Retiro en la isla (Isla Ballena) Capítulo 4
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Capítulo 4

En cuanto me encierro en el bungaló hago trampas.

Sé que está prohibido, pero saco mi móvil secreto de debajo del colchón y me pongo a curiosear el Instagram de Saúl.

Sus reels están inundados de miles de comentarios de fans completamente entregadas.

Al principio me parece patético ver cómo la gente se deja hipnotizar por un desconocido, pero, a medida que sigo deslizando el dedo por la pantalla, me quedo alucinada.

Leo testimonios de mujeres que aseguran haber salido de relaciones de maltrato gracias a él.

Otras que han triunfado en sus negocios por sus cursos de mentalidad financiera.

Mujeres que han sanado traumas familiares, que han adelgazado, que se han comprado la casa de sus sueños...

Este tío parece tener un poder sobrenatural para hacer milagros.

Quizás mi hermana Lucía tiene razón y tengo que abrir la mente.

Quizás no todo en esta vida es tan racional y matemático como yo creo.

Quizás Saúl sí pueda ayudarme a arreglar mi vida de mierda.

Me quedan quince minutos de tranquilidad antes de ir a comer cuando, de repente, llaman a la puerta.

Doy un salto, apago la pantalla del teléfono a toda prisa y lo deslizo bajo la almohada. Inspiro hondo para calmar las pulsaciones. Será Margot, que se ha adelantado, seguro que quiere que vayamos juntas al comedor para seguir charlando.

Me coloco bien la sudadera y abro la puerta. Para mi absoluta sorpresa, el que está al otro lado es Saúl.

—El escepticismo no es más que miedo disfrazado de inteligencia, Eva —continúa él—. Tienes miedo de dejar ir tu sufrimiento porque no sabes qué hay al otro lado de la vida mediocre que tienes ahora. Tienes miedo de confiar.

—No es miedo, es solo que soy una persona lógica.

—Cierra los ojos —me interrumpe con suavidad.

—¿Qué?

—Cierra los ojos. Confía en mí solo durante sesenta segundos.

Dudo. Todo mi ser me grita que mantenga las distancias, pero, antes de que pueda dar un paso atrás, Saúl recorta el espacio que nos separa y me envuelve en un abrazo.

Al quedar atrapada contra su pecho, un aroma penetrante me inunda las fosas nasales: una mezcla intensa a sándalo y cedro que emana directamente del rosario de madera que lleva colgado al cuello.

—Déjate llevar… —me susurra al oído con un aliento cálido—. Solo sesenta segundos...

Vencida por esa cercanía magnética, dejo caer los párpados.

Escucho su respiración pausada y siento el roce sutil de las cuentas de madera de su rosario contra mi clavícula.

De repente, el abrazo se deshace ligeramente y coloca una palma en mitad de mi pecho, justo encima del corazón, y la otra en mi nuca.

Me da un escalofrío, siento que roza la línea estrictamente profesional, pero me dejo llevar.

—No pienses, siente… —me susurra al oído—. Inhala el salitre del mar... y exhala el dolor que traes arrastrando desde la ciudad... Déjalo ir...

Entonces ocurre. No sé cómo describirlo, pero una oleada de calor brutal empieza a expandirse desde su mano en mi pecho por todo mi cuerpo.

Es una vibración extraña, una corriente eléctrica que me recorre la columna y me afloja los músculos de golpe.

Toda la ansiedad acumulada, toda la tensión del divorcio parece disolverse en esa vibración.

El corazón me late con fuerza, pero no por pánico, sino por una energía salvaje que jamás en mi vida había sentido. Estoy flotando.

Abro los ojos de golpe, asustada por lo que acabo de experimentar. Saúl está extremadamente cerca de mí. Demasiado. Su rostro está a apenas unos centímetros del mío con los ojos cerrados. Su mano sigue apoyada en mi pecho.

—Hay una luz enorme en ti, Eva —murmura—. No dejes que el pasado la apague. He notado tu energía desde el primer día. Eres una mujer especial. Eres diferente a las demás, solo tienes que abrirte.

Trago saliva, incapaz de moverme, completamente hipnotizada.

Doy un sutil paso atrás, rompiendo el contacto.

Él ni se inmuta y retira la mano despacio, manteniendo esa sonrisa de superioridad.

Para romper la tensión del ambiente, busco cualquier tema de conversación.

Lo primero que me viene a la mente es mi charla de hace un rato.

—Bueno... No sé todavía dónde está esa energía, pero estoy intentando adaptarme a todo esto que es nuevo para mí —digo rápidamente, forzando una sonrisa—. De hecho, estoy esperando a Margot para ir al comedor juntas.

Saúl arquea una ceja, atento.

—En esta vida hay que saber muy bien con quién se junta uno. Margot todavía está en pleno conflicto con su ego y vibra en escasez. No dejes que su resistencia detenga tu propio proceso.

—Creo que has sido un poco duro con ella en la sesión de esta mañana —digo rápidamente, queriendo proteger a la francesa—. Pero de verdad te digo que Margot es una tía muy fuerte. Creo que solo necesita sentirse escuchada.

Saúl agarra el pomo de la puerta entreabierta para salir al porche. Antes de responderme, se detiene en seco.

Al otro lado, con la mano suspendida en el aire a punto de llamar, está Margot.

Se me hiela la sangre. Margot se queda petrificada mirando a Saúl y luego mirándome a mí dentro del bungaló. Su mirada se clava en mis mejillas, que estoy segura de que están completamente rojas. Ha tenido que escuchar su nombre de mi boca justo antes de que Saúl abriera la puerta.

Él, impecable como siempre, ni se inmuta. Le dedica una de sus sonrisas perfectas.

—Buenas tardes, Margot. Que tengáis un buen almuerzo —dice con total naturalidad, bajando los escalones del porche y perdiéndose bajo la lluvia.

Me quedo quieta en el umbral, mirando a Margot. Su rostro cambia de golpe, ya no es el de la mujer vulnerable de hace media hora.

—Margot... —intento sonreír, dando un paso hacia fuera—. Justo iba a salir. Estaba hablando con Saúl de...

—Es la hora de comer. Vamos —me corta.

Se da la vuelta sin esperarme y empieza a caminar a paso rápido hacia el edificio principal del palacete.

La sigo bajo la lluvia, intentando mantener su ritmo, pero no me dirige la palabra en todo el trayecto. El silencio entre las dos es supertenso. Su actitud hacia mí ha cambiado por completo en un segundo y la complicidad de hace un rato se ha evaporado.

Y lo peor es que mi cabeza ya ha empezado a hacer lo que mejor sabe: torturarme con mil hipótesis: «¿He hecho algo mal? ¿Viene cabreada por otra cosa? ¿Habrá pasado Saúl por su bungaló antes de entrar en el mío y por eso está así? Ni idea».

Intento convencerme de que me da igual, de que, si tiene un problema conmigo o con alguien, que lo suelte, que yo no le he hecho nada. Pero soy incapaz. Pertenezco a esa clase de personas patéticas que, en cuanto alguien se queda en silencio, asumen de inmediato que la culpa es suya.