Retiro en la isla (Isla Ballena) Capítulo 1
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Capítulo 1

Unos días antes

La cristalera panorámica de mi bungaló de diseño cruje cada vez que el viento atiza el acantilado.

Se supone que he pagado un pastizal por estas vistas al mar en medio de la nada, pero ahora mismo solo quiero largarme de aquí.

Estoy sentada en una cama de matrimonio, apoyada en un cabecero acolchado que huele a una mezcla de salitre y aceites esenciales de lavanda.

Llevo puesto un chándal gris dos tallas más grande y una sudadera de algodón ecológico que venía de regalo con el pack de bienvenida.

Me cuesta ochocientos euros la noche y hace que parezca una presidiaria.

Llevo exactamente cuarenta y ocho horas en el exclusivo retiro de Isla Ballena y ya he llegado a una conclusión clara: este sitio es una maldita tortura.

Me acerco el teléfono a la oreja con el volumen al mínimo y cierro las cortinas por si al gurú o a mis compañeras les da por pasar frente a mi porche. Más vale que no me pillen hablando por teléfono.

—Lucía, me voy de aquí. Esto no es para mí —le digo a mi hermana, que escucha en silencio al otro lado del teléfono.

—A ver, Eva, que acabas de llegar, no llevas en la isla ni dos días. Dale una oportunidad a esto, que te va a venir bien.

—Que no, que me siento estúpida. Todas estas pijas idolatran a Saúl y se han leído todos sus libros.

Están enamoradas del nuevo Jesucristo, con su pelo moreno largo y su barba, y esa ropa clara de lino que lleva a lo misionero y siempre con el rosario colgado al cuello…

Es que soy superescéptica con todos los temitas espirituales.

Si no me hubieses insistido tanto, no estaría aquí haciendo el ridículo.

—Hazme caso, que mi amiga, la que estuvo en el último retiro, no sabes el cambio que ha pegado. Estaba superdeprimida y ahora está empoderada. Ha rehecho su vida y ahora se ha quedado embarazada de un tío majísimo.

—Bueno, pero es que yo no estoy tan deprimida. Igual simplemente esto no es para mí. Mañana a primera hora hablo con la encargada y le digo que me devuelva el dinero, aunque solo sea una parte me vale.

—¿En serio crees que te van a devolver algo? Sabes de sobra que has entrado de rebote y que no es fácil conseguir plaza. Ni de coña te van a devolver un duro, y es una pasta. Será mejor que te quedes y aproveches el retiro. Te vendrá bien para olvidarte del asqueroso de Marc.

—No sé cómo me voy a olvidar de lo que me ha hecho. Me siento humillada y gilipollas. El cabrón, que me prometió que seguiría conmigo aunque no pudiera tener hijos, al final me pone los cuernos con una veinteañera y la deja preñada. Su sueño hecho realidad.

—Pues precisamente por eso. Han pasado seis meses de aquello y sigues con la misma cantinela.

Cada vez que quedamos para hacer algún plan solo hablas de él, de su nueva churri y de lo que te hizo.

Te pasas el día en bucle espiando su Instagram y pendiente de lo que hace y deja de hacer.

No puedes seguir así, estás obsesionada.

—Que ya lo sé, ya lo sé… Que llevo una época un poco tóxica, lo reconozco. Pero estoy en mi derecho. ¡No te jode! A ver cómo estarías tú si te lo hacen a ti.

—Pues precisamente más a mi favor. Ahora que por fin has dado el paso de cambiar tu actitud y rehacer tu vida para volver a ser feliz, no te eches para atrás.

—¿Sabes lo mal que me siento cuando se ponen a meditar y las compañeras cuentan después la experiencia ultrasensorial que han sentido?

¡Que yo no siento nada! Yo no valgo para esto.

En la última meditación me convertí en una patata enterrada en una huerta.

¿Pero qué mierda es esa? El resto tienen experiencias místicas y yo soy una patata.

Encima no hay día que no llueva. Es un asco.

Menos mal que no tengo que compartir bungaló ni tengo que soportar los ronquidos ni los pedos de nadie por la noche.

Escucho la risa de mi hermana al otro lado de la línea y no puedo evitar sonreír. Hace mucho que no río de verdad.

—Bueno, yo qué sé —dice—, igual necesitas más práctica. Dale una oportunidad a la patata que llevas dentro. ¿No hay ninguna compañera que sea maja o qué? Alguna habrá.

—A ver, que sí, que hay gente maja. Hay una francesa, Margot, que me da conversación y con la que he comido estos días. También se acaba de divorciar y creo que esto no va tampoco mucho con ella.

—¿Ves? Que la gente está ahí como tú, queriendo salir de sus mierdas como pueden. Seguro que al final me agradeces que me haya puesto pesada.

—Ya te contaré. Bueno, tengo que colgarte. Si me pillan con el móvil me lo requisan. Suerte que en la caja de la entrada dejé un viejo iPhone que ni se enciende.

—Venga, cuídate, hermanita. Que descanses. Hablamos cuando tengas otro hueco.

Cuelgo y guardo el teléfono bajo el colchón, asegurándome de que quede bien oculto. Miro por la ventana hacia la oscuridad del jardín: llueve a mares y solo se ven algunas luces del Palacete de los Ilustres que parpadean a lo lejos.

En el fondo sé que me vendrá bien desconectar, respirar y fingir que soy una mística iluminada. Al fin y al cabo, ¿qué es lo peor que podría pasar en un retiro espiritual? Voy a dormir, mañana será otro día.