Capítulo 6
Después de la escenita del payaso, Saúl y Aurora nos han dado una charla a modo de disculpa en el vestíbulo antes de dejarnos retomar la comida.
Junto a ellos se ha colocado Verónica, la encargada de los eventos del palacete, una mujer de aspecto impecable, pelo recogido y ropa ejecutiva que no pega absolutamente nada con el ambiente zen del lugar.
Aurora, con su habitual tono de happy flower , ha tomado primero la palabra para pedirnos perdón por las molestias y el «desequilibrio de la energía», asegurándonos que, en compensación por el mal rato, la organización nos regala un día más de retiro totalmente gratis.
—Queremos transmitiros total tranquilidad —ha añadido Verónica—.
Todas las personas que habitáis este recinto, ya sea en el hotel o en los bungalós del retiro, sois más que bienvenidas en esta isla.
La inmensa mayoría de la población local está profundamente agradecida por todo lo que ha traído la reforma y la reapertura del Palacete de los Ilustres.
Nosotros damos trabajo directo a muchísimos isleños y el turismo que atraemos genera una riqueza enorme.
Traemos a huéspedes que respetan, cuidan y aprecian de verdad a los habitantes de Isla Ballena.
Saúl ha levantado una mano con un gesto pausado, pidiendo silencio, interrumpiendo a Verónica con suavidad y autoridad. Ha dado un paso al centro y ha tomado la palabra:
—Lo que habéis presenciado ahí fuera no es una protesta, es el reflejo del miedo y la resistencia al cambio.
Es solo un grupo muy limitado de cuatro almas perdidas que se han dejado arrastrar por la vibración de un radical llamado Charly.
Este hombre lidera una cruzada personal y absurda, nacida del resentimiento y del rechazo a lo nuevo.
Nos persigue y molesta en cada edición que hacemos de este retiro.
Lo que él y sus seguidores no quieren admitir, cegados por el orgullo y el ego, es que la isla nos necesita; que sin los visitantes que traen su energía y su abundancia a Isla Ballena vivirían en la miseria y en la escasez por completo.
Por lo tanto, no les deis vuestro foco. No permitáis que su ruido ensucie vuestro proceso de transformación.
—Ya hemos activado los mecanismos legales necesarios para que no vuelvan a molestar vuestro santuario en lo que queda de estancia —dice Verónica.
Varias compañeras empiezan a aplaudir sutilmente, conmovidas. Saúl espera a que se haga el silencio, entrelaza los dedos de las manos y nos recorre a todas con esa mirada de un verde tan profundo que hipnotiza.
—Es una persona que vive en la escasez absoluta —dice con su habitual carisma—.
Y, en lugar de esforzarse por elevar su vibración y prosperar, prefiere volcar su veneno sobre los que sí hemos tenido la valentía de buscar la abundancia.
Recordad esto: la escasez no es una circunstancia financiera, es un patrón psicológico, una prisión mental en la que la gente elige vivir.
Compadecedlo, bendecid su proceso y volvamos a nutrir nuestros cuerpos, que son el templo del alma.
Sé que habla del payaso de la verja. Pero, Dios mío, no puedo evitar sentir que cada palabra va dirigida a mí.
«Atrapado en la queja»... Es exactamente lo que me ha dicho a solas en mi habitación.
Y lo que me dice siempre mi hermana Lucía.
Quizás de verdad estoy enferma de amargura.
Quizás necesito que alguien como él me dé la cura a mi malestar permanente.
Hace solo un par de horas, la idea de pasar un día extra en esta isla me habría parecido una condena a muerte, habría querido salir corriendo, pero ahora...
Ahora miro a Saúl y el corazón me da un vuelco de expectación.
Un día más. Un día más para entender qué me ha hecho en el bungaló, qué es esa corriente eléctrica que me ha dejado flotando y si de verdad este hombre tiene el poder de arreglar mi vida.
Nos mandan de vuelta a las mesas y el almuerzo se reanuda.
Me siento al lado de Margot, pero la francesa ni me mira.
Hago comentarios sobre lo rica está la comida y me responde con monosílabos.
