialidad.
Me parece genial. Tienes que aprender a poner límites.
Y si no encuentro la oportunidad de cantarle las cuarenta y ponerle las cosas claras, se lo haré saber con monosílabos, miradas frías y cortando de cuajo cualquier intento de conversación. Igual que ha hecho ella conmigo, pero al menos yo tengo motivos de verdad para hacerlo.
Y ni media gota de culpa por ello.
Si tiene algún problema, que haga sus maletas, se largue de la isla y me deje tranquila de una vez.
Al final, lo de Margot ya te ha servido como lección.
Pero no por lo que ella te ha dicho, sino por lo que tienes que cambiar de ti misma a la hora de plantarle cara a gente como ella.
Me alegro un montón de leerte así de decidida, de verdad.
Te va a venir superbién este chute de carácter.
Venga, desconecta un poco y me vas contando. Te quiero.
Yo también. Voy a guardar esto. Igual me lo requisan porque la francesa me ha pillado antes hablando contigo y fijo que se ha chivado como una niña pequeña…
Madre mía, menos mal que te has dado cuenta pronto de cómo es. Ahora, lejos de esa arpía.
Bloqueo la pantalla a toda prisa, salgo del baño y meto el teléfono en su escondite. ¡Qué liberación! Hablar con mi hermana siempre me ayuda a poner las cosas en su sitio.
Con la mente mucho más tranquila, decido irme a la cama sin cenar.
Paso de volver al comedor como si nada sabiendo que todas las compañeras han vivido la experiencia completa de las hierbas mágicas y estarán hablando de lo revelador que ha sido todo.
Mañana será otro día y, esta vez de verdad, trataré de aprovechar todas las actividades al máximo.
Cierro los ojos. Hoy puedo dormir tranquila.
Tres golpes secos retumban contra la madera de mi puerta y me sacan de golpe de mi sueño.
Doy un respingo en la cama, desorientada, y miro el reloj con los ojos entrecerrados: las siete y media.
¿Quién llama a mi puerta tan pronto? Si el desayuno no empieza hasta las ocho treinta.
El corazón me empieza a latir a mil revoluciones.
Lo primero que me viene a la mente es la melena rubia de Margot espiando por mi ventanal.
Espero que no sea ella con otra de sus paranoias. Siento un sudor frío en las manos.
O quizás ha llegado la hora de mi castigo y vienen a confiscarme el móvil prohibido. Al menos ayer pude escribirme con Lucía y quedarme tranquila, pero ahora mismo la idea de enfrentarme a Saúl o a Aurora a estas horas me revuelve el estómago. Asumiré mi culpa y ya está.
Los golpes vuelven a sonar, ahora con más insistencia.