Capítulo 3
Quizás he metido la pata. Está claro que Margot no es el tipo de mujer que necesita un hombro en el que llorar, su primera reacción en la sala de actividades me lo ha demostrado.
Pero, después de dos días compartiendo mesa en el comedor y conversaciones con ella en los pasillos, creo que tenemos una buena conexión; o al menos la única conexión normal de este lugar.
Con el resto de las compañeras me siento a años luz; el fanatismo y la idolatría absurda que sienten hacia Saúl me ponen enferma.
«Están chaladas —es lo que le diría a mi hermana por teléfono—. Son una panda de desequilibradas abonando la cuenta corriente de un charlatán». Por supuesto, aquí me guardo la opinión; de hecho, yo formo parte de las que han pagado una pasta para estar aquí. No puedo ser más hipócrita.
Pongo mi mejor cara de póker, suavizo la mirada y juego a ser la tía comprensiva que jamás rompería un plato. Es mi especialidad: camuflarme para agradar. Y así me va.
—No entiendo qué diferencia hay entre mi pregunta y la de Bety para que Saúl haga estos favoritismos —dice Margot—.
Esa señora se ha puesto en plan megavíctima, a llorar por las esquinas, y él la ha tratado con una delicadeza increíble.
Claro, como le lame el culo y le dice que le ama, con ella es todo compasión.
En cambio, como yo he ido directa al grano sin halagos, conmigo ha tenido que ser cruel.
Pero me da igual. Voy a reflexionar sobre lo que me ha dicho y algo aprenderé.
No tengo la menor intención de tomármelo como algo personal.
«¡Vaya si te lo estás tomando como algo personal! —pienso—. Te está reconcomiendo por dentro».
—Bueno, no creo que sea cuestión de favoritismos —le digo. Utilizo mi tono más dulce y conciliador, el que uso siempre para evitar que la gente se altere—. Quizás Saúl te ha visto más fuerte que al resto y por eso ha sido más directo contigo. No lo sé.
—¿Que no hay favoritismos? Algunas están todo el día pendientes de acaparar su atención, como si estuviéramos en un concurso.
Mira la de ayer, la que se puso dramática después de la meditación con ese rollo de que le había bajado la tensión para que Saúl le hiciera caso. Eso lo traía ensayado de casa.
—Pues a mí me pareció que la mujer lo pasó mal de verdad. Tengo entendido que toma alguna medicación para la tensión. Vaya, que no creo que fuera cuento.
—Eso quiero pensar —responde, y la tensión de sus hombros disminuye un poco—.
Yo he venido aquí para vivir una experiencia que me ayude a cambiar mi vida y la quiero aprovechar cueste lo que cueste.
Si me tienen que llover palos, que así sea.
Pero no me gustaría volver a sentir que a otras compañeras les hace más caso o las trata mejor que a mí.
Yo no he venido a competir con nadie, he pagado lo mismo que el resto y no me gusta ese tipo de ambientes tóxicos con gente que busca ser la protagonista o que se hace la pobrecita para que le hagan más caso.
Yo no voy de víctima por la vida, otras parece que sí.
Bajo esa fachada de acero, le importa muchísimo lo que hagan los demás.
Se nota que le escuece. Veo la envidia cada vez que menciona a Bety.
Pero no he venido aquí a hablar mal de nadie, ni a crear bandos, ni a ganarme enemigas, así que decido activar mi modo sumiso y darle la razón como a los locos.
—Los grupos de mujeres son difíciles —me limito a decir, con una sonrisa neutra.
Margot suelta una risa amarga y se apoya en la barandilla de madera de su porche.
—Las mujeres son lo peor. No te ofendas, pero hay que andarse con mucho cuidado. Por eso no tengo amigas. Ni aquí, ni en Francia, ni en ninguna parte.
Pongo cara de lástima, aunque por dentro pienso que, si no tiene amigas en ninguna parte del mundo, probablemente el problema sea ella.
—En París tenía una vida perfecta —continúa Margot, y el acento francés se le marca un poco más—.
Tenía un buen trabajo, un novio con el que iba a casarme y una mejor amiga.
Éramos uña y carne. ¿Y sabes qué hizo ella?
Se estaba tirando a mi novio en mi propia cama mientras yo estaba de viaje de negocios.
Se quedaron con mi piso, con mis amigos y hasta con mi perro.
Por eso lo dejé todo y me vine aquí. He aprendido a no confiar en nadie.
La gente siempre quiere lo que tú tienes.
Te sonreirán a la cara y esperarán a que te gires para clavarte el puñal.
Un escalofrío me recorre la espalda. Hay algo en su dolor que me toca una fibra sensible. A veces, la única forma de que la gente baje su escudo es mostrar tus propias heridas.
—Te entiendo —le digo, bajando la voz—. Yo también me siento supersola últimamente.
—¿A ti también te han traicionado?
—Me divorcié hace seis meses. Mi marido me cambió por una chica más joven —confieso.
Me guardo el dato de que la dejó embarazada y mis propios problemas de fertilidad porque no quiero hablar de mis mierdas de nuevo—.
Pero lo peor es que teníamos muchos amigos en común, el típico grupo de toda la vida.
Al final... Bueno, la gente elige un bando.
Y le eligieron a él. Así que he perdido mi matrimonio y, de golpe, también he perdido a mi gente.
Al menos me queda mi hermana, que es mi gran apoyo.
—Por suerte tú tuviste la oportunidad de tener amigos —dice en un susurro—. A mí solo me han utilizado.
«Increíble —pienso—. ¿Estamos compitiendo por ver quién tiene la vida más miserable?».
—Bueno, será mejor que vaya a mi bungaló antes de que nos vean rompiendo la regla del silencio —le digo, saliendo del porche—. Nos vemos para comer.
—Luego te toco la puerta y vamos juntas si te parece —responde ella. Su tono ha cambiado, ahora parece más amable.
—Claro. Luego nos vemos. —Le devuelvo mi mejor sonrisa de compromiso.
Me doy la vuelta y camino hacia mi bungaló. En cuanto cierro la puerta, suspiro profundamente, agotada de sostener mi propia máscara de amabilidad.
Tengo las cosas claras: en el mundo real, jamás me haría amiga de alguien como Margot.
Parece envidiosa y arrastra una paranoia con las mujeres que no me gusta un pelo.
Pero este retiro de lujo no es el mundo real.
Aquí dentro prefiero mantener la complicidad con alguien que ha podido pasar por algo parecido a mi situación, para no sentirme tan sola.
Al fin y al cabo, en este lugar nadie es lo que parece y todas libramos nuestras propias guerras ocultas.
Sin ir más lejos, la mía consiste en interpretar el papel de santa mansa y compasiva ante el grupo, mientras por dentro me muero de asco con mucha de la palabrería de Saúl y la patética servidumbre de sus grupis.
La única persona con la que puedo ser yo misma sin sentirme juzgada es mi hermana.