Intento convencerme de que me da igual, de que yo no le he hecho nada y de que ella sabrá qué película se ha montado en su cabeza.
Pero la comida se me hace bola en la garganta.
Después de comer, nos reúnen de nuevo en el salón para llevar a cabo una nueva dinámica grupal.
Intento mantener mi escepticismo alerta, no pensemos que porque el gurú me haya hecho un truco de magia con las manos en el pecho voy a pasar por el aro en todo lo que proponga.
Mi lado lógico lucha por recuperar el control.
Esta vez, Saúl nos advierte con semblante serio de que el ejercicio de hoy es el más importante de estos días y que requiere consentimiento por escrito.
Aurora empieza a repartir unos folios oficiales para que los firmemos antes de empezar.
Nadie me había avisado de que tendríamos que firmar contratos de descargo de responsabilidad para un retiro místico.
Empiezo a leer el papel y empiezo a flipar. Habla de «sustancias de origen natural» y «riesgos de alteración de la conciencia», y nos obliga a confirmar por escrito que no padecemos problemas cardiovasculares ni estamos embarazadas.
Siento una punzada de alarma. Antes de firmar nada, me levanto discretamente y me acerco a Aurora, que está junto a la mesa auxiliar organizando unos frascos de cristal.
—Perdona que interrumpa la dinámica antes de empezar, pero quiero entender mejor lo que estoy firmando —le susurro, enseñándole el papel.
—Ah, sí, no te preocupes, es una mera formalidad —me responde—. Con tu edad no vas a tener ningún problema. Solo por asegurarme: ¿tomas algún tipo de medicamento para la depresión o la ansiedad?
—No, no tomo nada y no tengo depresión.
—Perfecto. ¿Has tenido alguna adicción a las drogas o al alcohol, o alguna alergia conocida a algún componente herbal?
—No a todo.
—Bien. Y ya por último: ¿estás embarazada o crees que podrías estarlo?
Esa pregunta me da de lleno en mi punto débil.
Siento como si me hubieran propinado un puñetazo en el estómago.
La imagen de Marc, las discusiones, las pruebas de embarazo negativas y la cara de la veinteañera preñada que ahora ocupa mi lugar me pasan por la mente como un torbellino de dolor.
Claro que no estoy embarazada. Ni jamás lo estaré.
Y esa mala suerte es, precisamente, la que me ha traído a esta isla.
—No, no hay ningún riesgo de embarazo —respondo, forzando una voz neutra y sin dar más explicaciones.
—Entonces no hay ningún peligro, de verdad —sonríe Aurora, ajena al destrozo que acaba de hacerme por dentro—.
Solo vais a tomar unas infusiones naturales que tienen un ligero efecto hipnótico y calmante.
Ayudan a relajar la mente analítica para conectar con vuestro verdadero propósito en una meditación guiada muy potente que va a liderar Saúl.
—¿Estamos hablando de drogas? —le pregunto, estupefacta.
—Bueno, sí y no —titubea, manteniendo su sonrisa imperturbable—. Es algo muy suave, de origen vegetal. En serio, no tienes por qué preocuparte. Tanto Saúl como yo participamos siempre y nunca le ha pasado nada a nadie. Al contrario, es la dinámica mejor valorada en todas las ediciones.
Lo siento, pero por ahí sí que no paso. Nunca he tomado drogas en la ciudad y no voy a empezar a hacerlo en un acantilado perdido de la mano de Dios.
—Te agradezco la invitación, pero prefiero no dar mi consentimiento para esta dinámica. No me siento cómoda.
Aurora parpadea, perdiendo por una milésima de segundo su fachada angelical.
—¿Estás segura? Es una de las sesiones más importantes del retiro. Es donde las participantes experimentan sus mayores revelaciones. Yo no me la perdería.
—Estoy segura. Prefiero quedarme al margen de esto.
Puede que haya tenido una experiencia extraña y magnética con Saúl en mi bungaló, de acuerdo, pero no soy gilipollas. No van a convencerme para drogarme en grupo como si esto fuera la secta del Ayahuasca. Tengo que llamarla a Lucía en cuanto pueda, mi hermana va a alucinar con esto.
