Retiro en la isla (Isla Ballena) Capítulo 5
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Capítulo 5

Entramos en el majestuoso comedor del palacete.

El olor a pan de masa madre inunda el ambiente, pero a mí se me ha cerrado el estómago.

Tal y como me había prometido, Margot se sienta a mi lado, pero habría sido más cálido sentarse junto a un bloque de hielo.

No me mira. No me habla. Se limita a desmenuzar el pan con los dedos manteniendo los ojos clavados en su plato.

A nuestro alrededor, las demás compañeras charlan sobre sus experiencias místicas de la mañana, y ahora puedo entender cómo se sienten.

Aun así, yo solo quiero que esta especie de castigo de silencio de Margot termine para encerrarme en mi cuarto a hablar con mi hermana y que me diga que no es cosa mía, que tendrá algún problema personal y que no me raye como siempre porque no estamos en el patio del colegio.

Entonces un ruido fuera me saca de mis pensamientos.

Al principio es un eco lejano, pero enseguida se transforma en un griterío amortiguado por la tormenta. Luego, escucho el sonido metálico de un megáfono.

—¡Menos retiros de pijos y más vivienda digna!

Los murmullos en el comedor se cortan en seco. Varias mujeres dejan los cubiertos sobre los platos de porcelana, alarmadas. Margot levanta la cabeza por primera vez, entornando los ojos hacia los grandes ventanales que dan a la entrada de la finca.

Fuera, el jaleo va a más. Se escuchan golpes rítmicos, como cacerolas, y gritos enfurecidos.

—No me lo puedo creer, otra vez el de siempre —dice Aurora, llevándose una mano al pecho, escandalizada.

Aurora, la ayudante menudita de Saúl, se levanta de su mesa a toda prisa con cara de pánico y corre hacia la puerta principal.

El morbo y el desconcierto general hacen que, en cuestión de segundos, la mitad del comedor nos levantemos y salgamos al jardín de la entrada para ver qué coño está ocurriendo.

El espectáculo que nos encontramos bajo la lluvia es dantesco.

Al otro lado de la gran verja de hierro del palacete hay un grupo de unas quince personas. Son vecinos del pueblo, con impermeables y caras de pocos amigos. En el centro, sujetada por cuatro de ellos y chorreando agua, despliegan una enorme pancarta blanca escrita con pintura roja:

TURISTAS NO. MENOS CIRCO ESPIRITUAL Y MÁS VIVIENDA DIGNA.

Pero lo más surrealista no es la pancarta, es el tío que lidera la protesta.

Está subido a un murete de piedra, empapado hasta los huesos, agarrando el megáfono con una mano y un tambor con la otra.

Lleva una peluca pelirroja aplastada por la lluvia, la cara pintada de blanco con una enorme sonrisa sangrienta dibujada alrededor de la boca, unos pantalones gigantes a rayas y unos zapatos ridículos.

—¡Bienvenidos al circo de los ricos! —grita el payaso a través del megáfono—.

¡Venís aquí a limpiar vuestro karma con billetes de quinientos euros mientras hacéis que suban nuestros alquileres a los que vivimos y trabajamos en la isla!

¡Nos estáis echando de nuestras casas para montar vuestros chiringuitos de mierda!

¡Sois todos unos payasos! ¡Unos payasos con dinero y sin escrúpulos!

La escena es grotesca. Los manifestantes empiezan a golpear la verja con rabia, haciéndola retumbar.

Miro de reojo a Margot, que está a solo unos centímetros de mí en el porche, y le dedico una frase para intentar romper la tensión que hay entre nosotras.

—Menudo panorama... —susurro, forzando una sonrisita de complicidad—. Desde luego, nadie nos avisó de que el retiro incluía un circo de verdad.

Esperaba un bufido, un suspiro de alivio, una mirada de «vaya locura». Cualquier cosa que nos devolviera la complicidad de antes.

En lugar de eso, Margot se gira despacio y ni siquiera parpadea.

—No le veo la gracia —me suelta, con una voz cortante—. Esa gentuza no tiene ni idea de quién es Saúl ni de lo que hace por nosotras. Y tú deberías preocuparte por tus propios asuntos en lugar de reírte de todo.

Se da la vuelta de golpe y entra de nuevo en el palacete, dejándome clavada en el porche.

Trago saliva, con el corazón desbocado. Me deja totalmente rayada. Esto ya no es un simple malentendido, a esta chica le pasa algo directamente conmigo. ¿Tanto le ha trastornado ver a Saúl salir de mi habitación? No puedo entenderlo. No sé si dejarlo correr o hablar con ella en otro momento.