Retiro en la isla (Isla Ballena) Capítulo 7
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Capítulo 7

Me despierto de golpe, desorientada y con la boca tan seca que me cuesta tragar.

Miro el reloj. ¡Qué desastre! La tensión de la movida con Margot me ha dejado fuera de combate.

Se me ha ido media tarde durmiendo una siesta de ultratumba mientras el resto del rebaño está ahí fuera, tomando sus hierbas reveladoras e iluminándose .

No lo voy a negar, siento un poco de curiosidad morbosa.

Pero soy fiel a mis principios: nunca he tomado drogas y no voy a dejarme atrapar por sus dinámicas experimentales.

De hecho, ¿esto es legal? No me puedo creer que señoras como Bety, que ya rondará los sesenta, se dejen arrastrar por estas movidas sin cuestionarse absolutamente nada.

Supongo que, cuando no tienes nada que perder, cualquier locura te parece una posible salvación. O una segunda juventud.

Aprovecho que estoy recluida en mi bungaló para sacar el móvil y llamar a mi hermana. Necesito contarle todo lo que ha pasado hoy.

—A ver, esa francesa es gilipollas —me suelta en cuanto termino de relatarle mi batallita sin respirar.

—Ya, bueno, que me digas eso no me soluciona nada.

—Coño, olvídate de que esa tía existe y aprovecha lo que has pagado. ¿En serio vas a dejar que una amargada paranoica te joda el retiro?

—Es que no es solo Margot. Lo de las infusiones con droga ha sido la gota que colma el vaso. Esto se está volviendo muy turbio.

—Mira que eres remilgada… —suspira ella al otro lado de la línea—.

Ya que estás allí, vive la experiencia completa.

Si además me dices que esta mañana has tenido esa especie de epifanía con Saúl a solas en tu habitación, ¿qué más pruebas necesitas?

Abre un poco la mente, joder. Mira a ver qué te puede aportar todo esto.

—En serio, ¿tú también defiendes esta mierda? —bajo el tono de voz, pegando la boca al micrófono—. Lucía, que esto tiene tintes de secta total. Lo siguiente será que pongamos las escrituras de nuestras casas a nombre de Saúl.

—A ver... No exageres, que no es para tanto. Mi amiga me dijo que la sesión de las infusiones fue lo mejor, un punto de inflexión en su vida.

Me quedo helada y me incorporo en la cama.

—¡Ah! ¿O sea que tú ya sabías que aquí daban sustancias? ¡Alucino de verdad! Parece que no me conoces.

—¿Puedes dejar de ser la hermana mayor responsable por una vez en tu vida y soltarte un poco la melena?

—Su tono pasa de la defensa a la impaciencia—.

Relájate de una vez. Estás de vacaciones, lejos del bufete y de todo el mundo.

Nadie te va a juzgar. No tienes pareja, no tienes hijos, no tienes responsabilidades de las que huir... Disfruta.

La palabra hijos me corta la respiración.

—No hace falta que me lo recuerdes de nuevo... —murmuro, con un nudo en la garganta.

—Lo siento, ha sido un desliz —se disculpa Lucía enseguida—.

Solo quiero decirte que dejes de analizarlo todo.

Intenta pegarte a Saúl todo lo que puedas.

No sé, quéjate un poco y consigue alguna sesión privada.

Que quien no llora no mama. Eso es algo que la gente normal no puede hacer con sus cursos a distancia.

Disfrútalo, igual es una oportunidad que solo tienes una vez en la vida.

—Como me pegue a Saúl, le estaré dando la razón a la loca de Margot. Dirá que soy una lagarta.

—¿Y a ti qué más te da lo que piense esa tía? Tú has pagado una pasta de tu bolsillo, amortízala. Exprime al gurú al máximo y que le den a la francesa. Que se muera de celos, de envidia o de la paranoia que tenga en su cabeza.

—Bueno, mira, mejor lo dejamos por hoy. Creo que necesito que me dé un poco el aire, porque estoy que me subo por las paredes en este cuarto. Voy a salir a dar un paseo por los acantilados de fuera de la finca.

Cuelgo antes de que pueda convencerme del todo. Confío en el criterio de mi hermana demasiado, pero me resisto por completo a seguir al rebaño de corderitos a expensas del pastor. Inspiro hondo, frotándome las sienes, y me dispongo a guardar el teléfono en su escondite bajo el colchón.

Entonces, el corazón me da un tumbo.

A través del enorme ventanal, recortada contra el cielo gris, veo una silueta en mi porche. Se mueve rápido, apartándose del cristal a la desesperada al darse cuenta de que he colgado la llamada.

Es la melena rubia de Margot.

Un sudor frío y paralizante me recorre la columna de arriba abajo. ¿Esta tía me estaba espiando? Y, teniendo en cuenta la posición en la que estoy sentada en la cama, es imposible que no haya visto el iPhone iluminado en mis manos.