Decidida a marcharme a mi habitación, atravieso el pasillo para llegar al vestíbulo. Entonces me topo con Margot saliendo por la puerta de los aseos. Qué cruz... ¿Es que no puedo pasar diez minutos en este sitio sin tener un momento incómodo con ella?
—Hola —le digo.
No me responde, ni siquiera me mira. Ignora mi existencia por completo.
Ahora sí que alucino. Esto ya es ridículo. Está claro que le pasa algo directamente conmigo.
—Perdona… ¿Te ocurre algo conmigo? —le pregunto antes de que se aleje—. Es que no entiendo por qué no me respondes.
Margot se gira despacio y me clava sus ojos azules.
—Es que no tengo nada que hablar con una persona falsa que va hablando mal de la gente por la espalda —me suelta como si nada.
—¿Cómo dices? —Me quedo de piedra. ¿Yo hablar mal de alguien, si la única que ha despotricado de las compañeras a la primera de cambio ha sido ella?—. Yo no he hablado mal de ti. Al contrario.
—¡Por favor! —se ríe, con una mueca amarga—.
Cuando he ido a buscarte a tu bungaló para ir al comedor, os he escuchado perfectamente a Saúl y a ti a través de la puerta.
Estabas hablando de mí. No soporto a la gente hipócrita que me sonríe a la cara y luego va por detrás utilizando mi nombre sin mi permiso.
Aprieta los dientes, dando un paso hacia mí. Su paranoia me resulta alucinante.
—Y por si fuera poco, vas de mosquita muerta —continúa—.
Finges que todo esto te parece ridículo, pero bien que te vas a solas con Saúl a tu habitación.
No sé qué coño estabas haciendo allí dentro con él, pero se te nota a la legua lo que buscas.
Todas sois iguales. Perdiendo el culo por Saúl, intentando acaparar su atención y ligando con él como perras para ver si os hace caso. No me fío de ti un pelo.
—¿Pero te estás escuchando? —le digo, sintiendo cómo me sube el calor a la cara—.
¡Si solo le estaba diciendo que eres una tía fuerte!
Ha sido un comentario totalmente inocente y a tu favor.
Y desde luego, no estaba ligando con él, ni mucho menos.
¡Solo faltaba eso! De verdad, no entiendo qué película te has montado en la cabeza.
Margot murmura algo despectivo en francés por lo bajo que me suena a insulto.
Yo me quedo allí, bloqueada. Odio las discusiones, me paralizan y no sé cómo responder a los ataques.
Y, como siempre me pasa, siento ese impulso patético de agachar la cabeza, bajarme los pantalones y pedir disculpas por algo que ni siquiera he hecho, solo para que deje de estar enfadada conmigo.
—Lo siento si has interpretado mal lo que has oído —le digo con voz temblorosa, odiándome a mí misma por disculparme—.
De verdad que no era mi intención molestarte.
De verdad que no he hablado mal de ti y que no he tratado de que pase nada con Saúl.
No sé cómo demostrártelo, pero tienes que creerme.
Solo quiero que sepas que creo que te equivocas conmigo.
—Yo no me equivoco nunca —me corta ella clavándome un dedo en el pecho—. Tengo el instinto muy desarrollado para detectar a las traidoras. No me hables, no me mires y mantente alejada de mí en lo que queda de retiro. Fausse de merde...
Se da la vuelta y me deja con una lágrima cayéndome por la mejilla.
Genial. Pues fin del asunto. Yo ya no puedo hacer más.
Salgo del edificio principal a paso rápido, llorando bajo la lluvia inclemente que azota el camino hacia mi bungaló. Echo el pestillo con las manos temblorosas y me tiro sobre la cama.
Paso de la clase con las infusiones raras.
Paso de la cena. Y paso de Saúl, de Margot y de su secta de locos.
Menudo día de mierda. Parecía que la cosa mejoraba cuando ha estado con él en mi habitación y he tenido esa experiencia energética tan brutal, y ha terminado de la peor manera posible. Esto sí que es tirar el dinero.
Mañana hablaré con Aurora para decirle que lo dejo. Esto no me hace ningún bien.